LA SERRANA DE LA VERA

La noche en el monte siempre guarda un secreto que hay que temer.

En una noche fría y oscura un burro gris caminaba cruzando de parte a parte la tenebrosa montaña. Sus pezuñas golpeaban a cada paso las piedras que formaban parte de aquel camino tortuoso que cada noche recorría con el pequeño Andrés a cuestas. Una bocanada de aire frío entró por las fosas nasales del equino que provocó un rebuzno intenso. El niño de nueve años dormitaba abrazado a la manta que cubría sus hombros sobre el lomo de su viejo amigo. Aquella noche la luz de la luna les iba acompañando en un camino que había recorrido tantas veces a su corta edad que podía hacerlo a tientas. El burro llevaba sobre su lomo dos canastos llenos de pan para vender en el pueblo que estaba tras la montaña. Aquella noche el chaval no paraba de repetir en su interior la canción que le decía su abuela. El burro le interrumpió la cantinela mental emitiendo un rebuzno agudo y atípico que provocó que Andrés abriera los ojos. Se percató que había un silencio extraño en la montaña, no sonaban los ecos de los animales de la noche, en aquel momento la sinfonía que todas las noches desde hacía cuatro años le acompañaba dejó de sonar. El burro volvió a rebuznar acompañando su quejido con el movimiento de sus patas delanteras en actitud nerviosa. Entonces los vio a un lado del camino, varios ojos rojos mirándolo, veía el vaho saliendo por sus hocicos y bocas y, en aquel instante que la luna jugueteaba con los árboles dejando que un rayo de luz les alumbrara, pudo ver el brillo de los colmillos. El burro se detuvo. El niño tragó saliva acordándose de las palabras de su abuela que él iba recitando.

Dicen que es morena que tiene los ojos y el cabello más negro que el carbón, con el pelo rizado y una mirada fría que te hiela el corazón. Lleva un bastón en su mano derecha. Nunca la mires a los ojos porque es “La Serrana de la Vera” quien con ella se encuentra nunca lo cuenta.

El burro no paraba de rebuznar y Andrés de temblar. Los cinco lobos comenzaron a acercarse emitiendo un gruñido fiero mientras mostraban sus largos colmillos, tras ellos la figura de una mujer que llevaba una capa con capucha y en su mano derecha un bastón. Se acercaba hacia él con paso lento, nada que ver con sus palpitaciones que se habían disparado, el pequeño Andrés a sus nueve años sudaba aterrorizado. La mujer se detuvo ante el burro, los lobos se tumbaron relamiéndose el hocico guardando silencio como si esperaran una señal.

—¿Dónde vas? —le preguntó la mujer con una voz gélida que resonó por todo el monte.

—A vender pan —respondió de modo apenas audible.

—¿Y vas tú solo? —El niño asintió varias veces sin poder apartar sus ojos de la mirada de aquella extraña mujer—. Eres muy valiente. Toma… esto te protegerá durante el camino. —Con la mano temblorosa el niño alcanzó un trozo de madera que le entregó con una pequeña sonrisa.

Los lobos se levantaron cuando ella golpeó el sueño con el bastón y al tiempo que comenzaba a caminar la rodearon desapareciendo en la oscuridad. Antes de perderse de la visión de Andrés, la mujer se detuvo girándose mientras le dedicaba una pequeña sonrisa que al niño le heló la sangre. Sin más le dio un golpe al burro que tras rebuznar fuertemente siguió su camino a toda prisa mientras Andrés se amarraba a su cuello con las lágrimas rodando por el rostro. Había pasado tanto miedo que no quería abrir los ojos por si los lobos le perseguían a él y a su viejo burro.

Al día siguiente acompañado por la luz del día todo parecía diferente. Cuando llegó por el camino que llevaba a su casa, como siempre, salió a su paso su madre, Faustina. Ese día la mujer había tenido un mal pálpito, no sabía qué era pero sí que lo sentía por su hijo. Al verlo, lo abrazó con más fuerza que nunca y cuando el muchacho le contó lo que había visto, se echó a temblar. Hizo que llevara al burro al establo para darle de comer y se fue en busca de su marido.

—¡Aurelio! ¡Aurelio!

—¿Qué pasa ahora, mujer? —preguntó con tono cansado.

—Andrés ha traído esto… es… es el amuleto de la Serrana.

—¡No me vengas con cuentos ni viejas leyendas inútiles! ¡Estoy trabajando no estoy para escuchar tus bobadas!

—Aurelio, mira.

La mujer le enseñó con las manos temblorosas aquel crucifijo de madera que en lugar de la figura de un Dios, llevaba tallados los ojos de un lobo. El hombre la miró con el ceño fruncido, salió del horno a toda prisa. Llamó a gritos a su hijo que al llegar lo primero que recibió fue un sopapo de su padre que le hizo tambalearse.

—¿De dónde has robado esto?

—Yo no robé nada, padre. Me lo dio una mujer anoche.

—¡No inventes! —Alzó de nuevo el brazo para golpearle.

—¡No! —gritó interponiéndose la madre ante el nuevo cachete que volaba hacia su hijo—. Andrés no miente, él no robaría nada.

—Ella apareció en el camino rodeada de lobos, se acercó y me dijo que eso me iba a proteger, que era muy valiente pero no debía ir solo por la montaña.

—¡Es ella! —susurró la madre aterrada.

—¡No me vengas con historias! ¡Esa leyenda es mentira!

—Por Dios… no puede ir otra vez a la montaña ¿y si le hace algo?

—¡Hacer! ¿Qué le va a hacer? ¡No digas chaladuras y a trabajar!

El hombre dio media vuelta y se fue hasta el horno. La mujer temblaba mientras abrazaba a su hijo fuertemente contra su pecho.

—Madre, ¿usted me cree?

—Claro, hijo.

—¿Esa mujer es mala?

—Olvida eso, seguramente era una forastera. Ve a dormir.

Durante la tarde, la mujer trató de convencer a su marido para que Andrés no volviera a aquel camino oscuro y frío en la noche, sin embargo, él lejos de mostrarse comprensivo terminó dándole una bofetada a ella y cargando al burro para que se marchara.

Al día siguiente, la mujer esperaba ansiosa la llegada de su hijo. Los ojos le escocían de mirar fijamente hacia el horizonte, no había podido dormir en toda la noche, la angustia se había apoderado de su corazón. Mordía preocupada un pañuelo tratando de aplacar su desesperación, de vez en cuando se retiraba las lágrimas, no quería que su marido la viera llorar porque no tenía más explicación que el presentimiento de madre de que algo había ocurrido. Al fin escuchó los cascos del burro golpeando el camino y sonrió. Salió corriendo pero el animal llegaba solo.

—¿Andrés? ¡Andrés! ¡Andrés! —lo llamaba como loca corriendo por el camino montaña arriba.

El burro se dirigió lentamente hasta el establo para beber agua. El marido que había escuchado gritar a la mujer, salió del horno y vio al equino allí. Se acercó y con pánico abrió los dos canastos que estaban repletos de pan. Un sudor frío recorrió la frente de aquel hombre fuerte que comenzó a temblar. Al ver correr a su mujer como loca entendió que algo grave había ocurrido.

—¡No está! ¡No está! —gritaba fuera de sí.

Con rapidez los hombres del pueblo se organizaron con sus escopetas. Hicieron una batida por el monte, el niño debía estar en algún lado vivo o muerto. El pequeño conocía los peligros de la montaña porque los había aprendido haciendo el recorrido con su padre durante todas las noches a lo largo de dos años. Después de una búsqueda intensa que les llevó todo el día llegaron al pueblo exhaustos. Las mujeres les esperaban nerviosas tratando que Faustina no se volviera loca de dolor. Al abrirse la puerta de su casa se puso en pie, su marido había envejecido en tan solo unas horas. La miró y negó con la cabeza.

—¡No! ¡No! ¡Maldito seas, maldito seas te lo dije! Es ella… es ella… ha venido para vengarse y me ha quitado a mi hijo.

El llanto desgarrador de la mujer envolvió el silencio que había en la casa provocando que el resto de mujeres rompieran a llorar con ella por la muerte de su hijo. Los corrillos comenzaron a culpar al padre por no haber hecho caso a su mujer. Los hombres miraban atónitos hacia la montaña. Hacía unos años empezó a correr por el pueblo una leyenda que algunos hombres habían visto a una mujer que habitaba escondida en una cueva, incluso algún forastero había asegurado haber sido atacado por una mujer de fuerza descomunal. Y había llegado al mismo tiempo que lo había hecho Aurelio que se había casado con Faustina, y heredado el negocio de su suegro. Decían que se aparecía a los hombres y que algunas noches se oían gritos de quizá algún forastero, gritos horribles que tan solo se podían atribuir a un terrible tormento que ella les causaba hasta morir. Pero al fin y al cabo, nadie había visto la figura de aquella bruja, como la llamaron ni encontraron cuerpos de forastero alguno. Pero la leyenda llevaba viva nueve años.

Aquella noche, Aurelio cogió al burro y partió por el camino montaña arriba, sin escuchar los ruegos de su mujer, sin escuchar a los viejos del lugar. Caminaba con la mirada fija en el suelo, con los demás sentidos bien alerta necesitaba encontrar a su hijo y quizás ese era el único modo de hacerlo. En un momento dado el burro se detuvo.

—¡Arre! ¡Tira, vamos! —le ordenó golpeándolo.

Al dejar de gritar escuchó el gruñido de un perro que llegó desde su espalda. Se giró con cuidado, los ojos se abrieron atemorizados cinco lobos de mirada fiera se habían colocado alrededor de los dos. El burro comenzó a ponerse nervioso. Y atónito la vio. Allí a un lado con la melena rizada que por el viento de la noche se agitaba, el bastón en su mano derecha y la mirada helada. Sintió como su corazón latía con fuerza, aquellos ojos le recordaron a alguien. La mujer se fue acercando, el sonido de sus pisadas era lo único que se escuchaba en aquella fría noche. Al tenerla cerca su gesto fue de horror.

—¿Me recuerdas?

—¿Qué le has hecho a mi hijo? —Se precipitó hasta ella con gesto enloquecido.

—Ese niño me pertenece. Él era mi hijo, el que tú me debías.

—Por favor… no le hagas daño. Por Dios…

—¿Qué se siente? ¡Dime! —Su voz era tan gélida que provocó un intenso temblor en él—. Me cambiaste por unos duros y una mujer que no conocías, me prometiste amor eterno que creí. Y el mismo día de la boda me dejaste en la iglesia.

—No… no… todo tiene una explicación —comenzó a caminar hacia detrás al ver que había levantado el bastón acercándose a su cuerpo.

—Me arrebataste la vida, me destrozaste el corazón.

En el pueblo se estaban organizando algunos hombres con antorchas para ir a buscar a Aurelio, Faustina lloraba sin poder controlar su miedo. Y en medio de la noche un grito ensordecedor les llegó desde la montaña, un aullido que sonaba a muerte.

Aurelio vio el odio marcado en los ojos de la Serrana cuando se acercó hasta él, no le dio tiempo más que a rogar clemencia, lo siguiente que escuchó fue el sonido de la hoja afilada de un cuchillo abriéndose paso entre sus vísceras y huesos. La noche fue haciéndose más oscura mientras con la mano trataba de tapar su herida mortal, hasta que la oscuridad lo envolvió y tragó.

Pocas horas después, los hombres bajaban el cadáver de Aurelio pálido como la luna pero sin rastro de Andrés. Al lado del cuerpo inerte una capa de mujer y un crucifijo con los ojos de un lobo. El llanto de Faustina resonó en la montaña mientras las mujeres trataban de calmarla.

Al mismo tiempo el burro acababa de llegar a una cueva alejada de aquel lugar donde Aurelio pereció. Allí la mujer despertaba con infinito cariño a Andrés.

—Vamos hijo mío, nadie volverá a hacerte daño ni tendrás que trabajar. A partir de hoy, soy tu madre y tú eres mi hijo aquel hijo que me arrebataron de mis entrañas cuando él me dejó.

—¿Y mis padres? -se frotaba los ojos llorando.

—Yo soy tu madre, tú el hijo de la Serrana de la Vera. Yo te daré el amor que nadie te dio. ¡Vamos!

La mujer morena de ojos negros y mirada fría, salió de su cueva con el pequeño Andrés a su lado, el niño no entendía nada giró su cabeza con las lágrimas rodando por sus mejillas. La serrana llevaba de la mano al burro mientras los lobos caminaban detrás a una distancia prudencial. Cruzaron la montaña buscando cobijo en una cueva que sería su nuevo hogar.

En el pueblo nadie podía entender lo ocurrido, los hombres dejaron de cruzar la montaña por ese camino, temerosos de que la Serrana de la Vera les diera caza. Y fue Faustina quien contó aquel aviso que una mujer le había dado y que le hizo temer siempre por la vida de su hijo.

Cuida a tu hombre y a tu hijo porque Aurelio dejó en el altar a una moza pobre pero repleta de amor, la dejó por ti que tenías dinero y un negocio. La otra marcada por su abandono con la rabia y el dolor corriendo por su sangre tiene sed de venganza de tu hombre. Cada noche lo aúlla como bruja que es a la luna,“aquí te espero maldito hombre hasta morir o matarte, hasta encontrarte y despojarte de tu cruel corazón. Aquí te espero maldito hombre hasta morir o matarte y arrebatarte lo que es mío”.

-Y al final, la serrana de la Vera me lo arrebató todo… todo -decía con la voz cargada de rabia rompiendo a llorar.

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