TRES RELATOS DE UNA MISMA GUERRA. II

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Fotografía de Agustí Centelles.

“El día que estalló la Guerra –empezó Pepa-, lo llevo grabado en mi memoria como si fuera hoy –las demás asienten como compartiendo el mismo sentimiento, la misma sensación-. Tenía diecinueve años y trabajaba en una sastrería como aprendiza. Lo hacía en un sótano con luz artificial y un calor insoportable, pero me ganaba la vida honradamente. Durante los días anteriores a aquel 17 de Julio de 1936, trabajamos con la puerta cerrada debido a las revueltas, por temor a saqueos de lo poco que podía darnos ganancias. Los insistentes rumores de una inminente Guerra, había desbaratado toda la industria, todo el comercio. Y no sólo por los saqueos, sino también, porque se había aprobado una huelga general y si veían algún comercio abierto, no era de extrañar que los dueños, hubiesen acabado con una paliza. Allí, dentro, teníamos una radio que nos iba informando ante el silencio de todos y cómo se sucedían los acontecimientos. Entonces, lo confirmaron, ¡la Guerra había estallado! Nuestro jefe nos hizo salir con mucha cautela porque no parábamos de oír gritos en la calle. Algunos de jubilo, unos iban gritando a favor de unos, otros a favor de los otros y, en medio de aquella marea de hombres de rostros congestionados por la ira, por la rabia, por la decisión de entregar sus vidas a cambio de sus ideales, iba yo, tu abuela. Sus expresiones en los rostros me daban miedo, además, debía ir contracorriente y fueron muchos los empujones que me lleve. En mi casa, se encontraba mi hermanastra y mi abuela, a la que adoraba –yo noté que se estremeció al hablar de ella-. Mi abuela -prosiguió- era una mujer atípica de la huerta, menudita, flaca, con el pelo blanco y todo peinado hacia atrás, recogido en un moño, con su inseparable delantal negro –sonrió ante su recuerdo. Ya sabía de dónde había heredado, mi abuela, la fuerza de su físico, como su madre, de la huerta Valenciana-. Era una de esas personas tranquilas, que pocas cosas la alteraban y muy pendiente de nosotras, sus nietas. Así que, cuando subí a casa con una rebeca, que llevaba aquel día de verano, fina y de color rosa pálido o no, ¿era blanca?… bueno no me acuerdo muy bien. Sólo sé, que llevaba una manga rota de algún estirón que me habían dado en la calle; pues, como te decía, imagínate mi sorpresa cuando entré por la puerta y la vi, andando de un lado a otro y, como una loca, repitiendo una y otra vez…

-“¡Esto es horrible!”

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