LA MAESTRA

maestra

Érase una vez una maestra que tenía un toque de hada madrina de las letras. Llevaba en su varita mágica el entusiasmo y la sensibilidad, para que sus pequeños pudieran aprender a leer y escribir correctamente.

Durante el curso, la maestra trataba en cada clase que los niños aprendieran cosas nuevas. Enseñaba nuevas lecciones haciendo especial hincapié en la lectura y la escritura. Preparaba con ilusión las actuaciones de navidad y fin de curso, y no importaba lo mucho que a veces costaba que los niños aprendieran la letra, los pasos, la coordinación entre ambas cosas. Como era habitual, se quedaba afónica, le dolían las piernas, los pies, etc… Todos aquellos gajes del oficio que le podían suceder.

Sin embargo, la maestra tenía algo muy especial, algo que la hacía diferente, algo que solo ella llevaba en su barita mágica. Cuando llegaban las vacaciones no se olvidaba de sus alumnos, dedicaba un tiempo de su vida a escribirles una carta a cada uno de ellos, lo hacía con emoción y deseos de recibir respuesta. Después, esperaba pacientemente que aquellos niños le fueran respondiendo.

La maestra podía imaginar los rostros de los pequeños cuando recibieran su carta y, también, cuando la escribieran, sabía quién se fijaría más en hacer una buena caligrafía, quién se fijaría en no cometer ninguna falta o quién, además de escribir, le dedicaría unos maravillosos dibujos. A su vez, lo que aquellos alumnos no podían imaginar, era la emoción de la maestra que, con su bicicleta, se acercaba una vez a la semana hasta el buzón que le guardaba la sorpresa de aquellas cartas. Su rostro se iluminaba y, sin ellos saberlo, la maestra llegaba hasta su casa con la misma emoción con la que ellos habían redactado sus cartas, con una sonrisa que iluminaba su rostro y el corazón feliz.
Se sentaba y leía lo que aquellos pequeños, con los que compartía todo un año, le contaban. Sentía que su trabajo había sido bueno y que sus alumnos eran aplicados, y qué mejor recompensa que poder transmitir la lectura y escritura a sus pequeños.

Según iban pasando los años, los niños le preguntaban si era verdad que guardaba sus cartas y, la maestra hada madrina de las letras, les enseñaba aquellas cartas que guardaba con infinito cariño. Los alumnos se sorprendían y aquella sorpresa, que iba acompañada siempre por una sonrisa tierna, provocaba en la maestra el mayor entusiasmo que podía sentir por su trabajo.

Con el paso de los años, la maestra llegará a jubilarse. Algunas veces, a lo largo de su carrera, como pasa en todos los trabajos, habrán días malos, no es tarea fácil manejar a tantos niños en una clase, pero cuando ponga en una balanza lo bueno y lo malo, en el fondo de su corazón sabe que ganará lo bueno. Además, tendrá su rincón de hada madrina, allí podrá sentarse en su mecedora de madera y, mientras se balancee, leerá la cartas de aquellos niños que hoy, hechos ya hombres y mujeres, seguirán agradeciendo que, en la infancia, tuvieran una maestra a la que su pasión por las letras les formara para el resto del tiempo. Y lo mejor, que aquellas cartas de verano, repletas de ternura, les enseñara que en la vida hay momentos de emoción que no se pueden dejar de lado, y que la sensibilidad es la mejor manera de transmitir ese amor por las palabras. Algún día, cuando esté sentada en su mecedora, sacará la varita mágica y hará que, a pesar de estar lejos, muchos niños que ya han crecido la sigan recordando con cariño, y le agradezcan su pasión por enseñar.

Cada vez que termine de leer una de esas cartas, sus ojos se empañaran de emoción, pero, ante todo, una sonrisa cálida será la protagonista en su rostro.

Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado… porque la maestra seguirá recibiendo las cartas de verano.

1 comentario en «LA MAESTRA»

  1. Gracias a tí por contarla. Y contarla con enorme ternura y sensibilidad. Y haciendo una síntesis,te contaré que hace unos años me escribió un antiguo alumno que ya había acabado su étapa en la universidad y me relataba muchas cosas de su vida y entre otras me recordaba por ser aquella profesora que le escribió por primera vez una carta siendo muy pequeño….y decía: “Cómo te recordaba con mucho cariño,sentí la necesidad de encontrarte años después y escribirte contándote mis cosas..y así lo hizo.Ni te cuento cómo lloraba la maestra…..de emoción. Amparo.

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