REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 16

Capítulo 16

Aquella frase las dejó más heladas que el frío intenso que se calaba en sus huesos. Ambas monjas se miraron entre sí, en ese momento eran conscientes de que todo llegaba a su fin. La hermana Clotilde asintió con un gesto marcado por la rabia.

La Madre Abadesa abrió la puerta con cuidado, vio a la Madre Generala pero detrás de ella había tres hombres, ¡habían logrado llegar en medio de la noche sin ser escuchados!

-Adelante, Madre.

La Madre Generala era más alta que las otras dos, pasó por delante con un gesto duro lo mismo que el secretario del arzobispado. Los dos se detuvieron una vez en el interior del jardín, señal inequívoca que las iban a esperar.

-Pasen por aquí –les señaló con el brazo la Madre Abadesa.

-Gracias.

Desde la puerta del edificio del convento, la hermana Rosalía observaba la escena, lo hacía con las manos entrecruzadas sobre su barbilla con actitud ciertamente nerviosa. Cuando les vio llegar por el camino cerró los ojos con fuerza, sentía su corazón palpitar tan rápido que le daba la impresión de que iba a estallar. Todo el sacrificio que habían hecho por quedarse no había servido de nada, sin embargo, en ese instante habían dos cosas que le preocupaban, una la hermana Clotilde y otra el apoyo de todo el pueblo, de la gente que les había ayudado sin descanso.

-Pasemos dentro.

Anunció la Madre Generala. Las tres pasaron hasta el recibidor quedándose tras ella a los pies de la escalera.

-Quiero que suban de inmediato a sus celdas y recojan sus enseres. Nos vamos.

-Madre.

-¡Hermana Clotilde! Me gustaría que guardara silencio, orara mucho y me hiciera caso –su tono fue tan amenazador que la hermana Rosalía tragó saliva-. Vamos.

La hermana Clotilde apretó fuertemente la mandíbula, comenzó a subir los escalones, cada uno de ellos le dolía más el alma, era un dolor insoportable que parecía de un momento a otro iba a detener su corazón. Cada paso que la llevaba a la celda tenía la seguridad que le estaba restando vida, sus montañas, su huerto, todo lo que había construido con sus manos durante tanto tiempo lo iba a perder. No podría levantarse con el alba y ver amanecer desde su celda. Ni siquiera podría sentarse en uno de los bancos para ver como el sol se marchaba y llegaba la luna. La barbilla le tembló.

-Pase –le indicó la Madre Generala con tono seco.

La hermana le hubiera contestado pero se dijo para sí misma que no merecía la pena. Cada cosa que hizo, cada movimiento fue lento y con toda la ritualidad de la que era capaz de sentir. Se despidió de sus pocas cosas con una profunda pena, abrió el armario y sacó de él una maleta tan vieja como ella. Era marrón de piel con dos cuerdas que hacían la función de correas. Recordó como su madre la había preparado cuando llegó sor Georgina para llevársela con ella. Rozó con los dedos temblorosos la gastada piel. Nunca imaginó que volvería a utilizarla.

-Vamos hermana, no tenemos todo el tiempo del mundo.

Al llegar a la puerta de su celda se giró mirando todo con detenimiento se despedía de lo que había sido su hogar, su vida. Volvió a temblarle la barbilla pero retuvo las lágrimas ante aquella mujer que parecía impasible.

-Vámonos, hermana.

Por su parte la hermana Rosalía en su celda había echado unas lágrimas rebeldes, le dolía marcharse y dejar a la gente que ayudaban. Trataba de calmarse para no tener más problemas con aquella Madre Generala que parecía de piedra. Metió en su maleta las cuatro cosas que tenía y al cerrarla, sintió que aquel clic también sonaba en su corazón.

En la cela de la Madre Abadesa la esperaban el secretario y una hermana Rosalía cabizbaja. Al salir de allí, se notaba que también había llorado. Para ellas era un drama aquella partida, aquel adiós al que había sido su hogar.

Bajaron las tres juntas como si fuera una procesión, la procesión del silencio. Los ojos empañados por la pena. Al llegar al final de la escalera la Madre Generala se detuvo. Las tres monjas se pusieron frente a ella.

-La orden ha tenido el bien de no expulsarlas, pero no será porque no se lo tienen merecido. Ahora van a subir a los coches y nos iremos hasta el convento de la ciudad, allí pasarán la noche hasta saber a qué nuevo lugar serán enviadas cada una de ustedes.

-Cuando quiera, Madre –le dijo el secretario.

-Un momento –habló Clotilde con voz tan dura como la utilizada por la Madre Generala-. No nos podemos marchar así.

-¡Hermana Clotilde! No está usted en disposición de nada.

-¡No voy a irme sin saber que va a pasar con María y las gallinas! –le alzó la voz ante el gesto de cierto temor de la hermana Rosalía.

-Por el amor de Dios, hermana –la miró como si hubiera dicho una tremenda tontería.

-Sí, por eso, por el amor a Dios no puedo irme y dejarlas.

-No se preocupe por eso, mañana a primera hora le darán de comer –dijo el secretario.

-¿Quién? –preguntó Clotilde.

-La gente que va a venir a trabajar para hacer lo que ustedes debían haber hecho y por cabezonería y rebeldía han dejado por hacer –volvió a cargar contra ellas la Madre Generala.

-No puedo marcharme sin saber qué va a pasar con ellas.

-¿Qué quiere decir? ¿Quiere quedarse aquí? –la desafió la Madre Generala-. Le recuerdo hermana que no hay nadie imprescindible. Vámonos.

Dio un giro que el velo de su cabeza pasó rozando a sor Clotilde que era más bajita. Salieron a paso veloz. Los dos hombres de fuera cogieron las maletas de las hermanas y Madre Abadesa para ponerlas en el maletero. La hermana Clotilde subió junto a la Madre Abadesa a un vehículo sentadas en el asiento trasero, en el delantero la Madre Generala; por su parte la hermana Rosalía subió en el coche junto al secretario en el vehículo que iría detrás de la Madre Generala.

El momento en que cerraron la puerta del convento les hizo sentir a las tres un profundo dolor en su alma. En el silencio de la noche fueron audibles los suspiros que salieron de sus respectivas bocas. Subieron a los coches sin mirar atrás. La Madre Abadesa miró de soslayo a la hermana Clotilde era consciente del dolor que debía estar sintiendo, más aún cuando sabía que sus adorados animales se quedaban solos. Todo era tristeza en ambos coches. La hermana Rosalía no podía dejar de pensar en la gente que ayudaban, así como, en que se estaba marchando sin despedirse de nadie. Un nudo se formó en su garganta, aunque trató de no llorar, le fue imposible no hacerlo.

Los coches salieron por el camino del convento levantando algo de polvo del camino, pero de manera sigilosa. La hermana Clotilde no entendía cómo podía funcionar si no se escuchaba nada, por eso, nadie en el pueblo se había enterado del paso de aquellos coches, esa era la razón por la que nadie les había podido ayudar. Lo que no sabía la hermana es que esos coches eran eléctricos y apenas hacían ruido.

Se sentían traicionadas, las tres llevaban el mismo gesto, sus cabezas cabizbajas a pesar de querer despedirse de todo cuando iban dejando atrás, con una pena en el corazón que se clavaba como un puñal.

El final del pueblo estaba ante ellas estaban a punto de llegar a la carretera cuando de pronto la hermana Clotilde le dijo a la Madre Generala.

-Madre, por favor, pare el coche.

-¿Para qué? –preguntó inquieta.

-Madre, por favor déjenos despedirnos del convento desde aquí abajo hay una vista maravillosa -apuntó la Madre Abadesa.

-Está bien. Detenga el coche.

La hermana Rosalía que iba en el coche de detrás, al ver que se detenía el otro se alteró. Vio cómo se abría primero la puerta de la hermana Clotilde, después como se abría la de la Madre Abadesa y salían despacio. También vio a la Madre Generala con su gesto serio y enfadado. No lo dudó, bajó quería saber que estaba pasando. Lo adivinó cuando vio como la hermana Clotilde miraba fijamente aquel punto que se veía en lo alto, ¡qué hermoso se veía el convento desde allí! ¡Qué maravilla de construcción! Se acercó hasta ellas como si desde la distancia las tres unidas pudieran despedirse de todo cuanto dejaban atrás, el convento, la gente, el alcalde, la ilusión por mantener vivo aquel lugar, pero también dejaban el miedo y la esperanza. Aquellos dos sentimientos enfrentados con los que habían convivido desde que recibieran la maldita carta. La hermana Rosalía se colocó junto a la Madre Abadesa allí con la mirada fija en el convento bajo un manto estrellado en el cielo y la luna como testigo se despidieron con lágrimas en los ojos. Habían perdido la rebelión.

 

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