TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA. XI

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Buque que ataca Valencia.

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Ayuntamiento de Valencia, atacado.

 

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Antiguo Hospital Provincial de Valencia (la farmacia) Actualmente, Biblioteca Pública.  jdiezarnal.com

 

Recortes de prensa

El 13 de enero de 1937 la prensa local da cuenta del primer bombardeo sufrido en la ciudad de Valencia, el Mercantil Valenciano informa:

Un buque pirata dispara sobre nuestras costas Anoche, alrededor de las nueve los vecinos de nuestra ciudad y de los poblados marítimos viéronse desagradablemente sorprendidos por un cañoneo que sobre nuestra costa se haría desde alta mar. Inmediatamente nuestras baterías repelieron la agresión, poniendo en fuga el buque faccioso.

14 Enero 1937

El martes minutos antes de las nueve, dos barcos cuyo pabellón y nombre se desconocen y que se encontraban a muy pocas millas de la playa, el uno frente al Balneario de las Arenas, y el otro frente a la farola del puerto, comenzaron a disparar sus cañones bombardeando con alguna intensidad, durante más de diez minutos, al ser repelida la agresión los barcos facciosos diéronse a la fuga, con dirección sur. Uno de los proyectiles cayó en un Hospital de Sangre, destrozando una de sus salas, en las que por fortuna no hubo víctimas. Otros obuses hicieron blanco en modestas casas de pescadores causando algunos muertos y heridos, siendo asistidos estos últimos en la Casa de Socorro de Levante y en el Hospital Provincial.

A nosotros, en Barcelona, nos caían bombas por todos los sitios de la ciudad. Todo era un caos, nada más escuchabas disparos, bombardeos. Y por si aquello era poco, además, teníamos que ir con cuidado con quienes, supuestamente, nos estaban defendiendo. Verás, como ya te he contado, en nuestra finca había muchos andaluces creyentes de la Virgen del Rocío; la mayoría la tenían en altares dentro de sus casas. Pues bien, nos habían avisado de que, todo aquel del cual se sospechase o se chivase de que podría ser creyente, entrarían a sus casas y, si encontraban cualquier Imagen, destrozarían todo, y dejarían en el cuerpo del dueño marcas suficientes como para que se le fuesen las ganas de tener Fe. Un día, hablando con un tal Jesús, el cantaor, mi marido le advirtió de esta situación, pero el hombre no creía que podrían entrar en su casa. ¿Cómo lo iban a saber? Dijo tranquilo. Una tarde nos sobresaltaron los gritos en la escalera, nos asomamos con cuidado de no ser vistos, y allí estaban –cuando dijo allí estaban, lo hizo con tal rabia e indignación, que me sobresaltó su cambio de tono-. A la mujer, la pobre, la habían golpeado en la cara reventándole la nariz. Les destrozaron lo poco que tenían en la casa y a él le golpearon hasta dejarlo sin sentido. Y además, como vieron varias guitarras le rompieron los dedos de la mano derecha.

Mira, a mí me revolvían las entrañas, pero nadie podíamos hacer nada o poníamos en juego nuestras propias vidas. Subieron a alguna casa más, pero todos los que eran devotos tenían las Imágenes bien guardadas, o se había desecho de ellas. Así iban y venían sin ningún respeto por nadie. Pero no creas que eran así sólo los Republicanos, no, no. Nosotras te contamos lo nuestro vivido en la Guerra y si preguntas a otras personas que hayan vivido la Guerra desde el otro bando, te contaran los mismo, pero con otros motivos. La rabia era que, quienes debían defenderte, también te atacaban. Y éramos conscientes de que, cuando acabara la pesadilla, los del otro bando nos harían pagar por haber estado con ellos. Así que, por un lado y por otro, lo único que pasó en todo ese tiempo, fue sufrimiento gratuito.

Así es, porque no solo tenías que sufrir bombardeos, también tenías que ir con cuidado con lo que hacías ante los que defendían la ciudad. A nuestra edad, ni éramos de los rojos, ni de los azules, éramos adolescentes que queríamos comer, trabajar y vivir en paz –decía siempre con el mismo gesto de enfado mi abuela Pepa-. Pero recuerdo, cuando las cosas estaban peores, que no teníamos comida por ningún sitio. Las cartillas de racionamiento no daban para soportar tanta hambre y ya estábamos seguros de que nada podría ser peor. Una noche, mientras escuchábamos las nuevas noticias por la radio, detuvieron la emisión para avisar que, en unas horas, Valencia iba a sufrir uno de los peores bombardeos jamás vividos hasta entonces. Iba a ser por mar.

Lo recuerdo –interviene mi abuela Conchín para aclarar algo-. Por entonces, como las cosas en Barcelona estaban tan mal, me devolvieron a casa. Volvieron a meterme en un tren con otro hombre que no conocía, esta vez era el maquinista, que recuerdo que me dio un trozo de mendrugo de pan y un poco de vino, ¡fíjate! –vuelve su sonrisa tapada, como es su costumbre, por la mano derecha-. Debió ser para que me durmiera y no le diera la lata durante el trayecto. Pues me pase la guerra, como aquel que dice, yendo y viniendo. Aquel ataque yo también lo viví.

¿Y cómo fue? –le pregunta Pepa-, horrible ¿verdad? –Conchín asiente acompañando a aquella afirmación, un movimiento de sacudida con su mano-. Nos dijeron que debíamos huir de nuestras casas y escondernos debajo de los puentes. Nos dieron todas las recomendaciones a seguir, entre ellas que, a los más pequeños debíamos ponerles palillos entre los dientes, para que no les estallaran los tímpanos. Así que, cogimos a mi hermana, mi madre y yo, pero no conseguimos que mi abuela viniera, no le quedaban fuerzas a la pobre. Y compartimos lo que fue la noche más larga, dura y cruel de la Guerra. Murieron muchas personas, cayeron obuses por todos los rincones de la ciudad. Uno de ellos, en el Hospital Provincial que estaba frente a mi casa, nos destrozó todos los cristales y reventó las puertas del balcón. Mi abuela nos explicó que se había hecho de día con el resplandor de aquella explosión; iluminó toda la casa con una potente luz que iluminaba la muerte. No sé cómo pudimos resistir tantos y tantos ataques, se nos hizo de día durante la noche, gritos de horror a cada explosión de obús, tantos lloros de niños, que por mucho que viva, aquello no se me olvidara jamás. Ni a mí –apunta Conchín tan triste como ella.

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