REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 8

 

Como respuesta silencio y desilusión.

-Ha dicho a punto–anotó la hermana Clotilde señalándola con el dedo índice y una mirada traviesa.

-¡Hermana! –le advirtió con tono cansado al mismo tiempo que cerraba los ojos.

-¡Es verdad ha dicho a punto!–agregó contenta la hermana Rosalía.

-¡Todavía no está vendido! Vamos hermana… vamos… ¡aún queda una oportunidad!

-No podemos ir en contra del arzobispado esto… sería…

-Madre voy a decirle algo –el tono solemne de la hermana Clotilde hizo que hasta el viento que sonaba jugueteando por los árboles se detuviera-. No le pido que usted se implique… pero yo sí lo voy a hacer, no tengo nada que perder si me quitan esta que es mi casa y no puedo ayudar a esta que es mi gente, estaré muerta. Le ruego Madre que diga que no puede controlarme, que estoy en plan rebelde ¡qué no puede conmigo! Yo cargaré con la responsabilidad y hasta con la expulsión si es necesario.

Acabaron de sonar sus palabras con una voz clara y tranquila, en la mirada de la hermana podía verse la contundencia en los actos que pensaba hacer y, en su porte erguido, la decisión de luchar hasta el final.

-Madre… me uno a este ruego de la hermana…

-Está bien, está bien… lucharemos no sé qué saldrá de aquí pero no voy abandonarles, seremos como los mosqueteros.

Las risas entre las tres rompieron la seriedad y la solemnidad.

-¡Venga…venga… hay que seguir! Se me ha ocurrido que voy a hacerles unas fotografías a ustedes dos.

-¿Nosotras?–la miraron ambas con cierto miedo.

-¡Claro! Que mejor fotografía que la hermana Clotilde haciendo lo que más le gusta, ¡las magdalenas más famosas de toda esta zona!

-Está bien…será mejor mostrar lo que hacemos –dijo la hermana Clotilde sacudiéndose el delantal blanco.

-Madre, usted podía ayudarla… -le sonrió-. La repostería es nuestro punto fuerte y hay que explotarlo.

-Claro… claro… ¡Qué vergüenza! ¿Esto lo va a ver mucha gente? –preguntó la Madre mientras cogía un delantal.

-De eso se trata, Madre.

-¡Virgen Santísima ayúdanos! –susurró la Madre Abadesa.

La joven hermana Rosalía, comenzó a hacer fotos, las primeras no le gustaron demasiado, siguió disparando mientras la hermana Clotilde y la Madre Abadesa preparaban la masa, más pendientes del disparo de la cámara realmente que de mostrar un gesto tranquilo.

-¡No, no y no!–dijo la hermana Rosalía con cierta energía.

-¿Qué pasa hermana?–preguntó la Madre Abadesa con cierto tono de sorpresa al ver su reacción.

-¡No puedo poner unas fotografías donde sus caras reflejan tanta seriedad! ¡Ustedes no trabajan así!

-Yo tengo esta cara, hermana–se defendió la hermana Clotilde.

-¡Que va! ¡Pero qué dice! Usted cuando está metida en esta cocina su rostro muestra felicidad y, solo así, seremos capaces de llegar a los corazones de la gente si mostramos nuestro amor por este lugar y por lo que en él hacemos.

Parecía que había hablado un ángel, las había dejado a punto de extasiarse. Aquella misma hermana era la que no abría la boca, la que no decía una palabra más alta que la otra, la que se había arrugado frente a la vida. Sin duda su discurso provocó en las dos mujeres un aliento mayor que cualquier otra cosa.

-¡Vamos allá! –exclamó animada la Madre Abadesa.

Nuevamente la sesión de fotos, la hermana Clotilde trabajaba a destajo como era su costumbre con esa minúscula sonrisa a la que la hermana Rosalía hacía referencia, era la sonrisa de la felicidad. Mientras, la Madre Abadesa tampoco se quedaba atrás trajinaba con la harina, con los huevos tratando de asimilar la situación a la que les habían empujado, su rebelión que estaba segura le iba a costar una buena amonestación, incluso la excomulgación de la iglesia.

El momento más divertido fue cuando la hermana Rosalía pasó las fotografías al ordenador, las dos mujeres se veían en la pantalla algunas caras de susto, otras con los ojos cerrados y la boca abierta porque estaban hablando, ¡y un par de ellas con la sonrisa de la hermana Clotilde!

-¿Qué les parece? –decía divertida la hermana Rosalía.

-¡Qué horror!–susurró la Madre Abadesa.

-¡Qué vieja estoy! –les sorprendió el comentario de sor Clotilde-. Casi no me reconozco.

-Hermana… -le sonrió con dulzura sor Rosalía.

-¿Y ahora qué? Los que vean esas fotos van a salir corriendo –murmuró algo contrariada la Madre Abadesa.

-¡Voy a elegir las mejores! Ya verá que chulo queda.

-¿Chulo? –la miró sorprendida sor Clotilde.

Como respuesta una carcajada de la hermana Rosalía que ya por olvidar, se había olvidado hasta de la herida del pie.

-Una vez tenga las fotografías seleccionadas, ya será cuestión de montar el texto. Hermana Clotilde usted vaya contando que yo voy anotando.

Y así fue como empezó a recobrar vida la historia de aquel convento que escondía toda una vida de más de un siglo. La hermana Clotilde contaba mientras trabajaba la masa de las tortas para los niños, la Madre Abadesa disfrutaba de la manera en la que la mujer narraba la historia, era consciente, de que la vida allí dentro le había hecho una mujer feliz. Por su parte, la hermana Rosalía sentía que su colaboración estaba siendo útil, además, se mostraba feliz aquella aventura le estaba haciendo sentir la energía que pensó se había agotado en su interior desde el día de la frustrada boda por dejarse arrastrar por el sufrimiento. Las palabras de la hermana Clotilde le habían ayudado, quería ser ella, pensar y hacer cosas por ella misma, después de mucho tiempo volvía a sentir seguridad en sí misma y ganas de luchar. Por fin podía enterrar para siempre el dolor por el abandono. Lejos de todas aquellas buenas sensaciones que tenían las dos mujeres se encontraba la Madre Abadesa, más sensata quizá, sabía que por mucho empeño que pusieran la decisión iba a ser inamovible. Pero al menos, lo iban a intentar. Después si no lo lograban sería el momento de llorar, de tratar de superarlo pero en ese instante había que luchar.

Estaban enfrascadas en crear el texto para acompañar las fotografías. La hermana Clotilde, de vez en cuando, se detenía para mirar fijamente un punto lejano de aquella cocina antigua como si pudiera ver las imágenes de lo que le contaba a la joven hermana. Estaba relatando la ayuda que dieron en un horrible incendio que hubo en las montañas cuando el sonido de la campana de la puerta de entrada les hizo sobresaltarse.

-Ya voy yo…será el alcalde –dijo la hermana Clotilde.

Efectivamente, allí estaba el alcalde junto a un muchacho con el pelo largo, un pendiente en la nariz y otro en el labio.

-Les presento a Marcos él se va a encargar de poner en el convento un repetidor de wifi para que la hermana Rosalía pueda trabajar con el ordenador. Como van a ser seis días de intensa lucha, habrá que estar muy activos en la red.

-¿Qué red, hijo? –preguntó la Madre Abadesa.

-Internet.

-¡Ah!–entonces preguntó con un gesto que mostraba bien a las claras sus intensas dudas-. ¿Y alguien nos hará caso?

-¡Por supuesto! Lucas está trabajando en el despacho, en cuanto tengamos activo el wifi entrará en el ordenador y, con lo que ha hecho la hermana Rosalía, montaremos la mejor web para salvar el convento.

-Le he insistido –apuntó la hermana Clotilde-, que ponga el dato para que puedan visitar el convento, la entrada la hemos puesto a un euro porque la Madre Abadesa no me deja subir de esa cantidad porque dice que es una prueba, pero aseguraros que también está puesto que pueden dar la voluntad, no solo el euro.

Esto último lo dijo en voz baja con gesto de conspiración, gesto que hizo sonreír al alcalde, y poner cara de flipado al chico de la melena.

-¿Se da cuenta de una cosa, Madre? –la mujer frunció el ceño temiendo que era aquello que le había pasado desapercibido y que tan claro veía la hermana Clotilde-. Tenemos a Lucas trabajando en un sitio, a Marcos en otro y nuestro alcalde que se llama Jesús… ¡vamos a lograrlo!

-¡Madre de Dios, hermana! –negó con la cabeza mientras sor Rosalía reía divertida en voz baja-. ¡Ay que ver a lo que se aferra usted!

-¡Vamos que hay mucho trabajo por hacer! Mañana tendremos los primeros visitantes, y todo tiene que estar perfecto.

Dicho esto se fue ante el movimiento negativo de la Madre Abadesa.

-¿Usted no lo cree, verdad Madre?

-No, hermana…pero no quiero que sufra más de lo que está sufriendo. Dejaré que al menos luche y quede tranquila consigo misma.

-Bien, Madre, nosotros tenemos que trabajar. Diga donde ponemos el wifi.

-Donde tú digas, hijo.

-Si no recuerdo mal lo más cercano a la cocina es su despacho, ¿no?

-Así es.

-Vale, lo pondremos allí y desde cualquier rincón la hermana Rosalía podrá trabajar.

-Gracias –le sonrió mientras la hermana Rosalía juntaba feliz las manos -. Acompaño al muchacho.

Al salir de la cocina se cruzaron con la hermana Clotilde que volvía a la cocina con una gran bandeja.

Una vez en el despacho de la Madre Abadesa, el chico de la melena se dispuso a trabajar, dejó un aparato sobre la mesa y se agachó para conectar el cable a la pared, con aquel movimiento dejó que el pantalón que ya de por sí lo llevaba caído se bajara algo más, dejando al aire los calzoncillos rojos pero algo peor que hizo que la Madre se girara dando un pequeño gritito mientras se tapaba la boca. Allí estaba ante sus ojos la raja del culo del muchacho.

-¡Esto ya está! –le dijo él mientras conectaba un botón-. ¡Esto es la hostia! Lástima que sea ilegal.

-¿Cómo? –lo miró con los ojos abiertos de par en par.

-¡Uy perdón he dicho un taco sin darme cuenta! Perdone… ¿hermana? ¿Sor? ¿Monja?

-Madre, hijo, Madre.

-Es que con ustedes me pasa como con los militares no distingo cargos –le dijo con una sonrisa divertida.

-No importa…pero… ¿qué quieres decir con ilegal?
-El aparato que les acabo de poner, lo hago yo, funciona pero es ilegal porque ustedes no tienen contratado el servicio de Internet. ¡Por eso mola más! –le sonrió nuevamente abriendo los brazos de manera divertida.

-¿Mola? Vamos… vamos a hablar con Jesús.

-Sí, her… no…Madre.

La Madre suspiró con fuerza, aquello rebasaba los límites, si es que alguno de lo que estaban haciendo se podía decir que estaban dentro de ellos.

-¡Tío, ya está! –le dijo Lucas contento al entrar a la cocina.

-Un momento –habló la Madre que llevaba un gesto algo alterado-. Me ha dicho que el dispositivo que ha montado arriba es ilegal. ¿Eso es cierto?

La hermana Clotilde se secó las manos con su gran delantal mirando al alcalde.

-Bueno… algo así, pero el ayuntamiento se hará cargo de esto, usted Madre no tiene por qué preocuparse.

-Pero…

-El convento está dentro de mi pueblo y debo encargarme de que toda persona que necesite ayuda, la tenga. No se preocupe por eso, es más, voy a hablar personalmente con el arzobispado para explicarle algunas cosas.

-Creo que…

-¡Déjelo Madre! Es bueno que sepan que no estamos solas –apuntó sor Clotilde.

-De acuerdo. Haga lo que estime oportuno.

-Lo haré sin crearles ningún problema, se lo prometo. Y ahora voy a avisar a Mateo, creo que con lo que tiene la hermana Rosalía podemos hacer una buena página.

-Gracias –le sonrió agradecida.

-Voy a avisar a Mateo que ya puede entrar.

-¡Ah pues voy a abrir la puerta! –dijo la hermana Clotilde a punto de quitarse el delantal.

-No, no, no Clotilde –le sonrió divertido-. Puede entrar al ordenador.

-¡La Virgen!–dijo asombrada.

-Ahora él entrara y desde su ordenador arreglara el portal. Bueno… quiero decir la página, para que Clotilde nos entienda y no se piense que es el portal de Belén –le guiñó un ojo.

-Ya está –dijo la hermana Rosalía mirando la pantalla.

-¿Y cómo le has avisado si no has hablado con él? -preguntó sor Clotilde abriendo mucho los ojos.

-¡Hermana las tecnologías no son lo suyo! –sonrió divertida la Madre Abadesa.

-No… desde luego que no… pero si nos van a ayudar ¡bienvenidas sean! ¿Por qué se mueven las cosas solas? –se había puesto las gafas

Preguntó preocupada al ver que en aquella pantalla había movimiento sin que nadie tocara nada.

-¡Magia! –le dijo Jesús logrando que le diera un coscorrón.

-Mira que aún puedo darte más fuerte, ¿eh?

Él sonrió de buena gana.

-Es hora de rezo. Dejemos que trabajen.

-Aquí os dejo unas tortitas y magdalenas para que la espera no sea tediosa –les dijo la hermana Clotilde.

Las tres hermanas salieron de la cocina dejando sobre la gran mesa de madera que había en el centro un plato con las pastas.

-¡Tío esto es alucinante! –le dijo Lucas.

-Sería una verdadera pena que tuvieran que irse.

-¡Y como huele! Me comería todo lo que hay en esa bandeja.

-Tienen muy buena mano.

-¿Crees que lo van a conseguir?

-No lo sé…pero entre todos haremos fuerza para, al menos, intentarlo.

Entonces los dos muchachos guardaron silencio mientras comían con los ojos puestos en la pantalla. En aquella cocina parecía que la vida era otra cosa, ambos podían disfrutar no solo de lo que comían, también de lo que olían y si se dejaban llevar por la vista de lo que veían alrededor, pero les faltaba un sentido para comprobar que tenían razón quienes decían que aquel convento era especial. El oído.

-¿Qué es eso?–preguntó Lucas girando la cabeza hacia el pasillo.

-Son los cantos de las oraciones. Recuerdo que cuando era pequeño me gustaba colarme para verlas cantar.

-¡Es acojonante! –exclamó con los ojos abiertos de par en par-. ¡Mira, chaval! Tengo los pelos tiesos.

-Sí.

-¡Cómo suena! Joder y eso que solo son tres.

-Es una sala pequeña pero con una gran ventana que da a la montaña. Recuerdo que cuando estaban todas se les oía cantar por toda la montaña, era fascinante.

-¡Pues eso tendría tirón, eh! Voy a grabarlas sin que me vean.

-Gracias, Marcos.

Para cuando las tres mujeres terminaron sus cantos, Marcos había terminado su trabajo en el ordenador. El alcalde les estuvo mostrando como había quedado. La hermana Rosalía estaba encantada de ver su trabajo, la hermana Clotilde esperanzada para que la gente pudiera ayudarles y la Madre Abadesa con cierto nervio en el estómago pensando en las explicaciones que iba a tener que dar ante todo aquello.

-Y ahora lo más increíble que puedan escuchar –les dijo Lucas implicado con la lucha de resistencia-. ¿Preparadas?

-¿Qué pasa?–preguntó con el ceño fruncido sor Clotilde.

-Pasará esto cuando la gente le dé a un botón que hemos creado y oirán esto.

Las caras de las tres mujeres se transformaron. Se escuchaba sus voces mientras cantaban la letanía, se miraron entre ellas impresionadas ante aquella maravilla.

-Madre de Dios ¡si somos nosotras! –exclamó poniéndose las manos en las mejillas la Madre.

-No voy a preguntar cómo hemos llegado hasta ahí, pero… ¿vamos a ganar algo por eso?

-¡Hermana! –la riñó la Madre ante la sonrisa de los dos hombres.

-Quieren dinero, por eso venden el convento. ¡Tenemos que lograr el máximo posible para ser autónomas!

-¡Ay Jesús! No sé qué voy a hacer con usted –dijo la Madre con un gesto de profunda pena.

-Nosotros nos vamos… Insisto, Madre. No se preocupe iré con tiento al hablar con el arzobispado, quiero ayudarles ustedes son una parte muy importante del pueblo.

-Gracias, hijo.

-Esperaros os acompaño a la puerta –dijo la hermana Clotilde-. Anda coge esa cesta que a tu amigo el melenas se le van los ojos detrás de las tortas.

Ante aquellas explicaciones de la hermana Clotilde que siempre iban acompañadas por gestos adustos, el resto empezaron a sonreír divertidos. La mujer acompañó hasta la gruesa puerta de madera a la pareja.

-Un momento hijo.

-¡No sé por qué tenía la corazonada de que este acompañamiento era para algo más!

-¿Cómo podemos hacer para aparecer en la radio y la televisión? ¿Puedes buscar el modo de que se enteren todos que nos quieren sacar de aquí? –ante la mirada de Jesús en la que aparecía un brillo divertido, Clotilde añadió-. No va a ser fácil, la otra vez lo logramos, ahora son otros tiempos y hay que hacer más fuerza.

-¿Sin que la Madre se entere? –la miró con diversión.

-Hasta última hora, sí.

-Me hago cargo.

-¿Me mantendrás informada?

-Por supuesto–le hizo una pequeña reverencia.

-Disfrutad de la repostería –les guiñó un ojo.

-¡Esta sor es la hostia, tío! –le dijo divertido el amigo del alcalde.

-Es única…vamos a ver qué podemos hacer por ellas.

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