LA SOLEDAD DE LA ESCRITORA

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Reconozco que me gustan leer reflexiones, prólogos y artículos de escritores famosos. Es como buscar similitudes entre ellos y yo. En cierta manera, siento como si fuera una tabla de salvación donde agarrarme. Cuando te dedicas a escribir sueñas que, en algún momento, tendrás una oportunidad para poder dejar en manos de otros esos temas que, a mí, personalmente, me cuestan tanto como son: la edición, el marketing y la venta. Esos escritos que leo en otros, me dan pistas sobre que, más o menos, nos suceden las mismas cosas, tenemos los mismos sentimientos, mostramos las mismas actitudes y, como no, nos afrontamos a los mismos problemas. De ahí que, cuando luchas por llegar a algún puerto en el que te estén esperando para darte una oportunidad, los vea como mi pequeño trozo de madera donde agarrarme y salvarme, en un inmenso mar como es el de la literatura. O como ese faro que alumbra y te avisa de que aquí hay un puerto.

Esta vez, leí una reflexión de mi paisana Marta Querol, habla de la soledad del escritor y de cómo, a veces, somos incomprendidos. Al leerlo me he sentido menos rara. Me explico.

Hace años, cuando empecé a escribir a escondidas, me era muy complicado explicar que, en medio de una escena, me fastidiaba tener que ir a poner la mesa, quitarla, limpiar algo o ayudar a mi abuela. Años después, cuando me quité los miedos a que se pudieran burlar de mí, confesé lo que hacía tantas horas frente al ordenador. Que no me había vuelto adicta a él, si no, que era mi medio de supervivencia. ¿Supervivencia? Sí, hay una frase de Ana Mª Matute que, cuando la oí, se me quedó grabada, y decía así: “La literatura ha sido el faro salvador de muchas de mis tormentas”. Esta metáfora, adaptándola a mí, podría decir que, también ha sido el faro salvador de mis tormentas interiores. Creo que sigo viva gracias a poder escribir todas aquellas palabras que me iban matando por dentro. Durante muchos años ese faro salvador me ayudó a poder ver plasmado, en un papel, quien era yo. Realmente, era lo que quería, leerlo, a veces asusta, pero creo, firmemente, que te ayuda a llevarlo mejor. Una auténtica terapia salvadora. Cuando en mi casa supieron que escribía, ya no era tan raro verme horas y horas delante de la pantalla del ordenador. A veces, sin pestañear, otras veces, ni siquiera con las manos en el teclado, simplemente luchando con mis ideas en la cabeza, tratando de desmadejar la madeja de historias y personajes que vivían conmigo. A pesar de eso, a veces oía un grito de mi madre desde la cocina:

-¡… hay que poner la mesa, venga, levanta!

Pero muy lejano, no me impedía continuar escribiendo o leyendo lo escrito. Pero entonces, como un eco que, definitivamente, me hacía desconectar, me llegaba la voz de mi abuela.

-¡TU MADRE TE ESTÁ DICIENDO QUE PONGAS LA MESA! ¡ESTA XIQUETA ES UN SABIO DISTRAIDO!

Pero no, aunque tuviera razón en mis despistes y me llamara así, cuando estoy escribiendo me convierto en algo así como una médium y dejo que mis personajes me hablen al oído, y que sus ideas me hagan tejer la historia. ¡Pero claro, era imposible hacerlo de un tirón, teniendo que hacer otras cosas!

Y en esto, es en una de las cosas que me siento reflejada con los escritores, creo que no se entiende nuestra soledad buscada, ni nuestro desapego del mundo que nos rodea. Yo siempre he tenido el apoyo, en su momento, de mis padres, de mi hermano, de mis abuelas, que esperaban ansios@s que, un día, aquel “sabio distraído” pudiera publicar sus novelas; eso era la parte buena. Sin embargo, tener el apoyo muchas veces no significa tener la comprensión. Ahora, también me sucede en mi casa, con mi pareja, a pesar de tener su apoyo total, a veces, también tengo sus quejas (y con razón) de que debo tener un tiempo para cada cosa, cuando dejo de escribir debería volver a la tierra.

Reconozco que, vivir a mi lado, puede ser desesperante; por más que trato de concentrarme con ese entorno, no siempre lo consigo. A veces, se me ocurre una idea o algún problema que tenía con algún diálogo, o personaje se soluciona. Entonces, me desconecto muy rápido. Y, también, entiendo que esto no se entienda, pero mis ideas no siempre llegan cuando deben, que es cuando escribo. Reconozco que es como, ni ver, ni escuchar, ni atender, ni estar; con las consecuencias que ello conlleva. Digamos que es la parte más incomprendida de mis momentos como escritora. Y reconozco que puedo pasarme horas escribiendo, sin enterarme de la hora, sin saber si tengo o no que comer, sin darme cuenta si por la casa hay alguien más o no. Parecerá una exageración, pero es la realidad. Te olvidas de todo y de todos. Por eso, ahora, quizá podáis entender por qué mi gato se sube a la mesa y se sienta sobre el teclado, tapando la pantalla. Ellos sí saben cómo romper mi karma, rapidito, si tienen hambre. Y, aunque intento no enfadarme, porque soy consciente de que no es fácil estar a mi lado en esos momentos, hay alguna vez que no puedo dejar de irritarme. Y, entonces, llega el momento en que me siento mal por dejarme embaucar por mis personajes, pero ellos tampoco tienen la culpa, ni siquiera yo o quizá sí, y estoy tan absorbida en mi mundo paralelo que no me doy ni cuenta. Cuando tengo que ir a trabajar, me pongo la alarma para que me dé tiempo a ducharme y salir a la carrera. Al sonar la música, me despierta de mi idilio y resoplo porque, en ese momento, sería capaz de no levantarme de la silla y de quedarme a solas, entre esas cuatro paredes, haciendo lo que me gusta… Crear.

De ahí que la soledad del escritor, a veces, no es comprendida, ni siquiera cuando explicas lo que haces. La gente te mira un poco rara pero bueno, si después ven tu libro en la librería de la esquina o en El Corte Inglés, se olvidarán de lo rara que eres e, imagino, que se sentirán felices de que seas “su amigacha”. Si no publicas pero escribes, la gente tiene curiosidad por cómo lo haces; pero creo que, en el fondo, deben pensar “ya… ya… mucho escribir pero no puedo decir que te conozco, porque no publicas”. Para unos y para otros, todo es muy bonito si no tienen que compartir el día a día contigo.

Al unir las dos reflexiones, me he dado cuenta de las similitudes que hay entre ellas y yo. Aunque, a la vez, haya una gran distancia entre ellas y yo. Pero me anima saber que, quizá, si sigo manteniéndome bien aferrada a esa tabla de salvación, algún día veré el faro que me alumbre y me guíe hasta un buen puerto. Estas, son las pequeñas grandes cosas que me animan a continuar en este mundo de la literatura, bueno, y el amor por las palabras, por supuesto. Creo que, este idilio entre ellas y yo, no dejará nunca de existir, aunque, algún día pueda ocurrir que la tabla se hunda y yo con ella, y que no lleguemos al puerto juntas; ese puerto llamado “editorial”. Yo seguiré mi camino junto a ellas, las palabras.

Por todo esto que escribo, por la complicidad que hay en aguantarme, por los momentos en los que desaparezco, aunque mi cuerpo siga sentado en el sofá, en la silla o preparando la cena, le doy las gracias a mi pareja. Porque sin ella, esa tabla de salvación, quizá, hace algún tiempo se hubiera hundido. Porque, a pesar de la soledad que me envuelve, necesito de mi entorno íntimo, de mi familia más cercana y que me de la fuerza necesaria para, día a día, seguir nadando.

Otro día… hablaré de mis tormentos… pero eso… mejor en otro momento.

Lo que más me importa en este mundo es el proceso de la creatividad. ¿Qué clase de misterio es ese que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, frío lo lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

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