NOCHE DE ÁNIMAS

03:20h

Tres amigas van en su coche una vez finalizada la fiesta de Halloween. Vuelven a Valencia para poner punto y final a la noche. La conductora y copiloto disfrazadas para la ocasión, en el asiento trasero otra chica sin disfraz. Recorren una carretera angosta y oscura, los faros del coche con las luces largas van alumbrando el recorrido, es su única visión, lo demás es todo oscuridad. Curva tras curva van recorriendo un camino que les es totalmente desconocido.

—¡Ya os dije que no siguierais las indicaciones del Google maps! ¡Os he avisado!

—¿Pues hacer el favor de callarte? ¡Mira que eres negativa! —le dice Andrea.

—¡Negativa! ¡Nos hemos perdido por burras!

—¡Eso es tú sigue dando ánimos, hija, eres única para ello! —insiste Andrea con gesto cansado.

A doscientos metros gire a la derecha para reincorporarse a la carretera.

—¡Ves lista! Ya está.

—Andrea, por favor… —le ruega Dolores para que deje de discutir.

A los doscientos metros, Dolores, que es quien conduce con el intermitente puesto va a girar a la derecha pero se encuentran con otra carretera más estrecha aún.

—¡Pero qué clase de carretera es esta! —exclama ya Andrea algo cabreada con la señora que habla.

—¡Una mierda, eso es lo que es!

—Tengamos paz, por favor que ya es bastante que nos hemos perdido como para seguir discutiendo —vuelve a rogar Dolores.

—Díselo a ella, señora amargada, ¡qué todo lo ves mal!

—Perdona, bonita, es que está mal —le dice la amiga desde el asiento de detrás.

—¿Qué hago? ¿Sigo? —pregunta Dolores.

—Yo que sé —responde Andrea.

—No sigas… a saber que hay ahí y luego no podemos dar marcha atrás que el camino es muy estrecho.

—¿Entonces seguimos por la carretera?

—Mejor seguir por esta carretera —agregó Andrea fastidiada por tener que darle la razón a amargada.

Dolores quitó el intermitente y siguió recto. Lo hizo despacio porque en el mismo instante en que volvía a incorporarse en la carretera estrecha empezaba a llover.

—¡Lo que faltaba! —susurró Andrea.

—¿No querías Halloween? ¡Pues hala aquí lo tenéis!

Siga recto y a doscientos metros gire a la izquierda.

—¡A ver si aciertas, guapa! —le dice Andrea golpeándose con el sombrero de bruja que lleva puesto.

Al llegar al punto en cuestión volvieron a encontrarse con una carretera estrecha con una gran arboleda a ambas partes, el suelo repleto de hojas que con la lluvia parecía que caminaban.

—¡Qué acojone!

—¡Cómo puedes decir eso! Tú precisamente que vas vestida de bruja mala —la amargada rompió en una carcajada.

—Al menos, tengo humor no como otras.

—Perdona, ¡esto es una auténtica gilipollez! ¡Esta no es nuestra tradición! Odio cuando hacemos nuestras, tradiciones que ni nos van ni nos vienen.

—¡Ya salió la antigua!

—¿Antigua? ¡Vamos que sentido tienen dos tías hechas y derechas una vestida y maquillada de bruja y la otra de calavera! ¡Ni medio normal, vaya!

—Podéis callaros que me centre en la carretera, que es muy estrecha y no tiene quitamiedos.

—¡Eso tú alienta también a la amargada a que empiece a darnos la monserga que nos vamos a caer y matar!

—¡Con lo bien que estaría yo en mi casa! —susurró la amargada.

—¡Encima que somos buenas amigas y tratamos de que salgas! ¡Encima! ¡Qué quieres pasarte todo el día dando por saco con lo que te duele y deja de doler!

—¡Oh, Dios!

—¿Qué pasa? —preguntó la amargada cogiéndose de ambos asientos y asomándose entre ellos.

—Se ha parado el coche.

—¡No me jodas!

—Sí.

—¡Trata de arrancarlo por dios! —le suplicó Andrea.

—Pareces aquel del coche que ni sé como se llamaba —decía riéndose la amargada—. Las pastillas se han llevado lo mejor de mí, mi memoria.

—¡Ya está el drama! Arranca o le arranco la cabeza.

—¡Sois una pesadilla las dos! El coche no va ha sido entrar en este sitio y se ha quedado como sin fuerza, sin batería.

—¿Y qué hacemos? —preguntó Andrea abriendo mucho sus ojos.

—¡Pues lo que hace todo el mundo! Llamar a la grúa y que se ate los machos el que tenga que venir a sacarnos de este camino.

—Madre mía… —susurró Dolores alertando a las otras dos—. Mi teléfono no tiene carga.

—No… espera —Andrea buscó entre los refajos del vestido el suyo mientras la amargada se lanzaba como loca a su bolso para sacar su móvil—. ¡Yo tampoco tengo batería!

—¡Oh, mierda, la hostia, yo tampoco! —gritó fuera de sí.

—Que raro… los tres teléfonos y el coche.

—Este es el momento en que nos aparece un ovni con sus extraterrestres y nos van a sacar el cerebro por la nariz —apuntó la amargada mirando por la ventanilla en el momento un gran rayo hacía aparición ante ellas con el grito de las tres—. ¡La madre que me parió porque veré yo tanto cuarto milenio! ¡La culpa la tiene el Iker que me engancha con sus explicaciones interminables!

—A ver calmémonos. Lo primero, voy a pasar los seguros.

—No veo nave nodriza.

—La mato —susurró Andrea cerrando los ojos con fuerza.

—Lo segundo vamos a respirar. Tres veces de forma muy profunda.

—¡Achís, achís, achís!

—¡Es que es una notas! —renegó Andrea.

—No puedo respirar tan seguido me da picor de nariz —se disculpó la amargada.

—¿Y ahora qué? —preguntó Andrea.

—Ni idea —respondió Dolores mirando el teléfono que seguía sin encenderse.

—Voy a bajar a ver si veo algo. ¡Ains que dolor de espalda! —se quejó al echarse para atrás en el asiento—. ¡Me cago en todo lo que se menea! ¡Qué asco!

Las dos amigas se miraron al verla bajar.

—¡Es un caso! ¿Dónde irá y sin paraguas?

—No hay manera, el móvil se ha muerto.

—Andrea vamos con ella que con lo torpe que es igual se nos cae por un barranco.

Salieron del coche tras la amargada que iba a unos metros de distancia. Le había parecido ver algo y se encaminó hacia lo que en un principio creyó era una casa. Quizá si había alguien les podría ayudar. La lluvia se intensificó el sonido del agua golpeando el suelo y los árboles daba un ambiente muy tétrico. Mucho más cuando vio la casa que parecía bastante vieja y abandonada. Suspiró. La intensidad de la lluvia le había empapado las gafas y no veía bien donde estaba el timbre, así que se las quitó y arrimó su nariz porque de otro modo no veía, claro.

—¿Hay alguien? —el grito de la amargada unido a un salto les hizo gritar a ellas también.

—¡Pero qué hacéis! Casi me matáis ¡hostias!

—Lo siento —se disculpó Dolores.

—¡Qué carácter, hija! Pensamos que ya habías llamado.

—¡No me veo! —les enseñó las gafas que llevaba en la mano.

Pero en ese momento, se escuchó abrirse la puerta. Un sonido chillón de las bisagras les hizo poner gesto de tensión a las tres. Mucho más a Andrea y Dolores que estaban mirando hacia aquel hombre alto, corpulento con mirada pétrea y traje de mayordomo.

—Dios… ¡me estáis cagando! —susurró la amargada que se había puesto las gafas. Se giró y al ver allí al hombre abrió mucho los ojos y le dijo con voz amable, raro en ella, pero el miedo y la lluvia apremiaban—. Buenas noches, sentimos molestarle pero se nos ha estropeado el coche y necesitamos llamar por teléfono.

El hombre sin decir palabra se apartó para que aquellas tres mujeres pasaran. Lo hicieron mirando boquiabiertas la casa antigua y oscura, tan solo la luz del reflejo de la chimenea iluminaba las estancias.

—Un momento —habló con voz profunda.

—Que calentito se está —dijo Andrea frotándose las manos.

—¡A saber qué ha pensado el buen hombre al ver a dos locas disfrazadas!

—¡A saber que habrá pensado de que una loca no vaya disfrazada!, ¡antigua!

—Por favor… os podéis comportar —volvió a intervenir Dolores.

—Pasen por aquí.

La voz aguda del hombre les sorprendió en plena discusión. Lo miraron y entonces con la máxima seriedad en su rostro les señaló que se dirigieran por el pasillo. Andrea y Dolores fueron mientras la amargada se quedaba un poco atrás y saludaba a una mujer todavía más extraña que el mayordomo.

—¡No hay línea! —estalló Dolores con los nervios a flor de piel.

—¿Habéis visto a esa mujer?

—¿Qué mujer? —preguntó Andrea.

—La que me ha saludado, llevaba un disfraz de muerta muy bien logrado. Aquí también celebran la tontería esa… coño… estamos inundaos.

—¿Y qué hacemos? —preguntó nuevamente Dolores mientras Andrea miraba el techo con gesto cansado de soportar a aquella amiga.

—A ver si nos dejara quedarnos aquí.

—¿Pero habéis visto a la mujer o no? —insistió.

—No he visto a nadie, te he visto sola.

—¿Sola? —la miró preocupada.

—¿No será una visión de las tuyas?

—¡Si es que tanta química en el cuerpo es mala !

—Entre la química y tú… ¡lo que te tenemos que aguantar, bonita!

El mayordomo apareció ante ellas dándoles un buen susto. El hombre serio, con gesto pétreo las miró una por una. Era enorme y aquella mirada un tanto inquisitiva provocó en las tres un temor que trataron de disimular.

—La señora dice que se queden, les daré algo de cena pasen por aquí.

—¿Cena? Son casi las cuatro de la mañana.

—No rechistéis y agradecerlo que es esto o pasar la noche en el coche bajo una tormenta horrorosa.

—Dolores tiene razón, vamos.

Siguieron al hombre hasta una gran estancia donde estaba la chimenea con el fuego con toda su fuerza. Allí mirando a través de la ventana una mujer que llevaba una especie de capa negra y larga. El pelo recogido en la nuca en un gran moño.

—Bienvenidas a mi casa —dijo con voz trémula.

—Disculpe si le hemos molestado, es que se nos ha estropeado el coche con esta tormenta y mi amiga encontró su casa, sabemos que no son horas pero…

—Tranquila, vivo de noche, no me molestáis. Al contrario, me alegra tener compañía, hace mucho que no viene nadie a visitarme. Seréis mis anfitrionas. Por favor, sentaos.

La mujer se giró y salió de aquella oscuridad en la que se encontraba para que la luz que desprendía el fuego de la chimenea iluminara un rostro arrugado pero con unos ojos negros grandes muy maquillados, labios carnosos recubiertos de carmín rojo y pómulos repletos de colorete. Un tanto exagerada la pintura para una piel tan blanca como tenía aquella extraña mujer. Las miró una por una con gesto extrañado. Hasta que llegó a la amargada y le preguntó frunciendo el ceño provocando que los surcos que tenía en la piel formaran pliegues por doquier.

—¿Y tú de que vas disfrazada?

—De ella misma, un ser amargado, negativo y dolorido —apuntó sonriendo Andrea.

—No haga caso aquí a la bruja. No comparto esta tontería de esta fiesta, y disculpe porque no sé si usted va disfrazada de vampiresa. Pero para mí esto es un sin sentido total. Yo soy más de poner velas a mis difuntos y hacer bien la cama.

—¿Hacer la cama? —preguntó la mujer con gesto sorprendido. Sus amigas cerraron los ojos negando con la cabeza.

—Sí, para las ánimas que mañana reposarán en ella. Soy tradicional. Nada de importación.

—Discúlpela es que va muy medicada, aunque… es así, no abre su mente ni así la maten.

—¡Maten! ¡Maten! ¡Sangre! Yo quiero yo quiero —sonaba una voz estridente desde algún lado de aquel gran comedor.

—Tranquilas, es mi loro…

Las miradas de las tres se intercambiaron asustadas. Incluso la amargada se juntó algo más a sus amigas.

—La cena está lista, señora.

—Gracias. Sentémonos, por favor.

No muy convencidas las tres amigas se sentaron en aquella mesa larga en la que quedaban separadas a gran distancia. Los gestos de las tres chicas eran realmente asombrados. Andrea dejó su sombrero de bruja al lado de su asiento, podía hacerlo por la distancia.

—Por favor, encantadora bruja no dejes ahí el sombrero, molestas a Carmen —le dijo la señora con una sonrisa amable.

—¿Carmen?

—Sí, aunque hay sitio ella necesita su espacio… es un tanto… digamos… gruesa.

—Perdón… claro… —miró a sus amigas elevando los hombros. Mientras miraba a su lado izquierdo.

—Contadme, que hacéis por aquí.

—Hemos ido a una fiesta de Halloween y nos hemos perdido.

—Di mejor que nos hemos perdido por vuestra culpa por confiar en Google.

—¿Google? ¿Otra amiga? ¿Dónde está?

La mujer de las mil arrugas miraba alrededor. Aquella pregunta hizo que Andrea que estaba bebiendo de su copa de vino casi se atragantara y que Dolores tuviera que levantarse corriendo para golpear su espalda mientras sonreía por la torpeza de su amiga.

—¡No se te puede sacar de casa! —le espetó la amargada—. ¡Muy buena broma la suya, señora!

—¿Pero dónde habéis dejado a vuestra amiga, Google?

—No, verá, Google es una aplicación en el móvil que te lleva por las carreteras o la ciudad mostrándote el recorrido que quieras hacer —Dolores trató de explicar con calma qué era Google.

—En este caso, nos ha traído a su casa.

—No entiendo a esa Google.

—Ni mucha gente, no se crea —apuntó Andrea ya recuperada.

Apareció ante ellas el mayordomo con una gran fuente. La puso sobre la mesa mientras la señora daba una carcajada.

—Querido, dice Antoñito que está muerto de hambre, es tan chistoso este niño.

—¿Antoñito? —preguntó Andrea.

—Sí, querida. Mi hijo. Es que tiene un sentido del humor muy agudo, ¿verdad, mi amor?

Preguntó mirando hacia el lado donde estaba sentada Dolores. La chica miró la silla que había junto a ella, después buscó con la mirada a la amargada y finalmente a una Andrea que se mostraba atónita.

—Pero comed, está calentito y con esta tormenta es muy agradable entonar el cuerpo —les dijo amablemente.

Pero ninguna podía comer, el mayordomo comenzó a poner aquella sopa de color anaranjado en los platos que había dejado junto a las tres chicas, también a ellas.

—¡Ya podemos empezar! ¡Buen provecho a todos!

—¿Qué es eso? —preguntó la amargada.

—Por favor come y calla —le rogó Dolores haciéndole un gesto como que aquella mujer estaba mal de la cabeza.

—Crema de calabaza. Y después tenemos unos huesos de santo que son muy propios de esta época. ¡Antoñito por favor ante todo educación! La chica no pone cara de asco, solo pregunta. Te ruego disculpes a mi pequeño.

—No se preocupe su pequeño ha dicho una gran verdad. Siempre pone cara de asco.

—Está riquísimo —le dijo Dolores que empezaba a sentir un pánico desmedido—. Cenamos y nos vamos no queremos molestarle más.

—¡No es molestia! Hay sitio de sobra en la casa.

—Estoy viendo una señora detrás de ti Dolores, ¿la ves Andrea? —preguntó la amargada con gesto de miedo.

—No.

—¡Dios! Es fea con narices —susurró y entonces la señora dio una carcajada.

—¡Antoñito dice que tienes razón! Es mi suegra, Anacleta.

—Me quiero ir —musitó asustada Andrea.

—Y sí, es fea muy fea. Y tiene mucho genio así que no la alteres —le dijo a la amargada que la miraba sin entender nada.

—Comed, comed.

Las tres cerraron los ojos, la amargada no levantaba la vista del plato mientras la señora les hablaba de lo mucho que disfrutaba con las tormentas, de la belleza de la noche, de los murciélagos y las pequeñas luciérnagas que iluminaban su jardín. Con el canto de los búhos, y las voces de la montaña.

—Es cuestión de disfrutar de la vida… porque es corta…

—Sí, sí.

—La muerte no es tan dramática como dicen pero… es mejor la vida.

—Claro —las tres sonreían pero el miedo reflejaba su mirada.

—¡Bueno! Hablemos de cosas divertidas. ¿Habéis ido a los cementerios en esa fiesta?

—No. La fiesta era en casa de un amigo y hemos estado bailando, bebiendo y ya sabe todo lo que conlleva una fiesta, bueno… excepto ella que no se ha movido ni bebido —apuntó Andrea con el tenedor a la amargada.

—Ya sabes que no puedo beber ni bailar. ¡Vosotros con tal de hacerlo os vale cualquier idea tonta como está de los disfraces! Dos bobas una de bruja la otra de muerta… ¡pero debería haber visto los disfraces de la fiesta para ponerse a llorar!

Entonces la mujer rompió en una carcajada y todas supusieron que Antoñito había dicho algo. Pero se equivocaron.

—Me dice Carmen que eres una agua fiestas.

—No sé quien es Carmen pero estoy de acuerdo con ella —apuntó graciosamente Andrea.

—Y yo —dijo riendo de buena gana Dolores.

—¡Pero tal cual, dice que de las gordas! —volvía a reír a carcajadas la señora.

—Pues no le veo la gracia —dijo la amargada muy seria.

—¡Qué bueno! Te ha clavao, no sé quien pero te ha clavao.

—Carmen es mi hermana mayor.

—¡Hostia! —dijo Andrea.

—Es muy observadora. ¡¡Aquí están los huesos!! ¡Qué manjar!

La mujer se mostró feliz.

—No sabéis lo contenta que estamos de tener invitados. ¡Hacía tanto que no pasaba!

El mayordomo dejó una bandeja con aquellos huesos que hacía referencia.

—¡Madre mía parecen de verdad! Menuda mano la repostera.

—Sí, son el fémur de mi hermana, Antoñito hijo disculpa y el cubito de mi niño… probad probad.

—Se me ha ido el hambre —susurró Andrea a punto de vomitar.

—¡Pero esto es de mentira, no! —cogió la amargada el fémur de Carmen—. Tiene un sabor raro.

—No come las cosas normales y se come el fémur de una muerta.

—¡Anda ya! Como va a seru8i esto el hueso de una muerta… la repostera es muy buena —exclamó con una sonrisa en los labios.

—¿Repostera? No conozco ninguna…

—Dios —la amargada cerró los ojos masticando como podía aquella pasta extraña.

—Señora… es tarde y nos gustaría marcharnos.

—¡Con esta tormenta! No hay nada por la zona. A mí no me molestáis. Hablaré con el resto para que estén tranquilos que sois gente de buen corazón, se os nota en la cara. Hasta en la cara de la amargada —cogió una campanilla que tenía a su lado y la hizo sonar—. Querido… lleva a mis invitadas a su cuarto.

—Sí, señora.

—Gracias por la cena.

—De nada, tesoro… espero podáis descansar.

—Gracias… —respondió Dolores con gesto de miedo.

Salieron detrás del mayordomo que con un pequeño candil en su mano comenzó a subir las escaleras, cada escalón que pisaban se escuchaba el crujido de la madera. Se miraban a cada paso que daban, las escaleras ascendían hasta otro piso con un pasillo largo, en ambas paredes no se veía nada de la pared todo eran fotografías de personas muy antiguas. Al pasar por una de ellas Dolores la miró aterrada señalándoles un retrato. Andrea y la amargada se lanzaron a mirar quién había allí, sorprendidas vieron a un niño de corta edad vestido de marinerito, la foto por supuesto, era en tonos sepia. Tragaron saliva cogiéndose del brazo. Al tiempo que un rayo iluminaba por completo el pasillo y todavía lo hizo más aterrador. El mayordomo iba iluminando el pasillo hasta llegar a una puerta que abrió con el mismo sonido chirriante que la puerta de la calle. Se hizo a un lado y les inclinó la cabeza.

—¡Madre mía dónde nos hemos metido! —decía con la venas de la garganta Dolores a punto de explotar.

—Esta mujer está loca, ¡habla con muertos! —respondió Andrea.

—Yo he visto dos.

—¡Tú no has visto nada estás sugestionada y eso es lo que te pasa! —le riñó muy seria Dolores.

—¡Y como se te ocurre comerte eso, ¡a saber qué era!

—Pues… la verdad me está entrando un sueño… son las cuatro y media de la mañana…

—¡Pero si tú no duermes! Calla —le reprochó Andrea—. No podemos dormirnos, ¿y si viene a matarnos?

—¡No queríais la estupidez esa de los muertos pues hale a joderse toca! ¡Uy que sueño tengo!

—Dolores tengo miedo y los móviles siguen sin ir.

—Es cierto. Algo extraño hay aquí.

—¿Te parece poco todo? —le preguntó fuera de sí Andrea.

—Pues a mí la señora me ha parecido maja ¡fíjate! —decía probando la cama.

—Si no te mata ella acabaré matándote yo.

—¡Silencio, escucho algo! —dijo Dolores asustada.

—Tía no me gastes bromas que me cago —respondió Andrea con gesto de miedo.

—¡Vaya bruja de mierda! —dio una carcajada la amargada.

—¡Pero a ti que te pasa!

—No lo sé… pero tengo sueño un sueño raro eso sí.

—¡La habrá drogado! —exclamó fuera de sí Andrea que no paraba de subirse la falda y el refajo.

—¡Qué me va a drogar! Venga… acostaros, callad y dormid. ¡Es una orden! —balbuceó con poca fuerza.

—Andrea, quizá tiene razón. Estamos exagerando todo.

—Pues claro, la señora nos ha dado de cenar y cobijo, ¿qué habla de su hijo muerto? Pues mira… hay quien habla con la televisión ¡y no sé qué es peor!

Andrea y Dolores miraron a la amargada que sin ningún pudor se había metido en la cama y con su mano debajo de la oreja parecía dormir. Después se miraron encogiéndose de hombros y decidieron acostarse también.

—¡Quítate el refajo o no cabemos! —le advirtió la amargada.

—No duermes nunca y hoy que hay que estar atentas te duermes ¡eres de lo que no hay! Siempre al contrario de la gente.

—Yo no tengo la culpa, nací de culo, voy al revés siempre.

—Déjala solo espero que eso que ha comido no sea un fémur de verdad. Está mujer está loca y me da miedo.

—Ya, Dolores pero es la única manera que tenemos de tener cobijo. No creo que pase nada, en tres horas nos levantamos y nos marchamos. ¿Seguimos sin batería en los móviles? —preguntó Andrea que se había acostado en medio.

—Sí, nada, no hay nada. Es extrañísimo porque yo tenía el móvil con batería estoy segura.

—¿Crees que puede ser esta casa?

—¿Y nos para el coche? ¡Duerme, Andrea! Ya me hago cargo yo de escuchar.

Había pasado un breve espacio de tiempo y las dos amigas guardaban silencio. Los rayos encendían la habitación con una potente luz y el sonido era abrumador. Una de esas veces Dolores se sentó en la cama de golpe ahogando un grito. Andrea al verla hizo lo mismo sin saber realmente qué pasaba.

—Había alguien ahí —le dijo Dolores—. Lo he visto clarísimamente.

—No me acojones… tía… tía… ¿Eso qué es? —miraron al mismo tiempo hacia el techo se escuchaban unos golpes.

—No lo sé…

—Me quiero ir… me quiero ir —repetía Andrea.

—Ya ha parado, tranquila.

Seguían sentadas en la cama mirando hacia el techo con temor. Pero era cierto, el ruido dejó de sonar y se miraron algo más calmadas. Volvieron a acostarse y entonces oyeron un grito de un niño.

—¡Dios! —Andrea se abrazó a su amiga Dolores que hizo lo propio con ella mientras la amargada dormía plácidamente.

—Vámonos… vámonos de aquí… esto es todo muy raro.

—¿Y si ese niño no está muerto y está vivo y lo tiene retenido arriba?

—Pues mira, con todo el dolor de mi corazón nos largamos y se lo decimos a la policía y que vengan ellos a rescatarlo.

Había pasado por encima de la amargada para coger su sombrero de bruja y le hacía gestos a Dolores para que se levantara. Antes de hacerlo llamó con intensidad a la amargada que no se despertaba ni a la de tres. Las dos se miraron preocupadas. De pronto, nuevamente los golpes en el techo, más fuertes, más continuados.

—Vamos, Dolores. Vamos.

—No podemos dejarla aquí.

—¡Dios!

—Espera… vamos a hacer una cosa subimos y vemos si es algo que por el viento se está moviendo, seguro que hay una explicación a esto —le decía nerviosa también.

—Yo no subo.

—Vale, subo yo. Quédate aquí.

—No, no me quedo sola.

—¡Entonces qué quieres hacer! —la miró algo desesperada.

—Voy contigo. Total ella no se entera.

Salieron de la habitación. El pasillo era todo oscuridad tan solo veían algo cuando la luz de un rayo iluminaba la estancia. Llegaron a una escalera y se cogieron de la mano. Los golpes llegaban desde arriba y debían saber qué era. Iban despacio acompañadas por el sonido del viento, la lluvia y los truenos. Además se les unió el crujir de la madera de los escalones a su paso. Al llegar al final otro pasillo asomaba hacia la derecha, justo desde donde llegaba el sonido. Fueron despacio, paso a paso, con los nervios desatados y las pulsaciones a toda velocidad. Se detuvieron ante la puerta en la que se escuchaba perfectamente el sonido. No tenían nada con lo que alumbrar estaba todo a oscuras y tan solo se escuchaban los sonidos de la tormenta y sus respiraciones.

—Tengo miedo —susurró Andrea.

—No puede pasar nada. Abro yo despacio.

Andrea cerró los ojos mientras Dolores abría la puerta. Lo hizo poco a poco y el sonido clásico de la bisagra volvió a acompañarlas. Esperó un breve momento para que sus ojos se adaptaran a la oscuridad y al hacerlo vio como rodaba por el suelo una especie de bola grande.

—¡Dios es una bola de hierro! Esto tiene más años que yo que sé… Tanto miedo para esto.

—Me va a dar algo… A mí esto me da muy mala espina. Esa mujer… el mayordomo…

—Yo creo que la señora está enferma de la cabeza y él simplemente le sigue el juego.

—Pero es muy siniestro.

—Bueno… ya hemos descubierto lo que es. Así que vamos a intentar dormir.

—No voy a olvidar esta nochecita nunca.

—Todo es sugestión.

Bajaron la escalera y volvieron hasta su habitación, cada una con su disfraz. Abrieron la puerta pero al entrar algo les llamó la atención.

—¡No está! ¿Dónde se ha ido ahora?

—Habrá ido al baño… —respondió Dolores un tanto extrañada también por su ausencia.

—Yo me voy a acostar y tapar la cabeza. ¡Por favor que pase pronto la noche!

Se acostaron con el susto aún metido en el cuerpo. Fue entonces cuando oyeron un grito de mujer.

—¡Es la amargada! Fijo ha visto algo…

—Pero si ella está acostumbrada… sus pastillas recuerda.

—¡Vamos, Andrea! Hay que irse de aquí.

Al salir de la habitación otro nuevo rayo volvió a iluminar el pasillo y al final, un niño con pantalón corto blanco de marinero. Las dos lo vieron y las dos dieron el mismo grito abrazándose con el corazón a punto de salir por su boca.

—¡Corre, Dolores, corre!

Le animaba Andrea que había echado a correr, al llegar a la escalera para bajar una señora con cara de enfado las estaba esperando con un cuchillo en la mano y a la luz de la chimenea pudieron ver la sangre que caía por la punta afilada.

—Dios… —susurró Andrea cogiéndose a Dolores.

Un sonido fuerte volvió a asustarles y otro nuevo grito llegó desde otro punto de la casa mientras la mujer subía las escaleras con el cuchillo ensangrentado hacia ellas. Dolores tiró del brazo de Andrea y echaron a correr por el pasillo entrando en una de las habitaciones. Las dos respiraban agitadamente apoyándose sobre la puerta. Se miraban aterradas sin saber qué hacer. Y fue entones cuando la puerta comenzó a moverse por golpes desde fuera.

—¡Haz fuerza, Dolores! —le gritaba Andrea mientras otros gritos se escuchaban desde la parte de abajo de la casa.

—¿Qué le están haciendo? ¡La están matando! ¡Nos van a matar! —gritaba sin poder controlar su histeria en ese momento.

—Haz fuerza, haz fuerza que no entre.

—Se ha parado —susurró Andrea.

—¿Y ahora qué hacemos?

La respuesta fue abrir la puerta y echar a correr, pero el miedo a aquella mujer las detuvo. Sin embargo, la imagen de la señora con el cuchillo en la mano ensangrentado apareció ante ellas sin explicación. Fue Andrea quien abrió la puerta y echó a correr subiéndose la falda de bruja. La seguía Dolores corriendo y mirando de vez en cuando hacia detrás. Bajaron las escaleras a toda velocidad. Oyeron nuevamente el grito que reconocían perfectamente era de la amargada. Se miraron asustadas pero finalmente con gesto nervioso se dirigieron hacia donde venía su voz.

—La señora no nos sigue -decía Andrea con la respiración jadeante y la mano en el pecho, a esas alturas ya había perdido el sombrero de bruja.

—¿Cómo ha hecho eso?

—No lo sé… no lo sé… esto es una locura.

—Espera… espera —le dijo Dolores a Andrea que estaba a punto de llorar—. Pase lo que pase ahí dentro, si le han hecho algo tendremos que salir corriendo.

—Está bien. De acuerdo.

—Bien —hablaban entre susurros.

—Vamos.

Con cuidado Dolores puso la mano derecha sobre el pomo de la puerta, giró despacio aquel picaporte redondo y robusto. Abrió con sumo cuidado, su ojo asomó por la ranura que había dejado abierta, por lo que veía parecía la cocina. Notaba las manos de su amiga Andrea agarrándola fuertemente de la cintura. Pero por ese trozo no veía a su otra amiga y empujó un poco más la puerta, al hacerlo allí estaba sobre la mesa de la cocina repleta de sangre y un cuchillo enorme clavado en el pecho, a su lado la señora de las arrugas en la cara con los labios más rojos que nunca y el mayordomo al otro lado con una sierra encaminándose hacia la amargada. Los ojos de ambas se abrieron como platos, gritaron sin poderlo evitar al mismo tiempo que se giraban para marcharse de allí, al hacerlo se encontraron con la señora y el cuchillo, corrieron por el pasillo escuchando los pasos tras ellas del mayordomo y la sierra. Mientras el loro gritaba.

—¡Noche de animas! ¡Noche de animas! ¡Sangre, sangre!

Abrieron la puerta de la casa con los gestos desencajados al hacerlo el niño con el vestidito de marinero y la cara pálida como la luna les sonrió con total siniestralidad. Dolores no lo dudó, agarró a Andrea, tiró de ella y salió corriendo hacia el coche bajo una intensa lluvia. Corrieron como locas, tropezaron y cayeron hasta entrar en el coche que se habían dejado las llaves puestas.

—¡Arranca! ¡Arranca! ¡Dios mío arranca! —gritaba como loca Andrea.

—Por favor… por favor… —susurraba Dolores a punto de llorar.

—¡Están aquí! ¡Están aquí! —el miedo se había apoderado de ellas

—Vamos arranca —gritaba Dolores dándole sin parar al contacto.

—¡Nos van a matar! ¡Vamos a morir! —lloraba a mares.

Fue entonces cuando oyeron unos golpes en la ventanilla que les hicieron saltar y abrazarse. Allí estaba la amargada con el cuchillo clavado en el pecho y su camiseta gris repleta de sangre. Gritaron pero entonces ella empezó a reír, cada vez un poco más hasta acabar en una carcajada que las hizo soltarse del abrazo, todos reían incluido el niño vestidito de marinerito.

—¿Qué pasa? ¿Qué significa esto? —le preguntó Andrea llorando.

—Lo siento… lo siento… —decía llorando de la risa—. Pero es que… me habéis dado tanta lata con el dichoso Halloween que pensé que sería gracioso haceros vivir uno.

—¿Cómo? —preguntó Dolores boquiabierta con la mirada enfurecida.

—Sí, no veis que no duermo… tengo tiempo para pensar y encontré esta broma, solo tenía que modificar la ruta en Google para traeros hasta aquí.

—La mato, la mato —Andrea salió corriendo tras la amargada que empezó a correr y reír.

—¡Estás loca!

—No, no estoy loca, estoy harta que reneguéis de nuestras costumbres y adoptéis otras que no sabéis ni de que van. El año que viene cuando llegue Halloween encenderéis una vela por vuestros difuntos y haréis la cama para las ánimas.

—El año que viene… tú no llegas al año que viene te voy a matar…

—Andrea por favor… —le rogó Dolores poniendo su mano en la frente y gesto preocupado.

—¡Te mato! ¡Ahora si que va a haber sangre! ¡La madre que te parió!

—Lo siento —le dijo la señora de las arrugas—. Ha sido muy divertido, la verdad. Aunque sabemos que a veces la gente se sugestiona tanto que no es capaz de darse cuenta que es una broma y que usamos efectos como el de traspasar la pared, somos profesionales.

—Pues ayúdenme a calmar a Andrea o de lo contrario, la noche de Halloween va a terminar de verdad con una muerta.

Las oían correr alrededor de la casa, la amargada quejándose de que no podía correr por las pastillas, y Andrea gritándole lo mal que estaba de la cabeza. Dolores suspiró con fuerza y entonces la señora mayor con el cuchillo en la mano le sonrió. Todos entraron, el niño le dio unos caramelos con una sonrisa divertida, y al girarse para ver si sus dos amigas ya habían acabado de correr, la señora del cuchillo en la mano la miró fijamente mientras los ojos se le encendían en sangre y se difuminaba en el aire.

¡Feliz noche de ánimas!

Recordad hoy haced bien la cama para que las animas que os protegen puedan descansar.

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