TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA. VIII

ATAQUE SOBRE BARCELONA BARRIO DEL PARALELO POR LA AVIACION LEGIONARIA ITALIANA (http://www.fundacioelmolino.org)

 

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CARMEN AMAYA CANTAORA Y BAILAORA DE FLAMENCO

 

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En Barcelona, teníamos debajo de casa, en la esquina también, una bodega. Allí nos juntábamos todos, la mayoría cantaores de flamenco, músicos y mi vecina Carmen Amaya –yo no sabía quien era, imaginé que sería una vecina más, pero la voz de mi tía le dio grandeza a aquel nombre y supuse que debía ser alguien muy importante-. Puedes imaginarte la algarabía que había en mi finca, siempre despertabas con los quejíos de alguna guitarra, de alguna bronca –dio una carcajada y las demás también-. Estaba acostumbrada a todo este jaleo, pero no al silencio, ni yo, ni ninguno de los que estábamos allí. El silencio era la peor sensación que existía. Aunque, quizás, ahora que lo pienso, era peor porque sabías lo que venía detrás de aquella quietud. Las primeras bombas cayeron cerca, todo crujió. Los chasquidos de algunas botellas de vino, contra el suelo, hicieron que rompieran ,muchas de las mujeres, en un grito y en una súplica a Dios; ya sabes lo dados que son los artistas a refugiarse en Él. Hasta que el bombardeo terminaba, tenía abrazada a mi Conchín y a León, mi perro, con el corazón encogido y pensando que, la próxima bomba, podía significar nuestra muerte. Ése era el verdadero significado que tenían los ataques para la población, ¿sería yo la siguiente en morir? Y si no moría, ¿qué sería de mi casa, de la ciudad, de lo que durante años, a base de sacrificio, había conseguido?

Es verdad, ¿y la cartilla de racionamiento?, ¡pues no hemos hambre ni nada! –siempre lo exclamaba mi abuela Pepa, es lo que más recuerda de la Guerra, “el hambre”.

Yo recuerdo estar en la cola, un día, con Conchín –decía con una sonrisa entre divertida y traviesa Dida-, y lo típico era que siempre tratara alguien de adelantarse, todas teníamos miedo de quedarnos sin el trozo de pan y la pequeña ración de patatas; claro, esto hacía que todos los días hubiera alguna pelea entre mujeres, pues ese día, la cara dura de turno quiso pasar por delante de mí y ,como no estaba dispuesta, la cogí de los pelos y ella de los míos, y nos dimos una cuantas bofetadas, aunque gané yo ¿eh? –decía orgullosa mientras mis abuelas sonreían, negando con sus cabezas, por la satisfacción de victoria que mostraba mi tía a sus ochenta y cuatro años.

Pues uno de esos días horribles donde, en Valencia, no llegaba nada de comida -continuó Pepa-, la desesperación nos llevó, a mi madre y a mí, junto a unas vecinas, a buscar comida –contaba Pepa con su mano sobre el corazón, como si fuera a revivir en su piel, aquel terror-. Esperamos a última hora, vestidas de negro y con pañuelos negros tapando nuestras cabezas. Mi madre y yo llevábamos la Imagen de la Virgen en el sujetador cosida, bien guardada para que no pudiera ser descubierta; ya se había encargado mi abuela de coserla con gran esmero y sus manos temblando de miedo. Cuando salimos de casa, tras cerrar la puerta mi abuela, sentía un miedo, una especie de premonición de que algo iba a ocurrir. Pero el hambre apretaba más que el miedo. Allí quedó ella, junto a mi hermana, rezando –todas la mirábamos expectantes-. Llegamos a la huerta que, años anteriores, había sido la cuna de mi madre y la casa de mis abuelos. En cabeza iba mi madre, después yo y el resto de mujeres, todas en silencio, con el sentido del oído completamente atento al menor ruido que pudiera delatar algún tipo de problemas. Al ver la tierra completamente arrasada, nuestros corazones dieron un vuelco, habíamos arriesgado mucho y cruzado toda la ciudad como para llegar y no encontrar nada. Allí se centraban, ya no sólo los peligros de los milicianos, también de los propios campesinos hartos de los hurtos. Como en aquel huerto no había nada aunque, anteriormente y por los restos, debió ser un campo repleto de cebollas; nada más imaginarlo, se me hacía la boca agua. Seguimos y después de andar como un kilómetro, llegamos a un campo donde de forma escampada, habían algunas patatas. Nos lanzamos como verdaderas locas, llenábamos los bolsillos que habíamos cosido para la ocasión; entonces, alguna con la voz fuera de sí dijo algo. Al poner atención, pudimos escuchar la sirena a lo lejos –sus ojos volvieron a oscurecerse, mientras Dida, la miraba asintiendo como si volviera a revivir aquellas sensaciones de miedo-. Habíamos perdido la agudeza del oído imaginando aquellas patatas en un guisado, fritas o hervidas y, cuando nos dimos cuenta, ya era tarde.

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