¿Puede ser sana la envidia? En mi caso, sí. Cada día que veo a una nieta abrazar, besar, o tan solo, charlar con su abuela, siento envidia. Una envidia sana que me hace sonreír, que despierta en mí la ternura. Y cuando yo estaba en disposición de abrazar, besar o reírme con las mías, no era consciente de ello. Como todo en la vida, se aprecia más cuando no se tiene.

Mi envidia es sana, mi consejo también. Aprovechad, aprovechad el tiempo compartido porque después, el alma se te queda un poco más vacía. Tan solo puedes aferrarte a los recuerdos, por eso, abrazad, besad y reír mucho. Haced reír mucho a las abuelas, ya que son un regalo en la vida que hay que disfrutar.

Hoy he querido dejar dos relatos. Uno dedicado a cada una de mis abuelas, que fueron la base de mi educación, de mi fuerza y las que despertaron en mí un sentimiento tan fuerte como es el amor. Pepa y Conchín, Conchín y Pepa, ambas dos mujeres fuertes, dos mujeres luchadoras que no desfallecieron nunca. Una más seria y fuerte que la otra y la otra más divertida y tierna que la una. Sin embargo, juntas eran mis matriarcas, mi espejo en el que mirarme y tratar de sacar lo mejor de cada una. Si las tuviera que definir, diría que Pepa era la fuerza absoluta, Conchín el amor, la ternura.

A ambas las quise, las quiero y las querré, y a ambas las echo de menos cada día de mi vida.

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