TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA. X

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Ataque Edificio del Reloj Puerto, Valencia.

-”Mire capitán” lo que me he encontrado, ¡estaban robando! –le dijo alzando la voz orgulloso de su hazaña.

Recuerdo que, en un momento, nos rodearon todos los hombres que habían allí y temí lo peor. Había escuchado tantas historias sobre lo que hacían a las mujeres, que me tembló el corazón.

¡Y tanto! Fíjate lo que le hicieron a la hija del lechero en Barcelona, ¡pobrecita! –interrumpió con estupor mi tía Dida el relato de mi abuela, yo fijé mis ojos de adolescente descubriendo otro mundo en su figura-. Se la llevaron en un coche cuando iba caminando por la calle, camino de su casa, y, cuando la devolvieron, la tiraron del mismo coche al suelo entre burlas. Llevaba rapada la cabeza y la dejaron desnuda en medio de la calle; la habían violado todos los hombres que habían donde se la llevaron, ¡torturándola brutalmente! Nos la tiraron allí, como si fuera un despojo en lugar de un ser humano –mi tía era muy dada a tomarse suyas las desgracias de los demás pero, eso sí, como mis dos abuelas, siempre estaba dispuesta a ayudar a quien lo necesitaba-. Su padre estaba como loco y se dedicó a buscarla, día y noche, con desperación; ese hombre estaba deshecho y la madre como loquita. Uno de esos días lo tuvo que curar mi Paquito porque, en uno de los cuarteles, le habían dado un golpe con el fusil en la cabeza y venía chorreando sangre. Decían muchas veces, sobre nosotros y con tono despectivo, “la gente que vive en el Paralelo, esos artistas del tres al cuarto, muertos de hambre”, pero estábamos muy unidos, nos ayudamos siempre unos a otros, también habían broncas, lógico, éramos una gran familia.

-Yo, lo que más recuerdo de aquellos días, era cuando venían los aviones. Todos corríamos, mi hermana me llevaba del brazo, o Paquito me cogía en sus brazos, y en nada, entre carreras ya estábamos en la bodega. Allí siempre había alguna vedette o cantante de las importantes que, a pesar del miedo, tenía una palabra de apoyo y de ánimo hacia todos. Alguno, incluso, cantaba en susurro alguna saeta. En aquel lugar, el que podía o tenía algo, siempre lo repartía –me explicó Conchín contando también sus vivencias de niña.

Así era –agregó mi tía orgullosa de haber pertenecido a aquel grupo humano-. Pues, al final, supimos que la habían cogido porque creían que el novio tenía algo que ver con los azules. A él, dicen que lo torturaron en una celda hasta matarlo, que lo ataron de pies e iban metiendo la cabeza en un barril repleto de agua helada… Aquella muchacha nunca más volvió a ser persona, su padre murió al poco tiempo y ella, acabo suicidándose. Mira lo que consiguió la Guerra con aquella familia, una familia humilde, trabajadora. Eso era la Guerra.

Si, si –asintió mi abuela Pepa- yo, todo eso, lo sabía porque eran los horrores de la Guerra, la gente los contaba e iba de unos a otros. En mi calle, también le hicieron lo mismo a una chica.

Imaginaros cómo estábamos nosotras, sabiendo todo esto, muertas de miedo y llorando en silencio, claro. Pero, cuando aquel hombre se giró, vi que mi madre quedó impresionada, al igual que él, al verla. Quedó pálido, hizo un gesto de desaprobación hacia a mi madre, que encabezaba el grupo.

-¡Pero, estáis locas!, ¿cómo se os ocurre tal atrociedad?

-Tenemos hambre, nuestros hijos nos piden comida, ¡la Guerra! es la única locura –le dijo mi madre que tenía un genio ¡que para qué!-. Estamos desesperadas, no locas.

-Os acompañaremos a casa –dijo escuetamente.

Y así fue, nos acompañaron dos soldados con él. Resulta que era el hermano de mi padre, pero, con el que mi madre no se hablaba desde hacia muchos años. Él nos salvo, sin duda alguna –mi tía y mi abuela lo confirman seguras-. Cuando entramos a la plaza del Pilar, nos dejaron y todas echamos a correr queriendo olvidar la pesadilla; yo de dar buena cuenta de las patatas –sonreímos todas-. Mi abuela, la pobre, estaba delante del cuadro de la Virgen, que había sacado de su escondite, rezando desesperada entre un mar de lagrimas. Cuando nos vio, dio un grito ahogado y nos abrazamos las tres llorando, y temblando. Entonces, me di cuenta de que mi abuela había envejecido; aquella Guerra acabó con sus nervios, con su vida.

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