NOCHE DE EMOCIÓN. NOCHE DE REYES

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05/01/1940

     Una mujer sentada a las cuatro de la mañana en una mecedora, quita un vestido a una muñeca y le pone otro. Coge la pelota de fútbol que tenía un pelado y lo trata de arreglar como puede. Con paciencia le cose a la otra muñeca otro vestido diferente. Estira la espalda cansada acompañada por un pequeño quejido, lleva veinte horas despierta, pero es el día que sus hijos esperan con ilusión sus juguetes. Como no tiene dinero, trata de recomponer los viejos con telas que ha conseguido de las que van a tirar a la basura, con ellas hará la magia para que parezcan nuevos. Está amaneciendo cuando saca el caballo de madera que había hecho su padre y, que lo había tenido en la terraza secando al sol, una mano de pintura le daba otro color al mismo potro que había pasado por los cinco hermanos. Y con más esfuerzo había conseguido una máquina locomotora vieja, a cambio de un anillo, el único que le quedaba por empeñar de los pocos que había heredado de su madre. Sus manos cansadas por el trabajo, sus ojos escocidos de fijar la vista para coser, su espalda encorvada de lavar arrodillada los suelos de las casas donde todos los días iba a limpiar, pero cuando apagaba la luz y, miraba atrás, era momento de sentir emoción, sonreía con ilusión, eran pobres, no tenía dinero, pero sus hijos en el día de los Reyes Magos, vivirían la emoción y la ilusión de ver que habían pasado por allí y, aunque les dejaban cosas que no pedían, siempre les llenaba de felicidad.
Y la mujer se iba a la cama, con el corazón emocionado, aunque también, algo enrabietado por no poder disponer de más para sus hijos. Pero imaginaba sus caras, su ilusión y la rabia se iba dejando llevar como ella por el cansancio.

05/01/1978

    Treinta y ocho años después, aquella madre se había convertido en abuela. Como siempre llevaba de la mano a su nieta, en Valencia se cumple la tradición en cada barrio, cada falla hace una cabalgata de Reyes Magos. Aquella niña, iba todos los años con su abuela a verlas, y siempre cogida de la mano viendo un mundo de ilusión, cogiendo juguetes que lanzaban, caramelos o simplemente viendo y saludando a sus majestades. Acudiendo a su falla y fotografiándose con el rey Melchor, aquel que se parecía tanto a su tío. Aquella noche de Reyes la niña hoy mujer la recuerda con ajetreo, mientras sus padres iban para ultimar con los pajes sus regalos, su abuela se encargaba de darle la cena y preparar las cosas que debían dejar a los Reyes y los camellos. Un zapato suyo, un zapato de su abuela, un poco de agua en un recipiente para los cansados camellos y una cafetera preparada.

-Abuela ¿café? -preguntaba aquella niña con ojos repletos de ilusión.

-Claro -respondía su abuela con la misma ilusión-. Deben ir a muchas más casas para dejar más juguetes, tienen que estar despiertos y, para eso, no hay nada mejor que el café.

-¿Y tardaran mucho en llegar a la mía?

-No… tú duerme -le decía la abuela mientras la arropaba y le dejaba un beso en la frente-. Cierra los ojos… fuerte, duerme y, cuando mañana los abras, seguro que tendrás aquello que has pedido.

-¿Y carbón, verdad que no, abuela?

-Bueno eso lo tienen que decir ellos, si te has portado bien no habrá carbón.

    Y con aquella ilusión y unos nervios desatados se dormía la niña. Al día siguiente, despertaba a su abuela, porque los Reyes ya habían venido, su abuela la peinaba, le ponía una rebeca y llamaban a sus padres. Siempre tenían demasiado sueño, pero eso a la niña no le importaba demasiado, ella abría la puerta y, ante ella, todos los regalos, unos a la vista, otros escondidos y, siempre se preguntaba ¿por qué, mis padres saben dónde tengo mis regalos, acaso hablan con los Reyes? Pero aquello se le olvidaba en seguida porque lo que su abuela le había dicho estaba allí, lo que sus padres le habían dicho también, ¡ah!… pero también carbón.

-Tendrás que portarte mejor -le decía su madre.

-¡Joo…! Son injustos -renegaba la niña.

05/01/1988

    Ya estaban todos preparados para ir a la cabalgata, la abuela con el nuevo nieto, la nieta que ya se encargaba de ser ella quien escondiera regalos y, los tres juntos a disfrutar de la cabalgata, caramelos, juguetes y fotos con los reyes magos. Durante el tiempo que pasaban fuera disfrutando de la cabalgata, los padres aprovechaban para llevar a casa los regalos. Después, las dos se tenían que esperar a que el pequeño se durmiera y, entonces, la nieta y la abuela comenzaban a sacar y envolver los regalos, mientras los padres iban a hablar con los pajes.

-¿Has preparado la cafetera? -preguntaba la abuela.

-¡Sí, corre o nos pillan! -le decía frenéticamente ilusionada la nieta.

-Es que el celo este, es una porquería, el celo de antes sí que valía, pero este…

-Venga abuela… que a este paso el niño se nos despierta. A ver…. ¿dónde pongo esto? – preguntaba la nieta con un regalo envuelto entre sus manos nerviosas.

-No se lo escondas mucho, pobre -siempre con ese sufrimiento a que tardaran a ver los regalos sobre todo el más pequeño de la casa.

-¡Joder es que si no, no tiene emoción! -protestaba la nieta.

-¡No digas tacos!

-¿O qué, me traerán carbón? Ya no cuela, abuela -las risas bajitas para no despertar al niño, algún abrazo o beso, pero sobre todo, una ilusión compartida.

    Y al día siguiente, la niña ya convertida en mujer, iba a su abuela que dormía junto a ella para despertarla en cuanto salía el sol, con los latidos a mil revoluciones con esa ilusión ahí, latente. Su abuela se levantaba, se ponía el batín y se hacia el pelo. Luego hacia lo mismo con el niño, de nuevo los padres bostezando, claro se acostaban a las tantas tanto encargo a los pajes pasa factura. La misma rutina de todos los años nadie podía abrir la puerta del comedor hasta que todos estuvieran listos en el pasillo. Ese año, el niño abría la puerta con los ojos repletos de ilusión, la joven buscaba desesperada sus regalos escondidos, la abuela tenía su muñeca de todos los años, algún regalo escondido que lógicamente había que ayudar a buscar y los padres se picaban porque habían escondido tanto el regalo del otro, que ya ni se acordaban dónde estaba. Ilusión, felicidad, sin grandes costes, pero mucha voluntad.

05/01/1995

    Locura de cabalgata, la abuela con setenta y nueve años, ya no estaba en condiciones de comprar cosas el último día como tanto les gustaba hacer a sus nietos. Pero ella fue, subía y bajaba escaleras automáticas pensando que encima el regalo era para el yerno, se jugó el físico pero por fin, el regalo se encontró. Alegría, suspiros de relajación, algún que otro taco gritado al viento, eso sí, golpes a diestro y siniestro. Ya no tenían edad de ver la cabalgata, pero siempre se daban un paseo por el centro de la ciudad. Los tres, llegaban a casa y el ritual de todos los años, los papás a la calle, descaradamente los echaban y, cenaban deprisa, había regalos que esconder, que empaquetar y los padres podrían volver a cualquier hora y pillarles con las manos en la masa. Aquello era emoción. Nuevamente, la mesa, los regalos, el celo que no era como el de antes, las tijeras y las broncas, con la música puesta cantando y bailando, mientras la abuela iba partiendo el celo, daba tiempo a todo.

-¿A quién le has puesto este? -pregunta la hermana al hermano que es quien escribe las notas.

-Para el papá.

-¡No!, ¡es para la mamá!… ¿no ves que son las medias? -le dice enfadada por los nervios.

-¡Y yo que sé! -se disculpaba el hermano.

-No riñas a tu hermano. -como no… para la abuela el niño es intocable.

-Es que no se entera. Y ya es la una de la mañana-histeria repartida en esos momentos.

-¡Oigo el ascensor! -grita como loco el hermano.

-Yo no oigo nada.

-Porque estás sorda, abuela -le dice la nieta mientras le da un beso y un abrazo-. ¡Y después de mí eres lo más bonito de la casa!

-¡Quita zalamera! -sonríe sin querer que se le note cómo babea.

-No son ellos -dice más tranquilo el nieto.

-¡Hale! ahora tú a la cama -orden tajante a la abuela.

-¡Ya era hora! Con voluntad, pero no puedo más.

    Los nietos ponían los regalos de la abuela sobre la mesa entre voces bajitas, secretos y preguntas si le gustarían. Porque claro, imposible que buscara como otros años anteriores en otros lugares más recónditos. Esa es la huella del paso del tiempo, contra la que no se puede luchar, tan solo aceptar la derrota lo más honestamente posible y adaptarse a ella. Aunque en ese momento, los nietos lo desconocieran.

-¡Falta la muñeca! -dice de pronto el hermano.

-¿Dónde está… dónde la pusimos? -se miran nerviosos, casi ya al borde de la histeria.

-¡Caray… quedamos que la traen los papas! -dice la hermana ya suspirando aliviada.

-¡Uf, me va a dar algo! -dice el hermano con la ilusión reflejada en los ojos. Y llega el turno de ver quien le toca esconder primero los regalos y, siempre, la hermana se acordaba tramposamente que había sido ella el año anterior y, el hermano, siempre caía en la trampa.

-Escóndete y no salgas, ¿eh? -le avisa el hermano ya crecidito con quince hermosos años.

-¡Qué no hombre, qué no! Pero date prisa que tengo sueño -le grita la hermana escondida ya crecidita con 24 años.

    ¡Y qué emoción! esconder los regalos, casi más que lo que tú pudieras recibir, era y es, lo que tú das, lo que quieres ver en el rostro del que quieres. O que te gusta verles sufrir por encontrar su regalo. Los saltos, los gritos, las risas, las lágrimas, la emoción al ver lo casi imposible pero deseado entre tus manos, son algunos sentimientos que se siguen fusionando con la ilusión.

5/11/2005

    Con ochenta y nueve años, con manos temblorosas y casi ciega, es complicado ayudar. Pero no por eso la ilusión es menos, ni siquiera cuando el luto por un hijo inunda el corazón de la abuela. Es una noche mágica, la noche de Reyes, y al menos los nietos así trataron de que fuera y que significara a pesar del dolor. Los padres ya no van a pedir nada a los pajes, están cansados pero se esconden en la habitación. Los hermanos van a la habitación de la abuela de vez en cuando y, le chivan al oído sordo.

-Regalitos… vas a tener regalitos… ¿qué será? -y siempre un montón de besos acompañan la visita.

-¡Venga va que no soy una xiqueta! -reniega pero no puede esconder esa sonrisa emotiva de todos y cada uno de los años que hemos convivido esta noche mágica.

    Ese año, la abuela tiene una televisión pequeña para poder ponérsela en su mesita de noche, se la han comprado porque como no ve, al menos podrá escucharla con unos auriculares. Los demás esconden los regalos, la vida pasa y, les va enseñando cosas. Al hermano ya no le cuela eso de que fue le hermana el año anterior quien tuvo que esconder primero y, se tiene que jugar a un pares o nones y, a joderse tocan, a quien le toque el turno primero, porque la gracia en parte se pierde, el que viene detrás ve los regalos, por mucho que los escondieran, porque casualmente él o ella, siempre tienen la intuición de ponerlo en el mismo sitio. Cosas de familia. Nervios, risas flojas, movimientos de manos exagerados para hacer creer que hay mucho o que no hay nada, ¡vaya usted a saber! La primera en despertarse como siempre la nieta. La abuela no puede salir a ver sus regalos, sin peinarse, sin asearse un poco la cara, no vayan a asustarse los Reyes y se vayan sin dejarle nada. Algo así como veinte minutos de espera. Otra vez todos en fila en el pasillo, el padre bostezando, la madre con un sueño de armas tomar, pero todos compartiendo algo, ilusión.

-¡Venga la primera la abuela, vamos… venga…!

    Y allí iba ella sin ver mucho, pero la jodía lo veía todo.

-¡Caray cuanta cosa! -decía riendo.

-¡Pero reguapa no dices que no ves! -le respondía la nieta mientras la llevaba cogida por las axilas porque no podía casi andar.

    Una vez sentada la abuela y, vista y palpada la televisión, los demás empiezan a buscar, a encontrar, a reír, a olvidarse de donde ha puesto este u otro regalo y, claro, cuando alguien dice, ¡hale pues ya está todo! incluido ¡cómo no!, carbón. Entonces salta la abuela de ochenta y nueve años.

-¡Y mi muñeca! ¡Este año no tengo muñeca!

    ¡Claro que sí,! pero había que dejarle un poquito de emoción, y cada año le tocaba a uno emocionarse más o menos, y aquel año, fue a ella con su preciosa muñeca de porcelana que tanto le gustaba.

05/01/2009

    ¿Se puede compartir ilusión cuándo careces de ella? ¿Se puede seguir emocionando uno cuándo ya no tiene otra emoción que el dolor y la ausencia? ¡Sí! ¡Claro que sí!, porque por todos lados seguía estando la abuela, ella haría esto, ella haría lo otro. Porque quien deja huella en el corazón, por mucho que su ausencia pese, de algún modo, de alguna manera, consigues sacando fuerzas de donde no te quedan, que esté presente, y sí, la abuela lo estuvo en todo momento… y nos devolvió la ilusión, la emoción, las lágrimas, la sonrisa. Porque ella nos enseñó que los Reyes Magos son ilusión…. son magia… pero sobre todo, es amor.

    Y como cada año en el centro de la mesa estuvo una muñeca para ella.

Te quiero, Pepa. Esta noche, volverás a estar en cada uno de nuestros pensamientos.

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1 comentario en «NOCHE DE EMOCIÓN. NOCHE DE REYES»

  1. ¡qué bonito! Y claro que sí, ha de seguir la tradición…ahora les toca el turno a otros…y nada de `papá noel y sí de los reyes magos. Amparo.

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