REBELION EN EL CONVENTO. Capítulo 1

CAPITULO 1

Érase una vez un pueblo que estaba situado en el interior de Valencia, rodeado por la máxima belleza del verde de las montañas donde predominaban los pinos centenarios entre la gran arboleda. Así como el monte bajo que acompañaba los senderos que ascendía la montaña dándole ese aroma especial del romero, la zarzaparrilla y la madreselva. A medio camino se hallaba una cascada que se podía apreciar y fotografiar asomándose a un pequeño saliente de la montaña que estaba protegido por una valla de madera. Desde allí el camino se hacía más complicado, se estrechaba hasta el final donde se tenía una visión privilegiada del pueblo, pero ante todo, del majestuoso convento que desde aquella altura parecía todavía más impresionante. Durante el camino el caminante gozaba o sufría la compañía constante de los cantos de los pájaros, las chicharras. Aquellas montañas eran el orgullo del pueblo y un desafío para los senderistas que se animaban a descubrirlo.

Por su parte, el pueblo era un lugar tranquilo con las calles empedradas, la mayoría callejuelas estrechas y empinadas. El centro neurológico era la plaza donde los lugareños se reunían a lo largo del día para charlar. En uno de los lados de la plaza con forma circular se encontraba una fuente con varios chorros frescos del agua que caía de las montañas. Era un pueblo con calles limpias, las casas todas pintadas de blanco con la fachada mezclada de madera y piedra, adornadas con bonitas y variadas plantas, predominando el geranio de todos los colores. En invierno apenas un centenar de vecinos se atrevía a pasar los intensos fríos y las nevadas, sin embargo, en verano la afluencia de turistas había ido creciendo entre los amantes de la naturaleza y el senderismo. Eran gentes que iban a pasar el día porque, si bien, el pueblo era muy acogedor, no contaba ni con una casa rural.

A una distancia relativamente corta, justo subiendo un camino por el que comenzaba la ascensión a la montaña, se encontraba la imponente construcción medieval que era el orgullo de todo el pueblo. Un convento que pertenecía a las carmelitas descalzas. Su construcción era hermosa, con muros anchos y aún bien mantenidos en el tiempo. El convento estaba rodeado por un muro de piedras grandes y blancas, con una puerta de madera robusta y dibujos a relieve en sus cuadrados, con un picaporte grueso de hierro forjado que tenía más de cien años. Alrededor de la impresionante fortaleza unos jardines repletos de margaritas, geranios y jazmín. Junto a la cocina había un pequeño establo y un campo cultivado con un pozo, de la pared de la cocina colgaba la campana con la que se llamaba al rezo. El interior a pesar de los años estaba bien conservado con un claustro gótico espectacular de planta cuadrada con arcos y bóveda de crucería, en el medio se alzaba con porte una cruz de piedra, mientras que las tumbas de las monjas que habían estado viviendo allí, estaban repartidas por los pasillos del claustro, así como las distintas Madres Abadesas tenían su lugar en las criptas bajo la sala capitular. Aunque sin duda, para ellas lo que más valor tenía, era su pequeña ermita desde donde se les escuchaba cantar a lo largo de la montaña, con una acústica impresionante.

¿Quién podía vivir allí? Se preguntara el intrépido lector, en estos tiempos tan alejados de estos lugares con paradigma santo.

Contestaré a esta pregunta presentando a las tres monjas que lo ocupan. Teniendo en cuenta la grandeza del convento, podríamos decir que las tres hermanas se perdían allí dentro de aquel fresco lugar en verano y tipo glaciar en invierno.

La más veterana era la hermana Clotilde, a sus casi noventa años seguía teniendo la energía de una jovencita, era la encargada de mantener el huerto a pesar de su edad manejaba con soltura la azada, los capazos con tierra y las tijeras con gran habilidad. También se encargaba de recoger los huevos de las tres gallinas que eran casi tan viejas como ella y de sacar la leche a la única vaca que tenían, regalo de un lugareño por salvar la vida de su hija. No dejaba a nadie que la ayudara, era como si aquellos bienes nada más pudieran ser manejados por ella. A sor Clotilde la destinaron allí en primer lugar porque era un convento donde el silencio imperaba sobre las palabras, conociendo a la sor, había sido destinada en aquel convento perdido precisamente por su vena revolucionaria e inconformista. Y como apunte diremos, que nunca en todos los años de su vida, nadie la vio reír separando los labios.

Después se encontraba la hermana Rosalía, una joven de veinticinco años que había esperado a su novio en el altar durante media hora, al darse cuenta que su chico se había fugado con una de sus damas, que para más inri era su prima, asumió que había sido una novia abandonada y despechada en el altar ante Dios Nuestro Señor. Durante los seis días posteriores no paró de llorar noche y día, al llegar el séptimo, salió de su cuarto y les informó a sus padres que iba a meterse monja, que había visto la luz. Ni contar el disgusto de sus padres “ateos” hasta la médula. De nada sirvió la explicación de su padre refiriéndose a que aquella luz no era una llamada de nadie, era debido a una inflamación de los ojos de tanto llorar por un sinvergüenza que no se merecía que su niña perdiera tanto tiempo con él. Pero no entró en razón, se hizo novicia y cuando superó el tiempo para convertirse en monja, la destinaron a aquel convento a ver si con su dulzura calmaba un poco a la vieja cascarrabias Clotilde. Había descubierto gracias a la ayuda de la Madre Abadesa que cantar era una de sus pasiones que había estado escondida en algún recóndito lugar de su corazón.

Y por último, pero no menos importante, se encontraba la Madre Abadesa Teresa. Que aunque haga rima es solo una coincidencia. Una mujer cuya mayor virtud era la paciencia y buscar solución a los problemas desde el culto y el intenso rezo. Y nada mejor que esa virtud para soportar a la sor Clotilde. Era algo así como la jefa del convento, nada podía hacerse sin que ella le diera el visto bueno.

Las tres formaban un minúsculo equipo en el que para ellas lo más importante era poder ayudar a los demás.

La crisis económica del país también había llegado a su pueblo, habían regresado familias enteras que habían tratado de buscarse un porvenir mejor en las ciudades, sin embargo, las altas tasas de paro habían obligado a muchos a volver a la humildad de su pueblo, a trabajar en el campo o con el ganado y, desgraciadamente, ni una cosa ni la otra estaba en su mejor momento. De los más pequeños de esas familias que no tenían más que una mísera ayuda del paro, se encargaban las tres monjas. Sor Clotilde era una maravillosa cocinera a la que hacer tortas y magdalenas se le daba de lujo. Aquel pueblo había vuelto siglos atrás instaurando el trueque. La leche de la vaca servía para que los niños pudieran seguir creciendo sin problemas, lo que sacaba del huerto patatas, tomates, cebollas, lo repartía con la gente del pueblo que les daba a cambio los ingredientes que les faltaban para poder cocinar las tortas y magdalenas. También la leña para el gran fogón que aún funcionaba a pesar del tiempo que tenía. Además, se hacían cargo de los mayores a los que vivían solos nunca les faltó comida. Sor Clotilde se encargaba de preparar hervidos y calditos para que estuvieran bien alimentados, de igual modo, cada vez que alguno caía enfermo si necesitaban ayuda allí estaban ellas. La unión con los habitantes del lugar era total y el respeto entre unos y otros la base de esa unión.

En el convento era todo tranquilidad, por la mañana cuando se levantaban iban a rezar los maitines, las acompañaba un fresco que hacía las delicias en verano y un frío intenso en invierno. A sus voces se unían los cantos de los pájaros, el sonido de la fuente que tenían en el claustro del convento, todo el entorno era tan maravilloso que no podían imaginarse vivir de otro modo. Hasta que un día sucedió algo que no esperaban:

-¡Madre! ¡Madre! -apareció corriendo sor Rosalía con una carta en la mano que por el movimiento se agitaba como si sufriera de convulsiones.

-¿A qué se debe ese alboroto, hermana? –preguntó la Madre con su infinita paz.

-¡Qué diantres pasa! -apareció con el ceño fruncido sor Clotilde.

-Hemos recibido una carta certificada.

Sor Rosalía hablaba con la voz entrecortada, aquella carrera le había dejado ahogada, la falta de costumbre, claro.

-Qué raro… del Arzobispado. ¡A ver si es que nos envían otra hermana! –exclamó feliz y esperanzada la Madre, siempre tan cándida ella.

-¡No me fío! -renegó sor Clotilde.

La Madre Abadesa comenzó a leer en voz baja, por el cambio del color de su rostro, las otras dos monjas pudieron percatarse que no era el envío de otra hermana, algo grave pasaba. Se intercambiaron una mirada de temor.

-¡Vamos Madre qué nos tiene en ascuas! -le apremió sor Clotilde.

-Nos informan que vamos a tener que abandonar el convento… en una semana… por decreto del Vaticano.

-¡Qué!

Las dos hermanas exclamaron al mismo tiempo, afectadas e incrédulas por aquella noticia que les había llegado más bien remitida por el mismísimo diablo.

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