REBELION EN EL CONVENTO. Final

Gracias por seguir mi historia. Como siempre, gracias por vuestro apoyo.

Un abrazo enorme.

FINAL

Por un momento se detuvo el tiempo. Las miradas perdidas en lo alto del pueblo, la belleza más insultante que alguien pudiera disfrutar, se mezclaron con la tristeza del momento del adiós. Hasta que la Madre Generala tuvo la excelente idea de fastidiar el momento.

-Creo que ya han tenido suficiente tiempo para despedirse. Vámonos.

La hermana Rosalía miró de soslayo a la hermana Clotilde, la Madre Abadesa tras un suspiro dio un paso hasta el coche para meterse. El secretario le hizo una señal a la hermana Rosalía que avanzó hasta su puerta.

-Chófer –habló la hermana Clotilde con la voz repleta de firmeza-. Deme mi maleta, por favor.

Todas se detuvieron, si la mirada de la Madre Generala se hubiera transformado en lo que pretendía ser, la hermana Clotilde hubiera sido desintegrada sin apenas resistencia.

-Hermana…

-Le he dicho que me dé la maleta, Madre –le dijo devolviéndole la mirada con las misma ganas de desintegración.

La tensión entre una y otra se podía cortar con un cuchillo.

-¿Sabe? Tiene usted razón, no hay nadie ni nada imprescindible en la vida, por eso prescindo de la orden y de ustedes. La maleta.

El hombre miró a la Madre Generala sin saber muy bien qué hacer, su comentario les había dejado a todos helados. Su desafío había sido tan contundente que nadie había sido capaz de responder.

-Si se va perderá su condición de religiosa.

-Lo asumo, mi maleta –insistió de forma terminante.

-No tendrá ninguna posibilidad de volver con nosotras ¿lo ha entendido?

-Perfectamente, prefiero volver con María y mis gallinas antes que con usted. Me hice monja para ayudar a la gente a quienes necesitaran mi apoyo y dedicación, creí en Dios a pesar de todo lo que veía, alce la voz tantas veces fue necesario porque soy monja pero no sumisa a lo que otros me quieran imponer.

-No le consiento que… -elevó la voz la Madre Generala.

-¡Madre! –cerró los ojos con fuerza-. Voy a cumplir noventa años, he visto mucha miseria, le aseguro que desde un despacho no se ve la verdad, aquí hay gente que necesita nuestra ayuda ¡y me quedo! Eso es lo que dijo Jesús y con eso sí creo. Ayudaros los unos a los otros y tenga presente este: traten a los demás como ustedes quisieran ser tratados.

Ante el silencio de todos los que allí se encontraban con la voz repleta de serenidad y contundencia dijo:

-¡Mi maleta joven! –le alzó la voz dejando a todos a cuadros-. Gracias.

El reloj del despertador del doctor marcaba las 01:45. Al principio le había parecido que estaba soñando, sin embargo, al estar despierto pudo escucharlo con nitidez.

-¡Están llamando a la puerta! –dijo su mujer.

-¿Qué habrá pasado? –se puso la bata y preocupado salió de la
habitación acompañado por su mujer-. Espera aquí.

El hombre abrió la puerta y al ver lo que vio se quedó perplejo.

-¡Ya está, doctor! ¡Se acabó el convento! –le dijo la hermana Clotilde con la voz repleta de rabia

Momentos antes…

La hermana subía la empinada cuesta con su brío natural, que para su edad era un ritmo bastante rápido. Notaba como se aceleraba el pulso, durante el tiempo que habían estado en el convento trató de no hablar, pero al sentir que se alejaba de él, los latidos fueron incrementando su ritmo, el dolor y la rabia se mezclaron en su sangre y salió de ella ¡la temida rebelión! Una sonrisa marcó su rostro, nadie la separaría de lo que quería. Aunque tuviera que mendigar, sabía que allí la gente la ayudaría, total no le quedaba mucho, pero por fin podrían enterrarla en el sitio que tanto amaba. Iba con estos pensamientos enredada y con el paso firme que no escuchó una voz que la llamaba desde unos metros más atrás. Hasta que por fin lo oyó y se giró. Su cara de asombro fue el reflejo del ver a la hermana Rosalía con su maleta y el hábito revuelto corriendo tras ella.

-¡Hermana! ¡Hermana!

-¿Pero? –no podía articular palabra, no salía de su asombro.

-¿Pensó que la iba a abandonar? ¡Nunca! –sonrió ampliamente.

-¿Sabes lo que estás haciendo?

-¡No me importa! ¡Nada me importa tanto como quedarme aquí y estar con usted y ayudar a nuestra gente! ¡Y si por esto me echan de la orden será un buen motivo! –decía jadeante no por la carrera si no por la felicidad.

-¡No sabes la alegría que me das!

Y por primera vez en todo el tiempo que habían estado juntas, la hermana Clotilde se lanzó a los brazos de aquella muchacha joven que al principio tan poco le gustaba. Alegres por quedarse cogieron la maleta y comenzaron a caminar hacia casa del médico. Cada paso lo daban con la alegría de hacer lo correcto, lo correcto para su corazón.

-Hermana, espere –le dijo la hermana Rosalía.

-¿Qué sucede? –la miró con cierto temor.

Las dos se giraron.

-¡No me oyen!

-¡Madre! –la hermana Clotilde no salía de su asombro-. ¡Pero Madre!

-¿Creían que les iba a dejar solas? ¡Ni hablar! ¡Dijimos que éramos como los mosqueteros! –sonrió ampliamente-. Aunque ahora somos como los mosqueteros pero en el paro, claro.

Dieron una carcajada feliz mientras se abrazaban.

-Shhhh no despertemos a los vecinos.

-¡Vamos… vamos! –reía feliz sor Clotilde sin creerse lo que acababa de ocurrir.

-Esto es una locura, hermanas –les advirtió la Madre Abadesa aunque ya sin ese temor que llevaba la responsabilidad de su cargo.

-¡Bienvenida sea la locura, Madre!

El doctor y su esposa no salían de su asombro con lo que las mujeres le contaban, allí las tres religiosas sentadas en el sofá de su casa con un vaso de leche caliente cada una, para quitar el susto que habían pasado.

-Deberíamos llamar al alcalde –dijo el doctor con cierta preocupación.

-Déjelo, doctor, mejor mañana. Lo necesitamos fresco.

-Ahora deberían acostarse, ¡Dios mío no puedo creer que vayan a cerrar el convento! –musitó apenada la mujer del doctor.

-Paquita, vaya haciéndose a la idea –le dijo con pena la Madre Abadesa.

Como no tenían suficientes camas para las tres, la hermana Rosalía se quedó a dormir en el sofá con una espléndida manta de lana que Paquita le entregó para que dejara de temblar. La joven le agradeció el gesto pero le aseguró que el temblor no era de frío, eran los nervios que había pasado. Las otras dos tuvieron que compartir habitación.

-¿Duerme, hermana? –preguntó la Madre.

-Si no ronco, no –contestó seria.

-¿Y cómo sabe que ronca? –le preguntó sonriente.

-Porque a veces yo misma me asusto de mi propio ronquido.

La Madre Abadesa soltó una de sus risitas, la sor, porque seguiremos llamándola hermana, uno de sus gruñiditos.

-Aún no puedo creerlo.

-Ni yo, ¡a ver como diantres entro para dar de comer a María y las gallinas!

-Hermana, duerma, relájese ¡qué Dios proveerá!

-¿Sabe? Sigo teniendo esperanza de que así sea, Madre.

-Ya no soy Madre, ahora me puede llamar Teresa.

-¡Ah eso sí que no! Ellos dirán lo que quieran pero para mí sigue siendo la Madre Abadesa.

-¡Tuvo usted unos arrestos ante la Generala qué me dejó boquiabierta!

-Le dije lo que pienso, creo que somos de todas las mujeres las que no hemos evolucionado nada. Seguimos estancadas… seguimos sin poder alzar la voz, Madre, me moriré y no veré ningún progreso en este aspecto.

-¡Ay hermana Clotilde! Genio y figura hasta la sepultura.

Ni que decir que ninguna de las tres pudo conciliar el sueño, las últimas horas habían sido tan intensas, con tantas emociones difícil de controlarlas. La hermana Rosalía agradeció la manta, se abrazó a ella tratando de cerrar los ojos y rezar. La hermana Clotilde rogaba intensamente al cielo que enviara una solución, que alguien pudiera darles una casita donde vivir las tres y seguir ayudando, ni siquiera sabía si iba a tener la pensión, sí podrían pagar los gastos, demasiadas cosas daban vueltas en su cabeza, y la Madre Abadesa sentía como la tristeza se iba adueñando de su interior.

Con los primeros rayos de sol, las tres mujeres se levantaron tratando de no despertar al matrimonio, pero asombradas vieron como ya tenían en la cocina el desayuno preparado.

-El alcalde se levanta a las seis para salir a correr, así que vamos a desayunar y acudimos al ayuntamiento –dijo el médico.

Las mujeres salieron de casa del médico con el ánimo un poco bajo, no sabían bien qué iba a pasar. Necesitaban más que nunca ayuda y quien les podía ayudar era Jesús. Su paso por las calles iba siendo llamativo para todos, la indignación se iba haciendo cada vez mayor entre la gente del pueblo que se iban enterando de lo ocurrido. Así hasta llegar al ayuntamiento donde Jesús vio atónito como venían las tres seguidas de la mayor parte del pueblo, por las voces y la cara de las tres religiosas entendió que algo grave había ocurrido. Las hizo pasar hasta su despacho, una vez allí sacó dos sillas de un cuarto y dispuso las cuatro sillas frente a él para enterarse de lo ocurrido.

-¡Y encima vinieron con coches que no hacían ruido! ¡la mano de satanás está en esos motores que no pudieron alertar a nadie! –bramó la hermana Clotilde una vez finalizó la exposición de los hechos la Madre-. ¡No hay derecho! ¡No nos pueden quitar lo que es nuestro! ¿Qué vamos a hacer, hijo?

-Bueno… -no sabía muy bien qué decir. Se rascó la cabeza con gesto nervioso-. Debería hablar con Tomás, el abogado, él nos dirá.

-¡Y mi María y mis gallinas! –decía la otra quejosa.

-No sé qué vamos a poder hacer, hermana –la franqueza del muchacho se transmitió en sus ojos-. Lo de entrar por la fuerza…

-A ver –les interrumpió la Madre-. A lo de entrar le pongo yo la solución.

Entonces de su hábito sacó un juego de llaves, en su rostro una sonrisa traviesa mirando fijamente a las dos hermanas, los ojos de la hermana Clotilde casi se caen al suelo, sor Rosalía comenzó a reírse y, tanto el médico como el alcalde, pusieron gesto de asombro.

-Pero me va a prometer, hermana, que nada más vamos a entrar a dar de comer a María y las gallinas hasta que encontremos donde llevarlas, recuerde que la Madre Generala nos advirtió que hoy vendrían a sacar las cosas.

-Bueno… bueno… yo no prometo nada.

-Entonces no vamos –dijo firme la Madre Abadesa. Ante el gesto de rabia que formó sor Clotilde dio una gran carcajada-. ¡Claro que vamos! Venga, de estas llaves no tienen constancia así que tenemos tiempo para entrar… mientras Jesús habla con el abogado nosotras vamos al convento.

-¡Podíamos hacer un encierro de todo el pueblo! –exclamó el médico.

-Voy a poner cordura a esto que se nos está yendo de las manos –explicó Jesús-. Yo quiero más que nadie recuperar el convento pero ellas ahora ya no pertenecen a la orden y podrían ser denunciadas e ir a la cárcel.

-¡¿A la cárcel?! –preguntaron las tres al unísono.

-Es un decir, pero hemos removido tanto el tema que debemos tener cuidado.

-Haremos una cosa –apuntó la hermana Clotilde a la que los ojos le echaban chispas-. ¡Yo entraré y resistiré! A mi edad no hay cárcel que valga. Jesús trae a la artillería para cuando vengan que salga en las televisiones y desde dentro lucharé por los de fuera.

-¡No vamos a dejarla sola! ¡Ni mucho menos! –alzó la voz la Madre Abadesa.

-¡Pero no ha escuchado que…!

-Sé perfectamente lo que ha dicho Jesús, pero ¡ni por un momento la dejaré sola!

-¡Lo mismo digo!

-Bueno… pues ¡al lío! –exclamó contenta la hermana Clotilde.

Jesús resopló algo preocupado, que las hubieran expulsado de la orden era más problemático para continuar con esa lucha suya por quedarse, sobre todo, porque tal y como les habían avisado, alguien de la promotora o del arzobispado irían al convento para empezar a trabajar. Y nadie sabía que la Madre Abadesa había guardado un juego de llaves.

El resto no compartía la preocupación de Jesús, acompañaron a las tres religiosas que iban a paso ligero, por allá donde pasaban la gente que se había enterado que iban a entrar al convento les daba ánimos, hablaban de que alguien haría algo, ¡habría un milagro!, decían. Al llegar a la puerta del convento, la Madre Abadesa sacó de su gran bolsillo un juego de llaves grandes de hierro, por un momento se hizo el silencio. Fue a rodar la cerradura cuando la hermana Rosalía comenzó a reír de buena gana.

-¿Qué pasa, hermana? –le preguntó la Madre un tanto sorprendida de aquella extraña risa.

-Estoy nerviosa, ¡y me da la risa floja!

-¡Madre de Dios! –renegó gruñendo como siempre la hermana Clotilde- Abra, Madre, abra.

La puerta pesada de madera se abrió, la gente que les había acompañado aplaudió el momento, la hermana Clotilde entró sin mirar atrás, a paso ligero se fue hasta el pequeño granero donde María al verla emitió un mugido “MU” considerable, parecía alegrarse de verla.

-¡Ya estoy aquí pequeña! Vamos a ver qué podemos hacer contigo… no te preocupes no nos vamos a separar mucho.

Mientras le hablaba la acariciaba el lomo con cariño. Aquel animal había sido su paño de lágrimas cuando las cosas iban mal se descargaba con ella, tenían una conexión tan fuerte que a la vaca nada más le faltaba darle un abrazo para transmitirle su alegría. Lo mismo que las gallinas, allí, Clotilde era feliz.

La “risitas” Rosalía entró hasta la cocina a la carrera, no le habían dejado llevarse el ordenador y quería ponerse a trabajar para contar al mundo lo que había sucedido. Al abrir la página susurró.

-No me lo puedo creer.

Salió corriendo en busca de la Madre Abadesa que había entrado hasta su despacho.

-¡Madre! ¡Madre!

-¿Qué sucede?

La mujer se asomó a la puerta porque sus voces retumbaban en el pasillo de frías piedras.

-¡Madre nos han quitado la página que teníamos en Internet del convento!

-Bueno… no me extraña –dijo algo decaída.

-¡Pero por qué!

-Hemos osado plantarnos, somos monjas y no tenemos derecho a protestar, nada más que acatar lo que se nos diga. Entiendo su actuación aunque no la comparto.

-¡Haré otra! Hablaré con Jesús.

-Hermana, puede que en pocos minutos, o alguna hora tengamos que abandonar definitivamente el convento. Hasta ese instante yo le diría que disfrute de los pasillos, del entorno y lléveselo en su corazón.

-Me niego, lo siento.

La Madre Abadesa la vio marcharse con rapidez perdiéndose por los pasillos angostos del lugar. Suspiró con fuerza temía que en poco tiempo llegaran y las echaran.

Subió hasta su celda, mientras escuchaba como la hermana Rosalía le daba a las teclas del ordenador. Sonrió al ver su entrega. De lejos escuchó la voz de sor Clotilde llamando a sus gallinas. Por unos instantes parecía que todo volvía a la normalidad. Llegó hasta la ventana del primer piso, desde allí podría atisbar el horizonte y prepararse para el final.

Pasó una hora desde que habían “ocupado” el convento, nadie había dado noticias, incluso, el amigo de Jesús cámara había dado la noticia de que el pueblo estaba fuera del convento y las monjas dentro. En un acto de total rebeldía.

-¿Nada, Madre? –preguntó la hermana Rosalía al verla bajar.

-Nada.

-Qué extraño… son las doce y diez, ya deben saber que estamos aquí ¡y ni siquiera una llamada! –contestó la hermana Clotilde.

-Algo pasa –susurró un tanto extrañada la Madre Abadesa.

-He conseguido crear un blog, ya he puesto que estamos aquí dentro resistiendo. ¿Cree que vendrá la policía?

-No lo sé, hermana. No lo sé.

Los nervios se había apoderado de las tres, sor Clotilde había decidido ponerse a cocinar, la hermana Rosalía contestaba los correos que le llegaban al blog, casi todos les daban ánimos para tratar de resistir el mayor tiempo posible.

A eso de las tres y media de la tarde la campana sonó.

-Voy yo –dijo la Madre Abadesa con tono solmene.

-No he escuchado nada –dijo Rosalía.

-¿Qué quiere escuchar, hermana?

-Si fueran ellos la gente habría gritado, no sé al menos les habría abucheado como el otro día.

-Algo pasa… lo presiento –musitó sor Clotilde con el corazón encogido.

La Madre Abadesa abrió la puerta. Allí estaba Jesús con otro amigo, la mujer exhaló un profundo suspiro de alivio. Los llevó hasta la cocina y una vez allí la hermana Clotilde mientras Jesús hablaba miraba fijamente a aquel hombre, algo en sus ojos le llamaba la atención.

-Pues como les decía –seguía hablando Jesús-, tenemos todo bajo control y…

-¡José! ¿Eres tú, verdad? ¡Eres José!

Las dos hermanas giraron levemente su cabeza hasta la figura de sor Clotilde. Les llamó la atención el timbre de voz repleto de emoción de la hermana. El hombre sonrió levemente, asintiendo mientras la miraba tan emocionado como ella.

-¡José!

-Hermana.

No dijeron más se abrazaron con un cariño inmenso, se notaba que la hermana Clotilde estaba emocionada y, también, afectada por aquella visita al igual que él. El hombre la ayudó a sentarse en uno de los taburetes de la cocina.

-¿Hermana se encuentra bien? –le preguntó la Madre Abadesa con cierta preocupación.

-Tenga, tenga –la hermana Rosalía le dio un vaso de agua al ver su palidez.

-Sí, ha sido la emoción de verlo –le acarició la cara-. ¿Cuánto tiempo hace que no nos veíamos?

-Lo siento, hermana, sé que tenía que haber venido pero no tenía fuerzas, mis fantasmas del pasado aún me dolían demasiado pero sabía que en algún momento debía reunir esas fuerzas y afrontarlo. Hace treinta y cuatro años que me fui.

-¡Dios mío pensé que no volvería a verte! –le volvió a sonreír emocionada.

Él sonrió apretándole la mano con inmenso cariño.

-¿Saben? A este muchachote le quite los mocos y los piojos –Jesús sonrió de lado mirando divertido a la hermana Rosalía-, le curé las rodillas y le enseñé a leer, sumar y restar, también le tuve que dar más de un coscorrón porque me robaba la repostería, ante todo las magdalenas –él sonrió pero esta vez acompañado por todos-. Hace treinta y siete años ocurrió una desgracia sus padres
murieron y me hice cargo de él.

-Los pasillos de este convento se convirtieron en mi casa durante tres años –sonrió orgulloso.

-Después conseguí que un matrimonio que vino a vivir al pueblo lo adoptara –una minúscula sonrisa se dibujó en el serio rostro de la hermana-. Pero la alegría me duró poco porque se marcharon a Londres, aunque todas las navidades recibía mi tarjeta de Navidad y los buenos deseos para el año siguiente.

Por un momento hubo un silencio en la cocina donde nada más se escuchaba los cantos de los pájaros.

-¿Y qué te trae por aquí? –le preguntó tras beber agua.

-He venido para darle las gracias por entregarme a unos padres maravillosos que me dieron una vida repleta de amor –las hermanas sonrieron por un momento se olvidaron de sus problemas-. Nunca fui capaz de venir a darle las gracias por ello.

-No tenías por qué.

-Hermana, usted recuerda que me decía siempre que tenía que ser un buen hombre, tratar de tener mi corazón repleto de amor y hacer las cosas lo mejor posible sin hacer daño a los demás, ¿se acuerda? –ella asintió-. Crecí con aquel dicho suyo de “de bien nacido es ser agradecido”.

Las dos religiosas miraron con cariño a la hermana, se notaba el aprecio de aquel muchacho, ambas pensaron que había llegado para ayudarla, quizá iba a darle su casa del pueblo porque se notaba su inmenso respeto y amor hacia ella.

-Pues hoy puedo venir para agradecerle todo lo que hizo por mí.

La mujer lo miró con la mirada repleta de dudas ¿qué podría darle a ella?

-Acabo de cerrar un trato, he comprado el convento.

-¡Qué!

Las tres lo miraron sin poder articular palabra, aquel José había llegado como caído del cielo.

-El otro día vine para hacer la visita guiada, me escondí entre la gente sé que llamé la atención de la hermana Rosalía por mi aspecto, necesitaba saber que estaba pasando, cuál era el problema. Durante esa visita vi el esfuerzo de la hermana Rosalía por ser buena en lo que hacía, vi el esfuerzo que ustedes hacían para poder ganar dinero con la repostería. Vi el cariño del pueblo hacia ustedes y de lo que las necesitan. Y me dije, ¡ha llegado el momento! Clotilde se merece poder vivir aquí hasta el último de sus días, otra cosa hubiera sido injusta.

¡Qué decir ya a esas alturas las tres lloraban emocionadas a moco tendido! Con perdón de la expresión pero era así.

-¿Y el arzobispado…? -preguntó la Madre Abadesa desconcertada.

-No tienen nada de qué preocuparse, el acuerdo está firmado.

-Pero nosotras ya no somos monjas –insistió la Madre Abadesa.

Ni que decir que la hermana Clotilde no paraba de llorar mientras la hermana Rosalía la abrazaba emocionada también.

-Bueno… eso lo dejo en sus manos. En Inglaterra tenemos la posibilidad de crear alguna orden que sea utilizada para hacer el bien, como vivo en Londres mi mujer que es atea, ya les aviso, me ha dicho que debería hacer una orden para que ustedes pudieran seguir siendo religiosas si es su deseo.

-¿Y le han dejado hacer todo esto? –preguntó Rosalía con los latidos de su corazón a ritmo desbocado.

-El dinero todo lo puede –sonrió de lado el hombre mirando a sor Clotilde porque era el dicho que la acompañó durante toda su vida.

La hermana Clotilde seguía sin poder articular ni palabra ni gruñido y eso ya era mucho.

-Si ustedes aceptan, van a pertenecer a la “Orden de las religiosas de la Hermana Clotilde”

A esas alturas ya el corazón de sor Clotilde parecía no aguantar más emoción, la mujer se abrazó a aquel niño que era un hombre, y por el que durante mucho tiempo dio su vida, hasta se planteó dejarlo todo para cuidarlo. No podía articular palabra mientras la hermana y la Madre Abadesa se abrazaban sin salir de su asombro por todo lo que estaba ocurriendo.

-Hijo… esto es más de lo que podíamos imaginar.

-Esto es menos de lo que se merece –contestó emocionado-. Por eso quiero que me digan si les parece bien continuar con las visitas guiadas y la repostería, me pareció una actividad maravillosa para que la gente conozca este rincón y a ustedes, con ese dinero podría ayudar a los necesitados del pueblo.

-¡Por supuesto! –dijo casi fuera de sí la hermana Rosalía.

-Hermana –le llamó la atención la Madre Abadesa.

-Perdón…

-¿Qué dice, Clotilde? –le preguntó José con una sonrisa maravillosa y repleta de felicidad.

-Que Dios escucha y es justo, que ha estado enviando señales ¡se lo dije Madre! Mire tenemos aquí a Jesús y José –decía emocionada-. Que voy a seguir en compañía de María y lo mejor, vamos a poder ayudar a la gente del pueblo. Hijo… ¡gracias! Pero te habrá costado una fortuna.

-Ahora soy un hombre prospero, Clotilde, le hice caso. Traté de ser honesto y trabajador, tuve mucha suerte con la mujer que tengo a mi lado, y mis empresas son pioneras en Londres. Sabía que llegaría un momento en mi vida en el que podría devolver todo lo bueno que hizo por mí. ¡Ya ve que sus coscorrones fueron efectivos!

Dio una gran carcajada, mientras la Madre Abadesa y la hermana Rosalía apretaban las manos de sor Clotilde.

-Además, quiero ayudar a mi pueblo, mis raíces siguen estando aquí y una vez superado el miedo al regreso, quiero invertir para ayudar a esta gente que en realidad es mi gente.

-¡Esto hay que celebrarlo por todo lo alto! –exclamó Jesús feliz-. Vamos a contarlo a todo el pueblo ¡esto es la mejor noticia que hemos tenido en mucho tiempo!

Todos salieron fuera del convento, la gente del pueblo abrazó uno por uno a aquel niño que un día se fue y volvió hecho un hombre. ¡Todos recordaban al pequeño José que había sido adoptado por sor Clotilde! Allá dónde fuera ella iba él primero enganchado a su hábito después de su mano. Las televisiones quisieron entrevistarlo pero él se mantuvo al margen, Jesús y la hermana Rosalía fueron los encargados de hacer pública la noticia, mientras la Madre Abadesa seguía todo lo que ocurría acompañando a una hermana Clotilde que no había podido dejar de llorar. La Madre la miró orgullosa de ella y su lucha.

-¿Sabe una cosa, hermana? –Clotilde la miró con el gesto relajado y feliz-. Hay algo que ese muchacho ha dicho y estoy de acuerdo “el que siembra recoge” y usted ha sembrado tanto amor que con todo merecimiento ha recogido este regalo de José.

-No solo he sido yo, Madre. Durante mucho tiempo hemos ayudado a las personas, de eso se trata, ese es nuestro deber.

-La admiro, hermana. Y me alegro enormemente que esta segunda rebelión haya resultado exitosa. Alabada sea.

La hermana Clotilde sonrió levemente, sus ojos se habían posado en la gente que estaba ante la puerta del convento, se escuchaban los aplausos, los vítores, todos a una con ellas. Y el corazón de aquella vieja religiosa se sintió más joven que nunca sintiendo las ganas de seguir luchando por la gente y en sus labios siempre tensos, se dibujó una enorme sonrisa de satisfacción.

Durante la cena el silencio fue el protagonista, después de todo el ajetreo las tres religiosas durante esos días, estaban agotadas. Cuando terminaron se dirigieron hasta el despacho de la Madre Abadesa, había mucho que hablar y preparar. Pero como los nervios las tenían agotadas decidieron en ese momento plantear los temas más importantes para empezar a trabajar. Hablaron de cambiarse el color del hábito, les pareció bien llevarlo blanco eso daba luz y señal de paz. La hermana Rosalía tendría un ordenador y una conexión a Internet legal para tranquilidad de la Madre Abadesa, de esa manera sería la encargada de mantener informados a las personas que siguieran el blog, y por supuesto con sus espectaculares fotografías. Y sor Clotilde tenía muchas magdalenas, rosquilletas y tortitas que hacer para los visitantes de las visitas guiadas. A parte, de mantener la ayuda a la gente del pueblo.

Una vez terminaron la reunión, las dos hermanas se marcharon a sus respectivas celdas.

-¿Hermana está usted segura de que venga la periodista para averiguar cosas del más allá? -preguntó con temor Rosalía.

-¡Claro que sí! Ya oíste a José, a él ese tema le gusta.

-A mí me da miedo.

-Hermana –se detuvo mirándola fijamente para decirle-. Miedo a los vivos, los muertos pobres, no pueden hacernos nada.

-No sé yo –murmuró bajito para que no la oyera-. ¿Está feliz con la aparición de José?

-Sí y no.

-¿Y eso?

-Estoy feliz de quedarme y volver a ver a José, pero triste de ver que los valores de la vida se reducen totalmente a lo que pueda comprar y vender el dinero. El corazón y los valores cuentan poco, hermana. Y te digo algo, sin corazón la humanidad está perdida.

-Pues tendremos que hacer cosas para que vuelva a latir el corazón, hermana ¡tenemos mucho trabajo!

-A mí ya me queda poco en este mundo… pero mi tranquilidad es que quedarás tú que has aprendido muy rápido –le sonrió.

-No diga eso, hermana. ¡Aquí hay Clotilde para rato!

Tras una carcajada y otro abrazo, la hermana Clotilde le dijo volviendo a su gruñido.

-Últimamente está usted muy cariñosa ¡tanto abrazo!, ¡tanto abrazo!

-¡El abrazo me sale del corazón, hermana!, que descanse.

-Igualmente. Hermana Rosalía –la sor se detuvo en la puerta mirándola como quien espera una reprimenda-. Gracias por apoyarme, sin ti no hubiera tenido el ánimo necesario para seguir adelante.

-Gracias, hermana –respondió emocionada.

-Venga… a descansar. A partir de mañana comienza una nueva vida para nosotras.

Sor Clotilde llegó a su celda con la sensación de que por fin habían logrado llegar a su meta. Se asomó a la ventana y con la mirada fija en el pueblo sonrió satisfecha. José era un buen muchacho, siempre lo fue y era el milagro que tanto rogó al cielo, la ayuda que imploró en cada rezó. Se acostó mirando el techo de su pequeña celda, en ese momento fue capaz de sentir la felicidad a sus casi noventa años, en ese instante cobró sentido toda su vida, y se sintió satisfecha de ser religiosa. Seguiría ayudando a quienes más las necesitaba esa era su vocación.

Tras exhalar un profundo suspiro cerró los ojos y murmuró:

-Gracias por dejarme trabajar con el corazón abierto a quien necesita mi ayuda. Gracias a quien esté arriba, a quien mueva los hilos del universo para que nuestros sueños se hayan hecho realidad.

Aquí os dejo el enlace de la noticia en la que basé esta historia.

http://www.lasprovincias.es/valencia/prensa/20061103/costera/orden-acusa-monjas-bocairent_20061103.html

2 comentarios en «REBELION EN EL CONVENTO. Final»

  1. Encantado de saludarte Luz ¿Cómo estas?

    Escribirte desde la comunidad de fans del Ministerio del Tiempo ?
    https://www.facebook.com/pg/tiemporelatos/photos/?ref=page_internal

    En referencia a tu labor de ESCRITORA de relatos como “El pintor de abanicos” y al ser fan ministerica, como vimos por twitter

    Y como fans ministericos, necesitábamos preguntarte si ¿Te gustaria participar? Nos gustaria tener el honor de solicitarte un relato para acompañar la proxima campaña FAN

    En caso que tus responsabilidades con la promocioin de “Ausencia” o continuando con “Parker y Kristina, un amor inesperado” te dejaran un hueco,
    indicar que el proyecto vamos a sacarlo mas a delante para “petar las redes” y acompañar el rodaje de la 4a temporada para pedir mas visibilidad, presupuesto y mejor trato

    Sería un honor que contemos contigo.
    De todas formas, pudieras o no, muchísimas gracias por tu atención que vaya todo estupendamente y si le das un vistazo, que te guste tanto como a nosotros .

    ?Gracias!!

    Responder

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