NO COMPRES, ADOPTA. CUENTO DE NAVIDAD

Todos los años os dejo en un cuento el deseo para que se produzca el “famoso” milagro que dicen se hace realidad en Navidad. El mío queda reflejado en esta historia que tiene como protagonista al galgo Bueno. Que los ojos de ese Pastor Alemán os lleguen al alma y seamos capaces conseguir un mundo más justo y mejor para ellos.

FELIZ NAVIDAD

Bajo una lluvia intensa era bienvenida la Noche Buena en Valencia. La gente iba y venía bajo sus paraguas con las prisas de llegar a tiempo para preparar la cena, o no retrasarse por el tráfico de la ciudad en llegar a casa del familiar que toque. Además, cuando llueve el tráfico en esta ciudad se hace insoportable. Pero a todos les parecía maravillosa aquella lluvia que era como un milagro de Noche Buena.

Aquella noche era una pesadilla para Amelia, a sus treinta y cinco años separada de su maravilloso marido, con el que había compartido ocho maravillosos años para ella que el día se separó, se dio de bruces con que no había sido ni un maravilloso marido ni unos años estupendos. Había vivido ajena a la realidad y cuando se dio con ella de bruces le costó pasarse más de medio año llorando por la decepción, y sintiéndose tan desgraciada como idiota. Aquella Navidad era la segunda que pasaba sin él, y la segunda que tenía que afrontar la cena de Noche Buena con su familia. Con esa madre que a pesar de su edad seguía controlándola, la llamaba todos los días y no contenta con eso, maldecía que tuviera whatsapp porque de vez en cuando la perseguía también a por las malditas redes de Internet. Llegar a casa y ver a su padre que se había comprado unos auriculares inalámbricos para poder ir a cualquier punto de la casa sin perder ni un solo segundo de todos aquellos programas sobre política. Cuando llegaba le daba un par de besos y si cruzaba alguna palabra con él era sobre las elecciones catalanas, la corrupción y los paraísos fiscales. Después estaba su hermana casada con un hombre que no entendía como podía soportar y que además tenían un monstruito, perdón, un hijo mal educado e insoportable. Ese era su plan de Noche Buena, pensaba en todo aquello en medio de aquel atasco que debía soportar para salir de la ciudad hasta lo que llamaban muy modernamente ciudad dormitorio. Que venía a ser un pequeño pueblo cercano a Valencia, no más de un cuarto de hora en coche. ¡Modernidades!

Odiaba la Navidad con todas sus fuerzas, la falsedad de la gente que se saludaba por la calle con una sonrisa amplia como si realmente se alegraran de reencontrarse, con el consumismo vomitivo que había impregnado aquellas fiestas. Con las personas que de la noche a la mañana aquellos dos días se volvían buenos y casi iban buscando mendigos por la calle a quien dar dinero para lavar conciencias. Resopló cansada y asqueada por un igual. En aquel momento que la lluvia se había detenido miró al cielo, allí había una estrella a la que le pidió un cambio en su vida, estaba cansada de la que tenía ¡necesita de se milagro que decían se cumplía en Noche Buena! De casa al trabajo y del trabajo a casa, la exprimían tanto que cuando acababa su jornada le quedaban pocas fuerzas para hacer nada. A veces la soledad la oprimía tanto que pensaba se iba a volver loca, muchas veces había pensado comprar un perro, de esos de raza y que fuera bueno e inteligente. Sus ojos siempre se iban detrás de cada uno que se cruzaba por su camino. Sí, lo quería pequeño y de raza, pero en su familia nunca había existido un animal, su madre lo tenía prohibido.

–¡Vamos arrancar ya, que no me apetece aguantar las monsergas de mi madre!

Había silenciado el teléfono móvil harta de que le llegaran felicitaciones navideñas, Papá Noel bailando de mil maneras o con los renos y el trineo cruzando el cielo, diferentes árboles de Navidad. No entendía porque habían adoptado a aquel hombre con aspecto bonachón y algo borracho, con ese traje y esas barbas, ella siempre fue de los Reyes Magos. Pero las tradiciones habían ido cambiando tanto que muchas veces las propias se habían olvidado absorbidas por las ajenas.

La lluvia volvió a caer con fuerza, para cuando salió a la carretera estrecha y comarcal era una cortina insistente. Iba despacio muy atenta y como iba sola llevaba las luces largas puestas porque debía aminorar la marcha. Dio una curva cerrada a la derecha y unos metros más hacía delante se sobresaltó. Le pareció ver algo tirado en el suelo. Comenzó a temblar reprochándose ver Cuarto Milenio y todos aquellos fantasmas que salían por la noche. Dudó por si era a sombra negra y alargada de la que tanto hablaban ¡estaba segura que moriría de un severo infarto si era ella! Frenó porque aunque el miedo se apoderó de ella la curiosidad podía más en aquella lucha de emociones encontradas. Las luces rojas de sus frenos iluminaron algo, efectivamente, echado en la cuneta sobre un montón de piedras. Llovía a cántaros y pensó por un momento en algún motorista accidentado aunque no veía motocicleta alguna. Abrió la puerta y cogió el paraguas que había dejado en el suelo del asiento del copiloto. Puso los intermitentes de alerta y al dejar el pie en el suelo, se percató que la carretera era un riachuelo. Maldijo no llevar las botas al menos no se habría mojado los pies. Con la luz del móvil en una mano y la otra sujetando el paraguas se acercó con el miedo reflejado en su cara por lo que podría encontrarse.

–¡Hola! -no obtuvo respuesta. Insistió-. Hola… se encuentra usted…

Sus ojos se abrieron como platos y la voz se le quebró. Ante ella un pobre perro famélico, malherido y sollozando levemente. No supo qué hacer miró a un lado y a otro pero estaba completamente sola en la carretera.

–¡Dios! -susurró al acercar la linterna del móvil hacia el animal.

No lo pensó dos veces fue corriendo al coche, dejó el paraguas nuevamente donde estaba con anterioridad, abrió la puerta trasera y con rapidez el maletero, siempre llevaba una manta por lo que pudiera pasar. La extendió en el asiento trasero y sin perder tiempo se acercó al animal. Sabía que estaba muy mal herido pero aún así le dijo con temor.

–No voy a hacerte daño, no me muerdas ¿vale?

El animal abrió levemente un ojo mirándola con tanta tristeza que Amelia no se lo pensó dos veces, al ir a cogerlo se percató que era enorme y a pesar de su estado famélico pesaba lo suyo. Le costó llevarlo hasta el interior del coche, lo dejó con suavidad pero el perro ni siquiera emitió un quejido, cerró los ojos tiritando. Lo tapó con cuidado, entró al coche mojada de pies a cabeza, miró el teléfono e hizo una búsqueda rápida de veterinarios de urgencia.

–¡Vamos, vamos! -se giró mirando al animal que seguía con los ojos cerrados sin moverse más que por los temblores que le sacudían con fuerza.

La pantalla le dio un resultado que provocó en ella una pequeña sonrisa, saliendo de la carretera en la primera rotonda que había, se encontraba una clínica veterinaria de 24 horas. Agradeció que estuviera cerca porque para ella ese animal no aguantaría mucho tiempo.

–Aguanta, pequeño. Aguanta.

Esa misma noche, Noche Buena, un año antes en una caja con un lazo rojo aquel perro que en el momento en que arrancaba el coche comenzó a ver formarse un pequeño arco iris ante él, fue el regalo de Navidad para los niños de una familia. Los padres hartos de escuchar que querían un perro decidieron comprar uno por Internet, les costó un buen pastón porque era un perro de raza, les dijeron, no crecería mucho y era tranquilo, ideal para niños. Le pusieron por nombre Bueno, de haber sido hembra le hubieran puesto Buena como la noche.

El coche de Amelia derrapó al salir, se olvidó de la prudencia ante la persistente lluvia y entró en la rotonda a toda velocidad. Miró de reojo al perro que seguía inmóvil en el asiento tapado con la manta.

A Bueno el arcoiris se le estaba haciendo cada vez un poco más grande, pero aún tenía algo de consciencia para escuchar a la humana que lo había abrazado decirle que aguantara. Llevaba más de seis meses sin sentir un abrazo. Sin sentir una caricia. Recordó como cuando era bebé los humanos de aquella casa se reían con él, aunque la mamá humana le reñía y pegaba con un periódico cada vez que se hacía pis, porque no entendía que había que esperar todo el día para que el papá humano al regresar del duro día de trabajo lo bajara a la calle. Le gustaba dormir abrazado a las piernas del pequeño de la casa que era quién más lo quería, aunque fuera solo al principio, cuando Bueno era pequeño y gracioso, al menos, eso decían. Después con el paso del tiempo sus patas fueron alargándose mucho, demasiado decían los padres humanos.

–¿Tú estás seguro que no crecerá? Has visto que patas.

–No sé en el anuncio ponía que no crecía.

–No voy a soportar un perro grande en casa, te lo advierto -le acusaba la mamá humana.

–¡Y a mí qué me dices! Encima que soy yo quien lo baja a la calle haga frío o llueva… tú no haces nada por él.

–Perdona voy recogiendo todos los destrozos que hace.

En esas peleas de humanos, Bueno se sentía muy mal y se escondía detrás del sofá. Él no entendía por qué crecía tanto, siempre escuchó que querían un perro pequeño y él por las noches antes de dormir solo en el cuarto de la plancha pedía a quien fuera que detuviera sus patas.

El pobre Bueno recordaba en ese momento en que no podía abrir los ojos como al encontrarse un día por el parque con sus amigos, vio que faltaba un bonito yorkshire que era muy dicharachero a pesar de su edad, le encantaba jugar con él porque siempre estaba dispuesto a corretear. Era simpático y muy cariñoso. Al preguntar por él uno de sus compañeros de juego le dijo con tristeza:

–Ayer cruzó el arcoiris perruno.

–¿Qué es eso?

–El lugar donde vamos cuando dejamos la vida en la tierra. Cuando lo cruzas ya no hay marcha atrás, no vuelves a ver a los tuyos.

–¿Y no lo voy a ver más? -su corazón sintió un pequeño dolor por su amigo.

–No. Solo cuando mires tu corazón y lo recuerdes.

–Yo no quiero ir a ese lugar, quiero estar con mis humanos.

–Bueno, todos iremos.

–¿Los humanos también?

–También -le dijo un gran Danés-. De todos modos tus humanos no son muy agradecidos, ten cuidado pórtate bien.

–¿Por qué dices eso? -preguntó molestó.

–La semana pasada unos humanos llevaron a Botijo a una Protectora y lo abandonaron allí porque decían que se portaba mal. Ten cuidado con los tuyos, se nota a la legua que no les gusta demasiado tenerte.

–Mis humanos jamás harían eso.

Le dolió tanto que su amigo le dijera aquello que con un movimiento fuerte de cola se fue hasta su papá humano para apoyar sus patas delanteras en él para que vieran lo mucho que lo quería.

–¡Bueno, ya me has manchado! ¡Mira qué eres torpe!

La mirada de sus amigos le hizo temblar.

Tembló tanto como en aquel momento estaba haciendo en el asiento trasero de aquel coche, veía que el arcoiris se hacía más grande y había una puerta al final. Estaba a punto de echar la toalla, podría ir con su amigo Pin a jugar por aquel lugar perruno.

Amalia frenó en seco justo en la puerta de la clínica. Salió corriendo bajo la lluvia, abrió la puerta del coche dejándose las llaves puestas, el bolso en el asiento del copiloto, cogiendo al perro como pudo en brazos. No supo cómo pero ante ella con un paraguas apareció un chico de melena y pendiente en la nariz.

–¡Yo lo cojo no se preocupe! Tenga el paraguas.

Y así fue, cogió al animal desapareciendo tras la puerta. Al menos, lo había salvado de una muerte segura en la carretera bajo la lluvia y solo. Se giró para meterse en el coche pero entonces se percató que debería dar explicaciones. Detuvo el motor, cogió el bolso y entró en aquella clínica. Vio como había un pasillo y supuso que el perro estaría allí con aquel chico. Anduvo unos pasos y efectivamente lo encontró sobre una camilla junto al chico y una chica que no paraban de ponerle cosas en su cuerpo malherido.

–Me lo he encontrado en la carretera -dijo con un hilo de voz.

Su impresión fue mayor al verlo tumbado, estaba en los huesos, tenía una herida en una pata y otra en la cabeza, tragó saliva humedeciéndose sus ojos.

–¿Se va a morir? -preguntó.

–Póngase delante, en su morro y háblele, vamos a intentar que no pero su estado es penoso.

–Pero no me conoce.

–Usted lo ha salvado, créame, le conoce.

Amelia hizo lo que el chico le pidió, al acercarse su impacto fue brutal el perro temblaba y asombrada vio como si una lágrima cayera de uno de los ojos, pero eso no podía ser, los perros no lloran, sin embargo, juraría que él lo estaba haciendo. No lo dudó, tragó saliva para atemperar los nervios que se le habían atenazado en la garganta. Se sentó en un pequeño taburete que le dejaron y comenzó a hablarle.

–Vamos pequeño te van a poner bien y todo volverá a ser maravilloso. Te aseguro que vas a ser muy feliz. ¡Pero tienes que hacer un esfuerzo! No vas a estar solo nunca más. Te lo prometo pequeño.

Y así continuó hablándole, durante un buen rato, los dos veterinarios luchaban con la frente perlada de sudor por salvar su vida, se dieron cuenta que no estaba atropellado, simplemente estaba agotado y muerto de hambre. Le quedaba un hilo de vida y a ese hilo se aferraron para poder sacarlo hacia delante. Estaban poniéndole otro gotero cuando Amelia notó como le vibraba el móvil en la pantalla aparecía su madre.

–Lo siento, tengo que cogerlo iba camino de la cena de Noche Buena.

–Tranquila.

–¿Dime, mamá? -salió de allí con la sensación de ahogo.

–¿Te falta mucho?

–Es que he tenido un contratiempo -dijo apoyándose en la pared mientras el nudo que se le había formado en la garganta se le iba deshaciendo dejando escapar unas lágrimas y se transformó en llanto.

–¡Hija has tenido un accidente! -gritó encolerizada su madre.

–No, no, es que me he encontrado un perro tirado en la carretera y lo he traído al veterinario.

–¿Un perro? ¿Y qué haces tú en el veterinario?

–Mamá está muy mal.

–¡Mira ya estás tardando en venir que la sopa está ya hecha! ¡No me he pasado toda la tarde cocinando para que por tu culpa tenga que echarla a la basura!

Colgó con unas ganas locas de contestar a su madre. Sin embargo, olvidó con rapidez la bronca del teléfono para volverse a asomar. En aquel momento habían tapado al animal con lo que se parecía a las mantas térmicas que llevan en las ambulancias, además lo habían motorizado y puesto goteros en su pata delantera.

–¿Lo habéis estabilizado? -preguntó nerviosa.

–Está bastante mal, no te lo voy a negar. Pero no podemos hacerle nada más si no tenemos un mínimo de sus gastos cubiertos. Y como tú lo has encontrado -le dijo con tacto la chica.

–Claro, claro, me voy a hacer cargo de su factura, no os preocupéis.

–¿Estás segura?

-Sí.

–En caso que no aparezcan los dueños, ¿te lo vas a quedar tú?

–No, yo no, pero no puedo verlo así, me duele.

–Rosa tiene chip -dijo el chico asomándose por la puerta-. Quien sabe igual se obra el milagro de Navidad y se les ha escapado.

-¡Ojalá! -dijo la veterinaria-. Entonces voy a explicarte un poco lo que hemos pensado que deberíamos hacerle y cuanto te costaría.

-De acuerdo.

-Voy a darte una toalla para que te seques un poco.

-Gracias. ¿Crees qué se haya perdido?

-Es un galgo, no lo creo.

-¿Y eso que quiere decir?

–Los galgos son una raza muy castigada en nuestro país, están destinados a cazar y cuando no les sirven los abandonan. En la mejor de las suertes.

–¿Quieres decir que los matan?

–Sí, hemos visto de todo con Galgos y Podencos. Pero como lo has encontrado en esta noche tan especial quiero creer que vamos a encontrarle su casa.

-¿Y si no?

-Tendremos que llevarlo a la Protectora, ellos se harán cargo de él. Hay que evitar las perreras a toda costa.

–La verdad que yo siempre he querido tener un perro pero no grande -lo dijo mirando al precioso galgo jaspeado.

–Bueno, ya has hecho bastante créeme. Supongo que otros habrán pasado de largo.

–Estaba muy oscuro, y yo porque iba despacio.

–Mira entre las analíticas, radiografías, ecografía y alguna que otra prueba te va a subir un buen pico. ¿Estás segura qué quieres hacerte cargo?

–Sí.

Al decirle al cantidad Amelia asintió, no era millonaria pero aquel animal había causado en ella algo imposible de describir. Su mirada le había impresionado tanto que al menos quería contribuir a que lucharán por su vida. Volvió a sentarse en el taburete, la chica se había marchado y oía al chico hablar por teléfono.

–Mira creo que ha localizado a tus dueños… seguro que vienen corriendo a por ti.

En ese momento el débil galgo jaspeado la miró con los ojos repletos de dolor. ¿Cómo explicar el escalofrío que le había causado esa mirada? ¿Acaso entendía sus palabras?
A Bueno aquella pregunta le empujó irremediablemente al momento en que su papá humano le hizo subir al coche. Le encantaba salir con los humanos a la montaña, le encantaba correr libre por cualquier lugar aunque después se llevara la bronca de su mamá humana por ensuciarlo todo. Recordó mirando a aquella mujer que tenía delante, como el recorrido fue largo, estaba impaciente por bajar y correr. Entonces vio como se detenía en plena carretera. No había campo, le cogió de la correa bajándolo de golpe, entonces le quitó el collar de alrededor del cuello, aquel del que estaba tan orgulloso que le había hecho meses antes cuando aún le hacia caso la humana hija, antes de que le regalaran un artilugio que llamaban teléfono y, cada vez que iba a posar su largo morro en las piernas de la joven, acabara empujándolo porque no la dejaba chatear con sus amigas. El pobre Bueno estaba pensando aquello cuando notó como algo golpeaba su lomo, aulló de dolor y al girarse vio al papá humano con algo largo en su mano golpeándole y dándole patadas. Él lejos de huir esperaba que terminara no sabía qué había hecho mal, había bajado del coche sin tirar de él. Hasta que uno de esos golpe le dio duramente en cabeza y notó como algo caliente recorría su pelaje, fue entonces cuando echó a correr. Se detuvo al ver como su padre humano subía al coche daba la vuelta y se marchaba. Él corrió todo lo que sus patas le dieron de sí, pero no podía alcanzarle y para su suerte pudo esquivar un coche que venía por detrás que a punto estuvo de atropellarlo. Se quedó allí parado, nervioso, caminando unos pasos hacia delante, otros hacia detrás, lloriqueando, aullando, ladrando y por más que quería buscar una solución no encontraba ninguna. Estaba muerto de miedo. Y lo peor. Estaba solo en medio de la nada.

A los cinco minutos entraron ambos veterinarios con cara de circunstancias. No les sorprendía porque era más habitual de lo que deseaban.

–¿Qué han dicho? -les preguntó preocupada.

–Que es suyo pero no lo quieren, se escapó hace unos meses y no quieren saber de él.

–No me lo puedo creer -los miró incrédula

–Lo hacen mucho más de lo que se puede imaginar nadie. Me ha dicho que fue un regalo de Navidad para sus hijos pero que el perro es bastante malo y los hijos no lo quieren.

–Siguen pensado que son juguetes -añadió con rabia la veterinaria.

–¿Entonces qué va a ser de él?

–Mañana llamaremos a la Protectora para decirles que tenemos aquí un perro, pero habrá que llevarlo algún refugio para galgos, son animales muy delicados y con las protectoras y refugios desbordados de animales para ellos es un estrés muy grande. Es una raza que no se les puede tratar de cualquier manera.

–¿Y lo adoptarán?

–Hay perros que se pasan toda la vida en una Protectora o Refugio y acaban muriendo de pena o por vejez. No todos tienen la suerte de ser adoptados.

–Mucha gente prefiere comprarlos con pedegree y bebés, hasta los animales cuando nacen tienen su estrella unos nacen con ella y otros estrellados.

Amelia se quedó pensativa, miró a Bueno sintiéndose tan mal, ella había pensado comprar un animal de raza sin ser consciente de que existía el problema de los perros abandonados y maltratados.

–De momento parece que está estabilizado, si quieres puede irte -le aconsejó la chica con tono dulce.

–¿Sabéis la edad que puede tener?

–Un año justo, lo regalaron en Noche Buena es un regalo de Papá Noel -dijo con fastidio el chico que se le notaba afectado-. Me juego mi sueldo a que no se escapó, tal y como me ha hablado lo debieron abandonar.

–Abandonado y además maltratado… la eterna problemática de un país que mira a otro lado con los animales.

En ese momento el teléfono de Amelia volvió a sonar. Volvía a ser su madre al otro lado, ya no iba a hablarle a medias tintas, ya no iba a ser comprensiva que según ella era mucho, ni iba a tener la santa paciencia de aguantarla porque estaba harta de aguantar a todos.

–¡Dónde estás! -le recriminó con voz dura.

–Aún estoy aquí, mamá estoy esperando que me digan si está estabilizado.

–¡Y a ti qué te importará ese perro! Vamos digo yo, ¿es antes un perro que no conoces de nada que tu familia? ¡La sopa ya está! ¡Las chuletas se van a enfriar y tu padre está que trina porque se va a perder el mensaje del Rey!

–¡Cuñadita deja de poner excusas tontas y ven! ¿Qué estarás haciendo? Te estamos esperando -decía su cuñado ya un poquito alegre-. Andrés ven a cantarle un villancico a tu tía.

Era detestable, sabía que odiaba los villancicos.

–En cinco minutos estoy ahí.

Colgó con ganas de pasar la Noche Buena con aquellos dos veterinarios, ellos tendrían familia pero estaban allí, es cierto que era su trabajo, pero estaban luchando por sacar hacia delante aquel pobre infeliz que su familia había rechazado.

–Voy a pagar la parte que ya habéis hecho. Os dejo todos mis datos para que os pongáis en contacto conmigo y haga el pago total.

–Tranquila, nos fiamos de ti -le dijo la chica con una sonrisa.

–Espero que a partir de ahora le vaya mejor. ¿Puedo despedirme de él?

–Por supuesto.

Entró y el perro seguía temblando, con un apósito en la cabeza donde le habían estado curando aquel corte enorme que se había secado fruto del paso del tiempo y el que tuvieron que limpiar profundamente. Se acercó y volvió a sentarse frente a él. No le decía nada tan solo lo miraba con un gesto de profunda pena.

–Suerte, pequeño. Espero que te quieran mucho.

El animal abrió un ojo y movió levemente la pata como si no quisiera que se fuera. Ella sonrió dejándole una caricia tan temblorosa como lo estaba él.

Salió de aquella clínica con las pulsaciones a mil, había dejado de llover. Inspiró con fuerza para ir a esa maldita reunión familiar. Llegó con el gesto torcido y sin una gota de maquillaje que el agua había arrasado al coger al perro. Le abrió su padre con los cascos puestos.

–Pasa al final me voy a perder el discurso.

–Hola papá, yo también me alegro de verte -dijo susurrando con gesto apático.

–Será posible que por culpa del chucho ese tengamos que cenar más tarde ¡solo espero que no hayas pagado nada! ¡Qué tú eres capaz! ¡Qué se apañe!

–Hola mamá.

–¡Tía, tía! ¿No traes al chucho?

–No Andrés, el perro está malito.

–¡Cuñada! -cómo odiaba ese grito que le daba mientras la abrazaba arrimándose demasiado.

–Ya veo que has empezado a beber sin mí -lo empujó levemente apartándolo.

–¿Ha estirao la pata el chucho?

–Papá yo quiero uno -decía gritando el niño.

–Tu madre no quiere. Venga cántale a tu tía algún villancico -decía dando una carcajada.

–¡Pero tú sabes la hora qué es! -le reprochó la hermana-. Andrés está acostumbrado a cenar antes.

–Lo siento.

–Oye… ¡tú has llorado! No me digas que aún sigues llorando por las esquinas a tu ex -muy típico de su hermana recriminarle sin tacto alguno.

–No.

–¡Qué no me entere yo que derramas una lágrima por ese malnacido! -le decía su madre mientras ponía la sopa.

–Voy a lavarme la cara.

Despareció por el pasillo con una sensación extraña en el pecho. No podía quitarse de la cabeza a aquel pobre perro jaspeado. Mientras se secaba el rostro recordó otras noches como aquella dónde había uno más en la familia, todos se deshacían en halagos hacia él, era el yerno favorito por lo buena persona y cariñoso que era. Lo malo realmente era que ese cariño le gustaba repartirlo fuera de casa con demasiadas mujeres. Suspiró con fuerza porque no quería pensar en nada. Lo único que pedía era que la noche pasará lo más rápido posible.

–¡¿Piensas dejar los auriculares y el mensajito del Rey qué siempre dice lo mismo, y por una noche centrarte en la familia?! -gritó su madre enfurecida con la cuchara de servir la sopa en la mano blandiéndola al aire.

-¡Ya estamos! -refunfuñó el padre.

-¡Claro suegro aprovechemos para hablar del Real Madrid!

-No me toques los…

-¡Vale ya! Ni fútbol ni política ¡a ver si puedo tener una Noche Buena tranquila!

Cortó la madre el primer conato de discusión. Y así toda la cena, amagos incendiarios del cuñado, que chinchaba al suegro fervientemente anti madridista, la televisión puesta con Raphael cantando o intentándolo de fondo. El niño sin parar de gritar ¿por qué los niños gritaran tanto? Se preguntó Amelia reconfortándose por no tener uno. Agradeció terminar la cena, no tenía ni ganas ni cuerpo para aguantar más tonterías. Brindó por la unión (falsa) de la familia, por la salud y porque el año siguiente estuvieran todos.

–Mamá, me voy ya que la entrada a Valencia se pone fatal y para aparcar me las veo y deseo.

–¿A qué hora vienes mañana?

–No voy a venir, lo siento, pero quiero pasar la Navidad sola -hasta ese momento no había pensado en esa opción, pero no podría soportar de nuevo otra falsa reunión familiar.

–Sola! ¿Cómo si no tuvieras familia? -ya estaba el chantaje emocional en marcha.

–No, sola teniendo familia porque me apetece. Igual me acerco a media tarde.

–¡Sí, hija mía, sí! A ver si te vas a herniar por pasar la Navidad con tus pobres y viejos padres. ¡A saber si el año que viene estaremos! Ya nos echaras en falta… ya.

Salió a la calle hacía un frío importante y una humedad que se calaba en los huesos. Había parado de llover y agradeció que un viento helado le golpeara la cara. Se metió las manos en los bolsillos del abrigo, anduvo un rato hasta llegar al coche que había tenido que dejar encima de la acera. Entró y metió primera, salió despacio dirigiéndose hasta la clínica veterinaria. Lo hizo con el corazón encogido, ¿qué habría pasado con el galgo jaspeado? No se lo había podido quitar de la cabeza.

–Buenas noches -saludó a la chica que estaba frente al ordenador.

–¡Buenas noches, Amelia! Pasa.

–Lo siento no quería molestaros pero he pasado por aquí y me gustaría saber cómo estaba el perro.

–Se llama Bueno. Y está descansando, al menos hemos podido estabilizarlo y que deje de temblar. Pero los resultados que le hemos podido hacer aquí dicen que no está nada bien. Tiene una anemia brutal y los golpes le han dañado su pata trasera y alguna costilla. Es un milagro que haya aguantado, la verdad.

–Pobre -lo dijo sintiendo realmente pena por él.

–¿Quieres verlo?

–¿Puedo? -sonrió.

–Por supuesto.

–¿Ya sabéis que vais a hacer con él?

–Se va a tener que quedar ingresado, no sé el tiempo lo digo por los gastos que te va a suponer.

–No te preocupes por eso. Utilizaré la extra para él -sonrió-. Creo que será un buen regalo de Navidad para él.

–Mañana hablaremos con una asociación que se encarga de los Galgos a ver que pueden hacer, pero están saturados, esta época es mala, horrible para ellos.

–¿Cómo pueden hacer esto? -preguntó con la frente arrugada por el impacto de verlo.

–Según le dijo a Javi les engañaron cuando lo compraron, ellos no tenían ni idea de perros y sus hijos querían uno, les dijeron que no iba a crecer, ¡pero es un galgo, maldita sea! Este país es insensible con ellos en particular y con los demás animales en general.

–Algo he visto, sí. Me parece vergonzoso que se traten así a los animales.

–¡Mira ha abierto un ojo! Yo creo que reconoce tu voz como su ángel de la guarda.

–Hola Bueno, espero que te pongas bien ¿eh? Lucha para ponerte bien y seguro vas a tener una vida mucho mejor -le decía sonriendo mientras le acariciaba la pata.

–Esperemos que así sea -añadió la veterinaria con un halo de esperanza-. Digamos que hoy podemos pedir ese deseo para Bueno.

–Sí.

Su sonrisa aunque fue triste trató de dar fuerzas a ese deseo.

A Bueno le gustaba correr pero cuando se quedó solo en medio de la nada, no supo hacia donde dirigirse, tan solo las palabras de sus amigos se repetían en su mente. Tu familia no es buena. Nunca pensó que aquello podía pasarle a él. Se sintió tan mal. Anduvo por lugares que no conocía, tenía una sed tan grande que no podía tragar, aunque para su suerte se puso a llover y se formaron charcos donde aunque el agua tenía un sabor raro refrescaba su garganta. El miedo seguía atenazado cada vez que tragaba. Se detuvo bajo un puente, al menos podía refugiarse de la lluvia. Lloriqueaba sin cesar, no sabía que otra cosa podía hacer. Se tumbó a dormir pero entonces un ruido muy fuerte le despertó, aterrado vio como una luz muy potente se acercaba hacia él, sin pensarlo salió huyendo mientras aquella cosa grande se acercaba más y más a él. Pasó con tanta fuerza por su lado que lo echó al suelo. Volvió a temblar no entendía que le estaba sucediendo no podía creer que en tan solo un paseo en coche su vida fuera la que tenía. Caminaba lento, deambuló durante días las tripas le crujían y las patas le dolían, hacía demasiado calor por el día como para caminar, y no siempre encontraba agua. Hasta que un día encontró a unas personas, se dirigió a ellos con las pocas fuerzas que tenía en busca de algo de cobijo y comida, sin embargo, lo único que recibió fueron gritos y lanzamiento de piedras.

–¡Se va a comer las gallinas! ¡Échalo! ¡Échalo! -gritaba una mujer.

– ¡Tráeme la escopeta!

Bueno ante el timbre de voz salió corriendo llorando. Se cobijó en una arboleda y se tumbó allí desolado. Recordando el tiempo en que los pequeños humanos jugaban con él, le hacían trastadas pero le gustaba el tacto delicado de la piel del pequeño. Cuando fue creciendo, el niño ya no quería que durmiera con él en la cama y lo dejaban solo en el recibidor, había aprendido a que si no se movía no le cerraban la puerta. Pero aún así, cuando sonaba aquel sonido en la habitación de los humanos, salía corriendo moviendo la cola porque otro nuevo día amanecía para ser feliz con ellos. Así se durmió anhelando lo que había sido su vida. Los días posteriores los pasó caminando sin rumbo, nada más su instinto y hocico le hacía seguir un rastro hacia delante, aquella misma tarde al pasar por una calle, una mujer lo vio ensangrentado y un poco cojo, le dio tanta lástima que se acercó con cuidado a él, él no sabía sus intenciones prefiriendo quedarse quieto.

–Hola, bonito. ¿Pero qué te han hecho? ¡Estás malherido! Anda ven, ven conmigo te daré agua y algo de comida. Vamos… venga ven… ¡estás muerto de miedo!

La mujer comenzó a caminar y él la siguió a cierta distancia, no se iba a fiar nunca más de los humanos. Pero aquella mujer mayor sacó a la puerta de su casa un cacharro con agua fresquita, y lo mejor de todo ¡comida! Bueno la devoró.

–Madre mía, si pudiera curarte pero no sé, bonito. Y por aquí mejor no te quedes que los niños son muy brutos y se lían a pedrazos con los pobres perros que no tienen dueño. Descansa un rato yo velo por ti.

Y así fue. La mujer de buen corazón se quedó sentada en la puerta de la casa mientras Bueno dormía, volvió a ponerle comida y otra vez agua. Y el animal bebió y comió, pero entonces le entraron ganas de hacer pis, y no se le ocurrió nada mejor mientras que la mujer recogía los cacharros para que nadie le recriminara haber ayudado al perro, levantó la pata en la pared de la casa de al lado. Al instante una mujer con una escoba salió para golpearlo, el pobre Bueno se libró por poco mientras corría despavorido huyendo de más golpes.

En el reloj de la clínica marcaban las cuatro y media de la mañana. La pareja de veterinarios y Amelia se habían sentado a tomar un café. Y hablaban distendidamente.

–Confieso que antes de encontrarme con Bueno, pensaba comprarme un perro de raza. Siempre me han gustado los animales pero nunca me han dejado tener uno. El otro día leí en algún lugar un cartel que ponía no compres, adopta. Decían de adoptar perros abuelos y abandonados pero me pareció que aquello no sería lo mejor, esos animales quizá sean abandonados porque son traviesos… Ahora me siento mal por haber pensado en comprar y por haber pensado eso de los pobres animales que ahora entiendo mejor lo que deben sufrir.

–La verdad que hay mucha gente que compra animales como si fueran juguetes o cosas, los animales son seres que sienten, tienen un corazón maravilloso, son leales y cariñosos. No puedes coger un animal si no estás seguro de que vas a poder hacerte cargo de él porque él depende de ti.

–Imagino que debes plantearte muchas cosas antes de adoptar -les dijo Amelia con esa tristeza que la acompañaba tras ver el estado de Bueno.

–Exacto, yo tengo cuatro gatos y dos perros, todos son de la protectora -dijo el chico-. Pero sé que he hipotecado mi vida, muchas veces no puedo irme de viaje, por ejemplo, hasta que no tengo todo preparado para ellos y una persona de máxima confianza que los atienda en mi ausencia no me voy. La comida es un gasto, las vacunas, llegar a casa cansado y tener que bajar a pasear a los perros a veces no es agradable. Pero a cambio recibo tanto amor que no me veo viviendo de otra manera.

–Si Javi pero no todas las personas están preparadas para tener animales. Pasa igual que con los hijos, hay padres que mejor no deberían tener.

–Eso es cierto -apuntó Amelia pensando en su cuñado.

–Y luego los maltratadores no pagan por lo que hacen, no hay leyes contundentes, ni prohibición de vender animales, ni criaderos. Una parte de la sociedad utiliza a los animales por egoísmo, y cuando no les interesa los abandona. Y entonces está la otra parte de la sociedad que debe luchar por salvarlos, pero no siempre se puede porque ya tiene tantos que hay en algún momento que parar. Y así, día tras día, resulta agotador -decía con rabia en la voz la veterinaria.

–Voy a darle un vistazo a Bueno -dijo el chico con rostro serio.

–Yo me voy a ir, creo que es la Noche Buena que más he trasnochado -dijo sonriendo aunque con tristeza-. Ha sido un gusto pasarla con vosotros.

–Para nosotros también, siempre y cuando consigamos salvar a Bueno será un placer de noche.

En la cama pensó en todo aquello que le habían dicho, la cantidad de animales abandonados, los refugios y protectoras colapsados, asociaciones y gente que les gustaba los animales totalmente rebasados en sus posibilidades de sacar hacia delante los abandonos y maltratos. También pensó en todo lo que Bueno habría sufrido y le dolió el alma. Con esa pena se durmió.

A la mañana siguiente era Navidad, aquella noche habrían ocurrido muchos milagros según decían. Pero a ella se le había quedado un sabor agridulce. Mientras desayunaba miró en su teléfono más información sobre los animales abandonados pero llegó un momento que tuvo que parar, era desolador y a su mente llegaba una y otra vez el pobre Bueno. ¿Qué sentiría al verse solo? No podía dejar de hacerse esa pregunta. Se duchó con rapidez, se puso ropa cómoda y cuando iba a salir de casa recibió una llamada. No conocía el número y estuvo tentada de no contestar, pero sin saber por qué al final lo hizo.

–Hola, me llamo Rosalía soy de la asociación de Galgos de Valencia y me han dado este número de teléfono por el galgo que encontró ayer.

–Sí, Bueno.

–Exacto.

–Soy Amelia, encantada.

–Verá me han dicho que se ha hecho usted cargo de pagar su tratamiento, acto que agradecemos de corazón porque estamos desbordados. Por esta razón nos gustaría saber si hay alguna posibilidad que usted sea casa de acogida para él, sé que le pido demasiado ya es mucho lo que ha hecho pagando su factura pero… ¿podría ser casa de acogida?

–¿Casa de acogida? -preguntó frunciendo el ceño.

–Sí, la mayoría de los galgos se tienen que recuperar en casas de personas que los acogen.

–La verdad… yo… nunca he hecho algo así.

–¿Estaría dispuesta a hacerlo?

Durante el camino hasta la clínica estuvo pensando la respuesta. No era su intención abandonar al pobre perro pero tampoco sabía si estaba preparada para hacerse cargo de él. Al llegar, la recibió la misma veterinaria que la noche anterior.

–¡Hola Amelia! ¡Vamos, pasa, ven! ¡Feliz Navidad!

–¡Feliz Navidad!

La felicidad de la veterinaria le hizo entender que algo había pasado y no debía ser malo. Al entrar a la sala donde estaban las casetas para los perros enfermos, vio que Bueno estaba sentado con los ojos cerrados y un ligero movimiento de cabeza pero, le provocó una sonrisa ver el cambio en tan solo unas horas.

–¡Bueno! -exclamó contenta y de repente el perro abrió los ojos y la miró. Movió un poco la pata y aquel gesto le llegó al alma a Amelia-. ¡Hola, pequeño!
–Parece que te reconoce -voy a abrir la puerta.

–¿No saltará?

–No tiene fuerzas, créeme.

–Cariño…

El animal apoyó su cabeza en la mano de Amelia que a pesar del respeto que le provocaba poco a poco fue acariciándole con mayor seguridad, hasta que Bueno apoyó delicadamente su cabeza en la frente de Amelia.

–Creo que te está dando las gracias.

–Sí, yo también -sonrió emocionada.

–Me ha dicho Rosalía que ha hablado contigo.

–Sí, pero… no sé si estoy preparada para ser casa de acogida.

–No es obligación nada más que como te estás haciendo cargo de él y lo encontraste tú, hemos pensado que sería una buena opción.

–¿Tú también?

–Javi dice que fue una señal para ti, él cree en esas cosas.

Amelia suspiró despacio con gesto impactado, Bueno se había dormido apoyando su largo hocico sobre su mano. Decidieron salir y dejarlo descansar. En ese momento el veterinario salía de una de las salas y les contó las novedades. Posiblemente podrían salvarle la vida. Tan solo tenía que guardar reposo para recuperarse de las heridas, aunque la pata necesitaría una operación, y mucho amor para superar su calvario

Cuando Amelia se marchó, Javi le dijo a su compañera.

–Se lo va a quedar.

–No sé, no es el perro que ella quería, ya sabes que quería uno pequeño.

–Bueno la ha elegido ¡y ya sabes eso lo que significa!

–Espero que sí, porque se le ve buena mujer y quizá, le dé un futuro repleto de amor a este cuatro patazas.

Por la tarde como les dijo a sus padres pasó para felicitarles la Navidad, sabía que a esas horas su hermana se habría marchado. Al llegar estaban los dos en el pequeño salón, el comedor tan solo lo utilizaban ya cuando se reunían todos que solía ser en Navidad y cumpleaños. Estuvo un rato allí mientras su madre le decía todo lo malo que conlleva tener perro. Trataron de quitarle la idea de la cabeza. Y al marcharse les dijo que aquel perro era el resultado de su petición de que algo bueno llegara a su vida.

–¡Lo bueno que tiene que llegarte es un hombre! -le dio su madre mientras la acompañaba a la puerta.

–Mamá… no necesito un hombre para vivir, créeme.

–No sí, tienes razón, no hay más que ver a tu padre ¿para qué me sirve? Para discutir todo el día ¡qué me tiene harta! Míralo no quiere salir a ningún sitio ¡y si me voy yo me controla lo que tardo! Pero yo me iría de este mundo más tranquila si te dejo con un hombre que te cuide.

–Mamá, me sé cuidar sola y mucho mejor que con un hombre al lado, te lo aseguro.

–¿Ya vas a sacar tu parte feminista?
–No quiero discutir, hoy es Navidad. Ya hablamos.

–De acuerdo, hija. ¡Imagino que si a mí me hubieran explicado las cosas, también sería feminista para luchar por los derechos de tantas y tantas mujeres! Pero a nosotras se nos educó para servir al hombre. Bueno… después de mi discurso solo te digo una cosa, no te quedes al chucho.

Salió de casa de sus padres y se fue a su casa sin pasar por la clínica. Le había dicho a Rosa que si había alguna novedad se lo hiciera saber. A la mañana siguiente cuando entró a trabajar se fue directa al despacho de administración, pidió las vacaciones más los días atrasados que le debían porque tenía un problema personal y debía solucionarlo. Le asombró que no le costara que le dieran lo que era suyo, sus veinticinco días porque por muy suyo que fuera, las empresas ya se sabe que hoy en día hacen lo que les da la gana al respecto. Terminó su jornada, subió al coche sabiendo que al día siguiente no iba a volver a trabajar. Cruzó la ciudad, salió a la carretera comarcal y al llegar a la clínica se encontró con dos veterinarios distintos, pero que la atendieron con la misma amabilidad que Rosa y Javi.

–Nos ha avisado mis compañeros que vendrías.

–Sí. ¿Qué tal está?

–Muy débil pero se nota que está a falta de cariño, lo único que hace es reclamar mimos con la mirada.

Al entrar Bueno tenía apoyado su morro sobre su pata, todo eran ojos, su delgadez hacía que sobresalieran captando toda la atención de la tristeza que se asomaba en ellos. Al ver a Amelia levantó la cabeza y emitió un pequeño lloriqueó.

–¡Vaya parece que te reconoce!

–¡Hola Bueno! -el animal hizo esfuerzo para ponerse en pie-. No, cariño, no… tranquilo yo te acaricio.

La confianza en él era total, el miedo que sentía con los perros de gran tamaño, ante Bueno se le fue. Lo acariciaba con una sonrisa en los labios, y sin poderlo evitar comenzó a llorar sobre él. Entonces la lengua del perro se llevó sus lágrimas mirándola con gesto de pena.

–¡Me alegro de que tú seas el regalo de mi Navidad! Ese milagro que pedí, pequeño… ¿quieres venirte conmigo? ¿Eh? ¿Qué dices? ¿Quieres que yo sea tu regalo?

En ese momento lo abrazó con cuidado y el animal posó su morro en el hombro de Amelia que lloró abrazada a él. Aunque eran lágrimas de inmensa felicidad.

–Me has robado el corazón.

Cuatro meses después, Amelia corría con Bueno por la montaña eran inseparables. A partir de su recuperación que fue dura, larga y nada fácil crearon un vínculo que jamás se rompería. Bueno le daba todo el amor que necesitaba, además, se había comprometido con la Protectora y les ayudaba en todo cuanto podía. Tuvo la ayuda de Javi y Rosa que en todo momento la apoyaron porque lo que más le costaba a Bueno era confiar en la gente, cuando alguien se acercaba a él, temblaba sin poderlo evitar. Por esa razón, Amelia le pidió ayuda a sus padres, renegaron al conocerlo pero increíblemente su padre dejó los auriculares y programas de política para salir a pasear con él cuando lo llevaba a casa. Su madre le preparaba pollo hervido y tenía una enorme cama para dormir en el comedor, y se mostraba encantada cuando compartía el sofá con ella. Bueno nunca más volvió a recordar su pesadilla vivida porque a pesar de todo lo sufrido no guardaba rencor. Porque junto a Amelia descubrió que era el amor de verdad, no solo el suyo, también ayudó a otros perros que como él habían sufrido maltrato y abandono. Bueno se convirtió en el milagro de Navidad que Amelia pidió. Y se sentía inmensamente afortunada de tenerlo a su lado. Era feliz con su perro, con su nueva vida como voluntaria y difundiendo a todo aquel que le hablaba de que quería comprar un perro la historia de Bueno, la cantidad de animales maltratados y que había que luchar por conseguir que esa lacra terminara. Y todos los días se encontraba con alguien que hablaba de comprar, por eso todos los días tenía que seguir gritando al mundo:

NO COMPRES, ADOPTA.

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