LA DESPEDIDA DE LA VIDA

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La verdad no me había atrevido a contar estas historias que habían ocurrido en mi trabajo por respeto. Sin embargo, hoy recordando con una compañera nuestro pasado, volvimos a esta historia que nos afectó a quienes la vivimos. Fue algo que durante mucho tiempo se negó a comentar, las que creíamos en el más allá lo hicimos por respeto, las que no creían por miedo.

Hoy he pensado que omitiendo los nombres sí puedo traer hasta aquí dos historias en las que la despedida fue impactante para mis compañeras y para mí.

Había dos señoras que se llevaban muy bien, se hicieron muy amigas y eran inseparables. Allí donde iba una, iba la otra. Siempre juntas, compartían habitación, mesa de comedor y sala de juegos. Estuvieron juntas varios años, asombrosamente, cuando una empeoró al poco tiempo lo hizo la otra. Hasta que un día una de ellas tuvo que marcharse al hospital, su estado era bastante grave. Su amiga se quedó triste y por mucho que su familia y las cuidadoras quisimos animarla, ella tan solo pensaba en su amiga inseparable.

Tras varios días en el hospital, finalmente, llegó el desenlace. Murió a primera hora de la mañana. A su compañera se decidió no decirle nada para no hacerla sufrir, poco a poco se le iría diciendo que empeoraba su estado para que le afectara lo menos posible. El mismo día que llegó la noticia de la muerte de su compañera, a las dos y media de la tarde, cuando iban a entrar al comedor para comer, ella dijo:

-Adiós… me voy.

-¿Dónde te vas? –le preguntaron las cuidadoras.

Y dijo que se iba con su compañera y amiga que había venido, que estaba allí esperándola y se iban juntas. Las chicas se miraron entre sí algo extrañadas por aquella reacción de despedirse sentada en la silla de ruedas. Cuando la cogieron para llevársela al comedor, un infarto se interpuso en el camino, y se marchó con su amiga definitivamente.

Aquel caso heló la sangre de muchas, hasta sus propias familias no salían de su asombro, parecía que era cierto, se habían ido juntas a descansar eternamente. ¿Vendría una a llevarse a la otra? ¿Supo que se moría y se despedía de todas? La verdad que nunca lo sabremos pero… aquella historia nos dejó marcadas.

Al hilo de esta historia puedo contar otra, que me ocurrió a mí. Era una Noche Buena donde hay mucha actividad, gente que se va, familiares que vienen y van. Entre todo aquel trasiego recibí la llamada de una señora a la que le tenía mucha estima.

-¿Sí? –le pregunté.

-Llamo para despedirme de ti –me dijo con voz clara.

-¿Despedirse? –era cierto que estaba en la cama enferma pero no para imaginar nada más.

-Voy a morirme y quiero agradecerte tu trato conmigo quiero darte las gracias por tu cariño.

Lo escribo ahora y sigo escuchando aquella voz, la piel se me eriza y un nudo se instala en mi garganta. Aquella mujer se estaba despidiendo de mí porque se iba a morir. Le resté importancia y le aseguré que al día siguiente, Navidad, subiría a darle un par de besos.

Al día siguiente cuando volví recibí un jarro de agua fría. Había fallecido pocos minutos después de despedirse de mí.
¿Sabemos cuándo nos vamos a morir? Parece que sí, estos dos casos cercanos a mí así me lo hacen ver.

Durante mucho tiempo me persiguió aquella voz despidiéndose de mí, me costó olvidar aquella conversación. Hasta que un día me enfrente a ella con la naturalidad que da la vida y la muerte. En lugar de verlo como algo dramático, lo veo como algo hermoso, fui afortunada de que alguien en sus últimos momentos pudiera pensar en mí y despedirse. Por fin un día pude superar el dolor y agradecer con inmenso cariño haber tenido aquella conversación.

Si pienso en estas despedidas, tengo que unir la de mi abuela como otras veces os he apuntado. Aquel “no me dejes sola que me voy a morir” me lleva a pensar en que algo en nuestro cuerpo, alma o mente da la señal de que vamos a dejar de existir. Que en esos últimos suspiros vienen a acompañarnos para hacer el viaje hasta el más allá en compañía. Y eso, creo que es una lección para dejar de temer a la muerte. Al menos, en mi caso, es así.

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