REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 4

La Madre Abadesa salió del convento decidida a intentar solucionar el problema que les habían creado con la decisión de echarlas de allí.

Ajenas al fin de su viaje las dos hermanas se encontraban en el inmenso convento. Se había terminado el momento del silencio mayor y se acercaba el que estaba escrito para dedicar el tiempo a la meditación, sor Clotilde se había sentado en uno de los bancos de piedra junto al pozo. En esos momentos daba la sombra y podía pasar horas mirando el horizonte, le gustaba ver como el viento arrastraba las nubes despacio, o como el sol iba descendiendo escondiéndose tras las montañas para marcharse, era el momento preferido del día. Sin embargo en aquel preciso instante sus ojos se habían humedecido… era consciente que no le quedaba mucho para poder disfrutar aquel maravilloso regalo de la vida.

-¿Hermana?

Sor Clotilde se giró con el ceño fruncido, allí estaba la hermana Rosalía.

-¿Puedo sentarme a su lado?

-¡Pero qué haces levantada! ¡Por amor de Dios! El médico te ha dicho…

-Sé lo que me ha dicho el doctor, pero puedo estar aquí de igual modo que en la cama.

-¡Siento que te haya pasado esto!

-Usted no tiene la culpa -Sor Clotilde agachó la cabeza tratando de mantenerse fuerte-. Me gustaría aprender a hacer lo que usted hace.

Sor Clotilde, mujer de hielo, tembló ligeramente. Pero no contestó tan solo mantenía los labios fruncidos. Sor Rosalía sonrió, al menos no le había espetado algún improperio.

-¿Cree que nos echaran?

-Cuando el dinero está de por medio… -dio un chasquido con su lengua.

-¿Pero qué pretenden?

-Imagino que algún ricachón querrá sacar partido de este lugar. Habrán dado una buena cantidad y asunto arreglado.

-¿Y nosotras?

-¡Ay hermana! Usted es muy cándida… ¿dónde ha estado metida antes de venir aquí?

La hermana Rosalía calló.

-De verdad… sé que ha estudiado pero… ¿qué sabe de la vida?

-Que es injusta.

-¿Por qué un desgraciado la dejó en la puerta de la Iglesia la vida es injusta? ¿Usted valora todo por ese hecho?

-Usted no sabe…

-¡Ya… ya…! Yo no sé lo que es… ¡soy monja! Pero la vida es demasiado hermosa como para dejar que un hombre no supiera apreciar lo que tenía al lado. Y lo que es peor aún, día tras día le estás otorgando la oportunidad de seguir castigándote con ese recuerdo.

En ese punto la hermana Rosalía miró a Sor Clotilde… ¿estaría sufriendo algún desvarío para hablarle de aquel modo tan amable?

-Mira hermana… si dejamos nuestra vida en las manos de los demás ¡estamos muertos! Tú tienes algo poderoso -la miró fijamente con una fuerza en sus ojos imperiosa-, tienes tu vida… tu inteligencia, tus manos para trabajar en lo que más te guste, tus piernas para caminar, correr, saltar… pero tienes lo mejor, un corazón bueno y noble que te da la posibilidad de hacer muchas cosas buenas en la vida y, entonces, cuando piensas por ti misma sin verte reflejada en lo que otros ven cuando te miran sintiendo compasión por ti diciendo “pobrecita la dejaron en el altar plantada” si no cambias eso si no eres tú la primera en aceptar lo que pasó, superarlo y vivir, entonces la vida para ti será siempre injusta. ¡Aunque claro… También habría que ver lo que significa para ti tener una vida justa!

-Ahora mismo lo más justo es que nos dejen aquí… quizá tenga razón… -susurró pensando que a la hermana Clotilde le había dado una insolación para hablarle de aquella manera tan cercana y amigable sin su gruñido habitual.

-¿Quizá?-la miró con algo de malestar.

-Disculpe, hermana, tiene usted razón. Me quedé enganchada a algo que me hizo sufrir y…

-¡Mira que atardecer y dime si no vale la pena vivir tan solo por disfrutarlo!

La hermana Rosalía la miró de reojo sonriendo.

-¿Me enseñará el secreto para hacer esas magdalenas tan ricas?

-¡Pues claro! Pero antes… he de decirte algo, hermana.

-Usted dirá

-Si tratan de echarnos de aquí tendremos que prepararnos para hacer una rebelión -dijo con tono solemne.

-¿Una rebelión? -le preguntó con gesto impactado.

-Eso he dicho. ¿Estás preparada?

-Sí -titubeó al contestar.

-¡Me temo que no! -renegó la otra mientras se removía con cierto malestar en su asiento de piedra.

-Yo haré lo que sea necesario para quedarnos.

-No sé yo…

-Hermana… voy a cambiar, voy a dejar de quejarme por mi mala suerte, y voy a ver la vida como usted la ve.

-¡Acabáramos! ¿Quieres ser como yo?

-Sí.

-¡Eres una cabeza hueca! -le acusó con el dedo-. Te he dicho que tienes que dejar de verte en los ojos de los demás. Ser tú misma.

-Bueno… no voy a ser una copia suya… eso es imposible -moduló su voz.

-¡Qué quieres decir! -contestó molesta.

-Nada… nada… disculpe si…

-Estás diciendo lo que sientes, no te avergüences. ¡Quieres decir que soy una lata! ¡Una vieja chocha que no para de mandar y protestar!

Sor Rosalía la miró sin saber muy bien qué decir. Pero estaba dispuesta a aprender de esa mujer.

-Sí, eso mismo. Quiero tener la seguridad que usted tiene y su fuerza, pero no su mal carácter.

-La seguridad la dan los años… la fuerza la genética y el mal carácter vivir tanto, el dolor de huesos y la mala vista.

-Me lo está poniendo difícil… ¿eh?

-¡Me gusta! ¡Parece que estás despertando, hermana! -sonrió de lado-. ¿Una magdalena?

-¡Hermana no podemos comer ahora….! -carraspeó-. También quería decir que es usted una rebelde. ¡Vamos a por la magdalena! -se levantó con ímpetu-. ¡Au!

-Todo no puedes tenerlo, hermana… anda apóyate en mí.

Fueron hasta la cocina donde la hermana Clotilde las guardaba con mimo, se sentaron en los viejos taburetes de mimbre y en silencio disfrutaron de aquel pequeño manjar. Con el sonido de los pájaros, el verde de los árboles asomándose por aquellas ventanas semicirculares y el olor a hierba fresca.

-Nunca había disfrutado tanto con algo tan pequeño –le dijo sonriendo la hermana Rosalía.

-¡Me alegro! La vida está llena de necios, pero también, está llena de pequeñas cosas que son maravillosas.

Sor Rosalía sonrió agradecida por el comentario. Desde que había llegado, la hermana Clotilde había sido muy dura con ella, sin embargo, la mediación de la Madre Abadesa le hizo entender que con una charla sincera y tranquila, se podía llegar mucho más lejos que con discrepancias. Y en aquel momento lo necesitaban.

Llegó la hora de la lectura del rezo del rosario de la Virgen, normalmente, se encargaba sor Rosalía del mismo pero ante la preocupación que tenían por la tardanza de la Madre Abadesa, prefirieron salir al jardín y sentarse a esperar fuera su llegada. Mientras, cada una dedicaba las oraciones de esa hora para proteger aquel convento. Después del rezo venía la cena, a las ocho de la noche pero ninguna tenía apetito con lo que decidieron seguir sentadas en silencio en el banco esperando escuchar cualquier señal de que la Madre se acercaba.

Había anochecido, ambas se veían gracias a la luz de la inmensa luna que permanecía velando la noche junto a ellas. Continuaban en silencio como si hablar pudiera crear más problemas de los que ya tenían.

-¡Oigo un coche, hermana! –dijo nerviosa la hermana Rosalía.

-¡Yo no escucho nada! –protestó la hermana Clotilde.

-¡Ya está ahí!

La hermana Sor Clotilde se puso en pie y ayudó a sor Rosalía a levantarse. Ambas veían como por los resquicios de la pesada puerta de madera se colaba las luces de un coche. Oyeron voces, entre ellas las de un hombre, se miraron algo asustadas, ¿habría pasado algo? La hermana Clotilde no se lo pensó dos veces y fue hasta la puerta para abrir. En ese instante la Madre Abadesa se despedía del hijo del médico que la había llevado hasta el arzobispado.

-¡Madre nos tenía preocupadas! –le riñó Sor Clotilde suavemente.

-Lo siento, me entretuve más de lo esperado.

-Eso es malo –le respondió.

-Vamos a mi despacho.

-¡Eso es malísimo! –protestó la cascarrabias mirando al cielo.

Y se fueron las tres hacia el despacho, la hermana Rosalía apoyada en la hermana Clotilde. Las dos mujeres trataron de adivinar lo que quería transmitir aquel rostro serio de la Madre Abadesa. Podían imaginarlo, pero como condición humana, quisieron negarlo. Al entrar al despacho, la Madre Abadesa les hizo sentarse en un lado del despacho oscuro donde tenían una pequeña mesa camilla con tres sillas. A la luz de las velas, las tres mujeres notaron que de repente el aire se había vuelto helado, el miedo se había apoderado de las dos hermanas que durante toda la tarde estuvieron esperando la vuelta de la Madre Abadesa.

-Hermanas –les habló con tono tan solemne como triste.

-¡Vamos Madre que me va a dar un ataque! ¡Diga que es lo que sucede! ¡Por los Clavos de Cristo!

La Madre Abadesa tomó aire y, dijo con tono solemne, más solemne que cuando leía las letanías.

-Tenemos que marcharnos.

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