UN DIA DE TODOS LOS SANTOS DIFERENTE

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FOTO DE HOY, EN LA PLAYA DE PUEBLA DE FARNALS

La tradición dice que hoy hay que recordar a nuestros difuntos, cada quien tiene su manera especial de hacerlo, otros deciden que es un día más como otro cualquiera. Pero aquellos que mantenemos las tradiciones, hoy es un día para dedicar a los que ya no están. El año pasado viví una experiencia cómica al ir a echar mis flores al mar “tratando siempre de respetar el medio ambiente”. Y como a mí me gusta ver hasta en lo más malo algo divertido, he decidido haceros participes de mi aventura. Espero conseguir eso que tanto me gusta y es haceros reír o, al menos, sonreír.

¡Y cómo decía mi abuela! ¡Dejad bien hechas las camas que hoy se acuestan en ellas las ánimas!

Un abrazo a tod@s

Como casi todos los 1 de Noviembre, nuestra querida escritora, tiene costumbre, si el trabajo se lo permite, de ir a echar al mar flores a sus difuntos. Hacía dos años que no podía ir por cuestiones de trabajo y, por fin, este año disfruta de un día libre para tener ese rato de recogimiento con sus más allegados que “viven” en el mar.

Se ha levantado pronto y tras hacer todas las tareas del hogar, se ha ido acompañada por Malú, bueno, no literalmente, ¡más quisiera, la pobre!, con la música de Malú a toda vela, hasta el trozo de mar donde lanzaron a su… bueno… lo dejaremos así.
Tras ocho kilómetros de canturreos mezclados con bonitos recuerdos ha llegado al lugar en cuestión. Bien. Siempre que llega a este rincón sabe que el trago por el que debe pasar no va a ser agradable, pero si no lo hace es como que le falta algo. Está claro que todo vive en la consciencia de uno, más que lo que puedan llegar a pensar los que ya no están entre nosotros. A veces si nos paráramos a pensar en estas cosas, veríamos lo ridículos que son a veces nuestros pensamientos. Al llegar, tras un camino complicado de piedras y agujeros bastante notorios, en el lugar dónde debía haber carretera, se ha percatado que en el espacio que ella tenía pensado echar los dos claveles y dos margaritas, habían unos hombres haciendo algo que no ha alcanzado a ver, en ese instante ha recordado que le toca cambiar la graduación de las lentillas, ve mal. Los dos señores allí le han cortado el rollo, no le ha quedado más remedio que irse a las rocas grandes y altas que pasaban por mucho su cabeza.

Ha mirado a un lado, los dos hombres continuaban en sus quehaceres, al otro lado, no había nadie. Ha tomado aire. Recordaba que dos años atrás, se encaramó a las rocas sin mucho problema. Cuidadosamente dando un salto ha dejado el ramito sobre ellas y tratando de anticiparse a cuál iba a ser su recorrido, ha estudiado las aristas y las rocas salientes. Lo tenía claro, pondría el pie derecho en una y tomaría impulso con las manos haciendo la fuerza con los brazos, mientras, al mismo tiempo, levantaría la pierna izquierda (bastante, eso sí) y después subiría.

¡Vale!

Su GPS mental estaba preparado, la visualización también. Cuando lo conectó, las manos se apoyaron pero la fuerza que debía haber en los brazos no llegó, la pierna derecha la había subido pero se resbalaba, las manos comenzaron a deslizarse sobre la roca porque no encontraron fuerza suficiente, ¡para qué se habría cortado las uñas antes de ir! La escritora ha estado a punto de escoñarse pa´tras, pero en el último suspiro la pierna izquierda se le ha quedado enganchada lo suficiente en la roca como para con todo su brío, que tampoco le quedaba mucho, hacer un último esfuerzo y subir. Primero ha apoyado una rodilla, después sin saber cómo, ha apoyado la otra. Con media lengua fuera ha conseguido subir a las rocas tropezándose con el bolso y cayendo de bruces como si alguien le hubiera empujado del pompis para arriba.

Tras varias respiraciones alteradas y un considerable dolor en las inglés, ha conseguido desplazarse hacia delante, hacia aquel mar inmenso que la vigilaba. Dios dos pasos, tan solo dos rocas, no quería acercarse demasiado al mar. La subidita se le ha atragantado lo suficiente como para adentrarse más al peligro. Se ha sentado, ha soltado alguna lagrimilla y, después, le ha dado dos besos a cada clavel. Se ha puesto en pie, con toda su integridad intachable como si lo anterior no hubiera existido. Ha tomado aire para lanzar aquel pequeño ramo. Se ha dado ánimo, una vez tenía contraladas la frecuencia de las olas, lo ha lanzado hacia el mar.

-La narradora omnisciente le hace una pregunta facilita a “la escritora”, ¿por qué siempre que lanzas algo al mar hace aire?

-¡Ni idea pero… me he quedado muy corta! -dice con voz afligida.

Así es. Ha echado el ramito con fuerza ¡ya sabemos que poca! Ha quedado demostrado en la escalada. En ese momento el aire le ha jugado una mala pasada, prácticamente, ha detenido la trayectoria y, como si el ramito se hubiera quedado suspendido en el aire, ha ido a caer en las últimas rocas cerca del mar.
Podría decirse, que los cangrejillos, los peces y hasta las sirenas, han salido del agua y con unas algas a modo de pompones se han puesto a menear sus caderas, sus bigotillos y aletas mientras canturreaban todos a la vez.

DAME UNA T, DAME UNA O, DAME UNA R, DAME UN P, DAMEEEE UNA E

AHHHHHHHHH

¡¡¡¡¡¡TOOOOOOOOOOOOOOORRRRRRRPEEEEE!!!!!!!!!!!!!

-¡Oh no! -ha soltado afectada al verlo allí, inmune de una sola gota de agua-. ¿Y ahora qué hago?

Lo que cualquier persona haría, sería dejar que cuando subiera la marea se lo llevara mar a dentro.

¿Qué ha hecho “ella”? Efectivamente, lo que estáis pensando, ¡bajar! Le ha dado pena verlo allí, así que, temerosa de darse un batacazo se ha ido deslizando con su bandolera colgada hasta casi… casi… casi… el borde del mar. Iba bajando agarrándose con las manos, los pies, las uñas cuidándose mucho de no caer. El agua estaba cristalina ha visto hasta algún pececillo y ha sido entonces, cuando le ha venido a la mente todas las noticias de los telediarios sobre accidentes en las rocas y lo peligroso que es el mar. Ha tragado saliva al mismo tiempo que tomaba el ramito y lo echaba unas rocas más arriba para tener las manos libres y escalar. Todo esto, se podría decir que lo ha hecho con el mar en calma, una calma, que ha empezado a alterarse cuando ella estaba agachada, oía con total cercanía como las olas empezaban a crearse detrás del culete y a romperse, prácticamente, por debajo de las rocas en sus morretes. Y estaba con las manos en una roca grande para empezar a subir, cuando una de esas olas, que seguro ha ido hasta allí para burlarse, ha roto contra la roca que tenía delante de sus narices. ¡Ale!, ¡mojadita la cara, las gafas y hasta un poco la bandolera! (tenga en cuenta el lector que la pobre iba subiendo como una rana las rocas)

TORPEEEEEEEEEEEEEEEE TORPEEEEEEEEEEEEE -continuaban cantando los animalillos del mar.

Tras sacudirse un poco la cara ha podido fijar sus pies en una roca que era más o menos lisa. Su respiración se agitaba como una vieja locomotora de tren de los años 20. Ha vuelto a tomar aire con el ramo en una mano para lanzarlo. Ha decidido a última hora, hacerlo de diferente manera, como cuando era niña y echaba piedras en el río. Esa trayectoria sería suficiente, estaba muy cerca, era imposible fallar ante la inmensidad del mar. Se ha asegurado de que no hiciera aire, con una mueca de fuerza, como si estuviera haciendo el lanzamiento de martillo, el ramito ha salido de su mano derecha a hacer puñetas. Bueno… más que puñetas… puñetillas porque ha vuelto a caer sobre la última roca que separaba el mar de la tierra, aunque esta vez al menos ha ido al agua.

-¿Dónde está? -se pregunta nerviosa porque no ve el ramo, el vaivén del agua sí, pero el ramo no-. ¡Porque me tiene que pasar esto a mí!

La narradora omnisciente le diría: mira a tu alrededor, ¿qué ves? Agua y agua y más agua, también un par de rosas y un ramo de flores sin plástico (menos mal) ¿y el tuyo? En paradero desconocido ¡mira que es complicado fallar!

-¡Ay! –es lo único que sabe decir la escritora con la mirada perdida en la última roca.

Tras esperar durante unos minutos, los dos claveles no aparecían. Con gesto de pena se dio la vuelta, debía marcharse el mar comenzaba a alterarse. ¡Ay amiga! Pero ahora le tocaba lo más complicado, subir. Y no poco. Estudió a su manera las dos rocas que había junto a ella, y lo vio claro, puso el pie derecho en una y el izquierdo lo subió a otra. Fue algo así como, tener el pie izquierdo en Cuba y el derecho en Roma. Y de fondo el mar subiendo de tono, el agua salpicándola y el miedo llegando como compañero de escalada. Nuevamente, las manos se resbalaban, y ahora sí lo tenía jodido, si caía iba directa al mar. Con vocecilla desesperada se quejó para ver si alguien la podía escuchar. Pero lógicamente nadie alcanzaba a oírla. Ha reptado como si fuera una serpiente se ha dejado todas las fuerzas en la subida, los pantalones vaqueros rasgados en las rodillas y una herida en una espinilla que le salía un chorrillo de sangre. ¡Nada importante!

Al llegar hasta arriba agradeció a “todos los santos” del cielo seguir viva, magullada y son dolor en todo el cuerpo, pero viva.
Ya nada más le quedaba saltar, pero antes de hacerlo se ha girado para observar el mar ¡y allí estaba su ridículo ramito! Flotando entre las olas ¡Lo había conseguido!

Sintió ganas de llorar de alegría tras la aventura pero no podía perder fuerzas había que saltar desde lo alto de la roca al suelo. Y lo hizo ¡claro que lo hizo! Dejándose parte del pantalón en la roca y un golpe en un costado, pero por fin puso los pies en la tierra ¡a punto estuvo de cómo el Papa! Besar el suelo.

¡Un día de Todos los Santos para no olvidar!

 

 

 

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