TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA. IX

EL PUEBLO
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http://patrindustrialquitectonico.blogspot.com.es/2013/07/vi-congreso-ticcih-parte-ix.html (ataque al puerto de Valencia)

en busca de victimas
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                                          (búsqueda de víctimas en Valencia tras bombardeo)

No sé si pudieron pasar dos minutos desde que oímos la sirena pero, al darnos la vuelta ante otro sonido fuerte, vimos cómo se acercaban, hasta nosotras, aviones sobrevolando a una altura “tan baja”, que podías ver el casco del piloto. Echamos todas a correr hacía diferentes lugares, yo sé que mi madre me estiró del brazo, corrimos y, en un momento dado, cuando el sonido del demonio aquel se hacía más cercano, noté cómo el cuerpo de mi madre me caía encima, echándome a la acequia –en el rostro de las tres mujeres había un gesto único, era de estupor al recordar aquellos momentos, en el mío debía estar reflejado el de perplejidad-. Allí dentro, sentí que la vida se acababa, sobre todo porque el polvo de las balas que disparaban, nos rodeaba como acechándonos más si podía ser. Sé que recé como no había rezado jamás, quería que desaparecieran aquellos aniquiladores de vidas pronto, pero aquello parecía interminable porque, justo por detrás de nosotras, trataban de contrarrestar desde tierra los ataques.

-¡Qué horror!, yo creo que me hubiera muerto del susto –apuntilla Conchín mientras frunce el ceño.

Pues imagínate, a mí me temblaba todo el cuerpo y a mi madre también, lo notaba perfectamente, y aquello me producía más temor. Ella, de vez en cuando, sacaba la cabeza. Al final, después de no sé cuanto tiempo, sonó la sirena. Nos levantamos con mucho cuidado, ¡si hubierais visto nuestras caras!, dábamos pena… Despacio, sin hablar, formamos un grupo donde íbamos todas unidas, parecíamos fantasmas. La respuesta a aquel ataque se había hecho desde algún sitio cercano, además, ya era muy entrada la noche, todo estaba oscuro –imaginaba la situación, debía ser tan horrible, tan desconcertante, que entiendo su voz opaca al contármelo-. Con el corazón en un puño, íbamos andando por la huerta, entre tropezones por las piedras y los montículos de tierra, que no veíamos. Yo oía a una de las vecinas cómo iba llorando, pero te puedo asegurar que, a ninguna se nos olvido recoger las patatas, las llevábamos bien cogidas –sonrieron las tres dando muestras del hambre que pasaron-. De repente, nos salieron dos hombres, dos niños apuntándonos con sus fusiles, nos detuvimos todas pensando que sería nuestro fin. Nos pusieron en fila, al principio iba uno, al final otro y nos llevaron hasta una barricada hecha con sacos de azúcar; aunque ahora ya no me acuerdo el nombre que tenían, pero allí nos dejaron, delante del capitán que estaba vuelto de espaldas y, con tanta oscuridad, no veíamos su cara.

-”Mire capitán” lo que me he encontrado, ¡estaban robando! –le dijo alzando la voz orgulloso de su hazaña.

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