MI GATA DANA, EN VIDA Y ESPÍRITU.

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Mi abuela nos dejó cuando las flores empiezan a florecer, llenándolo todo de color, y con un cielo maravillosamente azul. Un día antes había leído, por casualidad, la historia del gato Óscar. Ahora, algún tiempo después, ya no creo en las casualidades, todo pasa por alguna razón. Quizá, si nos detuviéramos a ver los detalles de la vida, nos daríamos cuenta de cosas importantes, tanto para nuestra alma, como para nuestro corazón.

Yo tenía una gata de once años que se llamaba Dana. Era la reina de la casa, y los celos entre ella y mi abuela, eran bien notorios. La relación entre las dos era de amor odio. A nosotros nos divertía ver cómo discutían; mi abuela la llamaba “mala zorra” y Dana le daba la espalda haciendo caso omiso a sus palabras. Pero, cuando menos lo esperaba se lanzaba a jugar con sus pies. Los gritos de mi abuela se mezclaban con los maullidos de Dana, que parecía reírse del juego. Cuando llegaba el invierno, se buscaban para darse calor la una a la otra. Los Reyes traían siempre dos mantas, una para Pepa, otra para Dana. Pero a la gata, una de las cosas que más le gustaba en el mundo, era dormir tapada con la manta, pero sobre las piernas de mi abuela.

Aquella tarde de Mayo, en el que recuerdo que brillaba el sol a rabiar, mi abuela se puso pachucha. De lo que, normalmente, era sus achaques, pasó a algo más grave. Pero, ni aún y así, no había nada que nos hiciera presagiar lo que llegó después, la única que nos lo dijo fue ella misma, “no me dejes sola que me voy a morir”, esas fueron sus palabras. Y no la dejamos sola, claro. Mi madre se pasó la noche sentada a su lado observándola, mi hermano volando desde Tenerife, para estar junto a ella y yo, acostada sobre la cama, tratando de calmar mi pánico porque, a la mañana siguiente, debía trabajar. A mitad de la noche, mi madre me llamó, por el tono de voz noté su impresión.

-¿Qué pasa? –me incorporé para acercarme hasta la cama.

-Mira Dana.

Allí estaba mi gata, había dado una vuelta sobre sí misma y se había acurrucado a los pies de mi abuela. Estuvo durante un buen rato sin moverse, ronroneando. Después, se levantó acercándose hasta casi su cara, se sentó mirándola fijamente hasta que, de un salto, bajó de la cama y desapareció.

Al llegar la hora de su partida, lo hizo entre mi hermano, mi madre y yo, mientras la tenía abrazada. Cuando sentí que el final había llegado, miré hacia mi hermano para decirle ¡ya está! Entonces, me percaté de que Dana estaba a los pies, nuevamente, mirándola con sus grandes ojos verdes bien abiertos. Al decirlo, la vi salir de la habitación corriendo.

Cuando regresamos del adiós definitivo, recuerdo que necesitaba meterme en la cama, porque me había quedado sin fuerzas, tras dos días de vigilia. Siempre que lo hacía, Dana venía detrás para acostarse conmigo. En aquel momento, se quedó parada en, podríamos decir… la raya imaginaria que sigue el marco de la puerta. La llamé, pero no entró, insistí, pero no se movía. Me levanté, la cogí en brazos y la llevé conmigo a la cama. Miraba fijamente el lugar donde mi abuela había estado viviendo los últimos veinte años de su vida. Durante varios días, tuve que hacer lo mismo para que pasara a la habitación.

Diez meses después, tuvimos que sacrificar a Dana. Era un 22 de marzo. Y si bien es cierto que las fechas son lo que uno quiere que sean, para mí, que me acuerdo de ellas todos los días, en las fechas señaladas me cuesta no recordar lo sucedido. Con el tiempo, va doliendo menos, sin embargo, este año, sucedió algo inesperado. Estábamos cenando, como de costumbre, nuestros cuatro pequeños van y vienen, dormitan, juegan, pero nunca habían hecho algo igual. Mientras veíamos la televisión, el mayor entró dando un maullido muy extraño y se quedó parado, mirando hacia las cortinas. De broma dije:

-No pasa nada, es la teta Dana que hoy ha venido a visitarnos.

De repente, el mediano, se detuvo mirando hacia el mismo punto y, nuestro querido perro, se quedó detrás de las sillas como refugiado.  Fue el gato mayor el que se acercó lentamente, detrás de él los otros dos; los tres caminaban con cierta cautela. El asombro se adueñó de nuestros rostros. ¿Qué estaba pasando? Era un comportamiento extraño en los cuatro. Entonces, nuestro asombro fue aún a más, el mayor y el mediano, se metieron detrás de las cortinas y el pequeño salió corriendo. Los dos, salieron de detrás de las cortinas mirando hacia el mismo lugar, la pared del otro lado.

Todo quedó en anécdota y risas, aunque no lo voy a negar, también un escalofrío en la piel. A la mañana siguiente, cuando me levanté y pasé por el despacho, me quedé helada, de una pieza. No podía creer lo que estaba viendo. En ese rincón de mi vida, donde escribo, tengo también mis recuerdos, las fotos de mis abuelas, con las cenizas y la fotografía de Dana. Todo en una librería blanca. Pues bien, para mi asombro, junto a la fotografía de Dana, estaba mi gato mediano mirando la foto, fijamente, ni siquiera reparó en mi presencia. Fue algo tan extraordinario verlo allí, que fui a sacarle fotos. Ni antes, ni después de aquella mañana, había estado allí subido. Nunca más ha vuelto a subir. Pero, lo que más me llamó la atención, fue cómo miraba la fotografía.

Seguro que hay una explicación lógica para todo ésto, pero, también hay algo de misterio, ¿no os parece?

 

 

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