REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 2

-Tendremos que irnos en una semana… el convento va a dejar de ser propiedad de la Iglesia –dijo con la voz temblorosa al terminar de leer.

-¿Y ya está? –preguntó sor Clotilde.

-Hermana… son los designios de Dios.

-¡Y un cuerno! –elevó la voz.

-¡Hermana modere su lenguaje! –le recriminó con seriedad la Madre Superiora.

-Nadie va a movernos de aquí…

-No podemos hacer nada, hermana –le advirtió con tono autoritario.

-¡Eso será usted que tiene horchata en lugar de sangre en las venas!

-¡Hermana! –le alzó la voz molesta por su actitud.

Pero la hermana ya había puesto pies en polvorosa. Nuestra querida hermana Clotilde tenía un genio ¡que pa qué! Sus casi noventa años le permitían decir ciertas cosas sin rubor alguno. No había vivido durante casi setenta en ese convento como para que ahora, justo al final de su vida, tuviera que hacer las maletas, bueno… la maleta.

Al quedarse sola, la Madre Superiora resopló entendiendo que se le venía encima un gran problema. Desde aquel despacho pequeño que tenía la Madre en la primera planta, se quedó mirando el cielo azul por la ventana del viejo convento como si la solución se la fuera a traer una paloma mensajera. Sin duda, ¡qué podía hacer ella ante las ordenes de sus superiores!

Hasta el huerto llegó la dulce hermana Rosario. Estaba ciertamente impresionada con la carta y, mucho más, con el cabreo de la hermana Clotilde quien le imponía un profundo respeto. Al llegar a su altura, la vio con la azada dale que te pego, toda su energía negativa salía en cada golpe que dejaba caer a la tierra humedecida.

-Hermana… -pero sor Clotilde no le hizo caso. También es verdad que estaba un poco sorda-. ¡Hermana!

-¿Qué quieres? –le contestó con mala gana.

-No se enfade… ¿qué vamos a hacer tres humildes monjas ante las decisiones que tomen los jefes?

-¿Los jefes? ¿Tres humildes monjas? ¡Pero de qué guindo te has caído tú!

-Hermana –le contestó con cierto pesar.

-¿Sabes una cosa? A tu edad yo me comía el mundo, llevaba un huerto que era el doble que este… -se puso en jarras dejando caer la azada sobre el suelo-. Me había hecho monja porque pensaba que así serviría a Jesucristo y ayudaría al prójimo. Era la monja que más hostias fabricaba, teníamos el orgullo de ser el convento más importante de España, aquí en este convento –hablaba con satisfacción como si pudiera ver reflejado en una nube del cielo la escena-. Pero… poco a poco las monjas se fueron muriendo… nadie venía a sustituirlas, hasta que también nos quitaron los encargos de hostias. Nos fuimos quedando solas –dijo con voz trémula mientras miraba el horizonte-… hasta que llegaste tú.

-Siento que lo dice como si no fuera algo bueno –contestó la inocente monja.

-No tienes sangre, eres monja por despecho… aunque no te lo reprocho, yo soy monja porque no me dieron a elegir y crecí pensando que debía tener fe y creencia y poco a poco a lo largo del camino he ido perdiendo una y otra cosa. ¡Pero eso sí! -volvió a coger la azada elevándola al cielo-. ¡Nadie me moverá de aquí! Está es mi casa y aquí voy a morir.

La hermana Rosalía sonrió divertida al ver la escena.

-¿De qué te ríes? –le preguntó la otra con cierta quimera.

-¡Parece Escarlata O’Hara!

-¿Quién es esa? –la miraba con el gesto muy serio y sus mil arrugas en la cara.

-Una mujer que luchó contra todo y todos por conseguir recuperar su casa de Tara y sus tierras.

-¡Pues yo seré esa Escarlata por mi convento!

La Madre Abadesa observaba la escena desde la ventana. Aquella mujer tenía una energía envidiable.

-¡Y quizá tú puedas llegar a tener Fe de verdad si conseguimos quedarnos!

-¿Sabe una cosa, hermana Clotilde? Desde mi celda veo tan solo verde…

-¿Tan solo?

-Déjeme acabar… que tiene usted un ímpetu que no me deja hablar –la hermana Clotilde emitió una especie de gruñido-. Y solo con eso, cuando me levanto y sé que estoy rodeada de este maravilloso paisaje me digo que soy afortunada de estar aquí y pode ayudar a los demás, solo por esto merece la pena ser monja.

-Bueno… no me convences… ¡ya te lo he dicho!

El silencio como respuesta de la hermana Rosalía se rompió con decisión.

-¿Puedo ayudarla?

-¿Estás segura? -la miró con algo de desconfianza.

-Déjeme hacer algo porque si no nunca aprenderé.

-Mira que tú eres muy torpe.

-¡Hermana! –la riñó herida por su comentario.

-¡Hermana! –la imitó.

-Me está haciendo burla y eso es pecado.

-¡Y un cuerno!

-¡Y esa palabra también!

En su despacho, la Madre Abadesa estaba redactando en una carta sus pensamientos sobre el desalojo tan precipitado del convento. Siempre escribía en un papel lo que después quería defender con el diálogo. Ver a sor Clotilde tan afectada le había dolido, sobre todo, porque igual que ella era consciente de su importante ayuda a la gente del pueblo, y que con su marcha se quedarían huérfanos en ese sentido. Estaba tachando una frase que no le cuadraba cuando de repente oyó un grito.

-¡Dios mío! –exclamó al darse cuenta que venía del huerto se levantó al tiempo que decía-. ¡Madre de Dios que no haya pasado nada grave!

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