SHIVA. EL UNIVERSO HABLÓ

Llevo un tiempo haciendo un trabajo dedicado íntegramente a mi cuerpo. Pero nada del cuerpo exterior sino del cuerpo interior, del alma y las energías. Una persona que llegó a mí por medio de Shiva. ¿Otra casualidad? No. Lourdes, que así se llama mi maestra holística, me ha ayudado a darme cuenta que la vida es lo que nosotros queremos que sea. Y que cuando salimos de ese camino elegido algo nos detiene para que nos demos cuenta. En mi caso, mis propias energías interiores me detuvieron en seco no sin antes darme la oportunidad de que mi gato fuera quien me hiciera ver qué me estaba pasando. ¿Os dais cuenta todo el recorrido hasta aquí?

Veréis. Escribir un libro conlleva un esfuerzo de concentración tan solo en lo que estás creando, sin embargo, mientras escribía pensaba en aquellos momentos en los que podría firmar cada ejemplar con todo mi cariño hacia la gente que lo comprara. Al finalizar el libro, al hablar con la protectora, aquel sueño se hizo realmente posible y quizás hasta cercano. Pero no lo creí. Empecé a tener miedos tipo… ¿se venderá algún libro? ¿Podré ayudar o todo será un espejismo? ¿Sabré que decir en una firma? Dejé de creer en mí y en mi creación. En ese momento mi pareja me dijo, así vas mal, tienes que creer en lo que has creado. Escribí en un papel lo que quería y dejé de sentir miedo, entonces todo fluyó. La protectora que había tardado en ponerse en contacto conmigo de repente me pidió 20 ejemplares, y después me ofreció la oportunidad de estar en la feria de Navidad. Y allí llegó gente que me aprecia y aprecio. Gente que no dudó en llenarme de felicidad aquella primera vez. ¿Qué ocurrió después? Me di cuenta que aquello era lo que me gustaba, poder firmar un ejemplar y compartir con quien lo compraba la historia, su significado y el amor que yo sentía por él. Y así llegaron más firmas, muchas más. A cada evento que iba con la protectora, vendíamos todos los ejemplares que llevaba. Logramos vender 350. Casi los que anoté en un papel.

La oportunidad que me dio la protectora con mi libro, me abrió la puerta para que con mi siguiente trabajo “Compañera Cándida” también pudiera ayudarles en el mercado de Navidad que ya era tradicional pasarlo juntos. Y con la suma de ejemplares que vendí con ellos y gracias a Marisa, otra colaboradora de la prote que me ayudó muchísimo desde su quiosco, conseguí llegar a los 380. Se acercaba a la cifra que anoté.

Y entre la primera firma y esta última ocurrió el hecho más importante de mi vida. Que es por lo que escribo. Shiva, que se llamaba Pérez por aquel entonces.

Me había quedado con la primera vez que fui y que Shiva se subió a mi espalda. La segunda vez al entrar me llamó la atención que al verme sacó la pata de la jaula y comenzó a maullar pero sin voz. Lo primero que hice después de saludar a los perros y a todos los gatos, aquel día estaba sola, fue abrirle la jaula. Y volvió a hacer lo mismo, se subió a mi espalda y comenzó a frotar su cabeza contra la mía. Limpiar y atender a los demás se me hizo una odisea, no dejaba a ninguno acercarse a mí, solo quería estar en mis brazos y que le diera mimos. Hasta cuando repartía golosinas que llevaba para los gatos y perros, él prefería estar en mis brazos que comerlas. Eso me llamaba siempre la atención. Cuando era la hora de marcharme dejaba todo limpio, recogido, a los gatos durmiendo a los perros tranquilos, excepto uno y ese era Shiva que me miraba como si con esos ojos verdes pudiera decirme a gritos ¡llévame contigo!!

Cada día que tenía libre en el trabajo iba y hacía lo mismo. Y cada día que llegaba él actuaba igual. Por esa razón al marcharme nunca miraba atrás porque sabía que me estaría mirando con la súplica que yo entendía en su mirada.  Cuando estábamos juntos le susurraba en la oreja pidiéndole al universo que un día se vendría conmigo, que confiara en mí. Así hasta que enfermé y tuve que dejar de ir. Una de las cosas que sentía muchísimo era no poder ir a la protectora a ayudar, porque aunque tan solo fuera un día, algo hacía. Además, echaba de menos a mis niños como les llamaba aunque cada semana había desgraciadamente nuevas incorporaciones, afortunadamente otros se habían marchado adoptados, para mí eran mis niños. Aunque uno estaba por encima de los demás y cada vez que pensaba en cómo estaría y en que pensaría que lo había abandonado me dolía el corazón.

Todos me decían no puede ser, no puedes tener un gato, estás enferma no puedes ir a la protectora debes pensar en ti me decía mi médica de cabecera. Y casi lo tenía asumido, excepto por él. Así llegó el día en que vi que Pérez estaba anunciado por la prote y pensé con un dramatismo terrible que alguien iba a llevárselo porque es muy guapo. Entonces una amiga me dijo que no podía ser egoísta, que debía pensar en la felicidad del animal. Y eso hice, pensar en su felicidad. Cerraba los ojos y en lugar de ver que otro se lo llevaba, me veía a mí. Todas las noches miraba su fotografía. Y como me dijeron que debía hacer algo ante mi falta de sueño me puse a coser. Hice camitas para las jaulas de diferentes tamaños para que estuvieran cómodos. Bien acolchaditas. Y uno de los días que estaba más espabilada mi padre me llevó. Llevé las camas, saludé a la gente, a los perretes y Analía me dijo, “Pérez te echa de menos ¡hasta está malito!” Fui a verlo ¡y cómo no! de un salto se subió a mí, estaba muy constipado y no quería separarse de mí. ¿Qué podía hacer? Traté de convencer a mi padre que se negó a llevarme al gato, llamé a mi madre (vivía con ellos) y me dijo que lo cogiera una vez aquí ya convenceríamos a mi padre. A los diez minutos salí siendo casa de acogida para que Pérez se curara, todo pasó tan rápido que casi ni me enteré. Solo fui consciente de ello cuando íbamos por la carretera con el coche y Pérez me miraba con su nariz mocosa. Lo que tanto había insistido en pensar ¡allí estaba! El universo me había escuchado. No era casualidad era un trabajo que había estado haciendo con mi pensamiento, atraer a Pérez hasta mí pero… solo era casa de acogida, estaría conmigo un tiempo y luego se iría con su familia definitiva.

¿O no?

En el coche, saliendo hacia su hogar

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