MI HIJO, VIENE A LLEVARME…

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Cuando abrí el tema de “Misterios del otro lado” en mi blog, sabía que algún día tendría que enfrentarme a mis recuerdos, para sacar una historia complicada que viví. No por lo que en sí suponía, si no, porque era tocar un tema que a pesar del tiempo, sigue doliéndome en el corazón. Pero también creo, sinceramente, que le di vida a este rincón, precisamente, para llegar hasta ella, para darle la oportunidad de cobrar voz compartiéndola con aquellos que crean en estas experiencias.

Hacía muchos años que mi abuela estaba enferma, había visto la muerte de cerca en varias ocasiones, sin embargo, no la temía, tan solo quería morir acompañada y, a poder ser, en su cama. Salió de todas ellas pero cada vez, como era lógico, aquellos ataques de “la dama de negro” le iban dejando una huella que iba volviendo su cuerpo cada vez más débil y, sus fuerzas cada vez, iban quedándose más desgastadas. Faltaría algo más de un año para que llegara la última batalla, la que ya no pudo superar, cuando ocurrió algo inesperado. Como bien dice el Dr. Gaona en su libro “Al otro lado del túnel”, aquellos que llegan a ver la luz, y a hacer el camino, regresan sin temor a morir y con una sensibilidad mayor que el resto, a ver cosas que no son visibles para muchos de nosotros. Y os recuerdo, que mi abuela vivió esa experiencia del túnel.

Estábamos en el cambio de estación de invierno a primavera y estaba pasando una crisis severa, con bastantes dolores de espalda y cadera. El médico vino a verla a casa y le recetó unos parches de morfina para aliviarlos. Como en tantas veces he contado, compartíamos habitación y si se quejaba la primera en escuchar sus lamentos era yo. Aquella noche fue especialmente intensa. Hacia algo más de la mitad, escuché como hablaba, parecía mantener una conversación con alguien, en un primer momento no me llamó la atención, lo achaqué a que dormía y hablaba en sueños. Pero ante las palabras que estaba escuchando decidí levantarme. Encendí la luz, y la vi con los ojos abiertos y una sonrisa que emanaba calma, aquella visión me sorprendió, me aproximé hasta su cama y, entre la de ella y la mía, había un sillón floreado donde algunas tardes se sentaba allí, mientras me vigilaba como le arreglaba el armario, los cajones y el bolso. Cuando fui a pasar por el sillón me sorprendió avisándome de golpe.

-¡Cuidado!

-¿Qué pasa? –le pregunté si moverme ni entender aquel toque de atención.

-¡Está tu abuelo ahí, le vas a pisar!

Me llevé un susto que me quedé paralizada. Recuerdo como si fuera hoy, levantar mis pies como si, realmente, mi abuelo estuviera sentado allí. Al acercarme, me senté junto a ella y como no quería despertar a los demás, me acerqué a su oído y le pregunté que le pasaba.

-Nada –me respondió más contenta que unas pascuas y con una sonrisa me añadió-. Han venido a verme.

-¿Quién? –la miré con cierto escalofrío en mi piel porque de repente noté un frío extraño alrededor.

-¡Quién va a ser! Tu abuelo, la tía Tere, mi padre, mi hijo Tomás y mi abuela…

-¡Pero qué dices! –le dije atónita con los ojos abiertos como platos, porque eran todos los miembros de nuestra familia que habían fallecido.

-¡Sí, y mi pequeño, Tomás! Está ahí –señaló la pared que estaba frente a nosotras.

-¡Venga duérmete! ¡Que aquí somos demasiados, esto parece el camarote de los hermanos Marx!

-La tía se ríe, está en tu cama sentada, ¡mira… mira como se le mueven les mamelles (pechos)! –mi tía era una mujer muy voluptuosa, al reírse, siempre iba acompañada de aquel movimiento que nos provocaba a todos una carcajada. En ese momento la recordé como si la viera de verdad.

-Haz el favor de dormirte que vas a despertar a todos, ¡caray! –traté de sacudirme el estupor que sentía.

-Vale, pero cuidado con tu abuelo.

-¡Y dale!

Volví a pasar por el sillón levantando el pie derecho primero, el izquierdo después, miré mi cama como si pudiera ver a mi tía allí sentada, como era su costumbre, riendo a mandíbula abierta, busqué de reojo a mi tío Tomás, él me había visitado una vez pero en aquella ocasión no lo vi, sin embargo, quien me produjo un escalofrío de pies a cabeza era su pequeño Tomás. Era el primer hijo que se le murió tenía tres años. De aquella muerte hacía más de sesenta años. Juro que me metí en la cama tiritando de frío y miedo, tapándome cabeza y todo. Bajo la sábana me llegaban las carcajadas de mi abuela. Y, nuevamente, sus charlas. Eran diálogos coherentes, como si realmente estuviera hablando con alguien, hablaba de recuerdos y situaciones que yo sabía habían ocurrido de verdad, de la guerra, del hambre. Fue tanto el alboroto que hubo, que acabamos todos en el cuarto tratando de hacerle ver que no había nadie, encendiendo las luces, aunque mi madre más muerta de miedo que yo y que mi tía, que nos acompañaba en esos momentos, no quería acostarse porque tenía que ir sola a la cama cruzando el pasillo. Nos mirábamos con cierto temor, pero al mismo tiempo, tratábamos de ser racionales, aquello debía tener una explicación. Y yo, para no perder la costumbre, traté de restar importancia con el comentario:

-¡Pues entre los vivos y los muertos, tenemos el cuarto petao de gente!

Entonces mi abuela que miraba fijamente el techo nos explicó:

-Mi Tomasín lleva el mismo babero que cuando se murió, los rizos ¡qué guapo! No para de reírse y tocarme la mano como hacía cuando estaba enfermo, ¡bonico, el meu fill! (guapo, mi hijo)

Yo sé que mi madre hubiera echado a correr aunque nada más musitó:

-¡Mamá por favor… mamá por favor!

-¿Por qué no la levantamos? –dijo mi tía tan pálida como mi madre.

-¡Buena idea! Seguro que despierta, debe estar soñando con los ojos abiertos –dije de pronto como buscando más explicaciones.
La sentamos en la cama, pero entonces sonrió mirando hacia el sillón.

-¡Anda qué tener que verte ahí! –dijo con voz socarrona en dirección a donde, supuestamente, estaba mi abuelo.

Por más que intentamos que despertara, ella nos decía que estaba despierta y que la dejáramos tranquila que no podía hablar con ellos por nuestra culpa. ¡Encima! Y tampoco la dejábamos dormir.

-No bonita, no puedes dormir por todo el jolgorio que tienes aquí del más allá –le dije yo dándole unas palmaditas suaves en la cara por si estaba profundamente dormida.

-¡Para recollons! –me espetó de golpe, no estaba dormida, no.

-¡Por favor me va a dar algo! –musitó mi madre a punto de echarse a llorar, mi tía a reír.

Estuvimos a su lado durante lo que quedaba de noche porque parecía que por momentos se quedaba sin respiración, las tres pensamos aterrorizadas que era el fin, que aquello era algo muy extraño. Sin embargo, a la mañana siguiente cuando la despertamos, nos dijo:

-¡Qué bien he dormido esta noche… hacía tanto tiempo que no dormía así!

Ni que decir que casi nos caímos de culo.

Buscamos la explicación a lo que le ocurrió, incluso, hablamos con el médico que nos dijo que podía ser la morfina, pero tampoco nos lo podía asegurar, que ocurrían cosas que estaba lejos de sentirse capacitado para explicarlas.

Después de aquella noche, le retiraron los parches de morfina porque podían inducir a esas visiones. Para mi madre fue una tranquilidad absoluta saber que en casa ya no íbamos a tener más visitantes del otro lado. Sin embargo, desde aquella noche, mi abuela iba diciendo con frecuencia algo que nos hacía dudar. Un día estábamos solas, yo estaba en la cocina preparando la comida cuando me llamó, acudí por sus gritos.

-¿Qué pasa? –le pregunté.

-¡Mira ahí! –me señaló el sofá que estaba frente a ella, con el dedo tembloroso y delgado señal indiscutible de la vejez.

-¿Qué? –miré fijamente.

-¡Está el xiquet (niño)!, otra vez, me está mirando.

-Ahí no hay nada… mira me siento –y me senté en el lugar exacto donde apuntaba-. Ves cómo no.

-Sí, está a tu lado, se ha pasado a tu lado, se está riendo, oigo su risa, pero no le veo la cara.

-¡A ver… Pepa! No hay nada, ni nadie…

-¡Qué sí, no me tomes por loca!

Aquel instante me provocó un fuerte desconcierto… no llevaba parche de morfina… ¿entonces? Insistí en que cerrara los ojos, pero me decía que seguí allí. Sentado junto a mí. Y aquella no fue la única vez que sucedió, en varias ocasiones, en sitios diferentes de la casa allí estaba el niño, tanto lo veía que ya era algo normal en su día a día. Una vez, llegó a decirme que estaba allí para llevársela, para que estuviera tranquila.
Había una particularidad, a ese niño, su Tomasín como ella decía, nunca le veía el rostro, siempre los rizos, siempre el babero, pero nunca la cara.

La última tarde de su vida, en la que me pidió que no la dejara sola, hubo un instante en que me dijo, que Tomasín estaba frente a nosotras y que en ese instante sí le veía la cara, a lo que me dijo:

-No te separes de mí, no me dejes sola, porque ahora sí viene a llevarme, me voy a morir.

Y así fue… desde entonces, en nuestra casa no volvimos a ver nada especial. Quizá porque quien tenía ese poder se había llevado a todos con ella. Y son muchas las veces que me concentro y pido que si ella fue capaz de ver a sus muertos, me encantaría poder verlas a ellas, saber que están bien. Muchas veces, cierro los ojos antes de dormir y pido que me visiten, aunque sea una vez para volverlas a ver, pero se ve que yo no tengo el don que tenía mi abuela. Quizá por eso, porque ella pasó aquella ECM (Experiencia Cercana a la Muerte).

1 comentario en «MI HIJO, VIENE A LLEVARME…»

  1. Qué historia más bonita, gracias por compartirla. Espero qué una vez que acabe nuestro andar por este mundo, podamos reunirnos con nuestros seres queridos que ya no están aquí. Sería un gran consuelo.

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