RATOLÍN REX

el-raton-navegante

Esta historia está basada en hechos reales, ningún nombre fue modificado para proteger la privacidad de los miembros de la familia, excepto el del propio protagonista, para preservar su anonimato. Además, ocurrió en mi propia casa.

Llegaba yo de trabajar, cansada y con un frío de espanto. Después de hablar un ratito con mi pareja, me comentó que los dos gatos pequeños habían estado, parte de la tarde, subidos en la encimera de mármol de la cocina, con la mirada fija en la campana extractora. Volví a la calle para pasear a nuestro perro y, durante éste y casi congelados, tuve la sensación de estar en el norte de España, en lugar del Este.

Tras regresar de la “Siberia-Levantina” y quitarme los kilos de ropa, mi pareja me recordó el tema del extractor de humos. Así que, sacamos a todos los cuatro patas de la cocina, quedándome sola ante la “fiera”. Será un ciempiés… le dije yo, o un bichito de esos de la humedad… dijo ella. A lo que me dispuse a averiguar en qué consistía aquel “extraño fenómeno”, que había estado llamando la atención de nuestros mininos. Desbloqueé la pestaña del filtro para sacarlo cuando, de repente, mis ojos se abrieron como platos… ¡Tanto!, que a punto estuvieron de caer en la sartén cual dos huevos fritos.

-Cariñooo… cariñooo… entra… entra… -la apremié.

-¿Qué es? –preguntó alertada por mis, digamos, “nervios”.

-Te lo voy a enseñar, pero no grites. ¡No grites, eh! –le insistí con el dedo índice en alto.

-¡Ay madre! –murmuraba poniéndose a mi lado mirando la campana.

-¿Preparada? –abrí un poco el filtro y, allí estaba, agazapado en un rincón.

-¡Aggg aggg aggggg! –salió de la cocina corriendo, cumpliendo a medias la promesa de no gritar para, una vez llegar al pasillo y entre convulsiones, sacar su Do de pecho-. ¡AHHHHHH AHHHHH AHHHH AHHHHHHHHH AHHHHHH AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!

Cerré, nuevamente, la rejilla y salí tras ella.

-¿Qué vamos a hacer? –le pregunté, porque a mí no me dan miedo, pero, claro… ¡un poco de asco sí!

-¡CÓMO HA LLEGADO ESO AHÍ! –su gesto de miedo, pánico, aprensión era evidente y, comprensible, claro.

-¡YO QUÉ SÉ! –respondí tan nerviosa como ella.

-¿Y qué hacemos ahora?

-Espera….

La escritora cogió el teléfono e hizo una llamada muy importante. Su padre. Ese hombre que encuentra soluciones a todo, con inventos en su cabeza por doquier, creativo como ninguno… pero que, en ese momento, veía un debate político y no estaba para ponerse a pensar en muchas soluciones.

-¡Papá! ¡Tengo un ratolín en el extractor! –le digo de tirada, casi ahogándome.

-¡Pues suelta a los gatos! ¡Ellos acabaran con él! –la escritora se imaginó la escena y abrió, nuevamente, los ojos de par en par. Sacudí la cabeza sin decir palabra-. ¡No querrás que vaya yo! ¿O qué?

-No, no… ya me apaño.

-¿Qué ha dicho? –dice su pareja aferrándose con fuerza a la chaqueta que llevaba puesta y manteniendo el gesto de estupor.

-Nada… nada… ya lo hago yo.

-¿Y si llamas a Fernando? (vecino), es hombre y a los hombres les da igual estas cosas.

-Avísale por si es un hámster… y es suyo… aunque… -negué con la cabeza.

-Se lo diré, pero eso, ¡ni es un hámster, ni una musaraña, ni un ratón ruso, ni mascota reconocida! –es que, tiene unas orejitas tan monas… pensaba, a la vez que hablaba mi pareja.

-Espera. No hagas nada y no le mates, ¡por favor! A ver si te puede ayudar.

-Voy a vigilarlo mientras hablas.

Y allí estoy yo, con más aprensión y preocupación, que miedo. ¡Soy incapaz de matarlo! Así que, enciendo la luz del extractor, me asomo por el cristal de la parte de abajo y, ahí están sus patitas, y su colita. Suspiro. Tengo que idear un plan para poder sacarlo vivo de allí. Nuevamente, abro el filtro y… ¡allí está!, se había dado la vuelta y me miraba, fijamente, con sus ojitos entrecerrados.

-¡Madre mía! –murmuré colocando en su sitio el filtro y salí para ver cómo iban las negociaciones con mi vecino-. ¿Qué dice, es suyo?

-Dice que le dan mucho miedo. ¡Qué se muda! ¡Qué se va!

Rompemos en una carcajada nerviosa. ¡Estamos solas ante el peligro!

-¿Y ahora qué?

-Pues, lo voy a intentar… necesito guantes, ¿no tenemos, no? –busco nerviosa sin hallar guantes-. Voy a preguntar a la vecina, para ver si tiene.

-¡No tardes! ¡No me dejes sola mucho tiempo!

Salgo al rellano, cruzo la puerta que nos separa de mi vecino, que ha huido… pies, ¿pá qué os quiero? Y la llamó a la puerta, interrumpiéndole la emisión de los Goya y una conversación telefónica.

-Siento molestarte, pero tengo un pequeño problema… en mi extractor tengo un ratolín.

-¡Qué! ¡Ay mari no me digas eso… no me digas eso, mari! –mano en el pecho, drama total.

-Sí, sí, pero bueno, es muy pequeño… quería saber si tendrías unos guantes para dejarme.

-¿Lo vas a coger con guantes? –me miró como si acabara de escuchar la mayor barbaridad del mundo.

-No lo sé… no sé cómo lo voy a coger, pero, por si acaso…

-¡Ay mari… ay mari! –repite, una y otra vez, mientras busca los guantes.

Finalmente, tras vaciar un montón de ropa, encuentra uno y me lo da; justo de la mano izquierda. Yo soy diestra y el movimiento, letal y rápido, debía ser con mi mano derecha, que no tenía guante. Me voy de su casa con la promesa de informarle, una vez tenga resuelto el problema. Yo le digo que si oye gritos, no se preocupe.

Al llegar a casa, todo seguía igual, toda mi familia recluida en el comedor y el pobre ratolín, en su rincón…

-¡Un momento! No está… ¡no está! ¡Se ha ido! –grité enloquecida…

-¿Dónde se ha ido? –preguntaba mi pareja fuera de sí, hablando por teléfono con su suegra y a través del cristal que separa el comedor de la galería.

-¡Ay madre mía! –más nervios.

-¿Has puesto la toalla debajo de la nevera? –insiste desde detrás del cristal con cara de loca, por si acaso se mete por ahí y se nos hace imposible cogerlo.

-¡Lo veo, lo veo! –grito de nuevo al darme cuenta de que, el ratolín, tiene muy bien tomada la medida del extractor.

La aventura empieza, mano izquierda guante amarillo, mano derecha un par de guantes de lana uno gris otro blanco, para protegerme de un posible mordisco, me aseguro bien de donde está localizado, hago varios ensayos primero. Ángulo de escondite, posición de la mano, fuerza que debo emplear para no hacerle daño… tras creer que lo tengo todo bien calculado… murmuro, como dándome ánimo.

-Vamos allá.

Con un movimiento rápido, quito la parte del filtro veo al animalillo que me está mirando, y cuando voy a meter la mano en el rincón en que se halla, ¡zas! El bicho salta hacia mí… y la vida se detiene. En ese instante, lamento haber visto algún que otro reportaje donde cuentan que las ratas son muy traicioneras y se echan a los ojos. ¡Claro! Como esta humilde escritora tiene esos ojos tan saltones, propicia pista de aterrizaje para el animalillo, doy un salto hacia atrás y colocadas, no sabe cómo, el filtro.

-¡La madre que te parió! –bramé con la respiración jadeante por el susto. Abro la puerta y salgo diciendo-. ¡Ha saltado… se ha escondido!

-¿Pero dónde?

-No lo sé… no lo sé…

Después de recuperarme del susto, vuelvo a entrar y empieza la odisea. Entre tanto, mi pareja, que sigue dándome apoyo moral desde detrás del cristal doble del comedor, bien lejos, sigue retransmitiendo las mejores jugadas de la jornada, por el móvil, como si fuera la comentarista de cualquier evento deportivo. Y el padre, pensando… ¡a que me toca ir por un ratolín de nada y perderme el debate!

Mientras, ajena a las risas de los de fuera… trato de mediar con él.

-Vamos a ver… no te voy a hacer daño… así que, déjame cogerte y todo irá bien… ¡pero no me mires así, caray! –le digo al pobre animal que sigue refugiado en una esquina-. Venga… vamos a ver…

Cojo una bolsa de plástico, de esas que se usan para pesar la fruta, y como ya me he dado cuenta de que no me cabe la mano en su cobijo, pienso en hacer que caiga en el interior de la bolsa. Entonces, el ratolín, que parecía asustado, indefenso y hasta enfermo, ¡resucita! Y se pone a correr por los rieles del extractor, buscando su refugio. ¡Anda, que encogido parecía pequeño, pero, cuando se alarga…! Aquí anoto el cometario de mi pareja “¡Sí… es como el dinosaurio Rex!”

-¡La madre que te parió! ¡No me torees, cabroncete!

Perdón por los tacos, pero estos son los que puedo anotar, los otros no… por mi reputación, más que nada. El pequeño dinosaurio Rex va de lado a lado; toreándome, literalmente. Además, huelga decir que, el dichoso ratoncito, cada vez que escapa de la bolsa, se para y se limpia los bigotes. Cosa que aún cabreaba más, si cabe, a la que suscribe la historia.

-¡No me lo puedo creer! ¡Con el hambre que tengo, leches!

Entonces, oigo unos golpecitos en el cristal, me giro y veo a mi pareja con el móvil haciéndome señales para que me acerque. Acudo rauda y veloz.

-Dice tu madre que le eches un poco de insecticida para que se atonte un poco y le puedas coger, fácilmente. ¡Pero no le mates, eh! -insiste.

-¿Insecticida?–la miro casi tan fuera de mí, como ella a mí-. ¿Cómo le voy a echar insecticida?

-¡Y yo qué sé… eso es lo que dice tu madre!

-Y yo ya no sé lo que digo, con el ataque de nervios que llevo. Pobre animal me mira con una carita… y eso que me estoy acordando de su parentela ratona, pero… ¡no pienso echarle insecticida!

Vuelta a empezar, y esta vez con un destornillador. Vuelvo a retirar el filtro y, entonces, me paro a pensar, ¿qué haría mi padre en esta situación?, de repente lo veo claro, ¡trampas! ¡Pero trampas sin provocarle daño, claro!

-¿Claro, cómo no se me ha ocurrido antes?

Vuelvo a poner el filtro, voy a por más bolsas de plástico, ¡siempre sirven para algo productivo! Y lo veo claro, tapono una de las luces y le obligo a no poder corretear a su gusto. Entonces, colocaré la bolsa en la esquina para que, cuando cruce corriendo el ratolín, se cuele en ella. Sujeto la bolsa con la punta del destornillador y…

-¡Una mierda pá mí!

Efectivamente, el ratolín se escaquea por debajo de la bolsa, haciéndose muy plano. Nada más le falta hacerme un corte de patas.

-¡No me lo puedo creer! Se está burlando de mí, ¡eso es… límpiate… límpiate… canalla!

Así durante 55 minutos, la paciencia, por supuesto, ya agotada. Bolsas de plástico al por mayor, golpes con el destornillador para aturdirlo y así se meta en la bolsita, ¡sólo eso! Un par de saltos, por mi parte, por el susto al ver que el ratón quiere volver a saltar por encima de mi mano. Mis trampas no resultan y las tripas crujen de hambre.

-¡Cuando te pille, te vas a enterar! ¡Mecagoentumadre, en tu padre y….!

Y… EUREKA…

El ratolín se asoma por el borde del extractor y, entonces, con el dedo le doy un golpe que hace que, el pobre animal, caiga de la campana a la bolsa. Pero, el cachondo, trepa por la bolsa amenazando con salir libre de la lucha. A esas alturas, lo único que quería era hacerlo desaparecer y le doy otro toque para meterlo dentro, introduciéndolo en un par de bolsas más, y salgo corriendo de casa. ¡Un frío del carajo! Unos nervios desatados y, bajando las escaleras, oigo la voz de mi pareja que me dice:

-¡No lo mates! Déjalo libre en el jardín… ¡Pobrecín, se va a morir de frío! Tan chiquitín…

Lo que me faltaba… ¿cómo iba a matarlo? Cruzo al jardín con unos temblores importantes porque, claro, no me iba a poner a atrapar al “Ratolín Rex” con abrigo, guantes, bufanda y gorro puestos. Llego a un lado del jardín y empiezo a sacar bolsas, me sabe mal por el frío y sigo viendo esos ojillos observándome desde el extractor. Pero no puede hacer otra cosa, lo dejé libre y el ratolín huyó.

Al llegar a casa, los gatos estaban como locos debajo del extractor, buscando a su amiguito. Mi pareja fuera de sí por la mezcla de miedo-aprensión-pena hacia el animalito, al que ya visualizaba en una jaula como otro más de la familia. Eran las doce de la noche y no habíamos cenado. Poco a poco, nuestros nervios se iban apaciguando y, entonces, al relajarnos, comenzaron las risas, carcajadas y una idea loca de esta escritora.

-Luego, igual me asomo a la ventana y veo a “Ratolín Rex” con una pancarta diciendo… ¡DEJADME SUBIR, SOY GÜENÍN…!

-No, ¡por favor! Otro más en la familia, nooooo…

3 comentarios en «RATOLÍN REX»

  1. madre mía Luz, ya sabes me pasa a mí y me muero, con lo aficionada que soy yo a los animales,ja,ja,ja. Amparo. Tú muuuuy valiente.

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