MI HIJO EN ESPÍRITU

Hoy, voy a relataros la historia que me contó Conchín (hermana de una seguidora de mi blog) un día y, francamente, me transmitió esa sensación de desconcierto ante lo ocurrido. Aunque, como hace tantos años, al final, se terminó acostumbrando, si es que se puede decir así.

Conchín sufrió la pérdida de su hijo pequeño con nueve días de vida. Un “shock”, tanto para ella, como para la familia. Tuvieron que seguir adelante, con la pena en su interior, porque la vida no te da tregua y hay que continuar luchando. Una noche, Conchín dormía junto a su marido y, entonces, creyó oir la voz de un niño que la llamaba con insistencia ¡Mami! ¡Mami! Lo escuchó un par de veces más, con lo que se despertó pensado que uno de sus hijos la llamaba. Al llegar a la habitación contigua, se percató de que los niños estaban dormidos, y la voz había sonado muy cerca de su oído. No quiso darle más importancia y pensó que habría sido un sueño. Sin embargo, aquella voz siguió visitándole, alguna que otra vez, hasta convencerse de que no era un sueño, ni su imaginación. Era su hijo fallecido que la llamaba. Por lo que, Conchín, comenzó a rezar para aliviar su desazón, como antiguamente decían. Rezar a los muertos para aliviar su alma. Lejos de aliviar el alma, a aquella voz se le unió una presencia que no podía ser vista, tan solo sentida. Era sentir cómo alguien se acostaba junto a ella, veía que la cama se hundía y estaba segura de que, a su lado, había alguien. Alguien que, cuando se dormía, volvía a llamarla… ¡Mami! ¡Mami!

Una vez, mientras preparaba la comida, notó cómo alguien le deshacía el lazo del delantal que llevaba anudado a la espalda. Se giró pensando en alguno de sus dos hijos, pero… allí no había nadie; estaba totalmente sola. De vez en cuando, aquel espíritu juguetón parecía querer jugar con la familia. Tanto era así que, una noche, mientras los hijos de Conchín dormían, la niña se despertó diciéndole a su hermano:

-¡Quieres dejar de moverme la cama!

-¿Qué dices…? –se sentó en la cama, frotándose los ojos-. Yo estaba durmiendo.

-Alguien me ha movido la cama…

-¡Estarías soñando!

Y la niña aceptó la explicación de su hermano. Lo malo fue a la noche siguiente, cuando la cama se le movió a él y pudo oír una risa de niño pequeño. Ambos, con naturalidad, aceptaron la posibilidad de que su hermano pequeño estuviera, en espíritu, acompañándoles. Lejos de sentir miedo, lo aceptaron como algo más en sus vidas.

Los efectos paranormales dejaron de ser puntuales y, durante un tiempo continuado, todas las noches, a las doce, se encendía la luz de la entrada de la casa. Y Conchín se levantaba para apagarla. Hartos de que la lámpara tuviera un fallo eléctrico, avisaron a un electricista que, tras desmontar toda la instalación y asegurarse bien de todo, les dijo:

-Aquí no hay ningún problema… todo funciona correctamente. Es muy extraño…

Pero, para la familia de Conchín nada era extraño, nada de lo que les ocurría. Ni, a veces, notar una presencia tras ellos, o sentir cómo la temperatura de una habitación bajaba, o percibir una sombra cruzando el pasillo de la casa. Para ellos, tuvieron a su pequeño presente y se acostumbraron a vivir con él.
 

Muchas gracias, Conchín, por colaborar conmigo.

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