TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA. IV

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Y fíjate tú (interrumpió su relato mi abuela Conchín), me enviaron con un cesto pequeño donde tenía mi ropa, cuatro trapitos y con un señor, con el que, mi hermano mayor había cruzado dos palabras en su trabajo ¡imagínate! –exclamó escandalizada con un gesto de incredulidad aún hoy por el peligro al que fue expuesta.

Recuerdo pocas cosas –seguía Conchín con el relato-, pero aquel viaje sí lo recuerdo. El tren tenía asientos de madera, iba lleno y en el asiento de al lado, iba una señora con dos gallinas vivas. Muchos niños que, como yo, sin saberlo, estábamos huyendo de nuestras casas, y nuestras familias. Era tan pequeña que no entendía lo que aquel viaje significaba, sólo me dijeron que íbamos a vivir una Guerra, pero no sabía que era aquello. Entre el traqueteo del tren, los olores que se mezclaban entre personas y animales, consiguieron marearme, unido al murmullo constante de la gente hablando y terminé por dormirme.

Bueno, eso no es extraño en ella, era y es una dormilona –apuntó mi tía riéndose y todas la acompañamos, incluida la misma Conchín-. Esta mujer se duerme de pie.
Recuerdo que me desperté llegando a Barcelona, el tren parecía que se había sumido en un silencio que era hasta molesto, la gente se mostraba nerviosa, miraba por las ventanillas y yo, seguía pensando ¿cómo era posible que mi madre me hubiera enviado allí, tan lejos de ella?, pensé que era algo grave, sin duda. Y recuerdo el miedo, el miedo a no encontrar a mi hermana, el miedo al propio miedo que los mayores expresaban a hurtadillas.

A mí (siguió mi abuela Pepa), lo que me desbarataba los nervios era el continuo desvelo por lo que iba a ocurrir, cuando nos iban a atacar y cómo. En Valencia, había habido una grandísima revuelta, como te dije –abrió mucho los ojos con una mueca en su rostro de impresión, aún después de los años-. Arrasaron los cuarteles, se llevaron las armas, quemaron iglesias, quemaron a los santos, golpearon y mataron a curas. Allí, junto a mi casa, estaba el cuartel de Intendencia, tú llegaste a conocerlo –me dirigió la mirada con anhelo porque yo viví los primeros años de mi existencia, en aquella casa del barrio del Pilar-. El día que lo asaltaron lo recuerdo ahora y aún me da un vuelco el corazón, estábamos en casa como en todas las demás casas; teníamos todo cerrado, luces apagadas, tan sólo nos iluminaba una pequeña vela, para no dar muestras de existencia. Así que, de un silencio estremecedor, pasamos a los gritos ensordecedores de hombres corriendo, oíamos disparos, después, aullidos de dolor, de alguna bala que daba con el cuerpo de alguno de aquellos hombres enfurecidos, que lo único que llevaban era su ideal de lucha y de defensa. Se oían metralletas, golpes, hasta que los soldados, viendo que era imposible, dejaron pasar a aquella muchedumbre, no duró mucho rato aquel tira y afloja. Pero, para nosotras, fue uno de los peores momentos porque nos dimos cuenta de que la Guerra no era una pesadilla, sino, una cruel realidad.

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