MI QUERIDA, ÁNGELA

Mi querida, Ángela.

Te envío esta carta allá donde quiera que estés. Quiero imaginar que estarás con tu sonrisa y esa mirada azul siempre brillante.

Hace doce años que nos conocimos. Cuando las sesenta personas que estábamos en la residencia éramos una familia. Tú fuiste una de las primeras en llegar. Con tu chaleco azul de lana que te gustaba tanto llevar en invierno o en verano, tus blusas a juego. El bolso negro cruzado sobre el pecho y esa sonrisa que te caracterizaba.

Hace unos días se apagó para siempre tu sonrisa en la tierra, y sentí ese dolor que provoca la persona que ha dejado una huella en tu vida. Y sé que no solo yo me he sentido así. Eras bien querida por todos porque siempre fuiste especial.

Al principio de llegar, fuiste de las pocas mujeres que salías a la calle y hacías recados para las demás, después de comer bajabas a tomarte tu cafecito con Alberto, Consuelo y Pepe. Reíais sin parar. Lo recuerdo como si pudiera veros ahora mismo delante de mí. De aquellas sesenta personas has sido la última en marcharte. Doce años dan para muchas anécdotas, para muchos momentos divertidos, también tristes y dolorosos. De estos últimos prefiero no acordarme.

Pero siempre me quedará en la memoria aquella Noche Buena primera que hicimos una fiesta de las grandes todos juntos, bailamos, cantamos, reímos. Y en un momento dado me dijiste de bailar un pasodoble. Bailar lo que se dice bailar, no bailamos porque nos entró tal ataque de risa que al final nos dimos un abrazo y dijimos que aquello no era para nosotras. O cuando jugábamos al cinquillo y tú hacías unas trampas memorables que volvías locas a todas tus compañeras de partida. Me guiñabas el ojo y reías a carcajadas. Y mientras todo fue bien, no hubo noche que antes de subir a cenar no pasaras por el mostrador para desearme buenas noches, con un <<no sé cómo aguantas esto>> y <<dile a tu novio que venga a recogerte que hay mucho maleante>>. Lo mismo que nunca olvidaré cuando se murió mi abuela y volví a trabajar, aquel grupo de la mesa del cinquillo, como yo os llamaba, una por una me fuisteis abrazando y dándome ánimos, y cuando llegó tu turno me abrazaste fuerte diciendo simplemente un <<qué pena>>. Aquello jamás lo olvidaré.

Remontándome en el tiempo recuerdo que los primeros días algo me llamó la atención de ti, cuando te ibas me decías ¡Adiós fill meu! (adiós hijo mío). Y al final un día te dije, Ángela llevo el pelo corto pero soy una chica ¿eh? Y me contestaste ¡ya lo sé, fill meu!

Han sido tantas cosas compartidas, tanto tiempo que cuando tu cabeza dejó de reconocer la realidad me dolía verte en esas circunstancias, pero aún así, siempre me diste un beso y un abrazo. Aunque no supieras quien era yo. Pero algo en ti de mí quedaba, porque cada vez que querías escaparte y salía a tu encuentro, te daba un abrazo y mientras te sujetaba por los hombros o te dejaba una caricia te decía que volvieras con tus compañeras y que al día siguiente te irías. Me hacías caso volviendo a tu lugar sin rechistar. De hecho me decían ¿cómo lo haces? Yo quiero creer que en el fondo quizá la clave era el abrazo.

Mi querida, Ángela, la vida cruzó nuestros caminos y pudimos compartir no solo tu presencia entre nosotros, también tu legado ese del que estabas tan orgullosa tu hija y tu nieta. Hemos compartido tantas cosas que las considero parte de mi familia. Porque a la gente buena siempre es fácil querer y eso me ha pasado con vosotras.

Allá donde estés espero que sigas sonriendo ¡¡y no te olvides de hacer trampas!! Allá donde estés, querida Ángela recibe mi abrazo.

Siempre estarás en mi corazón.

Luz

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