REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 13

 

Hoy en el capítulo hay un guiño cariñoso a una periodista que admiro.

Capítulo 13

-Bien… pues parece que asumimos las tres amonestaciones que nos han abierto hoy. Pero quiero que sepan que me ha insistido en que les traslade la siguiente consigna: el lunes vendrá la Madre Federal acompañada del Arzobispo y el comprador de la promotora. En ese momento ya no tendremos potestad para reclamar nada, es más, ese mismo día tendremos que abandonar el convento.

-¡Cómo! –la sonrisa se le disipó a la hermana Rosalía.

-No puede ser –refunfuñó el alcalde.

-Así es, no he podido hacer nada, no han entrado en razón, poco les importa la gente a la que ayudamos.

-No vamos a permitirlo, Madre. Tenemos el fin de semana para denunciar esto, preparar acciones legales…

-¡E ilegales! –bramó la hermana Clotilde interrumpiendo a Jesús.

-También –sonrió de lado el alcalde.

-¿Tiene más amigos que nos puedan ayudar?

Ante la pregunta de la Madre, las dos hermanas y el alcalde se sorprendieron.

-Sí, Madre.

-¡Pues adelante!

-¡De acuerdo! Voy a preparar una junta excepcional en el centro de mayores.

Cuando el alcalde se marchó, la Madre superiora suspiró con fuerza.

-Hermana Rosalía quiero que me prepare en un folio la recaudación de hoy, a continuación, en la página del convento haga saber que seguimos adelante con las visitas guiadas. ¿De acuerdo?

-Claro… Madre.

-¡Hermana Clotilde! ¡Cierre la boca! Y póngase a trabajar con la repostería.

-¡Faltaría más, Madre!

-Como usted dice, prefiero morir de pie que vivir arrodillada.

-¡Eso es, Madre! ¡Eso es!

La hermana Clotilde no salía de su asombro, parecía mentira lo que estaba ocurriendo, como se habían precipitado las cosas desde el momento en que recibieron la carta del abandono del convento. Pero lo que más asombrada la tenía, era el cambio que, aquella injusta consigna para ella, había provocado en en las tres. Ella que pensaba iba a luchar sola, se encontraba respaldada por la hermana a la que agradecía en el fondo que apareciera para apoyarla en televisión, pero sobre todo, a la Madre Abadesa quien había decidido luchar contra la injusticia.

De lejos la hermana Clotilde escuchó el teléfono de la Madre Abadesa, sintió rabia porque sabía perfectamente que fuera quien fuera la iban a presionar. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando oyó como la llamaba.

-¿Qué pasa, Madre? –la miró preocupada.

-¡Llaman de la radio! –su gesto fue de nerviosismo.

-¿Y?

-Hable usted, quieren hacerle una entrevista a mí esto me pone nerviosa y no me sé explicar.

-¡De acuerdo! Hagamos más ruido.

-¡Un momento! –dijo de golpe tapando el auricular. La hermana
Clotilde la miró seria-. Si lo hace usted la amonestaran y será su final. Lo haré yo.

-¿Está segura?

-Sí, sí, así tendremos dos amonestaciones cada una –sonrió nerviosa.

-Sabía que tenía un gran corazón, por eso la voté para ser Madre Abadesa, lo que desconocía era que también es una gran luchadora, Madre. Hable… hable…

Dicho esto la Madre comenzó a explicar los hechos al periodista que antes de salir en antena le había dicho que era amigo de un amigo de Jesús y se presentó con el nombre de Pedro. A lo que la hermana Clotilde se santiguó dando las gracias al cielo. Al finalizar apareció la hermana Rosalía con un papel en la mano dispuesta a explicarle a la Madre sus anotaciones.

-¿Qué ha pasado? –preguntó al verlas con el teléfono en la mano.

-Tenemos la inmensa suerte de que los amigos de Jesús nos están ayudando muchísimo, hermana.

-Y se llama Pedro –le guiñó un ojo la hermana Clotilde.

-Madre de Dios… -musitó sonriente la hermana.

Entonces volvió a sonar el teléfono. La Madre les hizo un ademán para que la dejaran sola, por lo que pudo alcanzar a escuchar la hermana Rosalía, al otro lado estaba la Madre Generala. Tan solo monosílabos salieron por parte de la Madre Abadesa.

-Estoy muy nerviosa, hermana.

-Normal, estamos haciendo cosas que no son agradables para nosotras, pero sí necesarias para los demás. Dejemos que la Madre hable tranquilamente, vamos a repartir la cena.

Al volver al convento, se encontraron con la Madre Abadesa asomada a la ventana. Apretaron el paso, rogando que hubiera buenas noticias.

-¿Madre?

-Lo siento, no tengo buenas noticias.

-¿La han amonestado? –preguntó preocupada la hermana Rosalía.

-Eso es lo que menos importa ahora, el lunes será nuestro último día en el convento, hermanas. Debemos tener todo recogido para entonces.

-¡Me niego! –dijo firme la hermana Clotilde.

-¿Les ha dicho algo el alcalde?

-Dice que no nos preocupemos y que le dejemos a él las cosas, que nos centremos en mañana y pasado hacer buena caja.

-Está bien… ese joven me ha demostrado que podemos confiar en él. Oremos que creo nos va a hacer falta, hermanas.
Una vez finalizaron la cena, ambas hermanas se retiraban a sus celdas, iban a levantarse pronto para preparar la repostería si bien, era muy posible que no llegara nadie.

-Hermana… ¿eres consciente que debes curarte el corte? ¿O ya no te acuerdas?

-¡No me duele! Está bien… no tengo problema con el corte, hermana.

-Bueno, pero hay que curarlo.

-Le agradezco que me haya querido proteger –le dijo con sutileza.

-Y yo me alegro que hayas salido ahí fuera, ¿sabes hermana? Creo que has despertado de tu letargo.

-¿Mañana me enseñará a hacer magdalenas?

-Te lo has ganado, sí.

-¡Gracias! ¡Alabado sea el señor! –dijo con voz cantarina.

-Nunca hemos tenido una hermana como tú… en fin… vamos a curarte.

-¿Cómo yo… Para bien o para mal? –se detuvo metiendo sus manos en los bolsillos del hábito.

-Para bien, hermana, para bien.

Y el rostro siempre serio de la hermana Clotilde, dibujó tras aquella afirmación una pequeña sonrisa.

Las hermanas se retiraron a rezar y a descansar. A las cuatro y media de la mañana sonó el despertador en las tres celdas. Habían decidido levantarse para adelantar el trabajo de la repostería, a las cuatro en punto la hermana Rosalía estaba en la cocina con una sonrisa de oreja a oreja, feliz como una perdiz. A las cuatro y cinco la hermana Clotilde entró con el ceño y los labios fruncidos.

-¡Buenos días, hermana! –le dijo contenta sor Rosalía.

-¡Caray que susto me has dado! –puso la mano en el pecho y le advirtió con firmeza-. Mira que ya tengo una edad…

-Lo siento –volvió a reír-. ¿Puede creerse que no he dormido?

-Lo creo. Demasiadas emociones en muy poco tiempo. Ponte el delantal –le ordenó.

-No recuerdo el tiempo que hace que no sentía esta adrenalina, hermana.

-Bueno, pues ahora silencio, atención y acción.

La hermana Rosalía vio como abría sus manos, cerraba los ojos y murmuraba con devoción.

Madre de Dios, guía estas manos para convertir esta masa en rica
repostería. Amén”

-¡Amén! –mustió la hermana Rosalía envuelta en el aura mística de la hermana Clotilde.

-Abra la ventana, por favor.

-Claro.

-¡Y ahora… vamos allá!

La hermana Rosalía observaba atenta cada movimiento y explicación de sor Clotilde.

Desde el quicio de la puerta, la Madre Abadesa observaba la escena. Era un momento muy especial, único, la ventana abierta dejaba entrar un aire fresco unido a algún canto de animal nocturno. La Madre no avisó de su presencia, vigilaba en silencio dándose cuenta que estaba ante la sabiduría y el futuro, sus ojos se entrecerraron mientras contraía la barbilla sentía que era una verdadera lástima perder aquella estampa. Un escalofrío recorrió su espalda marchándose hasta su despacho para recoger cosas a escondidas de la hermana Clotilde.

Mientras, ajenas a que estaban siendo observadas, las dos hermanas trabajaban sin cesar, la hermana Clotilde se sorprendía de la habilidad de aquella sor Rosalía que parecía haberse vuelto del revés. Trabajaron a destajo, de vez en cuando y, siempre, por orden de la mandamás la hermana Rosalía iba hasta el ordenador y miraba si había actividad.

-¡Hermana son las seis de la mañana y ya han visitado la página mucha gente! –decía ilusionada.

-¡Alabado sea el señor!

-¿Cuándo decidió hacerse monja?

-No lo decidí, fue algo a lo que la vida me llevó –su voz apareció nostálgica-. Mis padres eran muy pobres, mi madre trabajaba en el horno del pueblo.

-¡De ahí le viene la vena de espléndida cocinera! –le dijo con una de sus amplias y frescas sonrisas.

-Digamos que sí –quiso ocultarlo pero ¡caray la Hermana gruñona casi se derrite del gusto por el cumplido!-. Un día vino una monja por el pueblo, al saber que mi padre acababa de tener un accidente y había perdido una pierna, le ofreció a mi madre la posibilidad de llevarme junto a ella a un convento. Y así fue como me hice monja.

-¿Y no pensó en hacer otra cosa?

-No había hecho nada que no fuera dentro del convento, me hice novicia y al llegar aquí ya no quise moverme.

Tras los rezos pertinentes, el desayuno y el canto, llegó el momento de llevar hasta la gruesa puerta de madera las rosquilletas marca de la casa. Todo estaba preparado, hasta los nervios estaban preparados.

-Oigo gente –dijo la hermana Rosalía.

-¡Yo no escucho nada! –protestó ya sabemos quién.

-Madre… ¡abra… abra!

La Madre abrió la puerta, ¡allí había gente! Pero no uno ni dos, ni tres ni cuatro ¡había montones de personas! Que poco a poco fueron llegando con el alboroto habitual de las voces y de la emoción de poder visitar un monumento tan importante como aquel.

-¡Pasen… pasen! ¡Bienvenidos! Pasen –les decía la Madre Abadesa que ya había olvidado todas las amonestaciones que les habían impuesto y nada más pensaba en disfrutar del momento-. La hermana Rosalía les está esperando.

-Un euro y la voluntad –les decía sor Clotilde con una minúscula sonrisa pero con los ojos brillantes.

-Sean bienvenidos todos. ¡Hermana! ¡Hermana! Hay mucha gente.

La Madre mostró su preocupación.

-¡Eso es bueno, Madre! Haremos turnos… usted déjeme a mí.

Durante la primera visita, la hermana Rosalía mostró el convento a casi cuarenta personas con todo lo que significaba aquello. Además, muchos hicieron encargos de la rica repostería del convento. Por un instante, las tres monjas parecían desbordadas, no solo por la gente que había dentro, si no, por la que quedaba fuera.

-¡Hermana Rosalía bebe agua! –le recomendó sor Clotilde.

-¿Habían muchos billetes hoy? –preguntó nerviosa mientras hacía caso a su mentora.

-Alguno he visto –le guiñó un ojo.

Aunque parecía imposible creerlo, la hermana Rosalía tuvo que hacer tres visitas guiadas. Al finalizar una de ellas se le acercó una mujer rubia con gafas de sol. La Madre Abadesa estaba despidiendo a la gente en la puerta y sor Clotilde daba las últimas bolsas de tortas a los rezagados visitantes.

-Madre ¿puedo hablar un momento con usted? –le preguntó con cautela la hermana Rosalía.

-¿Qué pasa? –pregunto sor Clotilde metiéndose por medio.

-¿Ven aquella chica de allí? –señaló la hermana disimuladamente-. Me ha dicho que es periodista y que está interesada en las historias que he contado sobre espíritus.

-¡Cómo! –la Madre Abadesa se sobresaltó.

-Hable con ella, Madre. Creo que puede ser interesante. Usted dígale a todo que sí -la apremió sor Clotilde.

-No sé yo… no sé yo.

Cuando la Madre Abadesa se marchó para hablar con aquella periodista, la hermana Clotilde estiró de la manga del hábito a sor Rosalía pidiéndole más explicaciones.

La Madre recibió en el despacho a aquella mujer que le contó que había estado grabando un programa cerca de la zona y que se había enterado por casualidad del problema que tenían.

-Mi marido y yo tenemos un programa en la televisión, la historia que he leído en su página web me parece interesante.

-Entiendo… pero… ahora mismo no estoy en disposición de poder decirle que vamos a estar aquí para que puedan hacer su programa.

-Es una lástima, la verdad. Me parece un lugar maravilloso.

-A nosotras también pero… no está en nuestra mano. ¿No recuerdo su nombre?

-Carmen, Carmen Porter.

-Muchas gracias, Carmen.

-Un gusto conocerlas, de verdad.

La periodista le dejó su número de teléfono por si lograban quedarse que la avisara para hablar con ellas sobre cómo hacer un programa desde allí. Agradecida por su interés y por su amabilidad la Madre Abadesa fue a despedirla hasta la puerta.

-Madre, disculpe, tiene una llamada –apareció la hermana Rosalía.

-No se preocupe, Madre, no hace falta que me acompañen.

-De acuerdo. Muchas gracias por su visita.

Una llamada no era buena señal, lo presentía. Tomó el teléfono y allí aparecía la voz enfurecida de la Madre Generala, la buena de la Abadesa harta de la situación en lugar de callarse y acatar las órdenes, por una vez defendió lo que estaban haciendo con una vehemencia que no sabía muy bien de donde salía. Al colgar suspiró con fuerza pero su calvario no había terminado sus ojos se abrieron como platos, en la puerta del convento, la hermana Clotilde le estaba entregando una bolsa repleta de magdalenas, tortas y rosquilletas como regalo a la periodista y, lo peor de todo, es que le estaba hablando.

-¡Ay Dios mío! De esta no salgo.

Al bajar la hermana Clotilde ya estaba en la cocina junto sor Rosalía, estaban contando el dinero.

-Hermana Clotilde, la he visto hablar con la periodista.

-Sí, Madre –la miraba como esperando que le dijera que había hablado con ella-. Le he dicho que llame al arzobispo. Le he dado su número de teléfono, así hará presión, no solo la prensa, la radio y la televisión, ahora también tenemos a esta agradable mujer quien les llamará para solicitar permiso y hacer una investigación sobre los ruidos y espíritus que he visto por si encuentra cofonías o algo parecido.

-Cacofonías, hermana –la corrigió divertida la hermana Rosalía.

La Madre Abadesa fue incapaz de contestar, tan solo se dejó caer sobre la silla al mismo tiempo que resoplaba.

 

 

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