PODRÍA SER UN CUENTO DE NAVIDAD, PERO ES UN DESEO DEL CORAZÓN

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ERRADICAR LA POBREZA NO ES UN ACTO DE CARIDAD

ES UN ACTO DE JUSTICIA

(Nelson Mandela)

 

A través de los siglos, se ha extendido una leyenda de abuelas a nietos, de padres a hijos… en Navidad todo es posible… es tiempo de ilusión época de milagros imposibles.

Erase una vez, una mujer llamada Estrella. Acababa de terminar su jornada laboral y regresaba a su casa.
El frío se hacía notar con intensidad. El cielo parecía más oscuro de lo habitual. Unas intensas nubes tapaban las estrellas. En la calle, las luces de Navidad, daban el típico ambiente navideño donde parecía que todo era perfecto, todos estaban repletos de felicidad, eran días de ser bueno y generoso con los necesitados.
Estrella, caminaba abriéndose paso entre la gente, con las manos en los bolsillos de su plumífero. Acababa de salir de trabajar, un trabajo de dos horas de las cuales debía entregar una parte de su suelo a la empresa de trabajo temporal. Por la mañana, limpiaba casas, acumulaba todas las que podía con tal de mantener su casa, su hija y, todo ello, además, con la ayuda de la pensión de viudedad de su madre.
Al llegar a casa, sopló sus manos heladas tratando de entrar en reacción. A su encuentro salió corriendo su pequeña.
-¡Mamá… mamá!
-¡Hola, mi precioso tesoro! –la estrechó fuertemente entre sus brazos- ¿Cómo estás?
-¡Bien! ¿Has visto cuantas luces? ¡He visto a Papa Noel!–decía la niña repleta de ilusión mientras daba saltos.
-Sí, cariño. ¡Hola mamá! –apareció su madre con la sonrisa repleta de dulzura-. ¿Qué tal?
-Bien, hija, bien. ¿Qué tal ha ido? –se dieron dos besos.
-Bueno… hoy me ha tocado reponer la parte de las bebidas. Un poco cansada pero… ya sabes, no puedo quejarme.
-He preparado un hervido de patata y cebolla, me las ha traído Pepita –le decía con una sonrisa repleta de ternura.
-¿Mamá… cuándo viene papa Noel? –le preguntó la pequeña Iris.
-Pues… este año no va a poder venir… han cortado la calle y no podrá pasar –se percató de la mirada reprobatoria de su madre.
-¡Pero…! –la desilusión de la pequeña fue evidente.
-Venga, cariño, vamos a cambiarte te leo un cuento y a la cama.
-¡Jo… abuela!
-Venga… venga… -le decía mientras le acariciaba graciosamente la cabeza.
A Estrella le dolía el alma de ver la decepción de su hija. De la situación que estaban viviendo, era lo que más le costaba, aceptarla. Era consciente de que su madre ayudaba en esa aceptación, pero a pesar de su ayuda inestimable, seguía doliéndole y llenándole de rabia. Resopló mirando el plato que tenía delante. Era una situación tan injusta que no podía evitar ese dolor. Oía las risas de su hija y, aquello era lo que le daba fuerzas para continuar. Seguir adelante con esa lucha diaria de sobrevivir. Nunca imaginó que podría llegar a ese extremo, mucho menos cuando terminó la carrera de Bioquímica. Una trayectoria intachable, notas extraordinarias, trabajos como prácticas en una empresa de Investigación pública, después un contrato fijo. Un gran futuro. Una boda con su novio de siempre, una hipoteca y, el paro. Un embarazo y, con los problemas económicos, la separación. Una cosa llevó a la otra, casi sin poderlo asimilar. Al quedarse sin trabajo debido a los recortes, con el abandono de su marido, el pago de la hipoteca se quedó a su cargo, sus padres habían avalado con su propia vivienda, su casa para que pudieran darle la hipoteca. Resultado, les desahuciaron las dos casas al no poder hacer frente a los pagos. Al poco tiempo, su padre falleció. Y gracias a una amiga de su madre, podían vivir en una casa de sesenta metros cuadrados, repleta de humedades, fría y con pocos muebles. Una habitación donde dormía con su hija, mientras, su madre dormía en el sofá. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Era su pregunta más insistente, pregunta que no encontraba respuesta por muchas cábalas que hacía.
-Ya se ha dormido –apareció la voz dulce de su madre, que apoyaba las manos sobre sus hombros. Estrella guardó silencio-. Cariño… no le digas a la niña que no va a venir Papá Noel.
-Mamá…
-Mañana iré a la Parroquia, la hija de la señora Aurora ¿la de la farmacia, te acuerdas de ella? –sabía lo mucho que le costaba a su hija aceptar la ayuda de los demás-. Pues me ha llevado una cocina para Iris, la recogeré y será nuestro regalo.
Estrella no pudo reprimir las lágrimas, apoyó los codos sobre la mesa tapándose la cara con las manos. La impotencia le hacía caer de vez en cuando en ese mar de lágrimas. La culpabilidad se apoderaba de ella. Se sentía culpable por haber arruinado la vida de sus padres, por la muerte de su padre, por las arrugas y el rostro cansado de su madre.
-Hija… sabes que no me gusta verte de este modo. No tienes la culpa.
-Mamá… no puedo más… no lo entiendo.
-Mírame, cariño –le puso la mano en la barbilla, suavemente, la ayudó a levantar la cabeza y, cuando sus ojos se posaron en los suyos, le habló con tranquilidad, aunque un nudo oprimía su corazón-. La vida no hay que entenderla, hay que vivirla. ¿Recuerdas cuándo ganabas el dinero suficiente para todo, cómo ayudabas a quién lo necesitaba? –Estrella asintió mínimamente-. Ahora somos nosotras las que estamos recibiendo esa ayuda y, no puedes avergonzarte, ni rebelarte contra ello. Porque te desgastas inútilmente.
-No sé qué hacer, mamá. Me gustaría darle a Iris mucho más de lo que tiene, dejar de llevar ropa de Caritas, o poder comprarle una muñeca… ¿qué concepto va a tener de mí? El día de mañana me echará en cara esto que estamos viviendo.
-¡Cariño! Tiene lo mejor que puede tener una persona, amor.
-El amor no da de comer.
-No, claro que no, pero ayuda. Ayuda el sentir un abrazo, ayuda una carcajada repleta de alegría, ayuda sentir que alguien te quiere y, te da todas las noches un beso. Iris tiene lo que otros niños no. Y créeme, yo crecí sin madre, ¿crees que me importaban los juguetes?, ¿los vestidos que no podía llevar? No… lo que me importaba y, me hacía infeliz, era que yo no tenía una madre que me diera las buenas noches, ni un abrazo, ni me llenara de besos al despertarme. ¡Y todo eso, Iris, lo tiene!
-Mamá… -se secó la nariz, trató de exhalar un profundo suspiro que le sacara el dolor de su alma.
-Mi amor… no es fácil por lo que estamos pasando, pero estamos juntas. Las tres. Imagínate que su padre fuera uno de esos que te la quisiera quitar.
-¡Oh por dios! –replicó con gesto de pánico.
-¡Los hay, cariño! ¡Y eso sí debe ser horrible!
-Lo sé mamá, sé que tienes razón… pero…
-¡No puedes negarle a la niña la Navidad! ¡Siempre se cumplen milagros! ¿Quién te dice a ti, que el nuestro está por llegar? ¡Que todos nuestros problemas encuentren la solución!
-¡Desde niña vengo oyéndote esa leyenda! –sonrió apartándose las lágrimas de sus ojos-. ¡Y nunca nos llegó!
-¡Porque no crees en él! Y déjame decirte, que no podemos quejarnos, nuestra vida ha sido buena. Ese era mi deseo todos los años. La Navidad es magia… es ilusión… cierra los ojos esta noche imagina que tu corazón está feliz y tu alma tranquila. ¡Quién sabe! ¡A lo mejor lo que haces mal es no creer que pueda pasar!
-Te admiro, mamá. Eres maravillosa y creo que nunca te lo digo.
-¡Oh, pero yo lo sé! –hizo un ademán gracioso dando una pequeña carcajada-. Hija, mientras nos tengamos, mientras mantengamos el amor entre nosotras, ese será nuestro motor para seguir luchando. Y, mientras haya gente, con el corazón bondadoso que se parte el pecho por ayudar a los demás, podremos sobrevivir.
-Te quiero –se abrazaron con fuerza, su madre cerró los ojos con fuerza para retener las lágrimas que no quería que viera Estrella-. ¡Y prometo que esta noche creeré en la Navidad!
-¡Así me gusta! ¡Esa es mi niña!
-Buenas noches, mamá.
-Buenas noches, hija –se despidieron dándose un abrazo fuerte.
Eran cerca de las dos de la mañana, del día de Nochebuena, Luisa no podía dormir. Ante su hija, mostraba una fuerza que después, en soledad le fallaba. Aquella noche, tras el cristal del comedor, miraba el cielo. Las nubes se habían difuminado dejando un cielo intensamente negro, con los destellos de una gran cantidad de estrellas. Recordaba las palabras de su tía, “esta noche, las estrellas están ahí para conceder deseos”. Durante años, su deseo fue volver a tener a su madre al lado, era una niña que no sabía casi nada de la muerte y la vida. Durante muchos años al ver que su deseo no se cumplía, dejó de mirar el cielo, aquella mágica noche. Pero ante las circunstancias a las que se habían visto empujadas por la vida y, principalmente, por los mangantes sinvergüenzas de su país, aquella noche se aferró a una estrella, los ojos fijos en ella sin apenas parpadear. Apretando las manos una contra la otra, tratando de aplacar el miedo de lo que iba a ser de ellas. Pidió el deseo.
En su cama, Estrella, abrazaba el cuerpo delgado de su hija quien dormía abrazada a su oso Marcelo, un oso desgastado que fue una de las pocas cosas que pudo coger de su casa. Aquella noche, influenciada por su madre, había dejado la persiana sin bajar, desde la cama veía el cielo. Cerró los ojos y pidió, al abrirlos, una estrella fugaz se desvanecía en el cielo negro. Sin apenas fuerza, llegó un momento en que el cansancio la venció y durmió.
A la mañana siguiente, el sol abarcaba toda la ciudad, no había rincón sin luz. La gente caminaba con prisas, se saludaban y sonreían. Estrella había salido a pasear con su hija para que Luisa pudiera ir a la parroquia a por la cocinita. Se detuvo en un parque porque la pequeña Iris disfrutaba viendo jugar a los perros.
-¡Mamá… cuándo tengamos dinero… podré tener uno!
-Ya lo veremos, hija. Tienes que cuidarlo mucho –le dijo sonriendo.
-¡Lo cuidaré! Le daré todos los besos y abrazos que me das tú.
Estrella le sonrió, recordando las palabras de su madre.
-Sí, el amor es lo más hermoso que tenemos, pero no sabemos utilizarlo bien –Estrella se quedó mirando al hombre que tenía a su lado. Le molestó que se entrometiera-. Disculpe. No pude evitar escuchar la conversación. Si es capaz de creer que lo puede tener… lo tendrá –Estrella seguía mirándolo sin entender nada-. Digo el dinero, porque es evidente que el amor es su energía.
Entonces sonó su viejo teléfono móvil. No soltó a su hija de la mano, aquel hombre, no le gustó demasiado. Miró el número y no lo reconoció. Estuvo a punto de no contestar, pensando que sería publicidad o algo por el estilo. Pero, finalmente, recordó el deseo de la noche anterior.
-¿Sí? ¡Sí, soy yo! ¡Cómo! Claro que sí, ¡claro qué sí! –exclamó emocionada-. ¡Vamos hija, vamos!
-¿A dónde mamá? ¡No corras que me hago pis! –protestaba divertida la niña.
-Ven cariño, ¡la magia de la Navidad existe!
Cogió a la niña en brazos, corrió hasta su casa, llamó por si su madre estaba con la cocinita para que Iris no la viera. Al llegar a su rellano y, después de subir las escaleras corriendo, llegó jadeante hasta la puerta. Luisa abrió con gesto preocupado, ¡no debía estar aún! Pero su expresión cambió a asustada al ver los nervios disparados de su hija.
-¿Qué pasa, Estrella?
-¡Tengo trabajo! ¡Tengo trabajo! ¡Mamá! ¡Mamá!
-¡Ay Dios mío! –dijo poniéndose la mano en el pecho.
-¿Recuerdas al doctor Marco? –su madre asintió sentándose… sentía que las piernas le iban a fallar-. ¡Me quiere en su laboratorio! Se ha acordado de mí porque trabajamos juntos –su voz reflejaba como estaba su interior, totalmente, extasiado-. ¡Y ahora es director y me quiere trabajando con él!
-¡Hija! –se levantó abrazándose con ella.
-¡Yo también quiero! –decía la pequeña riendo al ver aquel abrazo.
-¡Ven aquí! –entonces se abrazaron las tres, Iris riendo, Luisa y Estrella, llorando de felicidad.

MI DESEO PARA ESTA NAVIDAD… ES QUE HISTORIAS COMO ESTA… SE MULTIPLIQUEN EN MI PAÍS HACIÉNDOSE REALIDAD EN AQUELLOS HOGARES DONDE DEBE VOLVER LA DIGNIDAD DEL TRABAJO, TENER UN HOGAR Y QUE NINGÚN NIÑO MÁS PASE HAMBRE.

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