REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 15

Las dos mujeres salieron corriendo hasta la puerta del convento, allí estaba con un chico joven. Ambas mujeres se quedaron patidifusas, o más bien, para seguir el hilo de santidad, ¡como estatuas de sal! Al ver como el muchacho estaba tratando de encadenar a la hermana Clotilde junto a la puerta, en los hierros de la valla.

-¿¡Pero hermana que está haciendo!? –se acercó a ella desesperada.

-¡NADIE VA A MOVERME DE AQUÍ! ¡Y CUANDO DIGO NADIE, ES NADIE! Pasa la cadena por el hierro, hijo.

-¡Pero hermana no puede hacer eso! -le decía la Madre Abadesa sin dar crédito a aquella locura.

-¡CLARO QUE PUEDO! -bramó fuera de sí.

-Esto es una locura, hermana ¡se lo pido por Dios! –la Madre Abadesa mostró su estado de nervios.

-Yo también voy a atarme –dijo la hermana Rosalía cogiendo el otro extremo de la cadena.

-¡Válgame el cielo! -susurró atónita.

-Madre lo tenemos todo perdido, al menos ¡QUÉ NOS QUEDE LA DIGNIDAD!

El hombre no sabía muy bien qué hacer, pero ante la decisión de las dos hermanas, pasó la cadena por la muñeca de una y de otra.

-No sé yo si esto… -el chico se mostraba algo consternado.

-SIGA HIJO, SIGA QUE NO HAY MARCHA ATRÁS.

-¡Hermana… lo vamos a conseguir! –gritó la hermana Rosalía nerviosísima pero feliz.

-Madre de Dios…. ¡protégelas! –susurró la Madre Abadesa con los nervios de punta.

Dicho esto, se dirigió a ellas y ayudó al muchacho que parecía estar pasando un mal rato por no tocarlas. La Madre ayudó a pasar la cadena y allí estaban las dos monjas atadas firmes como dos soldados haciendo guardia. La Madre Abadesa se mostraba nerviosa caminando por delante de las dos mujeres que guardaban silencio. Mientras, el amigo de Jesús con su móvil recibía noticias.

-Es Jesús dice que ya está todo preparado.

-¿Preparado? –las tres se quedaron fijamente mirándolo.

El pobre muchacho sentía que aquellos ojos le estaban atravesando.

-Sí, han cortado la carretera pero… mejor lo pueden ver.

La Madre Abadesa lo siguió a gran velocidad mientras se asomaban por el muro que delimitaba el convento.

-¡Qué ve, Madre! –gritaba la hermana Clotilde desde su encadenamiento.

-¡Pero! –la mujer no salía de su asombro ante la visión que tenía.

-¡MADRE QUE VE! –vociferaba sor Clotilde-. ¡Quítennos las cadenas! ¡Por favor! Nada ni caso.

-Espere hermana que yo me suelto.

Rápidamente le quitó las cadenas de las muñecas y salieron corriendo hasta el mismo muro donde la pareja se había quedado como si les hubieran clavado en el suelo y tapado los oídos.

-¡Madre de Dios!

La voz emocionada de sor Clotilde rompió el ensimismamiento de la Madre Abadesa.

-Dios mío esto es…

-Es el amor, Madre. El amor que hemos dado a la gente y nos lo devuelve de esta manera tan magnífica.

Tanto la madre como la hermana Rosalía giraron las cabezas hacia la izquierda, allí, la mujer de hielo, la vieja gruñona, la monja cascarrabias estaba llorando de la emoción. Las lágrimas bañan su rostro y aunque trató de que no se notara aquel sentimiento que estaba invadiendo su corazón y arrasando las murallas de la frialdad, no pudo evitarlo.

La escena que estaban viendo tenía lugar en el principio del pueblo, la mayor parte de sus habitantes habían formado un cordón con una pancarta donde decía “¡El convento es nuestro!” “¡Las monjas no se van!”. Dos cámaras de televisión y reconocían a la perfección al periodista que les había entrevistado que estaba junto a Jesús. A pocos metros dos coches negros, era fácil deducir que venían del arzobispado. La gente comenzó a gritar “¡No nos moverán! ¡No nos moverán!” vieron como el alcalde daba unos pasos y se adelantaba hasta el coche, de él bajaba un hombre que entendieron era el secretario, se acercaba al alcalde y parecían hablar.

Mientras hasta ellas había llegado otro cámara.

-Me envía Jesús, les voy a dar el micrófono para que hablen si hay conexión.

-¿Vas a sacarnos por la televisión? –preguntó con seriedad sor Clotilde.

-Sí.

-¡Vamos a atarnos, hermana! Madre…

-Sí, sí…

La adrenalina subía en las tres, en ese momento en que tenían la visión de aquellos dos coches, se dieron cuenta qué era verdad, que no habían logrado nada con la presión social, con la presión televisiva, nada de ello había conseguido detener la compra. Para ellas fue como una bofetada en toda regla, sin pensar demasiado, sin pararse en lo que estaban haciendo, la Madre Abadesa con ayuda del abogado comenzaron a atar con las cadenas a las dos monjas mientras el cámara estaba pendiente de las indicaciones de sus compañeros.

Entre tanto, el alcalde había sido el primero en hablar al secretario aunque se daba cuenta que desde el primer coche negro no perdían detalle de nada de lo que ocurría.

-No vamos a dejarles pasar.

-¡Voy a llamar a la policía si no se apartan! –dijo desafiante el secretario.

-Llámela, hay cámaras de televisión… Yo si estuviera en su lugar no lo haría. Ya están bastante mal vistos como para ahondar con esa actitud.

-Esto es inaúdito, no tienen ningún derecho sobre el Convento, pertenece a la iglesia y se hará lo mejor para ella. Además, ya se les ha informado que dará puestos de trabajo para las personas del pueblo.

-Nosotros creemos que tenemos alguna potestad sobre este tema, está en nuestro territorio, las tres hermanas nos ayudan mucho más de lo que pueden imaginar y, ¡aún diría más!, nos aportan más beneficio de lo que nos puedan estar vendiendo con esos puestos de trabajo. Es un bien de todos.

-Lo siento, alcalde, pero está usted equivocado.

El secretario se giró para acercarse hasta el coche, habló con alguien y volvió al alcalde.

Los cámaras se habían preparado para intercalar imágenes de lo que estaba sucediendo bajo y lo que estaba sucediendo arriba. Cuando el cámara hizo el barrido con las dos hermanas atadas con cadenas a la puerta del convento, fue una imagen tan triste que hasta el propio cámara le tembló mínimamente el pulso. Ambas con la mirada en el suelo aferrándose a ese lugar.

La tensión entre el secretario y el alcalde se podía palpar, la gente del pueblo gritaba constantemente y el periodista conectó con el programa matutino que empezó con la imagen de las dos hermanas.

-Nos vamos a marchar porque este espectáculo es bochornoso. Reitero lo dicho, no tienen potestad para detener la compra del convento y la expulsión de las tres monjas del mismo. Quede con Dios.

-No señor, quedo con mi gente y mis tres monjas.

En la televisión salió reflejado mientras el periodista contaba lo que ocurría como los coches dieron la vuelta para marcharse, los vítores llegaron hasta la puerta del convento donde las monjas respiraron más tranquilas.

-De momento se han marchado –dijo la Madre con cierta preocupación.

-¡Lo hemos conseguido! No nos van a mover de aquí ¡No, señor! -exclamaba feliz Rosalía.

Bajo, el alcalde daba las últimas instrucciones a la gente, iban a quedarse un grupo allí para impedir el paso si volvían, el resto junto al periodista y el cámara subieron por las calles que llevaban al convento para compartir con las tres hermanas la alegría de haber vencido la primera batalla.

Durante el resto del día la gente del pueblo hizo guardia, las hermanas trabajaron como si no ocurriera nada, estaban nerviosas y en un momento en que la hermana Rosalía se puso a trabajar con el ordenador, sor Clotilde se acercó hasta el despacho donde la Madre Abadesa trataba de hacer números.

-Madre…

-Pase, hermana –la sor pasó y tomó asiento. La Madre la miró con gesto cansado y tras un suspiro le dijo-. Usted dirá.

-Quiero agradecerle todo lo que ha hecho por lograr que nos quedemos, hemos luchado con lo poco que tenemos en nuestras manos pero sobre todo con el amor de estas personas.

-Así es. Eso es con lo que deberíamos quedarnos, hermana, nuestro trabajo ha sido bueno.

-Gracias por tratar de salvarme una y otra vez –le dijo con cierta emoción en la voz.

-He aprendido mucho, hermana, mucho a su lado. Y espero que allá donde vayamos siga aprendiendo.

La hermana guardó silencio y tras asentir levemente con la cabeza se marchó. La Madre apoyó su cansada espalda sobre el respaldo de la silla se quedó mirando al techo con cierta nostalgia, ¿cuántas horas les quedarían? La respuesta debía estar a punto de saberla, el teléfono sonó.

-¿Dígame?

La Madre apenas pudo contestar al aluvión de críticas que recibió por el desafío inútil, fue lo primeo que le dejaron muy claro. Prefirió omitir la llamada con las hermanas no quería entristecerlas más.
Los dos días siguientes fueron tan inquietantes como los anteriores, la gente del pueblo continuaba haciendo guardia en la carretera, los cámaras y el periodista seguían allí esperando por si había alguna novedad. Sin embargo la quietud y el no recibir noticias era la constante.

-Será mejor que nos retiremos a dormir –dijo la Madre Abadesa.

-Sí, mañana tenemos que ir a duchar a la señora Paquita –dijo la hermana Rosalía.

-Bien, que descansen.

Cuando fueron a retirarse, el sonido de la campana de la calle sonó. Las tres se miraron con cierta alteración, la hermana Rosalía apretó los dientes sin percatarse, sor Clotilde notó como el corazón daba golpes en su pecho sin control, y la Madre Abadesa presintió que aquella campana que de tantas cosas buenas les había avisado, aquella vez no iba a ser igual.

-Voy a ver –dijo la Madre Abadesa.

-Le acompaño, Madre. Quédate aquí, hermana.

-De acuerdo.

La hermana Rosalía se quedó rezando para que no fuera lo que presentía podía ser.
Los pasos de la Madre y la hermana se mezclaban con los sonidos de la noche, el crepitar de sus pisadas contra las piedras resonaban con fuerza, la fuerza que les daba la rabia.

La Madre Abadesa abrió la puerta con cuidado.

-Abra, Teresa, soy la Madre Generala

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