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CARTA A UNA ESTRELLA

Hoy cumplirías 99 años y, siento necesidad de felicitarte, como todos los 12 de septiembre de estos ocho años de pesada ausencia desde que te fuiste. Daría todo por tener un pequeño instante este día para poder cerrar mis ojos, abrir mis brazos y estrecharte con todo el amor que siento por ti. Sólo sé que cuando hablábamos de tu ausencia y de cómo te encontraría si te necesitaba, tú me decías que me comunicaría contigo a través de mi corazón, estarías en él. Que cerrara mis ojos y vendrías a mi mente en forma de recuerdos. Hoy más que nunca me he refugiado durante unos minutos en los latidos mientras no podía controlar unas lágrimas que resbalan por mis mejillas, por esta vez les he dado libertad para expresar mi tristeza, aunque sé bien que no te gustó jamás verme llorar, pero ¿sabes, mi querida Pepa? Sigue entre latido y latido doliéndome tu ausencia. Aunque sé que no es diferente este día a cualquier otro, pero los recuerdos se agolpan en mi mente por tantos y tantos cumpleaños que compartimos.

Uno de tus consejos sabios era que ante un pérdida el paso del tiempo es el mejor aliado, “el tiempo todo lo cura” era la frase a la que tratabas de aferrarte cuando llegó arrasando tu corazón, cada una de las muertes de tus tres hijos. Y era la frase que nos repetías una y otra vez cuando veías que tu final se acercaba.

Durante tu dura y sufrida vida, luchaste contra lo que hizo falta para que a tus hijos no les faltara de nada, en guerra te jugaste la vida para encontrar comida para tu abuela y tu hermana, en la postguerra cuando en alguno de los muchos lugares en los que trabajabas limpiando te daban un bocadillo, te escapabas hasta tu casa para repartirlo con tus hijos, Y así fuiste siempre, una madre que luchó por sacar a su familia hacia delante, no importó lo mucho que tuviste que sufrir para conseguirlo. Fuiste un ejemplo de mujer trabajadora, madre protectora y jamás dejaste de lado a ninguno de los tuyos y alguno que no lo sentías como tuyo. Ahí estuviste siempre.

Por esta razón cuando cumpliste los 90 e hicimos una gran fiesta en casa, no faltó nadie, ni siquiera los vecinos que ante el cartel que decía “Nuestra Pepa nos cumple 90 añitos” vinieron a felicitarte, ramos de flores, peluches, llamadas desde todos los rincones donde la familia se fue, para tu disgusto, separando. Aquella fiesta te hizo feliz porque recibiste lo que sembraste por tu camino, el cariño de la gente. Y aquí te digo lo que siempre te decía para chincharte, todo eso a pesar de ser del Barrio del Pilar, y eso conlleva un carácter fuerte y dominante.

Hoy me aferro a estos recuerdos, a nuestras vivencias, aunque te aseguro que te pienso todos los días, a veces me pongo a escarbar en mi memoria; si estoy de bajo ánimo, escojo aquellos momentos que me daban fuerza a tu lado, otros, en cambio me quedo con lo que nos hacían reír y he tratado de sacar los que nos hicieron sufrir. Tú formas parte de mi vida y, aunque no estés lo seguirás formando, porque como bien nos decías, hasta el último latido de mi corazón estarás conmigo.

Si cierro los ojos entre todos los maravillosos recuerdos que tengo contigo, me quedo con aquel de compartir una noche de verano, sentadas en el balancín del chalet bajo un mágico cielo repleto de estrellas que parecían acompañarnos. Solas, lejos de los demás, entonces yo te cogía del brazo me recostaba sobre tu hombro y te pedía que me contaras historias. Y allí unidas bajo aquel manto de estrellas me contabas historias que a veces desarrollaba en mi mente en blanco y negro, habías vivido tantas cosas… y la mayoría tan horribles, que las transformaba en el color de la tristeza. Lo que más recuerdo era el tono con el que me narrabas los acontecimientos de la guerra, la postguerra, la riada… siempre eran cosas dramáticas, quizá porque vuestra vida durante mucho tiempo estuvo pintada de negro. Pero para mí eran historias enriquecedoras a pesar de que algunas me erizaban la piel. Fuiste una mujer coraje con todas las letras, tal y como titulé tu novela. Merecías que tu historia algún día fuera contada, y sé la ilusión que te hacía. Sin darte cuenta ni siquiera imaginarlo eras mi fuente de creación. Si cierro los ojos puedo notar el tacto de tu piel ya arrugada, tu voz tranquila y tu corazón acelerado. Por eso cada vez que el cielo me regala una noche tan mágica como alguna de las que compartimos, aparece tu rostro y mi corazón se alegra. Tenías razón, el tiempo mengua el dolor para que pueda recordarte sintiendo todo mi amor hacia ti.

Y no quiero estar triste, a lo largo del día trataré de recordar los mejores momentos, sobre todo, las risas que aunque costaba un poco dado tu carácter serio y las heridas marcadas a fuego en el corazón, siempre lográbamos que aparecieran. Nos diste lo mejor que se puede dar, una lección de vida, abuela.

Hoy te envío esta carta a tu estrella, espero la recibas con la misma sonrisa y el eterno amor que ahora mismo se dibuja en mi rostro y mi corazón.

Te quiero, abuela.
Te quiero, Pepa.

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