REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 14

Capítulo 14

Podría decirse que el domingo fue muy parecido al sábado, la única diferencia que hubo, fue que sor Clotilde ese día hacía las magdalenas rellenas de chocolate. Aquel manjar que en el pueblo degustaban con ansía, tuvo que ser repartido entre la gente que fue a la visita guiada y los vecinos. Causó tanto furor entre los visitantes que se agotaron nada más ponerlas a la venta.

Nuevamente, alguna voluntad reflejada en algún billete, también algún graciosillo que metió un papel en un sobre como si hubiera dejado dinero. Cosa que encendió el mal carácter de sor Clotilde como si fuera una de las antorchas que iluminaban los pasillos. Iba la hermana refunfuñando para sus adentros cuando la campana de la puerta sonó. Ya no era hora de que nadie llegara, la noche había cubierto el cielo y un frío considerable se adueñaba del entorno.

-¡Soy yo, Clotilde!

La voz del alcalde le llegó jadeante, sin duda, debía estar resoplando sus manos. Lo dejó pasar con el gesto serio. En esa ocasión venía solo.

-Buenas noches, hijo –le saludó la Madre Abadesa con el mismo gesto serio que las dos hermanas.

-Vengo para avisarles que ya hemos preparado todo, mañana ustedes no van a moverse de aquí, desde las ocho de la mañana estará un compañero que se llama Tomás aquí arriba con ustedes. Es abogado y está dispuesto a echarnos una mano.

-De acuerdo –suspiró resignada la Madre.

-No quiero que salgan –insistió algo alterado-, también vendrá Juan me ha dicho que traerán dos cámaras, para alegría de la hermana Clotilde debo decir que uno se llama Santiago y el otro Andrés.

La hermana sonrió cruzando los brazos sobre su pecho en señal de seguridad. Mientras la hermana Rosalía no cesaba de frotarse las manos no por el frío, si no, por el miedo.

-Me gustaría poder decirles que estuvieran tranquilas y que todo va a ir bien, pero lo único que puedo decirles es que estamos consternados con esto, nos gustaría muchísimo que no se fueran.

-Lo sabemos, hijo. Han sido muchos años aquí hombro con hombro, al menos si nos tenemos que marchar, habremos intentado luchar hasta el final.

-¡Claro que sí, Madre! –le sonrió tratando de mostrarles un poco de ánimo-. No quiero verlas mal, ¿de acuerdo?

-Gracias, hijo. Te acompaño hasta la puerta –le dijo Clotilde.

La hermana Clotilde volvió con el gesto meditabundo, entró hasta la cocina para apagar las luces y retirarse. Cada paso que daba por el lugar le dolía el alma, le habían enseñado a no ser egoísta a pensar en los demás antes que en ella misma, pero en aquel momento le era imposible no hacerlo, nunca había salido de allí. Siempre pensó que su cuerpo descansaría en el que había sido su hogar. La visión de las montañas sería su última visión de este mundo y podría despedirse de la vida tranquilamente. Haciendo lo que más le gustaba en el lugar que quería. Los escalones hasta el primer piso se le hicieron pesados, parecía que había envejecido de golpe que la llamada de la Madre Generala avisando de la visita del día siguiente, se había llevado su energía. Estaba derrotada y eso en ella era tan extraño que temió por un momento que estuviera llegando al final de sus días.

El cielo repleto de nubes no dejaba ver las estrellas, parecía que también ellas estaban tristes y apagadas. La hermana Rosalía se había levantado porque no podía dormir, tenía la sensación de que todo acabaría al día siguiente, ni siquiera todo el apoyo que estaban recibiendo por la web del convento las iba a ayudar. El dinero era el mismo diablo, pensó que la hermana Clotilde tenía razón. Al pensar en ella, sintió la necesidad de acercarse hasta su celda, si había algo que le daba mayor temor era perder su compañía. Se desplazó hasta la celda de la sor y al entrar no la vio en la cama, se sobresaltó. Pero al fijarse bien, con la poca luz que entraba por la ventana de la luna que a duras penas vencía la batalla a las nubes, vio su silueta. Sonrió con tristeza podía imaginar que en ese momento se estaba despidiendo de sus montañas.

-Hermana –le dijo en voz baja.

-¿Tampoco puedes dormir? –le preguntó Clotilde con voz cansada.

-No.

-¿Qué va a ser de María y las gallinas? –se preguntó con un hilo de profunda tristeza.

-Hermana me aferro a las palabras de Jesús.

-¿Qué dijo para estos casos?

-No, hermana –sonrió mínimamente-. Jesús el alcalde.

-¡Ah! –hizo un ademán con la mano y soltó una pequeña sonrisa que más pareció el gritito de un gato recién nacido-. Es un buen muchacho, siempre pensé que sería un hombre de provecho.

-No pueden ir contra la voluntad de la gente, ni contra nuestros derechos.

-Ya lo veremos, hermana. Ellos son poderosos.

-Nosotras, también.

La hermana Clotilde separó los ojos de la ventana para mirar a aquella joven repleta de miedo e ilusión.

-Es cierto… Nosotras también.

-¡Y vamos a llegar hasta el final! –la miró con los ojos brillantes.

-Espero que Dios se quite los tapones de las orejotas y nos escuche.

-¡Es usted única! –sonrió tratando de aportarle algo de entusiasmo.

-¡Vamos a tratar de descansar, mañana será un día duro!

-Son las tres y media de la mañana, hermana. Hoy es un día duro.

Las gallinas comenzaron a cantar, el cielo luchaba intensamente con los primeros rayos de sol. Era una lucha hermosa, se abrían paso a duras penas iluminando la sublime montaña, con aquella luz era tan majestuosa que invitaba a no separar los ojos de ella. La Madre bajó hasta la cocina y allí vio a la hermana Rosalía con el ordenador encendido.

-¿Hermana no ha dormido?

-No, Madre. He estado haciendo unas fotos del amanecer. También de María y las gallinas, debemos hacer ver que no somos nada más que nosotras tres.

-¡Le alegrara saberlo a sor Clotilde!

-Imagino que sí.

-Qué raro que no esté aquí ¿no?

-Pues… sí… la verdad que sí. Voy a ver si está en su celda.

La hermana Rosalía subió hasta la celda de Clotilde pero no estaba, le pareció algo extraño que no hubiera dicho nada si iba a salir. Fue al pequeño establo donde María la saludó al verla con un “Mu” largo y las gallinas revolotearon como si ellas también estuvieran nerviosas. Miró por el jardín, por el claustro pero no dio con la hermana. Volvió a entrar al convento por si estaba ya con la Madre Abadesa.

-¿La ha encontrado?

-No, Madre, pensé que estaría aquí con usted.

-No, conmigo no, no la he visto.

Ambas se miraron con gesto preocupado, tal fue así que la hermana Rosalía se dio la vuelta y volvió a salir para buscarla, llegó hasta el claustro, y entonces la vio. Sus ojos se abrieron como platos, se puso la mano en la boca y fue hasta el pasillo donde la Madre Abadesa también estaba buscándola.

-¡Madre! ¡Madre! –gritó.

-¿Qué sucede?

-¡La hermana Clotilde!¡Rápido!

Las pulsaciones de la Madre Abadesa se dispararon como si fuera el final de un atractivo castillo de fuegos artificiales. Llegó a la altura de la hermana que tenía una cara de espanto que la asustó.

-¿Qué ha pasado?

-Acabo de verla salir con una cadena de hierro.

-¿Una cadena de hierro? ¡Una cadena de hierro! –la segunda expresión superó por muchos decibelios a la primera.

-Sí, iba hacia la puerta, Madre –la otra no es que estuviera mucho mejor, sus ojos parecían iban a salirse de las órbitas.

-¡Ay señor! ¡Ay Señor!

 

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