TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA. VII

21 JULIO 1936

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Imagen de la Virgen tras el asalto de los milicianos republicanos

 

 

Tras un breve espacio de silencio, que siempre se formaba al hablar del incio de la guerra, pepa continuó contando su pesadilla. En mi casa, mi hermana Teresa que tenía nueve años dormía. Mientras, mi abuela y mi madre que había venido de la huerta, porque allí las cosas se habían puesto peor, con saqueamientos y enfrentamientos para abastecerse de comida, tanto por parte de soldados, como por civiles desesperados, y su vida peligraba más que estando en la ciudad. Pues allí estábamos las tres, mi abuela había escondido la imagen de la Virgen detrás de su cama, después de todo lo que habíamos visto en Iglesias, y en gente devota que había sido asesinada solo por ser creyentes; también advirtieron que si entraban a una casa y veían motivos religiosos, se llevarían a las cárceles a quienes vivieran allí. Sin embargo, a mi abuela no hubo manera de quitarle la medalla que llevaba colgando. Mi madre llevaba en su sujetador el poco dinero que teníamos. Era como esperar algo que no sabíamos, ni por dónde empezaría, ni como sería, ni qué teníamos realmente que escuchar, solo presentíamos lo que podíamos sentir… ¡Pánico!.

Pronto lo averiguamos, el sonido de la sirena penetraba en nuestros oídos, era aguda, insistente, e iba y venía como si te fuera arrastrando a la histeria. Cogimos todo, a mi hermana la llevé yo en brazos y la tortuga también vino; pensamos que si destruían nuestra casa, ¿qué sería de ella? En el barrio, habían decidido que el mejor sitio para pasar aquellos ataques sería una carbonería que hacía esquina entre la calle Roger de Flor y Recaredo. Fue elegida por los hombres que quedaban porque tenía un falso sótano y decían que sería lo suficientemente resistente, ¡qué ignorantes éramos! En aquel lugar cuando nos juntábamos todos, no se oía nada y, éramos gran parte del barrio, quizá sesenta personas, no daba para mucho más. Tendrías que haber visto los ojos de terror de las personas, los gestos, los labios prietos haciendo esfuerzo para mantener la rabia, supongo que yo debía tener el mismo gesto; además de apretar en mi pecho a mi hermana y sentir las manos de mi madre alrededor de mi cuello. Todos tratábamos de escuchar por encima de la sirena, tratábamos de encontrar aquel ruido que esperábamos y, de repente, como si hubiesen estado escondidos, y de golpe aparecieran. Pudimos sentir la lucha, los aviones, las bombas, los disparos desde tierra, ¡era un infierno! La primera bomba que pudimos escuchar, nítidamente, aunque había caído cerca de la playa, es decir, a la otra parte de la ciudad, nos pareció que iba a ser el fin del mundo. Entonces se desataron los llantos de los niños, los de las mujeres, los rezos de las más mayores.

Y yo miré a mi madre asustada, ella me acarició la cara para tranquilizarme, pero sus manos temblorosas me demostraron que, también ella, estaba superada por los acontecimientos.

En este punto, me gustaría contarte algo, sabes que soy creyente a mi manera, no creo en los curas, ni esa Iglesia oscura y opresora. Pero sí soy devota de la Virgen de los Desamparados e incluso a mi manera, creo en Dios –mi tía y abuela asentían. Ellas que eran ateas, respetaban sus creencias, del mismo modo que Pepa respetaba su condición atea-. Era el 21 de Julio de 1936, había salido uno de los días de las revueltas, no teníamos comida y fui a ver a una amiga de mi abuela, por si podía darnos algo. Pasaba por la Iglesia de San Agustín, caminaba deprisa y muerta de miedo. De pronto, vi un montón de gente que jaleaba algo, estaban mirando hacia arriba y, allí, habían unos milicianos republicanos que le decían al santo: “¡Si eres santo, haz el milagro de no romperte!” Y lo dejaron caer desde la torre, me estremecí ante el estruendo y los vítores. Continué mi camino hasta, que llegó un momento, que el mismo miedo me hizo correr. Entraba por la calle Roger de Flor y me encontré con mi prima, estaba pálida, y me asusté.

-¿Qué pasa? –le pregunté.

-¡Han avisado por Radio Valencia que los republicanos han dicho “que la Virgen debe arder!”

-¡Pero… no puede ser…! -dije desconcertada ante la noticia.

-¡Vamos… vamos!

Ni recuerdo cómo llegamos a la plaza, allí había mucha gente, unos gritaban ante las llamas de la Basílica, otros corrían y nosotras, dos inconscientes, mirábamos con los ojos repletos de lágrimas el humo, y como sacaban cosas y las quemaban. Era lo último que podíamos pensar, la guerra, las bombas, los disparos, los paseíllos y, además, habían quemado nuestra Virgen. ¡Con la de veces que había ido a rogarle! ¡Era mi refugio en momentos de desesperación!Fue terrible…
A mí me lo dijeron en Barcelona, llegó la noticia porque éramos varios valencianos; yo soy atea pero, reconozco que me estremecí ante la noticia.
Me quede impresionada con el relato, no podía ni imaginar que hubieran destruido la Virgen, yo acompañaba a mi abuela desde bien pequeña.

-¿Y qué pasó? –pregunté alertada.

-La habían escondido para salvarla, se habían jugado la vida por evitar la destrucción de la Imagen. Estaba en el ayuntamiento detrás de un muro emparedada Una vez terminó la guerra, volvió a su lugar. Después, unos y otros, se culpaban. “Vosotros la habéis quemado y disparado”, decían los nacionales y “vosotros la habéis destruido en el bombardeo al ayuntamiento de la ciudad”, decían los rojos. Como ves… es todo una locura, ¡demencial!. Pero recuerdo cuando volví a ponerme frente a ella, emocionarme… sí… me emocioné -su voz se quebraba como tantas veces que hablaba de la Geperudeta.

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