REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 10

Capítulo 10

Cada una de las mujeres se dispuso a trabajar, pero todas lo hicieron con el ánimo por los suelos. Quizá dejarse llevar por aquella idea había sido un error. La Madre Abadesa estaba en su despacho recogiendo algunos libros para meterlos en cajas, la hermana Rosalía paseaba por dentro del convento, y la frustración de la hermana Clotilde se menguaba a golpes de azada contra la tierra.

La Madre Abadesa se levantó de la silla dirigiéndose hasta la ventana, sentía tanta pena de recoger las cosas que le daba la sensación que se ahogaba. Al abrir escuchó algo no demasiado lejos de donde estaba, no sabía muy bien que era, pero al ponerse las gafas y fijarse bien, vio como por el camino que llevaba al pueblo venía un grupo grande de gente. Sus ojos se abrieron como platos, sin pensarlo más, salió corriendo bajando los escalones mientras llamaba a voces a las dos hermanas.

-¿Qué sucede, Madre? –se precipitó hasta ella la hermana Rosalía asustada.

-¡Gente! ¡Gente! ¡Viene gente! –respondió gesticulando de manera exagerada por la emoción-. ¿Y la hermana?

-¡Dios mío, gente!

Lo dijo tan emocionada como nerviosa. Salió corriendo hasta el huerto y allí la hermana Clotilde seguía cavando sin percatarse del alboroto que comenzaba a escucharse fuera.

-¡Hermana! ¡Hermana!

Cuando la sor levantó la vista de la tierra se encontró con las dos mujeres con el rostro rojo a punto de estallar.

-¿Pero qué pasa? –dejó la azada a un lado y se acercó a ellas.

-Gente… tenemos visita… ¡gente, hermana!

La ilusión se reflejaba en el rostro de la hermana, la Madre Abadesa fiel a su calma con la cercanía de las voces se puso tan nerviosa que empezó a tartamudear. Sor Clotilde giró la cabeza hacia la puerta parecía que aquellas dos flojas se habían quedado hechas estatuas.

-¡Rápido! ¡Rápido! No se queden como figuras de sal, hay que prepararlo todo. Madre las rosquilletas. Hermana preparate para hacer el recorrido. Y yo iré abriendo la puerta. ¡Gracias Señor!

Dio aquella gratitud mirando al cielo como si así le llegara antes su agradecimiento de corazón.

Cada una salió en una dirección, la hermana Clotilde se iba a hacer cargo de la voluntad de la gente, no se fiaba de la Madre sabía de su buen corazón y si alguien daba más dinero, estaba segura que intentaría devolverlo. Y si el arzobispado quería dinero, había que demostrar que se podía recaudar con esa actividad.

-Ya estoy aquí –dijo la Madre Abadesa con dos capazos repletos de rosquilletas.

-Ya está preparado, Madre. Abra la puerta y que sea lo que Dios quiera.

-Vamos allá –se persignó y miró a la hermana Rosalía que llegaba hasta ellas más pálida que la luna-. ¡Confío en usted hermana Rosalía!

-Gracias –le sonrió con cara de susto.

-¡Pero quita esa cara de susto, por Dios! Van a salir corriendo, respira hondo, hermana o te va a dar un infarto.

-Gracias –sonrió de igual manera.

-¡Por la Virgen Santísima! –se acercó a la hermana Rosalía y comenzó a zarandearla-. ¡Espabila mujer! Las dos confiamos en ti, no tienes más remedio que hacerlo tú también. ¿Entendido?

Le habló con tono más de sargento que de dulce hermana.

-Sí, entendido. ¡Vamos allá, Madre!

Tras persignarse abrió la puerta, sus ojos se hicieron grandes y a punto estuvieron de caerse al suelo. Allí ante la puerta del convento estaba todo el pueblo, no faltaba nadie. Todos con una gran sonrisa preparados para ver lo que tan solo unos pocos afortunados habían sido capaces de disfrutar.

-¡Bienvenidos! –exclamó la Madre feliz-. Pasen, pasen.

La gente se dispuso a dejar el dinero en el cesto de mimbre que la hermana Clotilde vigilaba, había retirado el paño de fino algodón blanco que habían puesto encima para hacerlo más íntimo. Todos dejaban monedas, pero los ojos de la hermana se iban abriendo de vez en cuando, al ver algún billete depositado por algún vecino. Ella agradecía con una sonrisa a cada uno el que dejaran la moneda, después la Madre con total cariño les repartía rosquilletas para ir degustándolas por el camino.

-Igual debimos pensar algo que no diera sed, hermana.

-Bueno… ya lo iremos viendo, somos novatas, Madre –dijo elevando los hombros.

-¡Estoy contenta, hermana! Le felicito. –le sonrió con felicidad.

-Gracias, Madre. Tenía Fe en que lo íbamos a conseguir.

Hablaban entre susurros mientras sonreían a la gente que pasaba por allí dejaba la moneda y se llevaba las rosquilletas, después la hermana Rosalía los acogía en la puerta principal esperando que estuvieran todos para hacer el recorrido. Mientras tanto, la gente hablaba con ella, a todos les caía bien, su sonrisa siempre un tanto triste hacía que la gente sintiera debilidad por aquella hermana joven. Sin embargo, todos fueron testigos del cambio que había sufrido, su sonrisa era amplia y fresca, además, sus ojos brillaban de emoción con lo que transmitía alegría y fuerza a todo cuanto se acercaba a ella.

-¡Hola Clotilde! –la saludó con una sonrisa el alcalde.

-¡Jesús!

-¡Hemos venido todos, eh! No falta nadie, hasta Lucas y Mateo están aquí.

-Gracias –le sonrió la mujer con cariño-. Sabía que podía confiar en ti.

-¿Madre?

-Señor alcalde, me alegra verle.

-¡Bueno pues voy a disfrutar del paseo! Vamos a descubrir que hermosos tesoros se encuentran escondidos en este convento.
Se marchó dando una carcajada mientras las dos recogían el cesto y se iban satisfechas al ver que no había quedado una sola rosquilleta.

-Vamos Madre, hay que preparar el resto.

-¿Cree que la hermana se arreglara sola?

-No lo sé, esperemos que sí. Esa mujer está cambiando, parece que le ha venido bien este embrollo. Así que dejémosla.

La hermana Rosalía llevaba tras de sí a casi cincuenta personas. Al principio tuvo que carraspear varias veces para que le saliera la voz limpia y clara, después todo fue rodado. Les contaba historias que habían ocurrido allí por donde iban, en el oscuro y frío sótano habían dado muerte a muchas monjas cuando llegaron las tropas francesas de Napoleón; otras habían muerto infectadas por la peste allá por el año 1740. Después habían sido ocultados hombres, mujeres y niños que escapaban de los horrores de la guerra civil. También contó como alrededor del claustro en los cuatro caminos que llevaban a las estancias, estaban enterradas las monjas que habían ido pereciendo a lo largo de la historia del convento. Allí a cada paso que daban lo hacían sobre sus tumbas cubiertas por piedras de mármol donde se habían grabado los nombres. La gente observaba con atención todas sus explicaciones y la hermana cada minuto que pasaba se sentía más cómoda. En primera fila Jesús, el alcalde, observaba como la hermana parecía que había estado toda su vida haciendo aquella visita.

-Pasen por aquí y verán la inmensa biblioteca. Creo que les va a sorprender.

-Lo hace muy bien, hermana. ¡Ánimo! –le dijo Jesús al pasar por su lado.

-Gracias –le sonrió con timidez.

Al entrar a la biblioteca la gente dejo escapar un pequeño grito de admiración, tres estanterías enormes repletas de bajo a arriba de libros. Allí contó como en una ocasión, entraron y golpearon a las monjas para llevarse varias reliquias de libros litúrgicos antiguos. Alguna monja tras aquel ataque decidió abandonar el convento.

-Menos la hermana Clotilde, claro. Ella resistió.

Ante aquella afirmación, la gente sonrió. Era evidente que una luchadora como aquella, era imposible de asustar.

-Y ahora vamos a pasar al lugar que para mí es único. La sala capitular. Es de tal belleza que la primera vez que entré casi me desmayé.

La gente fotografiaba los pasillos de piedra con antorchas encendidas como si volvieran atrás en los años, era como si volvieran a la edad media. Al entrar a la sala todos volvieron a quedar boquiabiertos. Allí invitó a quien quisiera a leer el capítulo que les tocaba de la liturgia. Algunas mujeres se ofrecieron rápidamente para ello. Fue un rato de recogimiento, aquella sala tenía un sonido especial.

-Gracias por tan hermosa lectura –les felicitó la hermana-. Seguimos… ¿les parece bien?

Se notaba que estaban disfrutando con la visita. El siguiente paso fue en el refectorio, allí era donde comían las hermanas. Les contó cómo algunos años había más de cincuenta y como reinaba el silencio. En ese instante la Madre Abadesa y la hermana Clotilde comenzaron a cantar.

-Ohhhhhh –dijeron todos acostumbrados a escuchar esos cantos por las montañas, en el interior ponía los pelos de punta.

-Después les enseñaré el mejor secreto que guarda el convento, la cocina.

Siguieron el recorrido por la planta hasta llegar a unas escaleras de piedra que llevaban al primer piso. Allí las celdas de las monjas. La hermana les explicó que seguían como se habían quedado con la marcha o muerte de las hermanas. Ellas las limpiaban, lavaban las sábanas y ponían las colchas, sacudían el colchón y perfumaban la estancia. Tal parecía que la noche anterior había dormido alguien.

-La hermana Clotilde dice que tenemos que tener todo bien limpio y ordenado porque por las noches las hermanas que murieron vienen a descansar.

Una sonrisa en sus labios hizo que el comentario no sonara demasiado tenebroso. Alguna risita se escuchó pero también algún pequeño gemido de sobresalto. Aquellos pasillos en los que se encontraban repartidas las celdas eran estrechos, podían imaginar el frío que debía hacer en invierno, algo que la hermana fue explicando con total claridad a los visitantes que observaban todo embobados.

Volvieron a bajar por la escalera y llegaron hasta una de las salas que las hermanas más apreciaban, la de canto. Sabían que los lugareños disfrutaban de sus cantos y muchos de ellos habían crecido con ellos de fondo. Allí muchos le contaron como cuando eran niños y jugaban en la plaza del pueblo, se detenían ante las voces de las monjas, “las voces dulces” las llamaban.

-Espero que esto que estamos haciendo nos sirva para recuperar el convento y ¡ojalá! Vengan más hermanas y vuelvan a escucharse por todos los rincones los cantos.

Todos demostraron el apoyo porque eso sucediera, lo más curioso de aquella sala, era una ventana que tenía unos barrotes donde los que visitaban el convento podían disfrutar de sus cantos, pero aquello solo fue una anécdota, contó la hermana, porque les llegó una orden para que esa ventana se cerrara.

-Tan solo tenemos la oportunidad de verles cuando vienen a por la repostería, siempre he pensado que era una lástima no poder enseñarles el convento porque es como si les perteneciera también. Y ahora les voy a llevar a nuestra capilla donde celebramos las misas.

El resto que quedaba por ver, tuvo tanto éxito como las salas, las celdas, los cuadros, retablos y telares que habían repartidos por las estancias. Pero sin duda lo que más gracia hizo a la gente fue encontrarse con la vaca y las gallinas de sor Clotilde.

La gente estaba contenta con la visita, pero el jolgorio vino cuando pudieron entrar a la enorme cocina, con los fogones y les atrapó el olor a canela, allí orgullosa de la visita sor Clotilde mostraba su famosa repostería. Muchos fueron los que degustaron las magdalenas, las tortas de limón y las tortitas. Parecía increíble ver a la gente tan entregada, tan feliz, la Madre Abadesa no se cansaba de agradecer la visita, también las palabras y apoyo que durante la misma habían estado mostrando.

Cuando se fueron retirando, la hermana Rosalía les acompañaba hasta la puerta. La hermana Clotilde departía con el doctor y su mujer, mientras que Jesús, el alcalde, apartó a la Madre Abadesa para hablar un momento con ella.

-Será mejor que vayamos a mi despacho, hijo.

-Claro.

Una vez allí Jesús le estuvo explicando su conversación con el arzobispado. La mujer lo miraba con seriedad y cierta preocupación. Hasta que se quedó totalmente perpleja con lo que Jesús le estaba proponiendo.

En la cocina, una vez se quedaron solas, las dos hermanas volcaron en una mesa apartada de la comida el contenido de la cesta.

-¡Mire hermana hay billetes! –exclamó feliz sor Rosalía.

-Sí, ya los había visto. Vamos allá. Tú ves contando y yo anoto. No me llevo muy bien con estas monedas.

-Claro, no se preocupe.

La hermana empezó a contar mientras sor Clotilde le pasaba la lengua a la punta del lápiz. Ambas mujeres estaban concentradas en el dinero cuando les llegó un grito de la Madre Abadesa recorriendo el convento entero que las puso firmes.

-¡HERMANA CLOTILDE!

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