LOS OTROS DOMINGOS EN FAMILIA

verano

 

Sí… ¿recordáis el primer relato sobre este tema? Era un recuerdo muy agradable de lo que en su día tuve, como imagino que much@s de quienes leéis el blog. Pero es bien cierto, que en la vida no todo es bello y alegre. Existen otros domingos en familia que son un reverendo coñazo, ¡a esos les voy a dedicar también un pequeño relato!

Los adorables domingos de invierno, dejaban paso a los insufribles domingos de verano. En mi caso teníamos un chalet al que venían los domingos esos familiares que residían fuera de Valencia y alguno en el extranjero. Recuerdo el fastidio ya de buena mañana al pensar que iban a llegar, también a mi abuela renegando mientras la ayudaba a vestirse un “¡esperemos que no pase nada!” Y es que al contrario de esos domingos maravillosos de invierno donde se contaban historias del pasado sin ofender a nadie, entre esos familiares forasteros que venían, había dos sujetas que siempre buscaban la manera de ofender a todos, o al menos, a cuantos más mejor. Mi abuela siempre decía “no ofende quien quiere sino quien puede”. ¡Pero hay personas que tienen un halo especial para ofender! ¡Lo llevan en los genes! ¡Vamos que se libró la comadrona de que le dijera cualquier barbaridad cuando l@s trajo al mundo porque estaban muy ocupad@s en llorar!

Al llegar, besos, abrazos, palmaditas en la espalda y primera ataque “¡cómo has crecido! ¡Que delgada estás! ¡Vaya te han puesto gafas! ¡Uy y aparato en los dientes también! ¿Por qué no te cortas el pelo? ¡Lo llevas muy largo te hace la cara más chupada?” Pero no solo los humanos que vivíamos en esa familia nos llevábamos recaditos varios, también la casa o los árboles, siempre la hermana de la cuñadísima tenía un árbol más grande, un melocotonero que daba unos melocotones como en ningún otro lugar del mundo. Y cosas así… también mi abuela se llevaba su parte, ¡ella qué estaba la pobre enferma le daba una rabia que le dijeran! “¡Uy que bien está! ¡La encuentro muy bien! ¡Si es que se queja para que le hagan caso, no hay más que verla!” Yo que conocía los gestos de mi abuela, sabía que en ese momento y con su valenciano de raíz se estaba acordando de la madre que la trajo al mundo. Y cuando nos quedábamos solas me acercaba y le decía “¡Que sabrá ella, ni caso!” Para al final mi abuela lo soltaba en alto “¡La mare que la parit!” (“La madre que la parió!)

Después llegaba la hora de la comida, cambiábamos el sabroso cocido por una paella hecha a leña. Pero no una paella para cuatro o cinco, no, nos juntábamos unos quince alrededor de la mesa. ¡Menuda jauría se armaba! Mi madre era la encargada de hacer la paella, es una estupenda cocinera pero también tenía que repartir a los más pequeños y era el momento de “¿a quién le gusta el muslo? ¿Alguien quiere hígado?” Entonces llegaba mi pesadilla, lo confieso, odio la verdura, no me gusta ¿y qué pasaba entonces? ¡Eso mismo! Que saltaba la pesada de la tía que sus hijos comen de todo y es la madre perfecta para ponerme a caldo y de paso a mi madre también. “¡Eres una consentida! Mis hijos comen de todo” “Pero la culpa la tiene tu madre por no obligarte” ¡Ya estaba el segundo lío armado!

¡¡Y qué hay que decir del cuñado pesado!! ¡Siempre hay uno en todas las familias! Al que tienes que reírle las gracias aunque de gracia no tenga nada, el que siempre está metiéndose con todo el mundo porque se cree más gracioso así… ¡Ah no! Y encima como le dé por contar chistes ya…

En mi familia no se suele beber, pero cuando vienen los forasteros que en sus países no se les deja beber ni una cerveza, aquí parece que deban tener derecho a barra libre. ¡Qué horror!

Pero el peor momento era el de la comida, todos hablando a la vez, varias conversaciones al mismo tiempo, carcajadas desproporcionadas que se oyen por toda la montaña y, es justo ahí, cuando emerge la figura de la cuñada (más conocida por el resto de miembros de la familia como “mosca cojonera”) como una hiena que espera “su momento” para atacar a su presa, es lista… espera agazapada entre granos de arroz y alguna mancha negra que lleva al rozarse con la paella hecha a leña, ¡Cuidado qué viene! Ahí está lista para soltar sus prendas… ¡esas que parece tener guardadas todo el año para el momento justo de la comida del verano con su familia política! Y no es otra que echar por tierra a la sobrina que tiene delante para ensalzar por sus estudios gloriosos a la sobrina que no ve nada más que una vez en varios años, o recordar actos del pasado que muchos de la familia quieren olvidar, ¡ahí está ella con sus dientes amenazadores y la risita malvada para recordarlo! Y entonces es el instante en que mirabas alrededor esperando ver quien saltaba ¡y no falla siempre salta un@! ¡Lo ha logrado! “la sujeta mosca cojonera” se siente como tiburón en el agua y sigue clavando los afilados dientes para que haya más lío. ¡Y mira tú por donde que siempre lo conseguía! Y después está la tía que es del Madrid y se pasa el rato del café restregando por la cara de los valencianistas los títulos que tienen ellos y los pocos de éstos últimos. Siempre igual… no cambiaba nunca la estampa veraniega.

Juro que sentía unas ganas de echar a correr y no volver. Aquellos otros domingos de verano eran una pesadilla.

Cuando por fin llegaba la hora de irse, recogían sus cosas, se llevaban algún melocotón de esos que no eran igual de buenos que los de su hermana pero por si acaso los iban a probar, se metían en el coche y mi padre cerraba la puerta. Llegaba a nosotros el anhelado silencio siempre roto por mi abuela que año tras año decía:

-Que tranquil·itat, mare meua! (¡Que tranquilidad, madre mía!)

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