RELATOS DE UNA MISMA GUERRA. XII

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CARTILLA DE RACIONAMIENTO               www.entrerocas.blogspost.com.es

 

Y cuando acabó todo aquel martirio de la Guerra –habló Dida-, los más infelices pensaban que iba a ser el comienzo de una nueva época de tranquilidad, prosperidad y felicidad. No dudo que lo fuera, para las zonas azules que habían ganado la guerra, pero no para nosotros. Barcelona había sufrido bombardeos intensísimos, había perdido mucha gente, mucha población, entre las bombas de los azules y, las represalias de los rojos. Aquella época la llamaron la Post-guerra, pasamos más hambre que en la Guerra, nos servían por ejemplo un saquito de garbanzos y un poco de harina y, ¡hala!… a pasar con aquello. Pero a mí, me destrozaron en la post-guerra -continuó Dida con su relato, mientras las demás la escuchábamos atentamente-. Entonces aparecieron los chivatazos, las venganzas, los odios. Nosotros no podíamos trabajar porque el cabaret estaba clausurado. Bueno… y porque la mayoría de los artistas habían huido. Pero un año antes de acabar la Guerra, Paquito había compuesto muchas canciones, había sido su entretenimiento. Una, en concreto, era música muy bonita al piano. Una de las noches que pudimos celebrar una reunión entre amigos, hubo uno de ellos, que al ver sobre la mesa aquella partitura, le dijo que si se la podía ceder. Mi Paquito le dijo que encantado, eran buenos amigos, así que ni lo dudó un instante. En la primera semana del fin de la Guerra, aparecieron en mi casa cuatro hombres del ejército de Franco, entraron y rompieron todo cuanto tenía, me destrozaron todo, no dejaron nada por romper. Yo estaba entre los brazos de mi marido asustada, mirando aquel cuadro que al igual que yo, Paquito, miraba perplejo y desconcertado. Nosotros no éramos nadie, pero no hacía falta ser alguien para aquello, con un simple chivatazo aunque fuera mentira te habían arruinado la vida –dio un puñetazo de rabia sobre la mesa, formando en su arrugado rostro, una expresión de rabia.

Pues rebuscaron hasta que encontraron en un cajón algunas partituras de música que él creaba, era un excelente músico –se le iluminaron los ojos de alegría con su recuerdo. Se mostraba orgullosa-. Le preguntaron si pertenecían a él y, claro, dijo que sí. Sin más, lo cogieron y se lo llevaron, me dijeron que nada más debía responder a unas preguntas, que era algo rutinario, que no había de que preocuparse, que ellos no eran como los hijos de puta de los rojos, en unas horas volvería a casa. Yo les dije que me iba con ellos, pero la mirada de Paquito encolerizada como nunca jamás la había visto, hizo que me detuviera en seco. Él cogió el sombrero y se marchó con su andar impecable, yo les seguí pero uno de los policías con una maldita sonrisa burlona me detuvo por el brazo y me dijo “nena, mejor quédate quietecita ¿sí?”. Me dio un ataque de histeria, comencé a golpearlo con mis puños, a gritar, él de un empujón me echó al suelo, mis vecinas me recogieron y me llevaron a casa, me dieron un largo trago de la poca mistela que teníamos, tratando, inútilmente, de tranquilizarme.

Por aquel entonces, aún temíamos más a este nuevo ejército que al que habíamos conocido, por esa razón, cuando actuaban nadie se atrevía a dar un paso. Pero la unión que había existido durante tantos años, siguió aunque con menor medida, porque muchos de ellos habían huido por temor a las represalias, sobre todo, los homosexuales. Acompañada por dos vecinos, fui a buscarlo por todos los cuarteles y comisarías que habían puesto de improviso. Allí, el consejo que me dieron fue que dejara de buscar, que tendría noticias. Ya pude rogar, que me dijeran donde estaba, sobre todo, como estaba. Pero nada, sólo me dijeron que había sido un chivatazo de alguien. No me lo podía creer, ¡un chivatazo!, todos pensábamos que lo iban a matar como era costumbre, si alguien había inventado cualquier cosa, en aquella época con tanto hombre por juzgar, no se hacían juicios justos, allí la ley era… a éste lo matas en fusilamiento en grupo, a éste lo torturas hasta que hable o muera.

Me pase dos días sin separarme de la ventana, con sus dos noches, me acompañaba Charo, la bailaora, las dos llorábamos por lo que a las dos nos habían arrebatado. A la tercera noche estaba sentada sola en mi mecedora, León estaba a mis pies, triste y abatido, de pronto lo vi mover la cola, se levantó y fue a la puerta ladrando como loco. Por un momento pensé que estaría allí Paquito y, cuando me dirigía a abrir, oí frenar un coche. Volví sobre mis pasos a la ventana y vi como dejaban caer algo en la acera y, después le daban un disparo –me sobrecogió su gesto como si años después, muchos años después pudiera percibir en sus oídos el seco disparo y en su piel, el mismo temblor que sintió-. Corrí escaleras abajo gritando como loca, insultándoles con todas las fuerzas que tenía y, al llegar a la calle, vi a León lamiendo un cuerpo que nada tenía que ver con el de mi Paquito, sin embargo, era su cara, era él. Yo me eché encima de él llorando –prosiguió aferrada al pañuelo-. Estaba frío, helado y desnudo. No sé de donde salió la gente… pero entre tres hombres lo taparon y lo llevaron al ultramarino que había en la calle donde un vecino ya mayor, era médico. Encima del mostrador y repleto de mantas que cada uno que pudo me entregó, conseguimos taparlo y taponarle la herida. Sin embargo, no dejaba de temblar, alguien acercó un quinqué a su rostro y, todos murmuraron con horror un quejido al verlo. Por desgracia el disparo debió hacerlo algún novato o quien disparó estaba tan borracho que no acertó de pleno.

Durante dos semanas luchamos por su vida, por sacarlo adelante, pero fue imposible, los muy canallas lo habían metido en una bañera con hielo… todo… porque el amigo que se había llevado la partitura, la utilizó para poner letra a una canción Republicana contra el Régimen de Franco y, alguien dio el chivatazo que habían sido, él y mi marido. Al apresarlo, confesó que había sido mi marido y, se la había entregado para repartirla entre los hombres republicanos y que se cantara para ir contra Franco. A las dos semanas, finalmente, murió. La injusticia, se llevó a mi marido, mientras que el canalla que se chivo, siguió vivo –sin poderlo evitar, sus ojos derraman aún hoy, lágrimas por él.

 

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