TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA. III

huida barcelona

www.fotosmilitares.org (19 Julio, huída de Barcelona)

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www.barcelonarebelde.wordpress.com (formación de milicias)

...como te decía, imagínate mi sorpresa cuando entré por la puerta y la vi, andando de un lado a otro y, como una loca, repitiendo una y otra vez… “¡esto es horrible!”, y estrujando entre sus manos el delantal, pidiendo el amparo de la Virgen. Cuando al fin me vio, dio un grito ahogado, abrazándome fuertemente, noté su temblor que, unido al mío, daba la sensación de que éramos unas castañuelas; asustada y buscando las respuestas tranquilizadoras de mi abuela, le pregunté que iba a pasar, y me contestó:

“-lo peor, debemos estar preparadas. No hay nada peor que una lucha entre hermanos y vamos a sufrir mucho, de hoy hasta el final Y, depende de quien gane esta estúpida batalla, que lo único que va a ser es un derramamiento de sangre inútil. Si no ganan los rojos, que supongo que serán quienes ocupen nuestra zona, habrá más sufrimiento, más venganza, más odio para nosotros. Sea cual sea el vencedor, vencidos y vencedores viviremos un infierno”.

Y no se equivocó. En aquel momento, me di cuenta que la luz que siempre reinaba en sus ojos, había desaparecido. Se apagó para el resto de sus días.

Cerramos las puertas del balcón y la única ventana que daban a la calle. Oíamos estremecidas disparos, gritos, a la gente correr en todas direcciones; cogí a mi hermana en brazos mientras enlazábamos nuestras manos, y escuchábamos atentamente la radio, que era nuestra única referencia a lo que pasaba en el exterior.

Yo estaba en Barcelona (habló mi tía Dida), mi marido, Paquito era pianista en un cabaret del Paralelo y los días anteriores a la Guerra, había más trasiego del normal. Decían que era porque, muchos de los hombres que llegaban allí, se irían pronto al frente y querían aprovechar sus últimos días de libertad. Entre bambalinas, mientras cosía toda clase de remiendos a la primera vedette o les planchaba la ropa a las chicas del conjunto, empecé a escuchar rumores. Ya sabes, lo típico, todos hablaban en voz baja, aunque nos enterábamos de igual forma. Todos sabíamos que algo se estaba cociendo y era algo “muy grave”. Allí llegaba, por la puerta trasera, un tipo de estos que se notaba que era importante. Llevaba un puro enorme y salía acompañado por la vedette, que era escultural, alta, guapa, con unos pechos impresionantes… bueno… –carraspeó dándose cuenta de sus palabras ante una cría y yo me reí, ella también, aunque más que darse cuenta, fue el carraspeó de mi abuela Conchín, tan fina como siempre que le llamaba la atención-… eso ya te lo contaré otro día… Como sabía que yo era de Valencia, me preguntó “¿tienes familia allí?, nada más te digo que, la lucha en Valencia, va a ser muy dura”. Así que, discretamente, tal y como él me había aconsejado, envié en un cesto de comida, con el trompetista de la banda de Paquito, una nota donde avisaba a mi madre. Entonces, tu abuela tenía nueve años y pensamos que, si decía aquello, sería mejor que pasara la Guerra junto a mí, en Barcelona.

Y fíjate tú (interrumpió su relato mi abuela Conchín), me enviaron en tren con un cesto pequeño donde tenía mi ropa, cuatro trapitos y con un señor, con el que, mi hermano mayor había cruzado dos palabras en su trabajo ¡imagínate! –exclamó escandalizada con un gesto de incredulidad aún hoy por el peligro al que fue expuesta.

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