REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 9

Capítulo 9

Durante la tarde, las tres monjas estuvieron dedicadas por completo a sus quehaceres, debían tener todo preparado para la posible visita de gente al convento. De vez en cuando, la hermana Rosalía entraba en la página para ver el número de personas que habían entrado para leerla. Había pasado una hora y apenas habían dos visitas.

-¿Cómo va, hermana?

-Dos visitas, Madre.

-Bueno… mejor no le cuente a la hermana Clotilde.

La hermana Rosalía estaba algo contrariada pero también decidida a cambiar la decisión de tener que marcharse. Descargó el programa de correo, creó uno nuevo llamado “hermanarosalia” y haciendo un considerable esfuerzo de memoria envió a toda la gente que conocía un email para que entraran a la web, allí descubrirían un mundo maravilloso, y al mismo tiempo les pedía que hicieran publicidad entre sus conocidos. Explicándoles el problema que tenían en aquellos complicados momentos.

-Hermana es la hora de los niños.

-Ya voy. Sor Clotilde –le dijo con una sonrisa leve-. ¡Estoy muy ilusionada! ¿Cree que vendrá alguien?

-Para eso hemos hecho esa cosa del portal –ante la carcajada de la hermana Rosalía agregó-. Yo solo espero hacer ruido para al menos demostrar que no somos un monigote.

-Dios estará de nuestro lado, hermana.

-Eso espero. Venga…

La tarde se les pasó volando, siempre era una alegría recibir a los niños, les preparaban una merienda y en la amplia cocina los sentaban allí para poder tomar su vaso de leche recién ordeñada y su torta o magdalena. Los niños se divertían viendo a la hermana gruñona ordeñando la vaca, después la hermana Rosalía les contaba cuentos o hablaba con ellos y los niños le contaban cosas de pequeños con lengua de trapo.

A la hora de irse, los padres se pasaban a recogerlos y a cambio a las monjas les daban huevos, mantequilla, lo que pudieran llevar o si no podían, no llevaban nada. Pero en aquella ocasión, además, de todo aquello les trasladaron su indignación ante lo que estaba a punto de suceder. Las monjas agradecían el apoyo aunque también aceptaban algún comentario diciendo que quizás, si hacían un hotel grande era una oportunidad para los hombres y mujeres del pueblo que no tenían trabajo.

Tras la lectura de las letanías de la tarde, comenzaron en silencio a preparar la cena para las cuatro personas de las que se hacían cargo. Una vez finalizaron, la hermana Rosalía fue hasta el despacho de la Madre para avisarla.

-Madre… vamos a repartir la cena.

-De acuerdo. Vayan con cuidado.

Por el camino ambas mujeres iban serias, en silencio acompañadas por el ruido de las sandalias pisando las piedrecitas del camino. La hermana Rosalía repetía mentalmente una y otra vez la historia que estaba segura al día siguiente iba a contar a los visitantes al convento. Sentía los nervios atenazados en su estómago, nunca le gustó hablar en público y desde su abandono en la Iglesia ante el altar mucho menos. Sin embargo, era una oportunidad para demostrarse a sí misma que era capaz de superar aquello, que tal y como le había dicho la hermana Clotilde, ella no dependía de nadie para ser feliz y poderosa, tan solo dependía ella misma. Hasta que de pronto entraron a una de las calles del pueblo, la hermana Rosalía se detuvo en seco con gesto impactado.

-¿Qué le pasa, hermana? –le preguntó sor Clotilde.

-Mire, mire esto –señalaba con su dedo índice hacia uno de los balcones.

-¡Madre de Dios! –susurró la otra.

-Mire allí –señaló al otro lado de la calle.

-¡Esto es… es…es un milagro!

Ambas mujeres estaban paralizadas por la emoción en la calle, a ambos lados por los balcones habían colgado unos carteles, otros sábanas donde se podía leer “QUEREMOS A NUESTRAS MONJAS Y NUESTRO CONVENTO” “QUE NO SE LAS LLEVEN”.

-La gente nos está apoyando, hermana –decía feliz.

-Sí… la gente de buen corazón. Ellos son la esperanza.

-Hermana Clotilde… ¿y aquellos que sí quieren que vendan el convento para poder trabajar?

-Si supiera que yéndonos iba a servir para eso, pero sé que no va a ser como dicen. Esa gente tiene a sus propios profesionales. Ni el alcalde consigue trabajo para los del pueblo… ¡imagínate! Pero están en su derecho de velar por el pan de sus hijos, hermana.

-¡Con lo bien que estábamos y el bien que tratamos de hacer! –susurró mientras volvían a caminar.

Conforme se adentraban en el pueblo y se iban encontrando con los vecinos, las iban parando dándoles su apoyo y mucho ánimo para mantener la lucha. Ellas lo agradecían con una sonrisa, aunque la de la hermana Clotilde era tan minúscula como una hormiga. Tras agradecer el apoyo terminaron su trabajo. En las cuatro casas del pueblo que vivía gente sola y enferma, ellas les acompañaban durante la comida y les daban un rato de charla. Al terminar todos sus compromisos de atención a los demás, la hermana Rosalía se dirigía hacia el camino de vuelta al convento, sin embargo, la mano en su brazo de la hermana Clotilde la detuvo.

-Tenemos que pasar por el ayuntamiento.

-De acuerdo –le contestó algo sobresaltada ¿qué se le estaría pasando por la cabeza?-. Vamos.

Imaginó que algo se llevaba entre manos la monja cascarrabias. Rosalía metió las manos en los bolsillos de su hábito y la acompañó con la emoción todavía de las palabras de apoyo de los vecinos del pueblo.

Llegaron al ayuntamiento y allí les esperaba Jesús. Las recibió con una sonrisa enorme haciéndolas pasar directamente a su despacho.

-Estaba esperando su visita.

-¿Has logrado algo? –le preguntó con esa mirada que traspasaba al más pintao.

-¿Usted qué cree?

El ocaso del día había concluido, con él llegaban las nuevas oraciones y el silencio. Las tres monjas cenaron y, al terminar, cada una se retiraba a las habitaciones como hacían habitualmente, sin embargo, aquella noche fue diferente, empezaba la vuelta atrás.

-Voy a ver la página web –les avisó a ambas que asintieron y acompañaron hasta el ordenador-. Teníamos dos visitas cuando me fui.

-¡Dos visitas!–renegó sor Clotilde-. Son dos visitas para mañana.

-No, hermana, son gente que entran a ver nuestra página.

-¡Solo dos! -gritó ofendida.

-Sí, pero estoy segura que ahora habrán muchas más.

-¿Y por qué está tan segura, hermana? –le preguntó la Madre Abadesa.

-Sé que debí pedirle permiso, pero también sé que no me lo habría permitido –la Madre Abadesa clavó su mirada en la de sor Clotilde que sonrió minúsculamente satisfecha mientras se aupaba sobre las puntas de los pies orgullosa de su discípula-. Creé una cuenta personal de correo para pedir ayuda a mis conocidos.

-Aprende usted muy rápido, hermana.

Hubo un intenso silencio mientras la pantalla se iluminaba.

-¡Madre mía!–se puso las manos en la cabeza.

-¿Qué ocurre?–preguntaron las dos a la vez y como era viernes, estaban seguras de que habían sacado un alma del purgatorio.

-Tenemos ciento veinte visitas.

-Eso es poco -dijo la hermana Clotilde. ¡Quién sino iba a renegar!

-Es mucho, hermana… Mucho y mire nos han dejado comentarios –decía exaltada-. Siéntense.

Durante un rato les leyó los quince comentarios que había, casi todos les animaban con la esperanza de que ganaran la lucha al gran poder, les llamó la atención que la página web había llegado hasta México e Inglaterra, ellas con emoción agradecieron el apoyo y la comprensión.

Una vez finalizaron la lectura de aquella página fueron conscientes que la maquinaria se había puesto en marcha empezaba, definitivamente, la cuenta atrás. Pero sin duda alguna, lo hicieron con una luz de esperanza mucho mayor de la que empezaron cuando recibieron la noticia.

Y con esa esperanza prepararon las cosas para el día siguiente, entre las tres llevaron una mesa de madera que colocaron al lado del portón de madera para dejar allí unas rosquilletas finísimas que sor Clotilde preparaba y hacía las delicias de la gente. Lo harían para obsequiar a todo aquel que entrara a ver el convento. Eran pequeñas pero intensas en sabor. Después, la Madre estuvo buscando en su despacho algo que pudieran utilizar para que la gente pusiera el euro de la entrada. Localizó un pequeño recipiente de mimbre y bajó con él hasta la cocina.

-He encontrado esta bandeja antigua, si le ponemos un trapito blanco nos vendrá bien para las ofrendas…

-¡Pues sí que tiene usted poca confianza, Madre! Con su permiso, ahí no cabe nada de dinero…

-Hermana yo creo que es suficiente –le dijo la mujer tratando de frenar su exceso de optimismo.

-¡Y yo le digo que no! –insistió la otra con cara de perro pachón.

-¡Ay señor! –suspiró la Madre-. Buscaré otra más grande…

-Madre, con su permiso voy a retirarme quiero volver a hacer el recorrido del convento.

-Hermana… ¿cuántas veces lo ha hecho ya?

-¡Y las que me quedan! Siempre me aterró hablar en público… pero es un reto que debo superar.

-¡Palabras de la hermana Clotilde!

-Estoy aquí Madre, la he oído –ambas mujeres sonrieron el tono de voz cansino con el que les habló-. Yo también me retiro me levantaré a las cuatro para preparar toda la repostería.

-Hermana…

-No me salga con negatividad… ¡mañana habrá visita guiada!

-Como usted quiera, me retiro en busca de algo mayor.

Y así cada una comenzó a hacer las tareas que se habían encomendado, entre esas tareas estaban el favor del de arriba para que las dejara quedarse allí abajo.

Los primeros rayos del amanecer descubrieron a sor Clotilde en la cocina preparando rosquilletas, a la hermana Rosalía repasando apuntes y a la Madre Abadesa encendiendo velas en los lugares estratégicos donde la luz emanaba y se reflejaba en las piedras que parecían tomar vida. Una vez finalizó el recorrido le enseñó a la hermana Clotilde un cesto de mimbre más grande para recibir la voluntad de los que las visitaran, ese cesto fue aceptado por la hermana con gesto torcido. Rezaron y desayunaron, la hora de la visita era las diez de la mañana. Las tres monjas esperaban en el primer piso dónde el horizonte se veía mejor, desde una de las celdas tenían perdida la mirada en el camino de tierra que llevaba al pueblo. Eran las diez y media pero no había llegado nadie.

-Será mejor que nos retiremos… -dijo la Madre Abadesa al ver los gestos nerviosos de las hermanas.

-Madre… estoy segura que van a venir -dijo ilusionada la hermana Rosalía.

-Hermana –le advirtió con pena.

-De acuerdo.

-¡No lo entiendo! –gruñó la hermana Clotilde.

-Sabía que esto iba a pasar, sabía que se iban a decepcionar ¿y ahora qué vamos a hacer con la tristeza? –miró a la hermana Clotilde.

-Aún tengo esperanza, Madre -respondió con fuerza.

-Retirémonos a continuar con nuestras cosas.

A pesar de la esperanza de la hermana Clotilde, el tiempo no les ayudaba, les dieron las once y nadie llegó. Cabizbajas se retiraron de la ventana y se fueron a sus quehaceres.

-Señor… ¡si está en tu mano… ayúdanos! –rezó para sí la hermana Rosalía.

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