REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 3

Tan rápida como era capaz, la Madre se subió los faldones del hábito y, como si más bien fuera un pato mareado, salió corriendo dando zancadas desproporcionadas, al mismo tiempo que por su descoordinación llegaba casi cayendo de morros al lugar de donde provenía el grito desgarrador.

-¡Pero… Dios mío! –murmuró al ver la escena.

-¡Déjese de Dios y llame al médico! –le espetó sor Clotilde mientras se dirigía a la hermana con voz de sargento-. ¡Ya le dije que es muy torpe!

-Si me dejara ayudarla no me pasarían estas cosas… pero no es nada –la hermana Rosalía trató de ponerse en pie.

-¡No se mueva, hermana, no se mueva! –le dijo la Madre al ver que salía sangre de su pie.

-Ayúdeme a llevarla dentro, hay que parar la sangre.

-¿Sangre? –preguntó sor Rosalía.

-Vamos… Madre…

-Venga hermana, apóyese en nosotras y no apoye el pie.

-¿Sangre… llevo sangre?

Dicho esto la hermana se desmayó.

-¡Si cuando yo digo que es floja! –renegó sor Clotilde.

-Calle hermana… y camine que pesa lo suyo.

El médico llegó a los diez minutos, para suerte de las hermanas, vivía justo al lado, aunque evidentemente a sus setenta años subir la cuesta le costaba algo más que cuando era un chaval. Al llegar vio a la hermana Rosalía con los ojos cerrados, el pie muy bien curado por la hermana Clotilde, y la Madre con un abanico dando aire a la joven.

-¡Vaya estampa! –exclamó el hombre riéndose.

-¡Menos mal que ha llegado!–se levantó la Madre yendo hasta él-. Gracias por venir tan rápido.

-Lo que me dan las piernas…no crea, Madre. ¿Cómo está, hermana? -le preguntó a sor Clotilde por la que sentía una gran estima.

-Bien, doctor, aquí con esta joven que es muy floja.

-Es un corte superficial pero la sangre es muy escandalosa –dijo el hombre mientras le miraba el pie.

-No, la escandalosa, doctor, es ella –respondió la hermana Clotilde arrancando una sonrisa al buen hombre.

-Dejemos trabajar al doctor, hermana.

La Madre sacó al pasillo a sor Clotilde mientras juntaba la puerta, una vez se quedó frente a la hermana puso las manos dentro de los bolsillos que llevaba su hábito, miraba intensamente a la monja que mantenía su gesto serio.

-Podría ser más considerada con la muchacha… es joven… ¿ya no se acuerda que usted lo fue también?

-Sí, ¡y me acuerdo que no se me ponía nada por delante! ¡Me comía el mundo!

-No todos son como usted, hermana –endulzó un poco el tono de voz para decirle-. Debería ser un poco más condescendiente con ella. No la deja hacer nada…

-¡Pero qué quiere que haga! No ve… me ayuda, se corta y se desmaya.

-Eso puede pasarle a cualquiera –le dijo con tiento.

-¡Por los clavos de Cristo!–renegó la otra.

-Por favor… déjela que haga cosas, usted no se da cuenta porque está acostumbrada a trabajar sola, pero ella la observa y, con su permiso, le diría que hasta la admira -le dijo poniendo gesto de amabilidad enarcando de manera muy intensa las cejas.

-…. –renegó como si llevara en su garganta un perro gruñón.

-Mire no sé si vamos a lograr quedarnos aquí, pero si no estamos unidas esto va a ser una lucha perdida desde antes de iniciarla –dijo con cierta preocupación la Madre Abadesa.

-¿Va a luchar, Madre? –sus ojos arrugados y empequeñecidos por el paso del tiempo se abrieron todo lo que daban de sí.

-¡No me queda otro remedio! Pero no sé si conseguiremos algo –dijo tras un suspiro de incertidumbre.

-Esperemos que los corazones de quienes hayan pensado esta barbaridad se ablanden y tengan piedad.

-¡Bueno pues esto ya está!–salió el doctor de la celda de la hermana-. Ni siquiera ha hecho falta que le pusiera puntos. Con los cuidados, como siempre, de la hermana está perfecta.

-Muchas gracias, doctor –le estrechó la mano la Madre en señal de agradecimiento.

-¡Espere y se lleva unas magdalenas!

-Sí, estará bien porque quizá sean las últimas -apuntó con tristeza la Madre.

-¿Y eso? –la miró serio.

-¡Pretenden echarnos! ¡Pero resistiremos nadie nos va a mover de aquí! –le dijo con rabia mientras se marchaba.

-¡Pero cómo es posible! –el hombre miró a la Madre Abadesa.

-No lo sabemos… nada más hemos recibido una carta del arzobispado. Por cierto… ¿podría pedirle un favor?

La hermana Clotilde llegó con una cesta que contenía algún tomate, un par de cebollas, tres huevos y cuatro magdalenas. El hombre agradeció el regalo, y con gesto de preocupación se marchó.

Mientras tanto, en el convento la hermana Rosalía se había despertado, estaba bebiendo una taza de caldo que le había hecho la hermana Clotilde a pesar de sus protestas. Junto a ella la Madre la acompañaba.

-Siempre dije que perro ladrador poco mordedor –le sonrió ampliamente la Madre Abadesa.

-Siento mucho lo que he provocado.

-¡Oh vamos! Es un accidente a cualquiera le puede pasar.

-¿Sabe una cosa, Madre? –la mujer la miró con gesto repleto de paz-. Creí que duraría poco aquí, a mí nunca me gustó el campo, sin embargo, creo que sería incapaz de vivir en otro sitio, cada vez que pienso que existe la oportunidad de dejar este maravilloso lugar, me dan ganas de llorar.

-Te entiendo… -tras un suspiro largo y lánguido agregó-. A mí me pasa igual.

-Entiendo el profundo enfado de la hermana Clotilde –en el rostro de Rosalía se podía entre ver una profunda tristeza.

-Yo también.

-¿Podrá hacer algo? –la miró con los ojos repletos de esperanza.

-Lo intentaré y si está de Dios, nos quedaremos.

-Entonces… -negó con la cabeza haciendo un gesto de disgusto.

-¿Qué pasa, hermana?

-Creo que a veces lo divino no va con lo humano.

-Vaya… vaya… aprendes rápido de la gruñona de la hermana Clotilde… le alegrará saberlo. Y ahora descansa.

La hermana Rosalía sonrió con cierta tristeza temiendo el momento de ver a la hermana Clotilde ante ella, sin duda, le iba a caer una de las broncas épicas que daba.

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