TE ENVÍO MI SONRISA, CONCHÍN.

Este relato, más que un relato, es una carta abierta a una mujer sensacional, que tuve la inmensa fortuna de tenerla como abuela. Hoy, hace cuatro años que nos dejó; pero no quiero recordar lo malo que vivimos, quiero reflejar en este blog lo que significó para mí, para todos.

Si mi abuela hubiera vivido en los tiempos de ahora, estoy segura de que hubiera salido en algún medio de comunicación. Fue una mujer maltratada por su marido durante muchos años. Por aquel entonces, era algo normal, el hombre ejercía su poder sobre la mujer. Mi abuela, que era una persona maravillosa, tuvo la mala suerte de encontrarse en su camino al hombre equivocado. Un día, mi padre, harto de la situación y repleto de miedo por perder a su madre, fue a denunciar aquellos malos tratos; podría ser el reflejo de hoy en día, cualquier hijo tratando de ayudar a su madre. La respuesta de entonces, del guardia civil sentado tras una gran mesa de madera con un puro en sus labios, fue: “si no hay sangre, no podemos hacer nada; es su marido y tiene derechos, lo que pasa en las casas, ahí se queda”. Siempre que mi padre recuerda esta frase, se le nublan los ojos por la rabia que sintió. No podían hacer nada, tan solo ponerse delante para llevarse los golpes de su padre, él y sus hermanos, a veces, otros familiares.

Teniendo en cuenta esto que acabo de contar, diré que le doy mucho más valor a cómo era mi abuela. Creo que he conocido poca gente como ella, con su bondad, su gran corazón, su inseparable sonrisa, su amor… sí… ¡su amor! Mi blog habla de el amor, porque fue ella quien me lo inculcó. Amor por las personas, por los animales, por las cosas que se hacen. Amor, quizá lo que ella no recibió. Sin embargo, lo daba a manos llenas. Siempre tenía palabras de ánimo para quien las necesitara, trataba de hacer sonreír a los demás, buscaba huir de su pasado y sus recuerdos; era extraño que echara la vista atrás para contarnos historias. Cuando lo hacía, se borraba de sus ojos el brillo, por eso, a mí, que tanto me gustaba escuchar las historias de mis mayores, aprendí que su historia no quería escucharla. No quería verla triste y, a veces, se quejaba de que había llorado tanto que, llegada a los ochenta, le era imposible llorar. Sus ojos se habían quedado sin lágrimas. Afortunadamente, lo que nunca se quedó fue sin sonrisas. Hasta los últimos días de su vida, hasta el final, la vi sonreír.

Recuerdo que temíamos por si algún día le dieran un susto por la calle. Si le pedían dinero, con total tranquilidad, abría su monedero y le daba lo que podía. Si llamaban a la puerta, abría confiada de que nada iban a hacerle. Ayudaba a quien podía, a quien estaba sentado en la puerta del supermercado, al que llevaba un niño, pobrecito, en sus brazos. No valían nuestras advertencias… ella siempre tenía una moneda para quien lo necesitaba. Nunca conocí a alguien que hablara mal de ella, al contrario, todo el mundo quería a la señora Conchín.

Si pienso en ella, la recuerdo impecablemente vestida, con sus labios pintados de rojo, su raya en el ojo y sus zapatos de tacón, aún con sus ochenta y pico años, y sin parar de hablar. Entre las innumerables anécdotas que tengo con ella, especialmente, recuerdo una. Iba yo vestida de fallera (con lo que pesa el traje) para ir a la ofrenda, ella persiguiéndome por casa mientras me decía “¡ven que te pinto la raya en el ojo!” “¡Qué no, qué no!” Huía como podía enganchándome en los marcos de las puertas de casa con la falda, ella me seguía muerta de risa diciéndome “esta chiquilla… ¡ven mujer, que es solo una rayita!”. Y la dejaba que me pintara una rayita que parecía la carretera que te lleva al Garbí. Aquel día, cuando me vi en el espejo, grité horrorizada, ella muerta de risa me volvía a perseguir para ponerme la raya recta o, al menos, lo intentaba. Y lo que más recuerdo, sin duda alguna, ¡lo besucona que era! Cuando nos íbamos a dormir, cuando nos levantábamos por la mañana, cuando me iba a trabajar, cuando volvía… ¡ahí estaba ella esperando su beso! ¡Y pobre de mí si se me olvidaba! Me perseguía hasta la puerta de la calle y me decía “¡se te olvida algo, eh!” Y yo me miraba todas las cosas que llevaba, metía las manos en los bolsillos… las llaves… el móvil… entonces veía su gesto con sus ojos entrecerrados mientras pensaba “se le va a olvidar darme el beso”.

Era una mujer extraordinaria, cariñosa, lo más importante en su vida eran sus hijos y sus nietos. Siempre pendiente de nosotros; siempre preocupada por todos, más que por sí misma.

Este blog trata de contener su esencia, el amor. En este caso, es el amor que yo siento por las palabras . Ella me transmitió este sentimiento, que cada uno de nosotros hemos volcado hacia lo que más nos gusta. Por muchos años que transcurran, por muchos recuerdos que tenga en mi memoria, por muchas historias que me pasen, estoy segura de que nada borrará el amor que sentí y sigo sintiendo por ella. Hoy, es un día agridulce donde la melancolía se entremezcla con la felicidad. Pero, más que nunca, tengo presente la sonrisa y el amor de Conchín.

Su ejemplo de mujer luchadora que superó tantas cosas en su vida, es el que me hace seguir luchando por tratar de cumplir mis sueños. Su sonrisa es el mejor regalo que me pudo dejar.

Por esta razón, hoy, dejo pintada en el aire mi sonrisa para ti, abuela.

2 comentarios en «TE ENVÍO MI SONRISA, CONCHÍN.»

  1. Un día triste,aunque no deja de ser una fecha,su ausencia nos ha dejado un vacio.Y pasa el tiempo,pero la recuerdo cada día más.Yo aconsejaría,que nunca dejemos de demostrar que queremos a las personas,familia amig@s.A veces el egoismo,por diferentes causas,el ritmo de vida,el trabajo,las preocupaciones,nos alejan y no nos dejan ver la esencia y la importancia de lo realmente vale la pena.
    Mi madre (Conchin)era una persona especial,muy especial.
    Si todos fuesemos como ella,la vida y la sociedad serían más fáciles.
    Humana y bella…muy bella.
    Yo le pido perdón,por el mal,involuntario,o eso quiero creer que le pude hacer.
    Y le doy las gracias,por todo el sacrificio y la entrega.
    Te quiero .

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  2. Muy bonito tu relato sobre tu abuela. Debió sufrir mucho,verdaderamente en casos así la familia es un puntal. Pero me encanta como escribes pues por lo menos yo percibo algún toque de humor que lo hace muy agradable y lo dulcifica.Guayyy.

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