TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA

Con este relato, he tratado de hacer un homenaje a todas aquellas mujeres que vivieron las devastadoras consecuencias de una Guerra Civil, la nuestra. Les he puesto voz a las tres mujeres que tuve la inmensa fortuna de disfrutar en mi vida y que me llenaron, desde niña, la cabeza con sus historias. Pero también, ellas y sus vivencias, representan al resto de mujeres que, en aquella época, tuvieron que enfrentarse en soledad, para sacar a sus hijos hacia delante, sin apenas nada. A ser fuertes en cada bombardeo. A soportar las colas para poder tener algo que llevar a la boca de sus pequeños. Muchas, a superar la muerte de sus padres, maridos, novios, hermanos o familiares que marchaban al frente.

Es el homenaje a unas y otras, sin colores ni ideologías, mujeres que tenían que sobrevivir en medio de la locura que ni siquiera comprendían. Ellas tres me contaron tantas historias… que muchos años después, siento la necesidad de escribirlas. Justo ahora que, poco a poco, nos van quitando derechos, unos derechos que ellas, a base de sacrificio y lucha, dieron la vida por ellos, y lograron conseguir. Es mi particular homenaje a esas matriarcas que siguen contando, compungidas, la historia de la Guerra.

No hace mucho, mi abuela de adopción, Amparo, me contó algo de su propia historia. A pesar del tiempo transcurrido, ves cómo su voz y su gesto cambia al hablar del carbón, de la dureza de aquella época, del miedo del día a día… por eso… hoy va este homenaje que iré colgando en días sucesivos.

La historia se centra en dos ciudades, Valencia y Barcelona. Con dos vivencias, con los republicanos y los nacionalistas. Y un mismo resultado: SUFRIMIENTO.

Cuando tenía ocho años, por primera vez, oí mencionar la palabra “Guerra” y finalizada, siempre, con la frase “las calamidades de la Guerra”. Para mí, una niña solitaria, hasta límites insospechados, que encontraba en la fantasía a su mejor amiga, era como sentarme delante de una pantalla de cine e imaginaba cada “batallita” (era el nombre que le daban mis tíos, mis padres, mis primos cuando comenzaban a contar sus historias vividas en la Guerra), lógicamente, de una manera muy distorsionada. Mi mente inocente pensaba que, aquella vivencia de mis mayores, debía haber sido una aventura muy excitante. Fui creciendo entre esas batallitas y, conforme iba descubriendo la vida, mi mente iba creando una idea muy diferente de la real. Pero no dejaban de ser pensamientos de una niña escuchando, apasionadamente, a sus mayores. ¡Qué apasionante escuchar los motores de los aviones cuando llegaban! ¿Y las historias de amor?… Mis abuelos maternos, por ejemplo, se vieron separados por esa “romántica Guerra” (desde niña fui muy romántica, también muy ingenua); ¡qué bonitos reencuentros! ¡Qué amargas despedidas! Los imaginaba de la siguiente manera: a mi abuela, desde su balcón saludando con un pañuelo a su amado, mi abuelo, que partía al frente para seguir luchando contra los malos. Pero, si todo era tan maravilloso, ¿por qué la mayoría de las veces, cuando se ponían a recordar, acababan con la misma frase? “¡Las calamidades de la Guerra!” ¡La maldita Guerra!

Aquel primer contacto, con la palabra “Guerra”, me llevaba a pedirles que me contaran todo, menos eso de las “calamidades”; que la palabra en sí, ya no me atraía demasiado. Yo quería imaginar las sirenas tocando con toda su fuerza, los aviones sobrevolando la ciudad, aquellos escondites, tan espantosos, donde se agolpaban para huir de las bombas, donde se habrían enamorado muchas parejas mientras bombardeaban. Debía ser una vivencia increíble.

¡Qué ilusa!

Mi vida se fue desarrollando, paralelamente, a todo cuanto había ocurrido en aquella época. Crecí con la comparación entre mis días y los pasados por mis abuelas; cuando no comía, cosa que era muy a menudo, mi abuela Pepa me decía, “si hubieras pasado la guerra, te comerías hasta las piedras que era lo que yo me hubiera comido entonces”. Aquello ya no era tan romántico ¿las piedras? “¿Y por qué yaya?”, preguntaba yo con voz de niña, “porque no había nada para comer” respondía con una voz quejosa, mientras sus ojos verdes se le oscurecían, algo que nada más veía en ella cuando mencionaba la Guerra.

O, por ejemplo, cuando no quería ponerme un vestido, porque quería el otro, me lo recriminaba diciendo “en Guerra vestía a mis hijos con telas que nunca eran la misma, de mil formas distintas, siempre cosiendo retales de sobra y tú llorando por elegir entre uno y otro”. O, peor, cuando oía a mi madre quejarse por la cantidad de ropa que lavar, o cuando se juntaba en la verdulería con gente de su edad y decían, haciendo referencia a las jóvenes, “si ellas hubiera pasado la Guerra, no sé que hubieran hecho, yo tenía que lavar la ropa de las pudientes del barrio (no muchas, claro), en el fregadero con un frío, de espanto, que se me agrietaban las manos, para ganarme una mísera peseta”. Siempre comparando un tiempo con otro pasado que, sin duda, fue mucho peor. Continuamente haciendo esa vida paralela entre lo que vivían ahora y sus recuerdos grabados a flor de piel.

Así que, todas aquellas frases sobre la Guerra me hacían pensar que eso de comerse las piedras, lavar en invierno en un fregadero la ropa de las pudientes (no muchas, claro), los niños sin más ropa que aquellos retales que formaban pijamas de mil colores. Definitivamente, pensé que yo debía estar equivocada.

Un día, me senté con mi abuela Pepa en el balancín de nuestro chalet, en una fresca noche de finales de agosto. El cielo estaba tan estrellado que asustaba mirarlo, me agarré a su fuerte brazo y le pregunté:

-¿Yaya, qué es la Guerra?

-Lo peor que le puede pasar a cualquier ser humano y si es entre hermanos, es más horrible todavía. Se vuelve una eterna pesadilla, de la que, aún despierta, no puedes escapar. Nadie podíamos escapar,¡ni unos, ni otros!

Sus ojos volvían a oscurecerse y el rictus de su cara se tornaba tenso, como su cuerpo. Y yo, que pensaba que mis abuelas no tenían miedo a nada, me di cuenta de que había algo que las horrorizaba, la Guerra y sus recuerdos.

Y como no lo podía evitar, siempre andaba hambrienta de historias, me gustaba escuchar “aquello” y, aunque a ellas no les gustaba hablar de “aquello”, cuando se lo pedía, acababan contándome cómo fue para ellas nuestra Guerra Civil. Tenía doce años y un profundo desconocimiento en toda la extensión de la palabra, de todo cuanto había ocurrido en nuestro pasado. Y al mismo tiempo, con unas profundas ansias por descubrirlo, no quería olvidar de dónde venían mis raíces, quería tener presente todo aquello que había dado la vida a mi gente y, también, lo que les había quitado.

Así que, en una de esas comidas familiares, comenzó a tomar vida la historia. Cada una de mis dos abuelas, más una tía muy sorda, y muy mayor, contaban, a su manera, su vivencia, cada una diferente, pero con un denominador común, el dolor y el miedo.

1 comentario en «TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA»

  1. Hola Luz, me ha gustado la historia de tus reflexiones sobre la Guerra Civil que escuchabas de tus mayores. Tu eres joven yo soy un niño de la guerra y viví, siendo niño, la postguerra, la escasez, las restricciones, la ropa dada la vuelta para aprovechar la vieja, las colas de racionamiento, etc., etc……..pero lo más terrible de todo fue la represión, eso no era anecdótico, eso era cruel. Acabada la guerra empezaba otra más sórdida. Que méritos tuvieron nuestros padres y nuestros abuelos. Si no lo conoces te recomiendo los libros de Juan Eslava Galán, uno lleva por título: “Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie” sobre la guerra y el otro “Los años del miedo” que trata de la postguerra.

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