REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 7

Durante el camino que les llevó al convento, lo hicieron con prisas, la cámara de fotos bien amarrada al cuello de sor Rosalía, un tanto más rezagada la Madre Abadesa que era incapaz de seguir el ritmo de las dos mujeres.

-Vamos… vamos… -decía alterada sor Rosalía.

-¿Estás segura que manejas esa cosa? –preguntó la hermana Clotilde mirándola con cierto recelo.

-Por supuesto.

-¡Madre de Dios! Perdónanos la ofensa –decía la Madre Abadesa no muy segura de que aquello pudiera funcionar.

-¡Vamos Madre! Sienta la adrenalina en su piel… -le gritó la hermana Clotilde.

-Lo que siento es que nos vamos a meter en problemas. ¡Me ha mareado usted hasta a la hermana Rosalía! ¡Jesús como corre esta mujer!

Una vez dentro del convento, las palpitaciones se dispararon en el corazón de la que había sido hasta ese momento la recatada hermana Rosalía, a duras penas la hermana Clotilde la podía seguir ¡y no digamos la Madre Abadesa! Con una cintura dada de sí que no le permitía ser tan ágil como las otras dos que eran más bien tipo fideos.

-¡Hermana abra la ventana! –le gritó la joven.

-Voy… voy… -respondía la otra encantada de empezar la revolución.

-¡Ay Señor! De esta nos vamos las tres al paro -susurró la Madre al ver cómo estaban las dos de emocionadas con aquella locura.

-Madre con todos mis respetos déjeme decirle una cosa.

-Miedo me da –susurró tomando aire como si de aquella manera pudiera sentirse más fuerte.

-Mejor morir de pie que vivir arrodillado –el tono firme de la hermana Clotilde lo inundó todo. No hacía falta ni siquiera una respuesta ante su contundencia.

-Hermana Clotilde… necesito que me sujete esta puerta… este ángulo es maravilloso –se notaba en su voz la felicidad de lo que estaba haciendo.

-¿Sabes de ángulos? –la miraba atónita mientras le abría un enorme portalón de madera que al contraluz dejaba ver las finas motas de polvo revoloteando por el inmenso pasillo de piedra-. ¡Me estás dejando anonadada, hermana!

-¡No tengo ni idea de ángulos! –dijo una carcajada divertida-. ¡Pero me ha quedado bien!

-Voy a hablar con el arzobispado…

La Madre Abadesa dejó a las dos mujeres, Rosalía riendo a mandíbula abierta, Clotilde con su ya más que mítico gruñido. Conforme se alejaba su corazón latía más lentamente, una vez recuperada de la carrera y de las intensas emociones que las dos hermanas estaban viviendo. Sabía que no tenía casi nada que hacer, pero lo iba a intentar. Ella aceptaría los designios de sus superiores aunque, la idea de alejarse de aquel maravilloso lugar también le hacía sentir tristeza.

Por su parte, ambas hermanas iban con sus hábitos y cruces colgadas recorriendo el convento entre sueños e ilusiones de conseguir su propósito de quedarse. Una vez finalizaron la toma de fotografías, tenían que hacer el siguiente paso. La hermana Rosalía empezaría a ponerlas y escribiría el texto con la historia del convento que la hermana Clotilde le iría contando. Mientras la hermana Rosalía montaba el ordenador en la cocina, la hermana Clotilde fue a la granja a coger los huevos que habían puesto las gallinas y sacar un poco de leche de la vaca. Era viernes y los niños pasarían por la tarde para llevarse trozos de tarta de huevo y leche fresca. Aquel pensamiento le hizo dar un respingo y apretar con más fuerza de la que debiera las tetas de la vaca que se quejó.

-¡Perdona María! Es que siento tanta rabia… ¿qué va a ser de esos niños? ¿Y qué va a ser de ti mi pequeña María?

Al llegar a la cocina, se encontró con la hermana Rosalía enfrascada entre cables con la cámara de fotos y aquello que el alcalde le había dicho era un ordenador. La vio totalmente entregada a aquel artilugio.

-¿Cómo va la cosa, hermana?

-Bien… bien… esto ya está conectado ahora las fotografías que he hecho pasaran aquí… venga… venga… -la hermana Clotilde se acercó poniéndose las gafas de cerca-. Ve estos dibujitos que saltan, son las fotografías que pasan directamente al ordenador.

-¿Así que antes de ser monja sabías manejar este chisme?

-Hermana… hoy en día hasta los niños más pequeños saben. Es la tecnología.

-Malo si dejamos las cosas importantes en manos de estos demonios.

-¡Porque es tan protestona! Mire el lado bueno, con esto vamos a poder hacer un programa para que la gente venga a visitar el convento… no todo es malo mujer –le sonrió levemente-. Voy a ir poniendo las fotografías para que las vea y se le quite ese ceño todo arrugado.

-Bueno… bueno… no sé yo –hizo aspavientos aunque se quedó boquiabierta al ver como desde una de las torres la hermana había hecho una fotografía impresionante de la montaña-. Esto es…

-Maravilloso… abra su mente hermana… no sea tan gruñona.

-¿Tienes más?

-Trescientas cincuenta –le guiñó un ojo.

-A ver… a ver –arrimó una de las sillas junto a la de Rosalía.

-¡Claro! A ver qué tal nos ha salido… Hermana… ¿cree que lo va a conseguir?

-¿La Madre Abadesa? –la joven asintió-. Por supuesto que no, en estos casos las buenas palabras no pueden luchar contra el dinero.

Las dos mujeres vieron cómo iban saliendo las fotografías cada una de ellas más espectacular que la anterior, las del patio del claustro con todos los árboles verdes, la fuente en medio y los arcos enredados con la hiedra. Después había otras con las celdas que ya no tenían uso, pero la que más emoción causó en la hermana Clotilde fue una fotografía donde se veía su huerto con el pozo y un bello cielo intensamente gris.

-¿Qué le parece? –la miraba expectante.

-Me gusta… parece lo que es, un lugar maravilloso. Lo has retratado muy bien. ¡Mi enhorabuena!

-Muchas gracias –sonrió contenta.

-Hermanas…

La sonrisa de la hermana Rosalía se borró de su rostro. La hermana Clotilde se quitó las gafas de cerca y ambas se quedaron expectantes.

-Me han denegado la posibilidad de hacer esta locura que se han empeñado en hacer, me insisten en que el convento está a punto de venderse y nada de lo que digamos o hagamos hará cambiar la opinión desde el arzobispado.

Como respuesta silencio y desilusión.

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