REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 12

AHORA SÍ, PERDÓN.

De repente el sonido del teléfono sobresaltó a la Madre Abadesa

-¿No lo va a coger? –le preguntó la hermana Rosalía preocupada.

-De momento, no. A ver que más dice la hermana.

Fuera el periodista preguntó al alcalde qué significaba para el pueblo el convento.

-Nosotros hemos crecido rodeados de estas mujeres que siempre nos ayudaron, el convento es un bien, más del pueblo que de nadie. Ellas ayudan a las personas que nosotros no llegamos por falta de presupuesto, los niños comen gracias a su ayuda, las personas mayores y enfermos reciben sus cuidados, puede que el parador dé trabajo pero eso no lo sabemos, lo que sí sabemos seguro es que estas mujeres nos dan mucho más, y no queremos que se vayan.

Entonces la gente que se había agolpado hasta la puerta del convento comenzó a gritar lo que llevaban escritos en sus pancartas.

Dentro el teléfono volvió a sonar.

-Siga con todo detalle lo que vayan diciendo.

–De acuerdo, Madre.

Fuera el periodista volvió a preguntar a la hermana Clotilde.

-¿Hermana qué le pediría al arzobispado desde nuestros micrófonos?

-Que piensen bien lo que van a hacer, este convento es historia, una historia magnifica que bien contada como está haciendo la hermana Rosalía –la hermana frunció emocionada los labios – es un descubrimiento de vivencias a lo largo de los años y de arte. Con ese dinero podremos ayudar en los gastos. Necesitamos quedarnos porque este es nuestro hogar y nuestro lugar. Nosotras ayudamos a este pueblo y este pueblo nos ayuda a nosotras. Por unos cuantos duros a veces lo que se pierde es demasiado.

La gente que había detrás comenzó a aplaudir.

-¡Bien dicho, hermana! –la hermana Rosalía asentía cada palabra que decía la sor.

El periodista volvió a preguntar.

-¿Y dice que están haciendo visitas guiadas? ¿Qué han creado una
página web?

-De las visitas guiadas doy fe, de lo otro… -miró al alcalde
mientras se encogía de hombros.

-A ver, la hermana es una mujer sabia pero digamos que no muy adepta de la modernidad –intervinó el alcalde.

La Madre Abadesa se subió hasta su celda desde allí tenía una visión privilegiada de lo que estaba sucediendo. Abrió la ventana en el mismo instante en que la gente del pueblo aplaudía, quiso que a través del teléfono aquel hombre, que se mostraba indignado y no dudaba en mostrarse ofendido por la deslealtad de aquella mujer que estaba saliendo en la televisión, oyera de forma real cómo la gente les apoyaba.

Desde el estudio la presentadora también quiso mostrar su solidaridad con aquellas tres monjas, sor Clotilde les había causado una profunda simpatía.

-Espero que logren su propósito porque me da la impresión que la gente del pueblo les necesita más a ustedes que no un parador. ¿Verdad, hermana?

-¿Esto se va a ver en todos los sitios? –preguntó sin contestar a la presentadora.

-Sí, hermana, sí –la risa en el plató fue general por la espontaneidad de la mujer.

-Pues tiene usted razón aunque no sé de dónde me habla. También quiero decir que esta rebelión es mía, nada tienen que ver las otras dos hermanas. ¡Y qué hacemos unas magdalenas para chuparse los dedos!

En la cocina, la hermana Rosalía sintió de pronto esa rebeldía por sus venas.

-Bueno pues creo que con todo lo que hemos contado nuestros telespectadores podrán…

-¡Espere… espere! –salió la hermana Rosalía bajo la mirada enfurecida de sor Clotilde-. Quiero decir que yo apoyo totalmente a la hermana Clotilde, en todo, en todo.

La gente del pueblo volvió a aplaudir y jaleó más todavía aquel grito de “las monjas no se van” “las monjas no se van”
Desde su celda la Madre Abadesa observaba toda la escena. Tras colgar cerró los ojos tratando de encontrar la calma.

Fuera del convento el periodista despidió la conexión mientras la cámara pillaba a la hermana Clotilde echando una buena bronca a la hermana Rosalía que mantenía una sonrisa en sus labios.

-¡Venga aquí, hermana! –exclamó feliz sor Rosalía.

De repente la abrazó fuertemente con los vítores de la gente que se aproximó a ellas para de igual manera abrazarlas y transmitirles su incondicional presencia.

-¡Nunca me había encontrado una monja como Clotilde! –le dijo Juan a Jesús.

-¡Creo que no la encontrarás!

-Nosotros nos marchamos, a cualquier novedad me llamas y si tenemos que volver, no te preocupes que vendremos.

-¡Ojalá sea para poder decir que lo han conseguido! –le dijo el alcalde estrechándole la mano con agradecimiento.

-¡Un momento! –se apresuró la hermana a llegar hasta el periodista-. ¿No pensará irse ya?

-Pues… -no sabía que decir y con la mirada pidió auxilio al alcalde.

-Vamos entren, entren voy a regalarles unas magdalenas y tortas. Venga… venga… Y le llevan a la chica tan simpática que hablaba por
esa cosa pequeña…

Tras las dos monjas que mostraban una felicidad difícil de explicar, entró el alcalde. Llegaron hasta la cocina y saborearon durante un ratito la dulce repostería de la hermana Clotilde. Después, tras el agradecimiento de la Madre Abadesa se marcharon con una cestita repleta de magdalenas.

El alcalde se quedó por orden de la Madre Abadesa, ya la hermana Rosalía había advertido a sor Clotilde que el teléfono había sonado mientras se hacía la emisión del programa y la Madre se había resistido a contestar.

-Seguro que le han dicho algo grave, le ha dicho a Jesús que se quede… -emitió su clásico gruñido tras la frase-. Me huele mal, hermana.

-Dios quiera que no.

Pero la Madre Abadesa pronto les demostró lo contrario.

-Vamos a mi despacho, no quiero que las magdalenas desorienten a nuestro alcalde.

-Malo… malo… malo… -refunfuñó sor Clotilde.

Llegaron al despacho y tomaron asiento alrededor de la mesa redonda, allí estaban los cuatro en un ambiente tan místico que al bueno del alcalde le dio un repelús en la nuca.

-¿Y bien, Madre? ¡Suéltelo! –le rogó la vieja gruñona.

-El arzobispo se ha molestado bastante con su aparición hermana Clotilde, ¡y no digamos nada con el remate final de la hermana Rosalía! –Clotilde levantó la barbilla orgullosa mientras la hermana Rosalía se mordió el labio inferior nerviosa-. Me han pedido que devolvamos el dinero que se ha recogido porque es ilegal hacer lo que hemos hecho, y que nos demos prisa en guardar todo lo que se nos encargó.

Silencio absoluto.

-También me ha dicho, hermana Clotilde que le van a imponer una amonestación, que ya van dos y que si sigue con este comportamiento y actitud será expulsada de la orden de inmediato.

-¡Al diablo con la expulsión!

Tanto el alcalde como la hermana Rosalía rieron por lo bajo.

-Por su parte hermana Rosalía le han abierto su primera amonestación.

-La asumo, Madre.

-Bien… pues parece que asumimos las tres amonestaciones que nos han abierto hoy. Pero quiero que sepan que me ha insistido en que les traslade la siguiente consigna: el lunes vendrá la Madre Federal acompañada del Arzobispo y el comprador de la promotora. En ese momento ya no tendremos potestad para reclamar nada, es más, ese mismo día tendremos que abandonar el convento.

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