LÁGRIMAS DE ALEGRÍA

 

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Esta reflexión quiero dedicársela a mi madre. Después de dos semanas muy complicada,s por fin ha podido respirar tranquila, al igual que el resto de la familia.

Definir las lágrimas de alegría es muy sencillo, porque significa que algo que estabas esperando con temor ha salido bien. Pero si esas lágrimas se producen en la sala de oncología de un hospital, os puedo asegurar que esas son las más maravillosas de todas.

Hace dos semanas algo empezó a ir mal en el pecho operado de mi madre. A partir de ahí, todo lo que viene como una cascada son emociones y sentimientos muy punzantes. Miedo, agobio, terror, pánico. Todos estos sentimientos y emociones reflejados en los ojos de mi madre cuando decidimos ir a urgencias de oncología.

Yo le llamo la espiral del cáncer. Parece que a pesar de estar bien, nunca va a tener fin.

Esa espiral empieza desde que llegas a la puerta de un ascensor que en el Hospital Clínico está ubicado única y exclusivamente para los pacientes de esa planta. Cuando la puerta se abre y te invita a introducirte en él, ya empiezan los nervios. Allí dentro te encuentras con más gente, claro, lo curioso es que tod@s hacemos lo mismo tomamos aire y tratamos de soltarlo poco a poco. Cada vez que subo observo a los demás, y siempre es el mismo gesto. Al salir, los ojos tratan de no mirar demasiado, es más, si pudieras te pondrías unas antiojeras que llevan los caballos para centrar tu mirada hacia delante, sin ver lo que hay a los lados del interminable pasillo, también te pondrías tapones para no escuchar las demás historias. Y si se pudieran cumplir los deseos, desearía no sentir. No sentir el miedo de los demás, no sentir el miedo de mi madre pero, sobre todo, no sentir mi propio miedo.

Para nosotras era la primera vez que debíamos ir a urgencias oncológicas, parece mentira después de quince años aún en ese mundo especial tienes algo nuevo que descubrir. Y en ese ambiente se contagia el miedo sin querer, la señora que tienes sentada junto a ti mueve los pies sin parar, la que está enfrente ya he perdido la cuenta de las veces que se ha apretado las manos una contra otra y vuelta a empezar. El señor que lleva un gotero tiene la mirada perdida fijada en el suelo, y la señora que lleva un pañuelo en la cabeza, que seguramente disimula su caída de pelo, no para de apretar una y otra vez el brazo del marido, que a su vez, se muerde los labios compulsivamente. ¿Qué estaré haciendo yo?, me pregunto mentalmente.

Mi madre que es valiente por naturaleza, cada vez que entra allí se convierte en un activo flan. Y ese día, ante lo desconocido, ese flan a punto estuvo de deshacerse. Nos hicieron pasar a un cuarto donde estaban preparados algunos goteros, un señor estaba allí conectado mediante una máquina a uno. La enfermera hizo sentarse a mi madre en un sillón y su cara se transformó, ¿miedo?, no ¡Pánico! Tuve que tranquilizarla porque pensaba que iban a hacerle algo y no tenía controlado el qué. Es muy importante cuando estás en el mundo del cáncer, tratar de tener controladas las cosas, al menos para el paciente. Tras decirle la enfermera que nada más iba a tomarle la tensión, las castañuelas en las que sus piernas se habían convertido dejaron de repiquetear. Una vez en el pasillo, pensé que lo mejor era hablar claramente, en ese pasillo donde otras veces hemos esperado horas y en el que hemos hablado de todo, problemas de familia, que si el perro, que si el gato, que si la vecina, que si mi trabajo… pues en ese pasillo tomé la decisión de volver a ser la hija que no tiene miramientos. Le hice el siguiente planteamiento cuando vi que los ojos se llenaban de lágrimas y la barbilla temblaba.

-Mira, lo peor que puede pasar es que haya vuelto el tumor y si es así… ¡T R A N Q U I L A! Volveremos a luchar y ganar. Así que ¡no llores y relájate!

Le di uno de esos abrazos que todo lo suavizan mientras mi interior gritaba de miedo a lo que nos pudiéramos enfrentar tratando de mostrarme fuerte y convencida, aunque me sintiera de forma totalmente contraria.

Así que en aquel espiral de miedo, nos tocó turno de pasar con el médico. Como siempre una mujer joven, muy joven. Es inevitable cuando entras y ves así a las doctoras, porque la mayoría son mujeres, piensas cuanta responsabilidad para tanta juventud. A lo mejor es una tontería y ellas seguro no lo ven igual, sin embargo, desde fuera sí lo piensas y es humano dudar aunque después te arrepientas. Si en esas consultas tuvieran un medidor de miedo donde se pudiera encenderse una luz roja cuando el paciente llega, os aseguro que se agotarían las bombillas rojas. ¡Pero hay que afrontarlo! Con o sin miedo.

La consulta no nos dejó más tranquilas, tan solo nos dijo que debía estar cuatro días tomando antiinflamatorios y debíamos volver. De igual modo que entras a la planta, quieres salir, sin mirar, sin escuchar, sin sentir. Tras esos cuatro días, volvimos y tampoco nos dejaron tranquilas, había que hacer una ecografía de urgencia y visita con la doctora. A estas alturas, mi madre ya era un manojo de nervios, los días pasaban entre miles de pensamientos, por mucho que tratara de no pensar, al final, siempre se acaba pensando con lo que no deseas. Al igual que el resto de la gente que les rodeamos, pero el resto lo vemos desde otro prisma, nada que ver con el que lo está pasando.

Tras catorce días en la espiral del cáncer, tuvimos por fin la visita, se hacen eternos los días y las noches. Al llegar, nuevamente no mirar, no escuchar, no sentir. Y cuando tienes que entrar a la consulta, siempre hago lo mismo, le aprieto el brazo y le digo:

-Tranquila, todo irá bien.

Mi madre a esas alturas ya no responde porque las lágrimas le bañan los ojos y el miedo la paraliza. Tras la mesa y el ordenador, la doctora que muy amablemente nos dice que todo está correcto, que hemos pasado catorce días infernales, pero afortunadamente no hay nada malo de lo que preocuparse.

Y aquí llegan ellas, las protagonistas de esta reflexión, las lágrimas de la alegría. Son inevitables, nacen desde lo más profundo del alma, parece que lo limpian todo, que a su paso van llevándose el miedo transformándolo en tranquilidad, hasta que explotan y acarician las mejillas suavemente, tan suave que va transformando el gesto y es casi como una metamorfosis esa arruga que rodea los labios y que aparece con inclinación hacia abajo demostrando tristeza, va subiendo hacia arriba hasta formar la mejor de las sonrisas en ese rostro bañado en lágrimas de felicidad.

Vuelves a entrar en el ascensor si lo haces acompañada y quienes te rodean llevan ese gesto de sonrisa, eres capaz de resoplar en conjunto y sonreír ampliamente para compartir con los demás la alegría, ¡qué susto hemos pasado!, siempre frases hechas ¡esto es muy duro!, ¡llevo tres días… una semana sin poder dormir de los nervios!…

Al abrirse la puerta del ascensor, sales pero no de ese artilugio que te lleva del infierno al cielo o viceversa, sales de la espiral del cáncer y aunque esté el día nublado tú ves un maravilloso arcoíris que te está esperando… así es salir de la espiral.

Hemos vuelto a respirar con calma, aunque ahora es el momento en que nos van saliendo a cada uno de los miembros de mi familia los nervios pasados. Pero lo damos por bueno porque lo mejor es ver la sonrisa de mi madre y sus ojos claros repletos otra vez de fuerza.

Mi reflexión sería:

Disfruta cada vez que llores de alegría.

 

0 comentarios en «LÁGRIMAS DE ALEGRÍA»

  1. Cuánta razón tienen tus palabras. Sólo las que hemos pasado por esta situación sabemos el descanso que te queda en el cuerpo cuando sales por la puerta. Muchos ánimos y a vivir y disfrutar lo más posible

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    • ¡Hola, Almudena! ¡Bienvenida! Y sí, lo sabemos bien y hay que repetirlo hasta la saciedad VIVIR Y DISFRUTAR todo lo que se pueda.
      Gracias por comentar, me alegra verte por aquí.
      Un abrazo.

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  2. ¡Qué experiencia tan estremecedora, Luz!
    Realmente a veces no damos importancia a los pequeños detalles de la vida y solo caes en la cuenta cuando ésta la ves en la cuerda floja, ¿verdad?
    Por eso, tienes mucha razón al animar a todos a vivir intensamente cada momento de ese regalo que recibimos todos que es nuestra vida.

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    • Hola Paqui, así es, la vida es maravillosa hasta en los peores momentos, porque siempre hay alguien o algo que te hace sentir viva. Hay que vivirla al día y disfrutar, como bien dices, de este regalo.
      Un abrazo

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