REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 11

Capítulo 11

La hermana empezó a contar mientras sor Clotilde le pasaba la lengua a la punta del lápiz. Ambas mujeres estaban concentradas en el dinero cuando les llegó un grito de la Madre Abadesa recorriendo el convento entero que las puso firmes.

-¡HERMANA CLOTILDE!

-Ya se ha enterado –musitó con rabia la hermana Clotilde.

-¿Qué pasa? -preguntó mirándola asustada.

-Nada, sigue contando.

-Hermana yo no quiero que tenga problemas.

-Quizá mis problemas sean tus soluciones y podamos salvar el convento y la gente aunque yo me tenga que ir.

-Eso no sería justo.

-¡Ya estamos con lo justo! –bramó mirándola con el ceño fruncido-. Cuenta hermana, cuenta.

La hermana Clotilde se puso en pie, sabía que Jesús le habría comentado lo que estaba a punto de suceder y el grito de la Madre Abadesa no le pilló de sorpresa.

-¡Hermana! –llegó con la ira marcada en su rostro, tras ella el alcalde con gesto divertido.

-La misma.

-Hermana Clotilde –dijo cerrando los ojos acompañando a su gesto un tono duro-. ¿Cómo pretende salir en la televisión? ¡Cómo! ¡Ese va a ser nuestro fin!

-Será mi fin, no el suyo. Usted no tiene que hacerlo, es más, un poco antes de que salga, usted debería llamar al arzobispado y decirles que voy a salir en la televisión que se acaba de enterar y que no ha podido detenerme. Lo hace usted con tono irritado y asustado y colará.

-No puedo hacer eso, no voy a consentir que ponga en peligro no solo su unión con la Iglesia, también la nuestra.

-Se lo repito, avise al arzobispado. No importa lo que me pase.

-Madre –habló con cierto temor la hermana Rosalía. Los ojos de la Madre se clavaron en ella-. Yo voy a apoyar a la hermana Clotilde, asumo las consecuencias creo que quien está actuando de mala fe es el arzobispado.

-¡Lo que me faltaba! No tenía bastante con una revolucionaría que ahora se me une la otra –dijo dándose un golpe en sus voluptuosas caderas.

-Madre con todos mis respetos… es un programa de máxima audiencia, ¿por qué no se espera y, como dice la hermana, un rato antes de que lo emitan llama diciendo que se ha enterado en ese momento? –la Madre miró al alcalde con el ceño fruncido.

-Madre… -le rogó la revolucionaría sor Clotilde.

-¡Así que además de pedir ayuda para crear la historia de las visitas también le ha pedido ayuda para salir en la televisión!
Le habló con cierto enfado. Todos guardaron silencio.

-Está bien –suspiró con fuerza-. ¡Y puedo saber cómo es posible que esto haya sucedido tan rápido!

-Tengo un amigo y ese amigo es amigo de…

-Deje… deje… no sé si lo quiero saber -le cortó a Jesús que hablaba tratando de no dar una carcajada-. No vaya a ser que también sea ilegal.

-Sor Clotilde hablará desde la puerta del convento, yo estaré con ella.

-De acuerdo, estamos en manos de Dios Nuestro Señor. Me retiro a ver si logro calmarme.

Cuando se quedaron solos, Clotilde dio un aliviado suspiro. La hermana Rosalía sentía la adrenalina correr por sus venas y Jesús sonreía viendo la escena de aquellas tres mujeres tan distintas entre sí, con reacciones tan diferentes, pero que cada una a su modo sufría por tener que marcharse.

-Bien, Clotilde. Vendré a las cuatro y media a preparar la entrevista, me ha dicho mi amigo Pablo que nos entrevistará él pero también desde el plató nos harán preguntas, y le he comentado que yo te apoyaré aunque no creo que haga falta.

-Gracias, hijo.

-El programa se llama Más Vale Tarde.

-¡Mira como anillo al dedo! Más vale tarde que nunca que consigamos quedarnos.

-Las dejo continuar con las cuentas -sonrió divertido.

Al marcharse, la hermana Rosalía miraba fijamente a la hermana Clotilde. Sabía que se iba a meter en un buen lío y a pesar de querer demostrar fortaleza, su gesto dejaba entrever cierta preocupación. Al terminar de contar el dinero, una sonrisa satisfecha se dibujó en las dos mujeres.

-Con la voluntad de mucha gente hemos llegado a 225 euros, hermana.

-Suba y hágaselo saber a la Madre. Voy a la capilla.

Con su andar ágil la hermana Clotilde se perdió por los angostos pasillos del convento.

La Madre no se inmutó demasiado al saber el importe que habían conseguido en aquella visita. No quiso demostrarle a la hermana Rosalía que era un espejismo en el desierto. Estaba prácticamente segura que al día siguiente no llegaría nadie, además, tenía que pensar como majenar el problema de la televisión, no estaba para mucho ánimo. Decidió recoger algunos pliegos que habían en las estanterías de su despacho, al mismo tiempo trataría de ver qué solución se podría dar a aquel pulso entre tres monjas y todo el estamento eclesiástico.

El ruido de un coche les llegó con nitidez a cada una de ellas, era hora de meditación y Clotilde se había encerrado en su celda. Necesitaba pensar con claridad y saber exactamente qué iba a decir. Sabía que podía meter en un lío a la Madre Abadesa por lo que debía encontrar las palabras exactas que la exoneraran. Pidió ayuda a la Virgen le rogó aclarara su mente y que dejara fuera la ofuscación.

La campana de la puerta sonó. La hermana Rosalía salió a abrir. Tras ella estaba Jesús acompañado por un chico joven que llevaba una poblada barba y el pelo muy bien peinado, con un jersey gordo de cuello alto y una parka negra.

-Hermana, ya estamos preparando el escenario.

La hermana asomó la cabeza y vio como gente del pueblo estaba desplegando una pancarta donde rezaba, nunca mejor dicho, “Queremos que se queden nuestras monjas”.

-Necesito que sor Clotilde esté preparada.

-¡Ya estoy aquí! –apareció por detrás de la hermana acompañada a su vez por la Madre que llevaba en su rostro un gesto de intensa preocupación.

-Clotilde aquí le presento a Juan…

-La lista se amplia, Madre, teníamos a Jesús, Lucas, Marcos, Pablo y ahora Juan… ¡eso quiere decir que es una señal! Las casualidades no existen.

-Lo que no existe es un caso como el nuestro… esto va a ser el fin -renegó.

-O el principio –sor Clotilde le guiñó un ojo a la Madre.

La hermana se dispuso a salir del convento acompañada por sor Rosalía, entonces se detuvo y la miró fijamente con esos ojos de hielo.

-Quiero ir con usted, hermana.

-De ningún modo. ¿Quiere que el desgraciado que la dejó tenga un ápice de victoria sobre ti? –la hermana la miró algo ofendida-. ¿Cree que se lo merece?

-Hermana él sabrá que estoy aquí.

-Me da igual, tu acompaña a la Madre.

-¿Ha sido un poco dura, no cree? –le dijo Jesús sin entender su reacción.

-Esta chica es el futuro no puedo implicarla en esto. Sé que me va a costar cara mi rebeldía, no puedo consentir arrastrarla a ella.

-¡Ay Clotilde! –murmuró con una sonrisa-. Es usted todo corazón.

La hermana Rosalía no entendía las palabras de sor Clotilde, ¡qué más daba que la viera! ¡Si él ya había elegido! Ser monja no significaba una derrota en la vida. Se fue directamente hasta la cocina para conectar el ordenador tal y como le habían dicho para poder ver el programa desde él. La Madre Abadesa guardaba silencio a su lado, notaba su seriedad.

-Hermana… No lo tomé a mal, la hermana lo ha hecho con la mejor intención del mundo. Quizá no sabía cómo decirle que no estuviera allí para no implicarse en todo esto.

-¡Pero yo quiero hacerlo!

-¿Ha calculado lo que puede suponer que esté implicada? –la hermana Rosalía guardó silencio-. Sor Clotilde sabe que esto le va a costar la expulsión, ella ya está en el ocaso de su vida, usted comienza y debe pensar en su futuro. Le aseguro que lo ha hecho porque la aprecia.

-Gracias –le sonrió como si aquella explicación pudiera llevarse su desilusión-. ¿Va a llamar?

-No, voy a esperar.

-Pero… -la miró con el ceño fruncido.

-Yo también estoy en el ocaso de mi mandato –le guiñó un ojo-. ¿Cree que lo vamos a ver?

-Claro que sí.

Conectaron el ordenador.

-¡Jesús que modernidades más increíbles!

Mientras, fuera del convento la hermana Clotilde había agradecido a las personas que estaban allí su apoyo, Juan había hablado con ella explicándole las preguntas más o menos como iban a ser para que no le pillara desprevenida.

-En cinco estamos dentro –dijo el cámara.

-¡Suerte Clotilde! –la voz de Jesús fue acompañada por un apretón en su brazo tratando de transmitirle confianza.

Mientras en la cocina del convento.

-¡Ya va Madre, ya va!

-Que Dios nos ayude –dijo cogiendo entre sus manos la cruz.

Fuera del mismo. El periodista había saludado a su compañera mientras el cámara ampliaba el plano y se veía al alcalde y una monja a su lado.

-¡Mire, Madre! ¡Ya está ahí la hermana Clotilde!

-¡Ya la veo ya! ¡Con esa cara suya tan seria!

El periodista tras exponer el problema al que se enfrentaban las tres monjas le preguntó a Sor Clotilde:

-Hermana nos han informado que es usted una de las más mayores del lugar.

-No, hijo, te han informado mal, soy la más mayor.

El alcalde sonrió.

-Estamos aquí porque desde el arzobispado nos quieren echar, esta ha sido mi casa durante setenta y seis años, somos tres monjas, es cierto, pero ayudamos a la gente necesitada, si nos vamos… ¿qué será de ellos?

Dentro en la cocina la Madre Abadesa y la hermana escuchaban en silencio las palabras emocionadas de sor Clotilde, jamás la habían visto cómo se estaba mostrando en ese momento, una mezcla de emoción y rabia. La rabia la conocían, la emoción les sorprendió a todos.

-¿Y qué es lo que piden, hermana?

-Quedarnos, ¡está claro! ¿No?

De repente el sonido del teléfono sobresaltó a la Madre Abadesa.

 

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