TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA. V

2011-05-30_230747 (2)

radio de 1936. www.teinteresasaber.com

 

Así es (asiente Dida con gesto de pena)… nosotros, debajo mismo de casa, teníamos las barricadas y no pensé que fuera a suceder en nuestra zona, pero así fue. Una noche, mientras tratábamos de continuar con la función, entraron unos hombres gritando, a favor de los Rojos, que había estallado la Guerra y acto seguido se acabó la música, el baile, el coqueteo. Envueltos por el pánico del momento, salimos de allí. Aquella tarde había llegado mi hermana Conchín, la dejé con una vecina durmiendo, porque teníamos que seguir trabajando y no era plan de llevarme a una niña a aquel lugar. Temí no volver a verla –acurruca los ojos pensativa para continuar después de un segundo de pausa-. Cuando salimos, fue como si estuviésemos en un mundo diferente de lo que había sido horas antes. Paquito me abrazó como si quisiera protegerme de todo aquello, y yo se lo agradecí. No había más de ochocientos metros desde el cabaret a nuestra casa, todo era una locura, hombres gritando con armas al viento, otros formando con sacos las barricadas ¡justo debajo de mi casa! –exclamó indignada. Mi imaginación captó aquella visión y comencé a imaginar las terribles sensaciones que debían sentir ante aquel cambio en sus vidas, ajeno a su voluntad-. Hasta aquel momento, yo también estuve serena y pensaba que, de alguna manera, se arreglaría la situación. Pero no, era como sentir que cada hora de tu vida podía ser la última, era un desasosiego. Veíamos cómo cerraban los negocios y Paquito, asustado por si no teníamos bastante para comer, ya que no sabíamos los días que aquello duraría, marchó en busca de comida con lo poco que llevábamos encima. Cuando volvió, me estremecí, nunca había visto en él la expresión de horror que marcaba su rostro, no había nada, sus palabras fueron “todo el mundo se ha vuelto loco”. Cerramos ventanas, concretamente las tres que daban a la calle, nos juntamos en un rincón de la casa con todo apagado, junto a la radio.

Aquí pensaba yo… ¡cuánta importancia tuvo la radio en la Guerra! Imaginé a todos, paralizados por el miedo, alrededor de ella esperando noticias y rezando para que todo acabara antes de que empezara. ¿Cómo imaginar lo que te viene encima, sin imágenes? Me estremezco, ¡qué dura vivencia!

Pero, no sólo fue horrible la incertidumbre de cómo iba a ser la guerra, también fueron terribles las primeras revueltas –apunta Pepa con voz apesadumbrada-. Sacaron a todos los presos de las cárceles, la ciudad era un caos. A los dos días de aquel caos, tan espantoso, fue el cumpleaños de una prima mía y me acerqué hasta su casa, que estaba justo en mi misma calle. Allí estaba su novio, que era funcionario de prisiones. Aquella tarde, el muchacho no quería salir a la calle porque dijo que era peligroso, pero mi prima insistió y, claro, el chico nos llevó a dar un paseo. Al salir de casa, dimos la vuelta a la esquina que daba a una calle recta donde estaba el Cine Palacios y había gente paseando; en aquellos días no teníamos otra cosa que hacer. Pues justo, cuando íbamos a pasar por la puerta del cine, escuchamos cómo un coche se detenía a nuestro lado –tragó saliva como recordando el susto del momento, y aquí su voz se trunca, es un relato que hiela la sangre-. Se bajaron cuatro tipos que llevaban fusiles y un uniforme con las letras de la F.A.I inscritas en el pecho. Nos rodearon obligándonos, a mi prima y a mí, a arrodillarnos en el suelo, mientras dos de ellos nos ponían el fusil sobre la sien. A él, ¡pobrecillo!, lo cogieron introduciéndolo en el coche a la fuerza y mi prima apartó, jugándose la vida, el arma de su cabeza y agarró con sus manos al hombre que llevaba cogido a su novio. Él la apartó y le dijo:

-Tranquila guapa, nos lo llevamos a la comisaría.

-Concha, no me llevan a la comisaría… trata de ser feliz.

Cuando se fueron, a mí aún me temblaban las rodillas, las piernas y el corazón. Nos fuimos corriendo a buscar a mi tío, para decirle lo que nos acaba de ocurrir, era el único hombre que quedaba en casa. Aquella tarde recorrimos tres comisarías y en todas nos decían lo mismo… ¡no estaba! Hasta que, en la última que estuvimos, debimos darle tanta pena al hombre que allí estaba, que nos confirmó las sospechas de mi tío.

-Más vale que os hagáis a la idea de que se lo han llevado para hacerle el paseillo.

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