REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 5

La Madre Abadesa tomó aire y, dijo con tono solemne, más solemne que cuando leía las letanías.

-Tenemos que marcharnos.

La expresión de sor Clotilde de dureza, fue acompañada por un ligero golpe de su mano sobre la mesa, mientras, la hermana Rosalía cerraba los ojos y negaba lentamente con la cabeza.

-Lo siento, no he podido hacer nada… la decisión está tomada –en su tono se podía notar una profunda tristeza.

-¿Qué decisión? –sor Clotilde la miró fijamente.

-Van a vender las instalaciones del convento, tenemos que preparar todos los retablos, libros, telas e imágenes para llevárnoslas.

Las dos hermanas la miraban con horror.

-Han vendido el convento para hacer un atractivo parador.

-¡Lo sabía! -bramó sor Clotilde frunciendo el ceño-. ¡Todo es cuestión del maldito dinero! ¡El dinero lo hizo el diablo!

-¡Hermana por favor! –la riñó.

-¿Pero eso lo pueden hacer? –preguntó con tristeza la hermana Rosalía.

-Claro, hermana. Nosotras estamos aquí para guardar la casa de Dios, si esta casa no es de Dios, no podemos hacer nada.

-¿Y qué va a ser de nosotras? –preguntó la hermana Rosalía asustada.

-Nos van a reordenar en la congregación, en Valencia.

-¡Oh Dios mío! –murmuró la hermana Rosalía.

-¿Y quién se va a encargar de los pobres a los que ayudamos? ¿Quién va a tenderles la mano? -preguntó sor Clotilde con el rostro rojo de ira.

-Hermana…

-¡Ya…ya sé! Eso no les importa… ¿quieren dinero? ¡Qué nos dejen a nosotras enseñar esto como lo que es! Una reliquia de construcción, un paraíso para la calma y la paz… que la gente entre y vea lo que tenemos, estos muros fuertes, los rincones donde las luces entran por las cristaleras y forman hermosas figuras de colores. La hermana Rosalía es joven, puedo enseñarle la historia que esconde estos muros, los muertos por la tuberculosis, las voces de la letanía que se escuchan por las noches… -la hermana Rosalía empezaba a asustarse con el tema de los muertos y voces-. ¡Yo seré su guía y ella la guía de la gente que entre! Y podrán comer nuestras deliciosas magdalenas ¿Quieren dinero? ¡Pues lo tendrán! Todo menos marcharnos.

La voz de la hermana indignada resonaban por los pasillos del silencioso convento, la hermana Rosalía miraba de reojo a su alrededor como si alguno de esos muertos estuvieran allí para aplaudir a aquella fiera de monja, mientras la Madre Abadesa suspiraba con decepción.

-¡No nos pueden mover de aquí! ¡Es nuestra casa! ¡Nuestra vida!

Gesticulaba alterada vociferando.

-Hermana… nuestra casa es donde Dios tenga a bien que vivamos…

-¡Dios no tiene nada que ver en esto! Es la mano del hombre, Madre, ¡la mano del hombre!

-Lo siento, he intentado todo… ¿cree qué a mí no me disgusta tener que abandonar este lugar? ¡Claro, hermana! -habló con tono enérgico, casi tanto como el de la hermana gruñona-. He hablado con el arzobispado, con toda la jerarquía, pero todos me dicen lo mismo… hay que dejar el convento… da pérdidas y con la crisis no podemos seguir aquí, ¡no podemos seguir tres monjas, hermana! ¡No podemos!

El silencio se apoderó de la estancia, las sombras se movían en la pared como si de esa manera pudieran sacudirse el dolor que estaban sintiendo, ya que, ninguna de las tres mujeres supo qué decir o hacer.

-¿Ha cenado, Madre? -preguntó la hermana Rosalía.

-No…

-Nosotras tampoco, deberíamos cenar y rezar… vamos a necesitar fuerza para soportar esto.

-¡Lo que vamos a necesitar es fuerza para hacer una rebelión! Voy a preparar la cena.

Sor Clotilde se levantó y con paso firme se marchó por el pasillo, se podían escuchar los pasos como se alejaban, pero también, con cada pisada la fuerte indignación que la hermana sentía. La Madre miró con tristeza a la joven monja que la miraba con una expresión de cierto miedo.

-¿Cómo se encuentra de su corte, hermana?

-Bien, eso no me duele… me duele el alma.

-Lo sé. Tendremos que estar atentas a la hermana Clotilde, me espero cualquier cosa de ella.

-¿Qué quiere decir? -la miró con el ceño fruncido.

-Si ve que va a hacer cualquier cosa extraña me avisa.

-¿Y qué va a hacer?

-Usted no la conoce, hace treinta años quisieron sacarnos de aquí, ella encabezó lo que llamó la rebelión desde dentro.

-¡Pero entonces si lo logró una vez podemos conseguirlo otra! -apareció un pequeño signo de esperanza en su cara.

-No, hermana, la decisión está tomada. Vamos a cenar y rezar, solo Dios es capaz de darnos calma para aceptar sus designios.

En la cena se respetó el máximo silencio. Se escuchaban los pinos golpeando contra los cristales, el viento ululando pero el verdadero protagonista dentro fue el pesado silencio. Se retiraron cada una a su celda, y cada una rogó que alguien parara aquella locura.

Les dieron las seis de la mañana para levantarse y rezar. Aún era de noche cuando terminaron. Las dos hermanas se marcharon hasta la cocina para preparar el desayuno.

-¿Ha podido dormir, hermana? -le preguntó sor Rosalía más recuperada del percance sufrido el día anterior.

-No. ¿Tú?

-Tampoco, no he parado de pensar qué podríamos hacer para detener esto.

-¿Y a qué conclusión llegaste, hermana Rosalía? -la miró de soslayo con gesto irónico.

-Ninguna.

-Me lo temía -resopló como una yegua vieja.

-¿Por qué, hermana? -la miró extrañada.

-Porque usted lo ve todo desde su candidez… ¡ya aprenderá! No se preocupe. Y ahora, voy al pueblo.

-¿La acompaño?

-No

-Pero… ¿a qué va ir?

-A lo que me dé la gana, hermana.

Dicho esto fue a salir de la cocina cuando se detuvo de golpe.

-Espere un momento -se giró mirándola fijamente-. A usted le ha dicho la Madre que me vigile, ¿no es cierto?

-Sí, hermana, es cierto.

-Así que esas tenemos ¿eh? -se le acercó taladrando a la pobre hermana.

-Yo… yo… yo no quería, hermana -se disculpó notando como se le secaba la boca.

-¿Y qué piensa hacer? ¡Ir corriendo a la Madre a chivarse!

-Sí, hermana.

-¡Bah! Con usted todo está perdido… en la vida a veces hay que hacer cosas que no son todo lo correctas que tendrían que ser para hacerlas unas monjas… pero si es por el bien de la gente de este pueblo, del convento y de nosotras mismas ¡qué caray hay que hacerlo!

Sor Clotilde salió como alma que lleva el diablo, bueno… creo que está expresión no es del todo correcta para este relato, pero es como salió. La hermana Rosalía no sabía a quién de las dos hacer caso, se encontraba en el dilema de ser revolucionaria como la hermana Clotilde, o, tranquila y sumisa como la Madre Abadesa.

En su despacho la Madre Abadesa había comenzado a recoger los libros de las santas lecturas, cuando escuchó el chirriar del gran portón de madera. Se asomó a la ventana imaginándose que sor Clotilde había salido, no se equivocó pero entonces sus ojos tuvieron que hacer un gran esfuerzo para ver quién iba a salir después.

-¡La Virgen Santísima! -murmuró al ver a la hermana Rosalía salir sigilosamente dando un gran portazo-. ¡Esto va a ser un calvario, señor! Dame fuerza para resistirlo ¡no es suficiente trabajo amansar a una que se me une la otra!

Por la bajadita que llevaba al pueblo la hermana sor Clotilde, no parecía tener más de noventa años, iba caminando a paso ligero cuando oyó como la llamaba alguien. Se detuvo.

-¡Pero… pero qué diantres hace, hermana!

-Demostrarle que no soy una chivata -decía la otra ahogada por la carrera-. Quiero salvar el convento.

-¿Y por qué me sigue? -la miró dudando.

-¡Por qué sé que va a hacer algo por el convento! ¿Vamos?

Ante la sonrisa de la hermana Rosalía no pudo más que sonreír levemente de lado.

-¡Vamos!

En la plaza del pueblo todavía no había llegado la luz del día, apenas había movimiento tan solo ellas dos, así qué sor Clotilde decidió que se sentarían en uno de los bancos de piedra que estaban junto a las puertas del consistorio a esperar. Era demasiado pronto para el resto de los mortales.

-Hermana Clotilde puedo hacerle una pregunta -le dijo Rosalía con cuidado.

-No te aseguro contestar.

-¿Hermana, porque no ha sido usted Madre Abadesa?

-¡Porque eso lo elige el conjunto del convento! Mis hermanas sabían que yo no podía ser Madre Abadesa… es evidente –la miró por encima de sus gafas.

-Pues yo estoy convencida de que sí lo sería ¡y muy buena, además!

-Una Madre Abadesa tiene que tener un expediente inmaculado, el mío tiene algunas manchas -se quejó con gesto serio acompañado de una sonrisa traviesa.

-Me he enterado que usted lideró otra rebelión -ante su mirada fiera agregó con rapidez-. Me lo ha dicho la Madre.

-Sí, pero entonces no era igual que ahora… ahora el dinero es el poder, el gran poder, ante eso la lucha va a tener que ser fiera y no decaer.

-¿Y qué vamos a hacer? -se mostró encantada con aquella posible rebelión.

-Pedir ayuda… lo que siempre se hace en estos casos. El alcalde nos ayudará… estoy segura es joven y debe tener muchas ideas de qué hacer.

-Pero hermana, el alcalde es ateo -le dijo con tiento para no importunarla.

-¿Y?-la miró quejosa.

-Pues… que no nos va a ayudar…

-¡Una sierva de Dios no puede tener prejuicios! Cada quien debe ser libre para abrazar o no la religión. A este hombre le he quitado yo los mocos cuando era un niño y, a día de hoy, sigue comiendo mis magdalenas, me va a escuchar, ya lo veras.

-¿Y luego qué?

-¡No lo sé! No me atormentes a preguntas y piensa algo… en la vida lo que uno quiere conseguir le cuesta, así que, piensa, piensa y así te mantendrás calladita.

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