REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 6

Las dos hermanas se habían hecho propósito de silencio, además, el pueblo todavía estaba desértico y podían mantener la concentración en los rezos que a esa hora les tocaban. Ambas mujeres notaban como un intenso frío se calaba por sus huesos, sin embargo, no se quejaron.

A las siete de la mañana, el pueblo ya comenzó a tener vida, algunos coches pasaron por la plaza, al verlas allí los hombres las saludaban, algunas mujeres comenzaron a salir de sus casas para ir a comprar el pan, el horno estaba tan solo a dos minutos de la plaza. Las mujeres se acercaron para hablar con ellas, todo el mundo sabía ya la noticia y se mostraban igual de consternados ante la posible marcha. En las conversaciones la hermana Rosalía observaba como la gente sentía un enorme cariño por sor Clotilde, ella llevaba la voz cantante se daba cuenta que la respetaban y querían.

-¿Sabe hermana? –le preguntó al quedarse nuevamente solas.

-Que –respondió resoplando sus manos.

-Espero algún día poder ser como usted.

-¡Ahí viene el alcalde!

Sor Rosalía sonrió al ver como cambiaba de tema. Se pusieron en pie. El alcalde llegaba con un maletín colgado del hombro. Al verlas allí no se extrañó, más bien parecía que la estaba esperando.

-Hermana Clotilde –le hizo una pequeña reverencia acompañada por una sonrisa.

-Hijo –devolvió la minúscula reverencia.

-La esperaba –le sonrió-. Buenos días Sor…

-Rosalía… es que soy nueva es fácil no saber mi nombre.

-Discúlpeme.

-Tranquilo –le entregó una de sus maravillosas sonrisas.

-Alcalde… ¡hace frío! ¿Acaso no lo nota? Debería tener compasión de una vieja y agotada mujer

-Disculpe, Clotilde -dio una carcajada porque esa mujer manejaba las palabras como nadie-. Vamos.

-La ha llamado Clotilde –le dijo bajito sor Rosalía tirando de la manga del hábito.

-¿Y? –la miró de soslayo-. ¿Cómo me vay a llamar María de las Mercedes?

-Perdón -respondió con una sonrisa traviesa.

El hombre encendió las luces de su despacho y les hizo pasar.

-Vamos a ver en que puedo ayudarla, hermana.

-Muy fácil, ya sabrá que nos echan del convento.

-Sí, me he enterado y la verdad no lo entiendo  -se le notaba realmente preocupado.

-Dinero… ¡ya sabe! Poderoso caballero es Don dinero.

El alcalde dio una carcajada, aquella monja que le había quitado no solo los mocos, también algún piojo o garrapata de las ovejas, era una mujer extraordinariamente natural, siempre lograba sorprenderle. La apreciaba de verdad, le debía mucho pero sabía que no estaba allí para cobrarle favores.

-No estoy aquí para cobrarme todos los favores que le hice cuando era un niño y le quitaba los mocos, la sangre de las rodillas y los piojos –la hermana Rosalía sin poderlo evitar se puso colorada, él simplemente dio otra carcajada-. Eso ya está olvidado.

-Ya veo Clotilde.

-Estoy aquí porque usted es joven y tiene esa cosa que se conecta con todo el resto de los mortales de todos los lugares del mundo.

-Excepto con Dios, hermana –le dijo sonriendo de lado mientras le daba a una tecla de su ordenador.

-Deles tiempo y algo inventaran –respondió con fastidio.

-Se llama Internet, hermana –le murmuró la hermana Rosalía contenta de saber algo que la hermana no.

-Como se llame. Necesito que de esa cabecita que Dios le ha dado saque algo por esa Internete ¿es? –ambos sonrieron-. ¡Ah cómo se llame! Que nos ayude a detener esta locura.

-Clotilde, la Madre Abadesa ya lo intentó ayer… No consiguió nada.

-¡Por qué lo que necesitamos es ruido! -exclamó elevando el puño al aire.

-¿Y qué pretende?

-¡No lo sé! Usted es el que sabe…

-Déjeme pensar… si se me ocurre algo ya se lo diré.

-¡No tenemos tiempo, alma de cántaro! ¡Debe pensar ya!

-Podríamos hacer una web del convento, con fotos bonitas, podríamos idear lo que usted dijo, estudiar la historia y crear nosotras mismas nuestro propio recorrido por él, sí ¡podríamos llamar la atención de la gente para que viniera y pudiera entrar para disfrutar de nuestro maravilloso hogar! No solo comprar nuestras cosas… si no, ver nuestro convento… ¡ver la casa de Dios!

Sor Clotilde no salía de su asombro todo eso lo había dicho la hermana Rosalía. Además, no solo le llamó la atención lo qué dijo si no, cómo lo dijo. Su entusiasmo iba creciendo a cada palabra que formulaba, parecía que no era la misma.

-Eso suena bien –le dijo el alcalde.

-¿Usted, cree? –lo miró con el ceño fruncido sor Clotilde.

-Sí, nosotros podríamos hacer algo parecido en el portal del ayuntamiento.

-¡Y qué piensa poner un cartel en la puerta! ¡Eso no nos sirve!

-No… no hermana –sonrió al ver su error-. Quiero decir en el portal de Internet que tenemos en el pueblo. Hay un apartado donde hablamos de su maravilloso convento y, sobre todo, lo sabrosas que hacen esas manos las magdalenas. Tenemos fotografías y… ¡bueno mejor mire! Se lo voy a mostrar.

El alcalde le dio la vuelta a la pantalla del ordenador para que a sor Clotilde pudiera ver lo que le decía, la mujer se puso las gafas de cerca. En aquella pantalla había fotos hermosísimas del convento, en el amanecer, en el atardecer, veía asombrada cada una de ellas.

-¡Madre de Dios! –musitó.

-Amén –contestó él.

-¡No se burle, alcalde! –lo reprobó con la mirada ante la tímida sonrisa del hombre.

-Hermana… siento muchísimo que se tengan que ir, de verdad –le dijo con seriedad.

-¡Por eso debemos hacer algo! ¡No podemos irnos!

-La Madre…

-¡La Madre con todos mis respetos es una floja! –protestó.

-Está bien… voy a tratar de ver la posiblidad que se le ha ocurrido a la hermana Rosalía… deme diez minutos para poder llamar a la gente. ¿Hermana Rosalía usted entiende de ordenadores?

-Sí, sí… -dijo con apuro.

-Vamos a encontrar una solución, al menos, lucharemos.

-¡Eso es! –le dijo orgullosa sor Clotilde guiñándole el ojo-. No esperaba menos de un joven tan inteligente como usted.

-Es lo que siempre me enseñó, hermana ¿cómo era aquello? ¡La vida es lucha y superación te caes, te levantas y a luchar otra vez por lo que quieres!

La hermana Clotilde trató de aguantar la emoción pero sus ojos no pudieron ocultar el brillo emocionado haciendo que la hermana Rosalía por primera vez viera el lado más frágil de aquella mujer.

Rápidamente, el alcalde tomó cartas en el asunto, sabía que el pueblo quería a esas mujeres que a pesar de vivir en el convento y con unas normas muy rígidas, siempre tenían un momento para ellos. Hacía unos años hubo un grave incendio en la montaña justo en el lado opuesto del convento. La gente que vivía en aquel lado, pudieron pasar la noche allí junto a ellas, se les dio de comer, durmieron en las celdas libres y al día siguiente recibieron todo tipo de cuidados por parte de las hermanas. Eran tres pero no quedó ningún bombero sin comer, sin poder descansar en su jardín a la sombra. No dudaron ni un instante en prestar toda la ayuda que buenamente podían, se quedaron a los niños mientras sus padres y madre luchaban contra el incendio, y durante un tiempo la gente que había perdido la casa recibió la comida que ellas preparaban. El convento y el pueblo, tenían un vínculo que no estaban dispuestos a romper si las monjas estaban decididas a quedarse.

-Hermana estoy emocionada… ¡vamos a luchar! –le dijo sor Rosalía.

-A esto me refería, hermana, la unión hace la fuerza.

-¿Sabe? Estoy segura que lo lograremos.

-¡Hermanas! –apareció la voz de la Madre Abadesa sobresaltándolas-. ¿Se puede saber qué es lo que están haciendo?

-¡Madre! Lo único que podemos… tratar de encontrar la solución a nuestro problema –le dijo sor Clotilde cruzando sus manos sobre la falda.

-Lo único que van a lograr es crear más problemas. Les ruego vuelvan al convento.

-Madre con su permiso… -dijo con cierta timidez sor Rosalía-. Podríamos intentar hacer ver al arzobispado que tenemos recursos para que el convento no dé pérdidas.

-¿Y cómo? En nuestras manos no hay nada que podamos hacer…

-Como bien dijo sor Clotilde, abrir las puertas del convento para los visitantes, podríamos cobrarles un euro o la voluntad.

-¿Un euro?, hermana, estamos en estado de crisis y en estas épocas la voluntad no nos va a ayudar, ¡no te das cuenta como está el mundo! La gente se olvida del prójimo, ¡hay que cobrar la entrada a diez euros! Tenemos que saber vender -replicó con fuerza sor Clotilde.

-¡Es una locura!

La Madre Abadesa dio unos pasos por aquel despacho del alcalde, pensaba en cómo frenar aquel despropósito de sor Clotilde. Sentía las miradas de las dos mujeres. Su crucifijo se movía al son de sus pasos, parecía que quería darle una señal. Entonces las voces llegaron desde fuera.

-¡Clotilde! Está de suerte, aquí mi amigo Lucas pasaba por el pueblo… es un lince creando páginas web. Yo colaboraré con las fotografías que tenemos del exterior, pero necesitaríamos fotografías del interior.

-¡Pero… esto es imposible! –bramó la Madre.

-Madre denos una oportunidad –rogó la hermana Rosalía.

-No podemos saltarnos el permiso del arzobispado, necesitamos su visto bueno.

-Ellos nada más van a dar el visto bueno al parador, ¡no sé da cuenta que no podemos aliarnos con el enemigo!

-¡Hermana! Esto ya es pasar el límite de lo permitido, no le voy a permitir que falte de esta manera.

-Madre… tenemos seis días para llamar la atención… -el tono de sor Clotilde se moduló rozando el ruego.

Los dos hombres se miraban algo contrariados.

-Yo quiero tanto como usted este convento, hermana Clotilde, pero hay límites.

-Los límites fueron creados para saltarse. Jesucristo diría Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen. Y acto seguido nos animaría a luchar para entregar nuestros corazones a Él y a la gente que nos necesita en este lugar.

El silencio se hizo atronador. Sor Clotilde tenía la virtud de encontrar la palabra de Dios en el momento oportuno, no era de aquellas que se pasaban todo el día replicando las palabras de Jesús, pero cuando necesitaba contundencia, se refería a ellas para llegar al corazón del prójimo. Eso y una mirada fiera que espantaba al más pintado.

-¿Madre? –le preguntó el alcalde.

-Hagan lo que tengan pensado hacer… yo trataré de hablar con el arzobispo. Le pediré clemencia para poder hacer la locura que se le ha ocurrido, hermana.

Sor Clotilde juntó sus manos mientras cerraba los ojos a modo de gratitud con la oportunidad de la Madre Abadesa, la hermana Rosalía sonrió ampliamente mientras daba palmaditas silenciosas.

-¿Y quién va a hacer las fotografía del interior? –preguntó, Lucas.

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