TORITO, YA ESTÁ EN SU ESTRELLA

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Pues sí amig@s, esta semana hemos sufrido la pérdida en nuestra familia de Torito “el Gordi”. Era el perro de mi tía y mis primos, hoy quiero hacerle un pequeño homenaje en este blog que tiene este rincón destinado a las historias de los animales.

Sin duda alguna, Torito se marchó dejando una huella en todos los que lo conocimos, y el corazón roto a su familia. Era lo que se dice ¡un resalao!, bueno y cariñoso hasta límites insospechados, con cierto aire chulesco cuando caminaba, y unos ojos que te ganaban el corazón con su mirada tierna.

Hoy os toca sufrir, han sido doce años dándole cariño y recibiendo su interminable amor, dándole momentos de juegos y caricias, recibiendo risas y ternura. Esas caricias que solo un perro es capaz de entregar con la mirada ¡y en eso Torito era el mejor! Sé que ese vacío intenso que ha dejado en vuestras vidas duele a cada momento, con cada recuerdo, y sé que pararéis en vuestras tareas cotidianas y pensaréis, ¡cómo puede doler tanto! Duele el amor que Torito se ganó a través del tiempo compartido, duele el amor que fue capaz de despertar en vosotr@s de la mejor manera que saben los animales. Pero lo que más duele es la ausencia.

Pero si algo he aprendido en la vida, es que Torito no morirá nunca porque siempre estará en vuestros corazones, en vuestra mente y mientras lo sigáis recordando seguirá viviendo. Puedo imaginarlo en esa dimensión o estrella en la que vamos una vez partimos en nuestro último viaje, seguro que lo recibió Conchín con una gran sonrisa ¡y esos dos estarán haciendo de las suyas! Ella riéndose y consintiéndole, él acurrucándose entre sus brazos, sin apartarse de ella. Felices como eran cuando estaban juntos.

El duelo es muy cruel, pero os queda que fue un perro feliz y seguirá siéndolo allá donde esté gracias a vosotr@s.

Un abrazo muy fuerte. Mil besos.

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D.E.P

EL DON DE LOS ANIMALES

PUBLICADA EL 22/8/ 2014

Ayer, tuvimos que llorar la pérdida de Tricky. Un perro peculiar, diferente, un tanto marqués y exquisito, pero cariñoso, dócil y fiel.

Sin embargo, no quiero enfocar este relato desde la tristeza o la inmensa sensación de pena, por la ausencia. Lo quiero hacer desde el sentimiento opuesto, la alegría, felicidad y amor que sientes, durante todos los años de vida compartida.

Cuando era pequeña, vivíamos con mi abuela Pepa, en una casa antigua, en pleno barrio chino, en el centro de la ciudad. Tenía un balcón que daba a la calle y a un solar repleto de maleza donde, por aquel entonces, estaban haciendo una finca. Desde aquel balcón, recuerdo pasarme las horas observando a los gatos de dicho solar. Desde bien pequeñita quise tener uno en casa, pero mi padre siempre me decía lo mismo… “Cuando te independices y tengas tu propia casa, ¡en la mía, no!”.

Yo, que era muy buena niña, tan solo daba la lata en las horas de la comida, ¡odiaba comer!, me puse muy pesada, rozando la histeria, porque una madre gata había abandonado a una cría en el solar. Mi madre, de la que he heredado su pasión por los animales, siguió los acontecimientos desde el balcón, a mi lado. Recuerdo, como si fuera hoy, nuestro intercambio de opiniones, sobre si se lo llevaba o lo abandonaba. La vimos ir a por cada cría y llevárselos con la boca, a un refugio que se había hecho. Sin embargo, en ningún viaje, que hizo, se llevó a uno gris. Mi abuela, con su valenciano de raíz, nos dijo “si lo deja, es porque está enfermo”. Y, ahí, me cogió una llantina que no hubo forma de parar, hasta que, mi madre (¡qué no haría una madre por su hija!), se bajó al solar, pidió permiso para pasar a los obreros que la miraban atónitos, advirtiéndole que era un peligro entrar. Mucho más boquiabiertos se quedaron, cuando vieron a una niña gritando, aferrada a los barrotes del balcón, con su abuela al lado:

“¡Mamá… corre, no te pongas ahora a hablar con los obreros! ¡Mamá… a la derecha… por ahí no… vas mal! ¡Ahí… ahí!”

Y mis saltos de alegría hicieron que salieran las vecinas

“¿Qué le pasa a la xiqueta?” –le preguntaban a mi abuela.

“Que ha visto un gatito y está mi hija recogiéndolo”

“¡Seguro se muere!” –dijo la vecina.

“Claro que sí” –concluyó mi abuela.

Al escuchar las palabras de mi abuela, rompí a llorar otra vez porque, aunque era pequeña, sabía que mi abuela siempre tenía razón.

Mi madre subió con el recién nacido entre sus manos. El pequeñín, todavía llevaba la placenta y no paraba de gritar. También, su rescatadora, subió con algún arañazo en la pierna, recibiendo por ello, la bronca de su madre, mi abuela. Lo cuidamos durante un día, mi abuela fue a buscar leche y, mi madre y yo, nos turnábamos para darle calor con los brazos. Sin embargo, el pequeño no paraba de llorar. No paró en toda la noche con lo que, mi madre, también se llevó la riña de mi padre, porque no lo dejaba dormir. Mi madre se pasó toda la noche cuidándolo. Le dábamos leche con una jeringuilla hasta que, al amanecer, dejó de llorar. ¡También de respirar! Cuando me levanté y me lo contó, lloré y lloré, lloramos mi madre y yo, mientras, mi abuela decía:

“¡Ya os lo avisé, pero ni caso a los mayores! ¡La madre sabía que no iba a sobrevivir!”

Aquel fue mi primer y único animal que tuve en la infancia. Mi abuela que, a su manera, era una persona creyente, me decía: “antes de dormir, hay que darle las gracias a la Mareta por todo lo que tenemos pero, sobre todo, pedirle salud”. Y yo, en lugar de salud, le pedía gatos.

Veinte años después, aunque el tango diga que veinte años no son nada, son muchos cuando sigues con el ansia de tratar de convencer a los mayores, que me dejaran tener un gato. Un día, fui a recoger un vestido que mi madre me había reservado en una tienda. Estaba pagando y, mientras hablaba con la dependienta, noté algo en mi pie. Al mirar hacia abajo, vi una bola negra que se había acostado sobre él. La dependienta me pidió disculpas, explicándome que era un perrito que iban a ahogar en la acequia y ella lo había salvado, en un principio. Sin embargo, no podía cuidarlo, necesitaba deshacerse de él. Salí por la puerta con el perro metido en la cazadora. ¡Eso sí!, me olvidé del vestido. Al llegar a casa, mi madre enloqueció de felicidad porque era una perrita muy hermosa. Mi abuela renegó y mi padre dijo que no se podía quedar, “no quería perros en casa”.

La lógica y yo, no nos llevamos demasiado bien, como la perrita era negra, le puse el nombre de “Blanquita”. Por aquel entonces, mi hermano, que aún era pequeño, me ayudó todo lo que pudo con Blanquita. Intentamos convencer a nuestro padre, diciéndole que él ni se enteraría de que estaba. Pero, la primera mañana que despertamos con nuestra perra en la cama, oímos a mi padre, muy enfadado, que se había comido su calcetín. Aquello fue determinante. Tuvimos que buscarle un hogar y, tanto mi hermano, como yo, nos quedamos desolados. Mi padre volvió con su frase de “cuando te independices…” El único consuelo que nos quedó, fue saber que tuvo mucha suerte con sus dueños; se hizo una viajera en moto. Al menos, sirvió para darle un futuro mejor.

Unos años más tarde me independice, y fui a vivir a Denia. Lo primero que hice, lógicamente, fue comprarme una casita pequeña, lo segundo la amueblé, discretamente, y lo tercero, adopté una gata.

Era pequeña y feucha, con unas orejas enormes y un cuerpo famélico. Pero, no soy capaz, por muchas palabras que existan, de definir cómo me sentí cuando la cogí por primera vez entre mis brazos. Bueno, más que brazos, entre mis manos. Aquel primer abrazo, jamás lo olvidaré. La encontraron en el cubo de basura, junto a sus otros tres hermanos y no la quería nadie por su aspecto. ¡Dana, fue lo mejor que me había pasado en la vida! Por fin, yo decidía si entraba un gato en mi casa y en mi vida. Dependería de mí y sería responsable de su cuidado y felicidad. Desde el primer, día tuvimos una conexión ¡fuera de lo común!, “decía la veterinaria”. Y cuánta razón tenía… Cuando llegaba a casa, de trabajar, me estaba esperando detrás de la puerta. Al meter la llave en la cerradura, la oía maullar y, en el instante en que entraba, me trepaba por la pierna para que la cogiera en brazos. Nos dábamos besitos y nos poníamos a jugar. ¡Sus ojos eran tan expresivos! Me conquistaba con su mirada felina, esa maravillosa mirada intensa que tienen los gatos cuando te miran fijamente.
Hasta que la tuve y la disfruté, no supe lo maravilloso que es tener un animal a tu lado. Me daba tanto amor. ¡Era increíble! Si lloraba por algo que me había pasado, se ponía a dos patas apoyando las delanteras en la cara, me daba lametazos en las mejillas y, después, se hacía una rosquilla entre mis piernas, y no me dejaba sola. Si me ponía enferma, no se separaba de mi lado, en la cama. Asombrosamente, si le decía ¡vamos a dormir, cariño! Venía con su andar chulesco. Si la llamaba desde cualquier rincón de la casa, siempre y cuando, no estuviera tomando el sol patas arriba, venía.

Los fines de semana, solía ir a ver a mis padres, abuela y hermano. A mi madre, el día que la cogí, la llamé feliz para decirle:

“¡Eres abuela!” –le di un grito enorme cuando descolgó el teléfono.

Después de la impresión, cuando le dije que era abuela de una gata, lo primero que me dijo fue:

“¡Ay! cuando se entere tu padre…”

Y mi padre se enteró. Al principio, cuando le dije que iba a ir a casa y que tenía que llevarla, me contestó:

“¡Bueno… vale… tráela! Pero no me hace ninguna gracia”.

Y al poco tiempo acabó diciéndome:

“¿No crees que hacer viajar a la gata tan seguido, puede ser malo? ¡Déjala aquí y la recoges el fin de semana que viene!

Ahí está el poder del amor de los animales. Hasta que no los tienes, no eres capaz de imaginarlo. Yo diría que es un poder “mágico”, se apodera de ti y no puedes escapar. ¡Es extraordinario!

Dana estuvo con nosotros once años. Fue la reina de la casa. No había día que mi padre, cuando se marchaba a trabajar, no la buscara para despedirse. Ni noche que, al llegar, no la buscara para tocarla los bigotes. A cada uno de nosotros le despertó el sentimiento del amor, del inmenso cariño. No hubo un solo día en que no nos provocará una sonrisa.

El día que tuvimos que despedirla, descubrimos atónitos y abatidos, cuánto puede llegar a doler el corazón, ¡con qué intensidad duele!

Y mi padre, ese hombre que no quería animales porque no le gustaban, aquel día lloró como un niño. La pena por la pérdida, le ahogaba y la rabia e impotencia se adueñaron de todos, también de él.

A los pocos días, tratando de ayudar a mis padres, sobre todo, a mi hermano, decidimos adoptar un perro. Alonso (sí, en honor del piloto de Fórmula Uno) fue toda una aventura. ¡Y nunca mejor dicho! Se comía los zapatos, robaba la ropa de la lavadora, nos rompía los libros. Era un perro podíamos decir “hiperactivo”. A mi abuela Conchín la quería tanto que, cuando la veía, corría descontrolado hacia ella y le daba tantos besos que, un día, le sacó el audífono del oído; ante sus gritos y carcajadas.
Alonso va donde vaya mi padre y, mi padre, lo saca a pasear. Si tiene que dar una vuelta a la manzana al coche, para que no se quede sin batería, lo lleva en el asiento del copiloto con el cinturón puesto y, Alonso, no se mueve y va mirando por la ventanilla. En invierno, hacen la siesta juntos y hasta cuando marca un gol, el Valencia C.F, lo celebran juntos.
Con muchos años de retraso, pero llegaron a mi vida los gatos que le pedí a la Mareta, cuando era niña. He tenido cuatro. No son pocos. Después de Dana llegaron tres más. La historia de nuestros tres gatos es la historia que, desgraciadamente, vivimos con frecuencia. Demasiada, diría yo.

Al mayor le maltrataron físicamente, lo abandonaron en la calle. Cuando fue rescatado estaba malherido y, terriblemente, asustado. Tardó dos años en recuperar la confianza en los humanos. El que le sigue, fue un capricho que, al cabo de tres días, se convirtió en molestia. Peregrinó por tres casas hasta que, finalmente, llegó a la nuestra. Y, el último, lo abandonaron en la calle, un día de Julio con 40º bajo un sol abrasador.

No hay nada, en el mundo de los humanos, comparable con el Don que tienen los animales. La ternura, los juegos, el amor, las caricias, todo te lo dan a borbotones. Y sin ninguna duda, lo mejor, la sonrisa que provocan en ti mientras están a tu lado.

Espero que este relato pueda ayudar a entender lo que decía al principio, la tristeza y el dolor por la pérdida de un animal que forma parte de la familia.

También me gustaría buscar algo de esperanza ante los abandonos. Desear que, a los niños se les explique desde pequeños, que tirar piedras a los gatos callejeros, no es un juego y es cruel. O que, por ponerles petardos a los perros o pegarles con palos, no van a ser más guays, sino, más miserables. Que entiendan ¡qué hay que respetarles!

Yo, al menos, he tenido la suerte de encontrar esa esperanza, la veo en la mirada, en el brillo de los ojos de Blanca, en su sonrisa cuando habla de los perros que pasea de la Protectora. Muchos jóvenes nos hacen falta para continuar salvando y amando a perros y gatos. Ojalá, gente como Blanca sepa educar de alguna manera al resto y así, poder evitar tanto sufrimiento en los animales, cuando ellos, con su Don, están deseando hacernos felices.

HASTA SIEMPRE TRICKY.

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