LAS PUTAS DE MI NIÑEZ

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BIBLIOTECA C/ HOSPITAL

Los recuerdos de nuestra niñez son muy importantes y, en mi caso, tuve la inmensa fortuna de vivir en una zona privilegiada. Para mí fue un teatro de sueños. Recuerdo estar sentada con mi abuela en el balcón, rodeadas de plantas con geranios, jazmín y albahaca. Desde allí, tenía una visión maravillosa para llenarme con aquel barrio tan especial, y con su entorno tan bello. Estoy convencida de que los recuerdos son necesarios para nuestro presente, al menos, en mi presente. En esos momentos en que echo la mirada nostálgica al ayer, soy consciente de lo afortunada que fui. Yo viví en el barrio chino, rodeada de señoras que ejercían el oficio más viejo del mundo. Ellas fueron protagonistas en mi niñez y, hoy, me gustaría recordarlas con este relato.

 

 

Nacer en el barrio chino, de mi ciudad, no era algo de lo cual se podía sentir orgullo, según algunos, pero yo siempre me sentí orgullosa, y me sigo sintiendo feliz de haber convertido mi infancia en un teatro de sueños en la calle.

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ANTES… CINE PALACIO… AHORA…

Vivía en el centro, a dos pasos tenía la maravillosa Biblioteca de la calle Hospital, aquel hospital que, en guerra, había sido atacado violentamente. También, a dos pasos, tenía el Cine Palacio y, frente a él, una pastelería con los mejores pasteles de boniato de mi querida ciudad. Mientras mi abuela hablaba con la dependienta, yo imaginaba que, un día, en aquel teatro, podrían existir unos personajes creados por mí. Y después de aquellos pensamientos, me comía un pastelito y era la mar de feliz.

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ANTES… MI HORNO FAVORITO… AHORA…

¡Y que me digan si no es un verdadero placer tener a cinco minutos el Mercado Central!, ¡qué colorido!, ¡qué explosiones de voces, en su interior, como si fueran una de esas maravillosas mascletàs que me daban tanto miedo de pequeña! Y lo que yo disfrutaba allí, siempre del brazo de mi abuela, y siempre había una rosquilleta, un tomate, unas habas para la rogeta (así me llamaban por mi color de pelo pelirrojo) (según mi abuela, mi bisabuela, por parte de padre, era un putón verbenero, su hijo era descendiente de un marinero irlandés. Así que, por la parte que me corresponde, no digo más). Pues, por esos pasillos del Mercado, escuchando a la gente gritar en valenciano las mejores ofertas del día, ¡el pescado lo tengo fresco!, ¡las mejores lechugas de valencia!, ¡al rico tomate valenciano, bonica!… Aquellas frases hechas que me encandilaban… A veces, iba en los brazos de mi abuela con mi cabeza apoyada en su hombro, observando todo y sonriendo con las ocurrencias de aquella gente; sorprendiéndome cuando veía algo que no sabía qué era, sobre todo en la zona de los pescados. Fui creciendo sin saber el privilegio que tenía al poder ir a comprar, todos los días, a aquel maravilloso y único lugar.

 

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MERCADO CENTRAL… AYER Y HOY…

Y, también, podía disfrutar de la avenida del Oeste con el cine “Oeste”, allí vi E.T y lloré como tocaba. Aquella avenida y las calles que la cruzaban eran, para mí, un mundo mágico. Tiendas y tiendas de miles de cosas diferentes… desde paelleras, pasando por botas de piel, asadores de acero inoxidable, ropa de trabajadores, medias, bragas, pero no bragas como las hay ahora, no, bragas en los expositores “bien grandes”, que hacían que mis ojos se abrieran de par en par. Y, ¡cómo no! la lonja que, como siempre, caminando de la mano de mi inseparable abuela, el día que la descubrí me sentí pequeña. Recuerdo años después, con el colegio, hacerle una visita, muchos niños no sabían de la existencia de aquellos lugares mágicos y, para mí, esos lugares habían sido parte importante de mi infancia.

 

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LA LONJA DE VALENCIA

¡Qué de recuerdos! la calle Alta, la calle Baja, la Plaza del Tossal, la calle Bolseria, un barrio “especial” repleto de tiendas amigas, de esas en las que entrábamos y mi abuela se pasaba un largo rato hablando, mientras la xiqueta se entretenía con cualquier cosa, o sentada en un silla de mimbre, muy típicas en mi tierra. Mi infancia, en aquel barrio del Pilar, fue maravillosa ¡tanta historia!, ¡tantas historias! Y nada de adelantos en aquellos tiempos, no señor, me bajaba con mi abuela al “horno de José María”, no sé si tendría otro nombre, pero ella siempre hacía referencia a éste. Bajábamos a que nos hicieran el típico “Arrós al Forn” (Arroz al Horno), ella llevaba la cazuela con un paño de cocina marrón con cuadrados negros y blancos y yo llevaba el aceite y la sal. Así, juntas, dejábamos el arroz, volvíamos a casa y, Pepa controlaba el tiempo, hasta que era la hora e íbamos a recogerlo para comer. Cuando volvía a destapar el trapo, allí estaban los ajos enteros tostaditos, dos rodajas enormes de tomate, una morcilla y, con el arroz, salteados por cualquier lugar, los garbanzos. ¡Qué maravilla!, con la cazuela de barro típica para la ocasión.

 

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ANTIGUO HORNO DE JOSE Mª (C/ ROGER DE FLOR)

 

¡Qué tiempos, cuántas cosas disfruté!

Sin embargo, como niña observadora, de todas las maravillas que me rodeaban, me quedaba con mis Putas del Barrio Chino. Eran adorables, la mayoría, bien entradas en carnes, con unos pechos que no llevaban silicona, grandes, fuertes, portentosos, como son las mujeres valencianas, esas formas bien marcadas. Y, allí estaban, delante de cada finca con una silla de mimbre, con sus caras pintadas como payasos, con escotes grandes, provocativos, con miradas perdidas y tristes, con la voz cascada por el alcohol, el tabaco, y la mala vida. ¿Y qué hace una niña con las Putas del barrio?

Yo disfrutaba, algunas me daban miedo (las menos), la mayoría no se metían en líos, al contrario, y hasta te saludaban al pasar.

-Amparigües mal día tenim hui… no se arrima ningú –(mal día tenemos hoy, no se acerca nadie) –le decía una Puta a otra.

-Ningú, ningú, la mare que els a parit en el fret que fa recollons! –Nadie, nadie, la madre que los parió con el frío que hace, recojones (palabra muy usada en mi tierra).

Miraba a la Amparigües con esa falda, cuatro tallas menos, a punto de reventar la cremallera y con un pecho fuera, soplando sus manos, y miraba a la otra, con boca de payaso, ojos llenos de pintura mal repartida y en el fondo, siendo una niña, me daban pena.

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CALLE DONDE ABUNDABAN SON SUS SILLAS DE MIMBRE

 

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UNA DE LAS ESQUINAS DONDE SE SENTABAN

Pero las Putas de mi barrio eran, en cierta medida, adorables; por no decir en toda. Mi tía tenía una tintorería en la calle Maldonado, a veces, yo me quedaba allí para jugar. En aquel entonces, aún podíamos salir a jugar a la calle, sin muchos coches. Podíamos disfrutar y yo, que era muy patosa, siempre me caía porque “alguien” había puesto una raya con un lápiz en el suelo; era el sufrimiento de la Puta de turno.

-Xiqueta que cauràs! –(niña que caerás)

Y yo la miraba y sonreía y entonces la Puta decía:

-¡Mare quina cosa més bonica… recollons! (madre que cosa más bonita…)

Siempre pendiente de todo, siempre estaban con los ojos bien abiertos, de día y de noche, en verano o invierno, lloviendo o con viento, ahí estaban ellas, marcando territorio. Porque había que verlas defender lo suyo, he visto alguna pelea entre Putas, nada, estirones y estirones de pelos, mucho grito, mucha algarabía, pero nada más. Lo que más me gustaba era cuando, de repente, alguien gritaba:

AGUA VAAAAAAAAAA

Y yo miraba al cielo esperando que empezara a llover, ¡ingenua de mí! Lo que pasaba es que las Putas, con sus sillas, su pintura, sus tacones imposibles, salían corriendo despavoridas. A los pocos segundos, algunos policías porras en mano (muchos clientes), hacían como si corrieran a por ellas. Pero, ¡qué casualidad!, la mayoría de las veces, “las viejas Putas”, corrían más que los jóvenes policías.

Eran adorables, porque no tenían nada y lo daban todo, con una sonrisa cálida y una leal amistad, entre ellas que quedaba patente cuando le pasaba algo a alguna compañera. Recuerdo una paliza que, contaron, le pegaron a una de ellas, ¡Dios, el resto con escobas, palos y tacones, golpearon al tipejo en cuestión!, y entre todas reunieron dinero para ayudar a la pobre amiga.

Viví en el mejor barrio que se podía vivir, me rodeaban monumentos de ensueño, personas de verdad, teatros y cines para soñar, cultura para aprender, y Putas para admirar.

Aquellas adorables Putas a las que cada vez que paso por la calle Maldonado, ¡echo de menos! y cuando miro, a veces, las veo saludar a la xiqueta rogeta, y sé que ellas no podrían imaginarse que, un día, les escribiría con todo el cariño de mi corazón a mis adorables Putas porque, como ellas decían:

¡No somos señoras, somos Putas y a mucha honra!

 

 

1 comentario en «LAS PUTAS DE MI NIÑEZ»

  1. Hola Luz, soy Maria, la hija de Carmen, yo también viví una temporada en ese barrio, mientras estudié la carrera de medicina, estaba en la Residencia situada en al C/ Balmes, 27, la residencia de “Esclavas de Maria”, la parte de atrás daba a la calle de Viana, donde había muchas “putas”, viví ese ambiente, que realmente era tranquilo, viví lo de “agua”, ellas esconderse y ver aparecer por una punta a la pareja de policías, tan tranquilos. La verdad es que en aquellas fechas la gente tenia miedo de ir por el barrio, pero la verdad es que te sentías segura, no solían haber problemas, y también enriquecían las experiencias que vivía desde la ventana de la biblioteca, en los descansos de los estudios, un abrazo. Maria

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